El filósofo y colaborador de este pasquín Federico Galende regresa a la prosa con el libro Historia de mis pies, que saldrá a librerías a mediados de abril bajo la Editorial Alquimia, que tiene entre sus particularidades que no existe una trama lineal en absoluto y narra las largas caminatas de un enigmático personaje por las calles de Santiago o la Quebrada de Macul mientras va reflexionando sobre el mismo acto de caminar, la escritura y la experiencia de habitar una ciudad atravesada por la historia.
"Los pueblos suelen cambiar de humor, en casi todos los casos de manera más caprichosa y heterogénea que la que le suponen los estadistas y los equívocos cazadores del “voto objetivo”. Los mismos que ayer iban por un salario más digno, una escuelita para sus hijos o una subvención a la cuenta del agua, puede que hoy estén detrás de otras causas".
Boris Groys (1947) es en la actualidad uno de los pensadores más prestigiosos y activos en el contexto del debate crítico a nivel mundial. Su recorrido biográfico es tan amplio como heterogéneo (nació en Berlín, se formó en Moscú, da clases en Nueva York), y quizá sea esto lo que lo sitúa hoy como uno de los autores más prolíficos y originales en torno a los diversos cruces entre arte contemporáneo, crítica de la filosofía y políticas del comunismo. Hace unas semanas estuvo en Chile invitado por Pedro Ignacio Alonso y la Escuela de Arquitectura de la PUC, y en ese marco tuvimos una conversación en la que Groys se mostró como un hombre tremendamente cálido e inteligente, capaz de abordar toda clase de temas y de pasar en pocos segundos de la pausa del que mastica bien una idea al impulso locuaz que es propio del gran polemista. Con alguien así, uno se quedaría conversando durante horas, aunque en este caso nos ceñimos a la cuestión del comunismo en las vísperas de la conmemoración de los cien años de la Revolución de Octubre.
Días atrás, Jacques Rancière (75) estuvo en Chile, invitado por el rector de la Universidad de Valparaíso, quien le otorgó el Doctorado Honoris Causa. La tarde en la que estaba a punto ya de marcharse lo visité en el hotel enviado por este medio y tuvimos una conversación ondulante, sin pautas ni puntos precisos, que el filósofo aprovechó para explayarse por una gran cantidad de temas: el impulso de los movimientos democráticos con los que se inició el siglo y el aciago contrapunto que acaba de ponerle el triunfo de Donald Trump, las diversas configuraciones del pueblo, las luchas por la igualdad y las fronteras siempre imprecisas entre las performances del arte y las de la política. Rancière es un filósofo atípico: alejado de la previsible pausa reflexiva que solemos reconocer en el orador vacilante, habla a toda velocidad, soltando manojos de frases que estallan unos detrás de otros, poseído por una prosa inquieta, arrebatada, que emplea hundiéndose con pasión en la materia que trata. Su estilo es tan punzante como sencillo, propio de quien revela en la filosofía una larga y cultivada amistad con la igualdad como presupuesto de toda política.