“Veo Amango, me interesa cómo habla la juventud, no tengo reclamos contra ella…” Poeta y cronista, Roberto Merino (1961) acaba de publicar “Luces de reconocimiento”, conjunto de ensayos sobre los escritores chilenos que le son más cercanos. Hablamos del libro, de su poesía y de la ciudad, pues Merino es autor de dos libros de crónicas que permiten conocer lo que las inmobiliarias están arrebatándole indiscriminadamente a la memoria. Recuerdos de su infancia, de sus inicios en la escritura y de su amistad con Juan Luis Martínez están en esta entrevista alternados con relatos de las veces en que Merino estuvo al borde de la muerte y anduvo durante días con la paranoia –real, no literaria, aclara– de ser un ánima en pena: “Me vino el pánico de que estaba muerto, de que andaba penando. Me sentía como una aparición”.

Por Vicente Undurraga • Fotos: Alejandro Olivares

Una de tus primeras crónicas se llama “El ninguneo de la memoria”, aludiendo al Santiago que se demolía en el auge inmobiliario de los 90. ¿Ha cambiado esa realidad en la década que ha pasado desde que publicaste “Santiago de memoria”?
-Sí. Lo que yo estaba refiriendo en ese momento estaba en un contexto en el cual la construcción no había experimentado este boom actual. Era mucho más localizado y más triste, porque simplemente se reemplazaba una construcción que tenía algún tipo de historia o que favorecía la evocación de un pasado por un cajón con ventanas o un sitio eriazo. Eso, ahora, me parece que es mucho más radical.

¿Cómo así?
-Ya es otra ciudad la que está arrasando con la anterior. Hay que ver qué pasa con eso; son nuevas formas de vida, desplazamientos sociales que tienen que ver con una modificación mucho más radical de Santiago. De hecho, no entiendo bien por dónde va la cosa.neon snapback hats.

¿Y qué piensas?
-He dejado de sufrir por todo eso, porque era agregar un sufrimiento adicional a la vida. Creo que corresponde finalmente a un rasgo nacional.

¿No tener ninguna relación con el pasado?
-Exacto, estarlo borrando cada cierto tiempo. El pasado tiene prestigio, tal vez, para una elite, para una cantidad de gente ilustrada, con una sensibilidad particular, pero parece que la dinámica de la vida de la ciudad va por otro lado. Fíjate que yo también me he desvinculado mucho del tema, me he restringido a los sectores donde me toca vivir, corté con el santiaguinismo. No me molesta particularmente esta eclosión de edificaciones.

¿Nada?
-Tal vez se podrían haber determinado zonas que merecían ser erradicadas, borradas y cambiadas por otra cosa mejor y otras zonas que debieran conservarse. Creo que esa lógica no está imperando. Pero yo, de hecho, vivo ahora en un departamento nuevo en Providencia, que está donde debe haber habido una casa muy bonita, con grandes patios. La vida en ese departamento es impagable. Está muy bien pensado para vivir: sin ruido, con una serie de problemas solucionados. No tengo ningún reclamo, aun cuando es un departamento que no tiene ninguna gracia. Hasta hace poco vivía en un edificio más lindo que la cresta, pero que me obligaba a hacerme cargo de un lote de problemas, las cañerías, las llaves. Para el rango de neurosis en el que uno vive, yo agradezco esto de que esté todo más o menos arreglado.Cheap Snapback.

TRADICIÓN DEL APEDREO

Pero independientemente de casas y edificios, tú decías en “Santiago de memoria” que los chilenos vivimos sin ninguna memoria, en una relación perpetua con el presente.
-Claro, y es cierto que se está borrando la historia de la arquitectura chilena, que es un hecho cultural importante, aunque haya sido copia de modelos neoclásicos, a veces góticos, pero en esas copias podías leer muchas cosas sobre la sociedad chilena del pasado, que está vinculada con la actual. Entonces, si se borran esas huellas, te quedas sin lecturas, con los puentes borrados. Y es también cierto que el factor estético tiene un 0,3 % de peso en las decisiones inmobiliarias de hoy.

