Ignacio Agüero (1952), lleva más de 25 años haciendo documentales; partió con uno sobre derechos humanos cuando hablar de ellos en Chile era peligroso. Después exploró temas diversos, desde un taller para niños hasta la demolición de un barrio capitalino. Es profesor de cine en la Universidad de Chile y ocasionalmente ha actuado en películas de Raúl Ruiz, de Cristián Lorca y de Pablo Perelman. Y ahora es, junto al productor Fernando Villagrán, el responsable de “El Diario de Agustín”, el documental que desnuda los montajes de El Mercurio.

Agüero, cuyo hermano Felipe fue torturado, con esta película ofrece no sólo su trabajo más valiente sino también la mejor en términos de factura cinematográfica. Aquí habla, reposadamente, de asuntos que, de no operar los tradicionales oídos sordos y vistas gordas, debieran dar mucho que hablar.

Por Vicente Undurraga – Fotos: Alejandro Olivares

Te voy a repetir, a propósito de “El diario de Agustín”, algunas de las preguntas que tú le haces a los cineastas que entrevistas en tu documental “Como me da la gana”, de 1985.
-Bueno.

¿Cómo se te ocurrió hacerla?
-Viene de hace harto tiempo la idea, cuando una vez escuché a José Zalaquett –abogado del comité Pro Paz y luego presidente de Amnistía Internacional–, en una comida en apoyo a mi hermano Felipe Agüero, que había sido demandado por su torturador por calumnias e injurias. Ahí Zalaquett dijo, a propósito de la impunidad de los torturadores, que había una impunidad mayor, que era la que tenía la prensa. Y recordó el titular de La Segunda, “Exterminados como ratones”, en referencia a los miristas asesinados por la DINA. Eso se me quedó grabado. Y después, con motivo del Informe Valech, escuché a la sicóloga Elizabeth Lira, que fue partícipe del informe, decir que este tipo de cosas no era la primera vez que ocurría en la historia de Chile, pero que se olvidaban, como todos los hechos de muerte y violencia en este país. Y dijo que era responsabilidad de la sociedad, de la gente, hacer lo que sintieran que había que hacer con eso. Entonces, aunque yo tenía varios proyectos de película, me pareció que no podía hacer ninguna otra antes que ésta.

¿Por qué tan así?
-Porque soy mayor que la generación de documentalistas que están haciendo películas hoy día, viví la época de la UP y El Mercurio me ha acompañado siempre. Sentí que tenía que hacerla. Esta charla de Elizabeth Lira fue en el café Off The Record, donde está Fernando Villagrán, a quien le comenté todo esto. Y así empezamos juntos, hace ya cuatro años, a gestarla.

Me llama la atención que en ésta, a diferencia de tus anteriores películas, ya no eres tú sino un grupo de estudiantes quienes en la pantalla aparecen inquiriendo, entrevistando. ¿por qué esa nueva distancia?
-Sí, en verdad esta película es muy distinta por eso a las anteriores que yo he hecho, aunque en otros aspectos se parece.

¿En qué?
-En ser fruto de un rodaje largo; y en todas se incorpora el proceso de investigación, que “es” la película misma. Ahora, es cierto que en “El Diario de Agustín” el proceso de investigación corre por cuenta de otra gente y yo me quedo atrás. Para mí fue muy importante que fueran estos estudiantes de periodismo de la Chile los que investigaran, porque es un tema el de El Mercurio que compete a todo el mundo. Ninguna de las anteriores películas que he hecho le ha importado a alguien que yo la haga o no la haga; les podrá haber gustado o no, pero de antemano a nadie le importó. En cambio, “El Mercurio” sí le importa a toda la gente. Entonces, yo sentí siempre que esta película tenía que hacerla con cuidado, porque iba a ser una película importante, con impacto.

¿Y?
-Nos pareció bueno hacer la película con jóvenes que no hubieran vivido como nosotros el período revisado, desde el año 67 hasta hoy. Que los hechos de violaciones a los DD.HH y la participación de El Mercurio en su encubrimiento fueran algo nuevo para ellos, y no que la película fuera hecha por viejos militantes.

PÁGINAS DELICTUALES

Del todo el tiempo que duró la investigación, ¿qué fue lo más sorprendente que te encontraste?
-Sin duda, descubrir en detalle cómo fueron hechos los montajes de El Mercurio.

¿Por qué tanto?
-Uno se sabe la historia de El Mercurio, pero no conoce el detalle de los montajes. La crudeza y la enorme violencia que hay detrás de ello. Fue sorprendente ver lo delictuales que fueron en El Mercurio. La película es el desmontaje de tres de los montajes que hicieron. Al hacer eso, se ve la cosa criminal: de qué forma El Mercurio y su entorno estaba a favor de las muertes y a favor de la tortura. Comprobarlo fue muy violento. El caso más emblemático de todos es el caso de la Operación Colombo o el “caso de los 119”. Es tan brutal la forma que se usa para esconder la verdad y tanta la desfachatez para decir lo contrario, que resulta muy violento.