¿Crees que el tiempo le va dando su gracia, embelleciendo las construcciones, y de repente los Paz Froimovich en 30 años más tendrán su gracia?
-Creo que sí, que eso pasa. Ahora, lo de Paz Froimovich –alguna vez me metí a ver cómo eran esos departamentos- genera una japonización del estilo de vida: nadie puede vivir en esos espacios tan extremadamente chicos. A veces los años dignifican.cheap Snapback hats.

¿Por ejemplo?
-El edificio que hicieron en la esquina nor-poniente de la Plaza de Armas, donde había un palacio del siglo XIX. Ese edificio no se va a dignificar nunca. No tiene cómo, sólo le espera la degradación. No hay nada más triste que el envejecimiento de lo moderno. Ahora, si estas nuevas dinámicas de desplazamiento social vienen acompañadas de un impulso civilizador, de abandono del salvajismo, sería ideal. Pienso que habiendo más variedad en las formas potenciales de vivir, tendría que haber una especie de atemperamiento del ánimo, de esa cuestión salvaje del chileno.

¿A qué exactamente te refieres con salvajismo?
-Hasta este domingo seguían apedreando autos en la carretera. Me parece que esa es la figura simbólica del barbarismo, alguien que apedrea autos de un modo completamente irracional. El apedreamiento es algo bien antiguo en Chile, viene del siglo XIX.

¿En serio?
-Sí: apedreaban un tren que iba a Nuñoa por Bustamente (el tren de Pirque), también a los primeros ciclistas. Hay una tradición de apedreo desde los márgenes. Es un fenómeno muy difícil de explicar y muy impresionante. Supongo que es gente que vive completamente fuera de los códigos civilizados. En la época de Vicuña Mackenna existía la ciudad ilustrada, que estaba muy delimitada, en el centro y ciertos alrededores. Fuera de esa zona pasaba cualquier cosa, amanecían las calles con cadáveres. Santiago ha crecido con esa muralla que se ha ido extendiendo y que divide una ciudad medianamente
protegida y otra que crece como al garete, a la buena de dios. Y en los momentos en que ha habido integración obligada, eso ha sido borrado.

¿Cómo?
-Las poblaciones de Tabancura, por ejemplo, fueron extirpadas y trasladadas a San Bernardo. Incluso, a esta gente de la Comunidad Ecológica de Peñalolén, que sería gente como progre, ¿no?, le iban a llevar un roterío al lado y pusieron el grito en el cielo. Ahora, no sé qué solución hay para eso. Tal vez, hacer una ciudad más sólida, con más servicios; expandir un poco las comodidades burguesas puede implicar una especie de impulso civilizador. Siempre la civilización ha estado ligada al comercio; los comerciantes han sido agentes civilizadores, no sólo rapiñas. Han civilizado más que las universidades.

¿Por qué?
-Porque la gente tiende a vivir mejor, y en la medida que tienes más y estás más asegurado, se apacigua el impulso animal, el piedrazo.

NARRADORES SIN CIUDAD

Decir que te has quejado sería mucho, pero has subrayado la distancia de los escritores chilenos, en particular los narradores, con la ciudad desde dónde escriben. ¿es de siempre?
-Creo que es de siempre. Luis Oyarzún tiene una idea al respecto; habla de la no aceptación de la vida. Ven más ideas que realidad. Los que han insistido en describir paisajes han sido los escritores marginales, pero lo hacen con una intención política de mostrar la miseria, como Nicomedes Guzmán, que en “La sangre y la esperanza” describe una zona de Santiago cercana a San Pablo con una retórica poetizante insoportable, pero que algo tiene. En general, los novelistas han sido ciegos, le cambian el nombre a la ciudad, ponen lugares ficticios. No tienen sensibilidad visual, y eso hace perder el paisaje. Tiene el mismo efecto que la demolición: las cosas se dejan de ver. Aunque eso ha sido refutado en la práctica por las novelas de Germán Marín, que es un escritor muy situado, para quien los hechos tienen que ver con los lugares donde suceden.

CRÓNICA, ROTOS

En una crónica de “En busca del loro atrofiado” das, al pasar, una posible definición del cronista como aquel que “se dedica a observar los fenómenos de la experiencia en sus manifestaciones reales, es decir, desprovistos de interpretación política”.
-Sí.

Y a la crónica, dices, fuiste llegando por compromisos laborales y las escribes sólo por tener que entregar tal día y a tal hora.
-Claro. La observación y el pensamiento pasan por la cabeza y se pierden. Yo no necesito registrarlas. Nunca he tenido necesidad de escribir diarios de vida, no me siento en condiciones de hacerlo. A veces pienso que debería, pero no tengo la energía, la necesidad. Y el diario de vida parece ser un género determinado por la necesidad. Las adolescentes son un ejemplo claro: necesitan registrar su vida, es una suerte de impulso del que yo carezco.

Has contado que tu método para escribir crónicas consiste en sentarte ante la pantalla durante horas hasta que salga el texto. ¿Es cierto?
-Sí, pero ha cambiado; ya no estoy cuatro horas, he extremado el método. Ahora me doy mucho menos tiempo. Antes me sentaba la mañana del día anterior al que tenía que entregar y podía estar cuatro horas. Me he acercado cada vez más al plazo de entrega, y si tengo que entregar a las doce y media una crónica, me siento a las diez en el computador y las soluciones tienen que ser muy rápidas.

Si ese día te postergan el plazo de entrega, ¿no escribes nada?
-Nada, la dejo para mañana e inmediatamente me voy a tomar un café, a disfrutar un poco el alargamiento del plazo.

Hablando de cronistas, ahora has estado a cargo de la recuperación de las crónicas de Edwards Bello. Y dices que habría que rescatar las de Mario Rivas.
-He escuchado hablar mucho de Mario Rivas estos últimos quince años y conocido a muchos lectores entusiastas suyos, pero ninguno –incluyéndome– ha hecho nada por reeditar sus libros. Ahora Lucas Vergara está trabajando en recopilar sus crónicas, sin ninguna recompensa aparente. Mario Rivas encontró su editor.

Cuando hablas de Mario Rivas dices que él tenía un clasismo desfachatado, en oposición al clasismo encubierto, en voz baja, de hoy en día. ¿Los procesos políticos propiciaron esa hipocresía?
-Sí. En la realidad, esta es una ciudad segregada, y hay un cierto horror al roto, pero jamás eso se podría traducir en el lenguaje, en las palabras, en términos públicos. Entonces, claro, Mario Rivas o Edwards Bello decían lo que se les antojaba, pero estaban en un contexto que les permitía decirlo. Las editoriales de la revista Familia, en el año 19, era impresionantemente momias. No había ninguna necesidad de encubrir nada. Hablaban del roto como un ser degradado, al que toda la plata que le daban se la iba a gastar a la cantina en abyecta compañía. Le daban como caja. Hoy no se puede hablar del roto, suena muy estruendoso, y se eligen más bien los eufemismos. Edwards Bello hacía clasificaciones fisiológicas, etnológicas. Son disciplinas que después de la Segunda Guerra cayeron en descrédito, se transformaron en tabúes.

TRANSMIGRACIÓN Y M.A.

Primera vez que publicas un libro con ensayos literarios. Dices en el prólogo que dejaste de lado escritos de formato académico o los de “lexicon metalingüístico”.
-Sí.

¿Cuándo dejaste de escribir esos textos? ¿Están vinculados a tu etapa universitaria?
-Absolutamente ligados a mi etapa universitaria y la inmediatamente posterior. Corté con la pretensión de escribir ese tipo de textos por el año 88, 87.