¿En qué observas exactamente esa desfachatez?
-Por ejemplo, a raíz de los 30 años del golpe, hubo mucha prensa y todos hablaron de alguna manera de la responsabilidad que se había tenido respecto de los derechos humanos. Recuerdo haber leído una cosa que dijo Arturo Fontaine Aldunate, ex director de El Mercurio.

¿Qué?
-Dijo: “A mí nunca me vino a ver ningún familiar de desaparecido ni ningún torturado”.

Pero en la película aparecen familiares de detenidos desaparecidos diciendo que sí fueron a verlo a sus oficinas, cuando El Mercurio estaba en el centro de Santiago, y que él los mandó a sacar con la fuerza pública, e incluso estuvieron algunas hasta cinco días presas.
-Cierto. Entonces, claro que hay mucha mentira y desfachatez detrás de un diario que es tan considerado, tan respetado. Esta película no dice nada nuevo, al final; lo nuevo que tiene es que lo dice, y pone las cosas en relación.

Lo que es muy sorprendente es el epílogo del documental, donde aparece parte de la entrevista que Cecilia Serrano le hizo a Agustín Edwards tras el rescate de su hijo Cristián, que estuvo secuestrado durante 145 días a manos de rodriguistas.
-Sí.

Serrano le pregunta a Edwards qué le diría, después de esa experiencia, a los familiares de detenidos desaparecidos. Y Edwards responde: “Que tengan fe”. Y agrega que el secuestro de su hijo le sirvió a su familia para unirse, para encontrarse con hermanos que la vida había separado. Una cruz, dice, que ha de cargarse con fe.
-Claro, así es. ¿Qué descubre uno entonces? Se ve, se palpa tan precisamente el anticomunismo de El Mercurio, un anticomunismo que está en su biología, en la naturaleza de la gente que lo integra y que acepta la idea de que a los comunistas hay que matarlos, porque son gente extraña a este sistema dominado por una ideología que es la mercurial. En el fondo, ésta es una película sobre cómo el anticomunismo es criminal.

En en título del documental, ¿hay una intención de personalizar las responsabilidades? Es decir, ¿tiene esta película algo de impugnación a Agustín Edwards Eastman, de conminarlo a pronunciarse?
-Puede ser, sí. Ahora, los títulos salen solos. “El diario de Agustín” a mí me gustó mucho desde el principio, porque efectivamente es el diario de Agustín. Es una frase muy precisa, y a la vez tiene varias lecturas. Y aparece la palabra Agustín porque ese nombre está escrito en la historia de El Mercurio, desde hace más de 150 años; ya son cinco Agustín Edwards. Además, este último, Agustín Edwards Eastman, actual presidente de la empresa El Mercurio, es el mismo dueño del diario desde el año 67, que es cuando empezamos a contar esta historia, y es también el mismo que parte a EE.UU cuando gana Allende.

¿Qué hay con eso?
-Que es un protagonista de la historia de Chile en los últimos 40 años, un protagonista que no se ha movido de su lugar, de su puesto de poder e influencia, al contrario de todos los otros protagonistas: Allende murió, el Cardenal Silva Henríquez murió, Patricio Aylwin está marginado de la política, Carlos Altamirano lo mismo, Luis Corbalán también.

ENORME TEMOR

¿Esperas algo de esta película?
-Por lo menos yo hice la película sin ninguna pretensión más que contar algo que quiero contar. Nunca en las películas que he hecho –y en este sentido ésta es igual a las otras– he pretendido que pase nada, sino simplemente sacarme la necesidad de hacerla. Lo que sí, me interesa que la película permita a los jóvenes conocer esta parte de la historia, cómo han sido las cosas. Al hacer la película hablamos con mucha gente y comprobamos, más allá de lo que esperábamos, el enorme poder del diario y el enorme temor que provoca en la gente decir algo que pueda no convenir al diario.

¿Tanto?
-Sí. Es sorprendente, increíble. Gente, te digo, de izquierda, de organizaciones de derechos humanos, temerosos de tener alguna disputa con El Mercurio. El Mercurio da miedo, provoca temor a todo nivel.

¿Le temerá la gente a El Mercurio porque no estar en él significa en cierto modo no existir en este país?
-Yo creo que tiene que ver, en primer lugar, con eso: con dejar de existir; por otro lado, está el miedo a la violencia represiva. Creer que si tú no te portas bien desde los cánones que son dictados desde allí, te pueden castigar. Existe eso, el miedo todavía existe.