¿Espontánea o premeditadamente?
-Me di cuenta que me estaba desgastando la cabeza, haciendo muchos esfuerzos por pensar. Y un día –no sé por qué, una especie de epifanía o revelación tal vez– me di cuenta que el pensamiento no merecía tanto esfuerzo, que se parecía más al instinto que a la planificación. Entendí que había aprendido muy poco por esa pasada académica. Se gastaban muchas palabras para decir muy poco.

Habrá influido el escribir para la prensa.
-Sí. En un primer momento, cuando empecé a trabajar en la prensa, le tenía una distancia bastante notoria a escribir en ella. Pensaba que era una cuestión bastante menor, que podía hacerla porque tenía la capacidad, pero que era algo que no merecía ser recuperado. Incluso llegué al grado de neurosis de que si aparecía una frase que me resultaba reveladora de algo, la sacaba, porque pensaba que debía estar en otra parte. Fue Rafael Otano quien me dijo que eso era una neurosis muy nociva. Da lo mismo, me dijo, estás tomando precauciones muy innecesarias. Y ahora lo pienso y lo veo como un acto ridículo, de extrema pretensión. Después, incluso, me di cuenta que las obligaciones de escritura que involucran los medios –plazos y extensiones– son muy benéficas, te liberan de mucha palabra muerta, de mucho concepto pesado. Incluso lo he recomendado como ejercicio para cualquier escritor: perderle el respeto a las palabras.

¿Por qué?
-Porque a través de esa pérdida de respeto se produce una libertad, y por la tanto un escritor talentoso podrá encontrar sus mejores fórmulas ahí, en esa libertad. La solemnidad es fatal. Escribir con solemnidad es lo peor que puede haber.

Tu primer libro, “Transmigración”, lo publicaste con el sello, harto exclusivo, de Juan Luis Martínez (Ediciones Archivo). ¿Cómo se dio?
-Esos textos los tenía del año 81, los había escrito muy joven. Una vez que fui a su casa, hacia el año 85, se los pasé para que los leyera cuando quisiera. Quería saber su opinión, sin presionarlo. Me quedé a dormir esa noche y a la mañana siguiente Juan Luis apareció en la pieza y me dijo que los textos le parecían muy hermosos, nada más. Pasaron los meses y un día en el metro en Santiago me lo topé y le dije que quería publicarlos en Ediciones Archivo, dispuesto a escuchar todo el repertorio de escrúpulos de Martínez respecto al tema de la publicación de un libro, pero me dijo inmediatamente que sí. Yo te mando el perrito del logo, me dijo. Eso fue todo.

Diez años después publicaste “Melancolía artificial”, que es otro registro de poesía; ¿has seguido escribiéndola?
-He seguido, por épocas. Es curioso: la poesía es en lo que más pienso y lo que menos escribo.

¿Por qué?
-Porque son momentos, estados de ánimo muy extraños. Tiene que haber como una sensación de inminencia de que uno va a entender casi la totalidad del mundo. Es muy extraño el momento previo a escribir poesía. Pienso que ahí se produce un fenómeno muy impersonal.

¿Cómo así?
-Que no tiene que ver con la expresión de sentimientos, que los puedes expresar en cualquier formato. La poesía tiene que ver más bien, creo, con la palabra inspiración, que está de capa caída, pero que técnicamente funciona.

¿En qué sentido?
-La sensación de que hay algo ajeno que está funcionando. Yo creo que la mejor forma de testear un poema es si lo lees pasado un tiempo y te da la impresión de que ha sido escrito por otra persona. Ese fenómeno sucede estrictamente con la poesía.

A propósito, y volviendo a “Melancolía artificial”, ¿fue por ese dejar reposar y después releer que hiciste ese epílogo donde comentas tus propios poemas?
-Puede ser.