¿Miedo a eso hoy?
-Yo creo que opera. Y en tercer lugar está el miedo a no ser parte de un cierto consenso. Hay gente que lo llama la cohabitación: que todos andamos juntos sin decirnos las cosas. Existe eso. Ahora, en el caso mío, en la película alcancé a ponerme yo mismo.

¿Cómo?
-En la película aparece un titular de El Mercurio que me nombra.

Cierto.
-Dice: “Impactante documental estrenó Ignacio Agüero”.

Sí, me acuerdo. ¡Finalmente apareces en todas tus películas!
-Sí.

¿Y por qué pusiste eso?
-Porque sé que nunca más voy a aparecer en El Mercurio.

PEDRO MENESES, LONQUÉN

Los documentales de Agüero no están atravesados por un eje temático; de ellos, más bien, se puede desprender que para el documentalista “todo es observable”, vidas mínimas y grandes grupos, un taller para niños, la vida de una familia con cinco familiares asesinados por la dictadura, la demolición barrial y el auge de las megatorres, el trabajo teatral de Héctor Noguera con los campesinos de Villa Alegre, etcétera. En la breve “Como me da la gana” (1985), Agüero entrevista en pleno rodaje a unos cuantos cineastas chilenos en los años 80. “Es una película un poco naïf, muy simple”, dice. “Lo que me interesó a mí era hacer, a partir de una pregunta, una película. Y la pregunta mía era qué hacer. ¿Qué puede hacer uno como cineasta?”.

Es tu segunda película, ¿por qué tan pronto te entró la duda esa?
-Porque yo acababa de hacer “No olvidar” (1982), la película de Lonquén, donde estaba el tema de los derechos humanos, la represión y la muerte dando vueltas por todos lados. Y yo no quise seguir haciendo películas al respecto. Me llamaban mucho para eso. Me hubiera especializado: cineasta especializado en temas de muertos, de violaciones a los derechos humanos, de represión. Me arranqué y entonces me vi preguntándome “¿qué hago?”. Y empecé a mirar a mis colegas que estaban filmando, que eran muy pocos, para ver qué es lo que hacían y qué sentido tenía. Los miraba de lejos y era un poco patético verlos, y al mismo tiempo muy bonito; gente que hacía películas sin ningún propósito de nada, sabiendo que sus películas no las iba a ver nadie.

En “No olvidar” apareces con otro nombre, Pedro Meneses. ¿Por qué?
-Cuando firmé los créditos, me dio miedo poner mi nombre. Miedo a que me agarraran y me torturaran. Y tampoco pusimos el nombre de nadie. Todo el equipo técnico aparece bajo el nombre de Grupo Memoria, nada más. Pero la película no era clandestina, era pa´ callao.

¿Cuál es la diferencia?
-La clandestina requiere un cierto profesionalismo; nosotros, en cambio, lo hacíamos pa´ callao, que no supiera nadie, lo hacíamos los fines de semana, sacábamos las cámaras escondidas. Era todo así, pa´ callao. Pedro Meneses, en todo caso, en un homenaje a un amigo mío muerto, muerto en octubre de 1973, fusilado en el Regimiento de Infantería de San Bernardo.

¿Y nunca te pasó nada por la película?
-No, nada. Bueno, el año 84, envalentonado por las protestas que empezaban, nos atrevimos y la fuimos a dejar al Consejo de Calificación Cinematográfica. Y de repente me llama la secretaria del Consejo y me dice: “señor Agüero, vinieron unos señores a retirar la película y andaban preguntando por usted. Eran señores de anteojos oscuros con terno negro”.

¿Y no pasó nada?
-No, nada. Resultó que los que se la llevaron fueron funcionarios del Ministerio del Interior, para que no fuera calificada. Medio envalentonados, con Pancho Justiniano, un amigo abogado, presentamos un recurso de amparo.

¿Y qué pasó?
-El juez obligó al entonces Subsecretario de Educación, René Salamé, hoy día alto directivo de la Universidad Mayor, a que pasara a calificación la película. Y tuvo que hacerlo. Se demoraron un año en calificarla. Para mayores de 18.

¿Las torturas de las que fue víctima tu hermano te motivaron en parte a hacer tus primeras películas con derechos humanos, o igualmente las habrías hecho?
-Es que uno estaba rodeado de todo lo que estaba ocurriendo. “No olvidar” vino porque fui a una romería que se hizo en los hornos de Lonquén, organizada por la Vicaría de la Solidaridad, para hacer un ritual de memoria. Y ahí me impresionó mucho ver a la familia Maureira, que tenía cinco muertos por la dictadura. Me impresionó demasiado eso. Supe yo que ellos iban todos los domingos a poner flores al horno de Lonquén, en una caminata silenciosa, anónima –nadie sabía que ocurría eso–, una caminata que a mí me llamó mucho la atención porque iba en dirección contraria a la cual iba todo el país.