¿Tuviste presente, al hacer eso, la novela de Nabokov “Pálido fuego”, que, aunque es otra cosa, en algo se parece?
-Cuando le hablé a Juan Luis de la posibilidad de comentar los poemas, hablamos de “Pálido fuego”. Él me dijo que el problema que encontraba en ese libro de Nabokov es que estaba el poema, que no debería haber estado, porque así existiría en forma virtual o potencial y uno mismo podría reconstruirlo. Y me dijo que poner un texto en prosa al final de mi libro le parecía muy bonito.

¿Pero cómo se te ocurrió hacerlo?
-Leyendo los poemas me dí cuenta que muchas de las imágenes que aparecen ahí estaban referidas a hechos muy concretos para mí, que era el lector privilegiado. Esas imágenes, ese fuego, esa agua, esa arena. Entendí que la memoria individual había operado en la articulación de esos poemas y me pareció que era muy bueno dar cuenta de eso en vez de ocultarlo. Si hablaba de la arena era la arena genérica, simbólica, lo que quieras, pero también eran cien metros cuadrados de una arena específica, de una época que se fue.

Mencionas ahí un poema más narrativo sobre tu padre, que finalmente excluiste del libro.
-Lo dejé afuera básicamente por una cuestión de estilo, porque era más explícito, había menos suspensión del lenguaje. Sin embargo, ese poema fue el detonante del libro, porque mi padre había muerto hace un año.

LUCES DE RECONOCIMIENTO

Dentro de los autores centrales que revisas en “Luces de reconocimiento”, subrayas la oposición entre la vocación masiva que tuvo enrique Lihn, sobre todo en los años 80, y la vocación de Juan Luis Martínez por tener contados lectores. ¿en qué posición te sientes más cómodo, o en el medio, o te da lo mismo?
-Me da exactamente lo mismo. No me siento incómodo en ninguna posición. Me interesa mucho el fenómeno literario, entonces el asunto de la lectura me parece muy secundario. Ahora, claro, me siento muy feliz si soy leído. Y tampoco tengo que hacer muchos esfuerzos por disminuir los lectores, porque la verdad es que la poesía mía no la ha leído mucha gente y no ha tenido mucha repercusión. Parece que para funcionar como poeta en Chile hay que hacer carrera, y eso sí que me produce asco. Carrera de poeta me parece impresentable, no lo voy a hacer. Con mis poemas tengo una especie de seguridad de que funcionan, seguridad dada por ese grado de impersonalidad del que te hablaba antes. Me gustaría reeditarlos para que sean accesibles y se lean, pero no pienso ir a leer poemas a recitales.

En el epílogo de este libro escribes que la decisión de dedicarse a la escritura la tomó Roberto Merino a los 15 años. ¿Fue tan así?
-Sí, había escrito poesía varias veces en mi vida. Mi primer poema lo escribí a los seis. Y después a los nueve, a los 11 y a los 14.

¿Cómo recuerdas eso tan exactamente?
-Porque cuando uno es chico divide la vida en años; es muy distinto un año a otro. Me entusiasmé realmente a los 15. Me puse a escribir todos los días, ocupaba máquina y los guardaba en carpetas. Salí de mi casa, que era de puertas cerradas, una casa hacia dentro, de gente que no salía, muy inmóvil. A los 15 rompí con eso y me vinculé con el mundo, establecí mis propias relaciones. En términos de identidad fue un año clave.

Saliste a la calle.
-Sí. Y dejé de mostrarle los poemas a mis padres. Fue un gesto de independencia.

Junto con esto, dices en el epílogo, citando un verso de Eliot, que el hombre que vuelve debe enfrentar al niño que fue, y que “en eso estamos ahora”. ¿Adónde vuelve ese hombre en tu caso?
-Eso está en el contexto de una obra de teatro de Eliot (“Reunión de familia”), y se refiere estrictamente a un tipo que vuelve al hogar. Es una frase que se puede ampliar o proyectar a otra situación.

¿A cuál en tu caso?
-Lo que quiero decir es que en las crónicas, paralelamente con la observación del presente, hay una indagación de la infancia, mirada en mi caso a través de mis propios hijos. Hay una crónica en que se me confunden mi padre y mi hijo. Yo jugaba con autitos rojos en un suelo de baldosa y mi padre me miraba y yo después miraba a mis hijos jugar con autitos y pensaba que a mi padre le había pasado lo mismo en esa misma casa, entonces se armó una especie de túnel de espejos en que el tiempo era el mismo para todos.

En otra crónica te pasó algo parecido: viste “81/2” de Fellini con tu papá cuando niño y él te dio claves para entenderla, y hace poco viste con tu hijo “Eterno resplandor de una mente sin recuerdos”.
-Sí, mi papá me dio ciertas pautas para entender a Fellini. Y me vi repitiendo la experiencia viendo con mi hijo la película de Michel Gondry. Mi hijo mayor es fanático de Jim Carrey, y no entendía mucho la película, así es que le dije acuérdate cómo son los sueños y ahí se quedó pegado, fue su clave y la vio con mucho interés. El hecho de tener hijos y de verlos crecer me da la impresión de que tengo la infancia muy cerca, de que a estos niños los entiendo a veces como de niño a niño. No soy un adulto muy convencido.

¿No?
-Realmente a mí se me olvida la edad que tengo. Puedo enganchar con una niña o niño muy chico. Tengo falta de conciencia de la edad. Sé que a veces el personaje de mis crónicas parece un viejo, pero no rehuyo de la juventud. Veo Amango y veo todas esas cosas, me interesa cómo hablan, no me caen mal, no tengo muchos reclamos contra la juventud. Los huevones de mi edad me parecen unos lateros de mierda. Me gusta mirar a los adolescentes, esa especie de inmortalidad momentánea que tienen, dueños del mundo, de la gente, de todo. Ese brillo que tienen en la mirada y que después se pierde.

PARANOIA DEL ÁNIMA EN PENA

Y la pérdida de ese brillo –hasta donde podamos entrar en Honduras–, ¿tiene que ver con el ir tomando conciencia de la muerte? Pienso en el texto que tienes a propósito de la muerte de Lihn y de Pezoa Véliz, donde dices que dos veces has estado cerca de la muerte, y que más que miedo –que lo tuviste después–, sentiste hostilidad con la vida.
-Claro, absolutamente. Pero a veces creo que en esa pérdida de brillo puede haber también factores orgánicos. A veces uno cree que todo es psicológico. Habría que investigarlo, porque capaz que haya una hormona o algo que deje de funcionar y que tenga que ver con eso, pero también tiene que ver la pérdida del brillo con que la vida se aparece ya no como una pendiente hacia adelante, sino como un camino cuesta arriba; sientes el peso de lo vivido, de las responsabilidades. Uno pierde la energía, te molestan más las cosas, te pones mañoso. Y claro, uno no puede salir indemne de una cercanía a la muerte. Y a mí lo que me pasó fue bastante siniestro.

¿Por qué?
-Porque los días posteriores, cuando salí de la clínica –estaba casado, vivía con mi familia–, no podía dormir y deambulaba en la noche por la casa, en la oscuridad. Me paraba en el umbral de las piezas a mirar a mi mujer, a mis hijos. Estaban durmiendo, estaban en otra esfera,entonces de repente me empezó a venir el pánico de que estaba muerto, de que andaba penando, porque estaba haciendo lo mismo que hacen las ánimas en pena: huevones que no tienen lugar y andan mirando a los otros. ¡Me sentía como una aparición! Te estoy hablando no en términos literarios, sino de una sensación muy desagradable, que me daba mucho susto. Fueron cuatro o cinco días de esta situación. Les hablaba a los niños, no me contestaban y tenía que gritarles, porque me venía la paranoia del ánima en pena. Me desesperaba mucho y me angustiaba re-al-men-te. Andaba con la pelada todavía rondando.

¿Desde cuándo te dializas?
-Hace tres años, tres veces a la semana.

Y hoy, en tu vida diaria, ¿cómo te determina eso? ¿te ha cambiado en algo la vida?
-No, no mucho, fíjate.