¿Que era cuál?
-Todo el país iba para el éxito de la economía, del consumo, era la época de las grandes importaciones. Y esta familia iba a poner flores a una tumba por sus cinco muertos. Al principio mi idea no fue hacer una película, sino simplemente tener esas imágenes. Al mes siguiente de que las tomé, dinamitaron ese horno, con el evidente propósito de borrarlo de la memoria.

PUNTA PEUCO PARA ARQUITECTOS

¿“Aquí se construye” es la película que te reportó más fama?
-¿Fama? Chuuu…

Reconocimiento al menos.
-No sé, no sé.

Como sea, desde ese año hasta hoy el tema de las construcciones se ha vuelto de mayor relevancia. ¿Qué piensas hoy del desarrollo inmobiliario en Chile?
-Primero, se ve tan claramente la estupidez chilena en cómo se hacen las cosas. En otras partes se regula. No cuesta nada. Se hacen leyes, se marcan zonas. En todo caso, “Aquí se construye” contiene también el punto de vista de los obreros, a los que les importa un pito toda esta cuestión porque ellos se ganan la vida construyendo edificios.

¿Y segundo?
-Y segundo, se ve el salvajismo del funcionamiento del capitalismo chileno, que es tan desregulado. Basta que se pueda hacer negocio con algo para que tenga sentido todo. Esa idea estúpida que se instaló en Chile de que siempre hay que sacar provecho económico de todo. Es una falta de cultura, de interés por algo más que la pura moneda de plata.

¿Tendrá que ver el mal gusto de la clase alta con esta estupidez que dices de ponderar por sobre todas las cosas el provecho económico?
-Claro, el mal gusto es atroz porque todo importa muy poco, salvo ganar dinero muy rápido. Imagínate que los arquitectos son tipos que han estudiado cinco años y muchos de ellos pretenden ser artistas y habitar el espacio, pero llega un empresario y les dice constrúyete esto y lo hacen de inmediato. Eso es gravísimo.

¿Por qué tanto?
-Porque si yo hago una película mala, no la ve nadie o la gente se sale de la sala y se va. Y punto. Un edificio queda para siempre a la vista. Es muy grave cuando los arquitectos hacen cosas tan horrorosas. También hay una impunidad ahí (risas)… Yo alguna vez tiré la idea de que debería haber un Punta Peuco para arquitectos.

TRES COSAS SUELTAS

¿Te preocupa cómo pueda venirse esta crisis económica en Chile?
-No sé mucho del tema, pero el chileno siempre se las arregla para salir bien parado. Yo creo que como tenemos tanta plata guardada, parece que no nos afectará tanto. O algo van a inventar. No sé.

¿Hay algún libro chileno que te hubiera gustado filmar?
-Trabajé un tiempo en tratar de adaptar “Explicación de todos mis tropiezos”, de Óscar Bustamente, que es una novela extraordinaria, increíble. Hay muchos libros de Bustamente que me parecen increíbles.

¿Qué te parece la proliferación del documental entre los cineastas jóvenes?
-Me parece muy bien, porque encuentro que el documental es muy valioso como género, porque son todos muy distintos unos de otros, a diferencia de las ficciones, que generalmente se parecen, por la estructura dramática al menos. En cambio los documentales son muy distintos, son muy guiados por la obsesión de su autor y muy innovadores de lenguaje. Da más posibilidades, creo, de ejercer la libertad creativa.

ESTRENO EN CHILE CARGADO DE SIMBOLISMO

Después de un comentado y celebrado debut en Buenos Aires, El Diario de Agustín se estrena en Chile en cuatro días más, el lunes 3 de noviembre, a las 20.00 horas, en la Sala Fresno del Centro de Extensión de la Pontificia Universidad Católica de Chile, en Alameda 390, lo que le da gran valor simbólico al estreno, porque mismísimamente ahí fue donde, hace ya 41 años, los estudiantes de la Pontificia Universidad Católica colgaron el lienzo que advertía CHILENO: El Mercurio miente.

Con la exhibición del filme se dará el vamos al FIDOCS (Festival Internacional de Documentales de Santiago 2008), que ya va en su duodécima edición. Además, en el marco del mismo festival, El Diario de Agustín podrá verse en el Cine Arte Alameda el sábado 8 de noviembre a las 20.00 horas, y en la Cineteca Nacional, en el Centro Cultural Palacio La Moneda, el domingo 9 de noviembre a las 16.00 horas. Esto para los más ansiosos, pues la película, cuenta Agüero, tienen presupuestado estrenarla en salas del circuito comercial en enero. Más informaciones sobre la película pueden encontrarse en www.eldiariodeagustin.cl.