¿Ni siquiera el hecho mismo, físico, de cambiar la sangre?
-No, no pienso mucho en eso. Es algo que no elaboro demasiado. Quiero decir que lo que siento es la normalidad: estoy vivo, funciono, estoy hablando contigo, voy de un lado para otro, no me siento mal. Eso es lo que prima. Obviamente, si me dijeran que no tengo que hacerlo más, sería una felicidad infinita, pero trato de no darle demasiada importancia. Me conformo de estar vivo en condiciones más o menos saludables.

SOLIDEZ POLÍTICA 0,0

Escribiste hace poco “1971” (revista UDP nº 5), una narración donde indagas en tu propio pasado, cuando tenías nueve años.
-Sí, me pidieron un texto sobre la memoria y empecé a escribir cosas medio teóricas y cosas que pensaba, hasta que dije qué lata, no quiero escribir de la memoria, no quiero hablar más de esta huevá, pero puedo ponerla en práctica. “1971” es una indagación en cabos sueltos que estaban pendientes en mi vida.

Narras la vez que un compañero te habló de los prostíbulos, te despertó la curiosidad, fuiste a preguntarle a tu mamá y terminó en desastre.
-Sí, esa experiencia del prostíbulo me molestaba profundamente hasta este año, pero me saqué los balazos viviéndola de nuevo. Tal vez por eso el texto está vivo, porque hay una rabia actual, la del momento en que la escribí. Fue un ejercicio psicológico. Han pasado casi 40 años y vivo esa rabia ahora. ¡¿Para qué mierda fui a hablar?!

Aclaremos que lo que hiciste fue preguntarle a tu mamá sobre los prostíbulos y que ella fue a decirle al profesor que este compañero te había dicho tal y tal cosa, y quedaste como delator.
-Y por una curiosidad que ni siquiera me estaba haciendo daño. Además, el deseo era real y mientras más me hablaba mi mamá en contra de lo que era un prostíbulo, más me daban ganas de estar ahí, de mirar y de estar con una mina.

¿Qué cosa del Chile del siglo XXI te llama la atención?
-Un rasgo súper distintivo, que puede ser considerado menor, es el hecho de que se digan garabatos en la televisión; para mí que me crié en los años 60 y 70 es muy impresionante. De hecho, si a mí me invitaran a la televisión no diría garabatos. Me acuerdo que para el año 77 Florcita Motuda dijo la palabra maricón en una entrevista de radio y el locutor lo retó muy firmemente, por desubicado.

¡Y en la radio!
-Imagínate. ¿Y qué más? Que la vida es entretenida hoy. Fuera de un poco de incertidumbre económica con todo este cahuín financiero y un poco de irritación con estos discursos políticamente correctos tan imperativos, y con la restricción de ciertas libertades, como que no se pueda fumar tranquilo, me parece que la vida actual es el descueve. Para los niños hay un exceso de estímulos. Me
gustaría haber vivido mi infancia ahora. Mis hijos se manejan con todo esto del play station, el computador y la cacha de la espada, pero el otro día le regalé a mi hijo chico una piedra plana y jugó toda la mañana en el Tavelli de Providencia sentado en el suelo. Es falso que la tecnología les robe la imaginación.

¿Te parecería mejor en los próximos años este país con Piñera, con un concertacionista o da lo mismo?
-Soy como una veleta sometida a las opiniones ajenas. Todos los días alguien me convence de algo distinto; un día digo que haría falta un gobierno de derecha y al otro digo que no, que quedaría la cagá, habría una oposición que no dejaría gobernar, los mapuches se rebelarían. Me acuerdo de mi abuela: una vez en la cola alguien la convenció de cambiar el voto y votó por un tal Prat; tenía una solidez política 0,0. Me siento un poco así.

Luces de Reconocimiento
(ensayos sobre escritores chilenos)
Roberto Merino
Ediciones Universidad Diego Portales
2008, 176 páginas, $9.000