La guardiana de las papas chilotas: la historia de Yolanda Millapichún y las 112 variedades nativas que mantiene vivas en su reservorio de Lemuy
Un buen día, hace ya más de 15 años, Yolanda Millapichún recibió más de 200 variedades de minitubérculos de las ancestrales papas de la isla grande. Las plantó y se enamoró de ellas: “De las 200, despertaron 112. Las otras siguen durmiendo”, dice desde Detif, un pueblito de poco más de un centenar de habitantes en la isla de Lemuy, comuna de Puqueldón, Chiloé profundo, caserío de agricultores al que se accede en barcaza y que tiene una iglesia de coigüe y alerce, armada sin clavos en 1734. La historia de “Yoli” es parte de la historia de la isla y de la papa, crucial recurso alimenticio de origen andino y que se esparció por el planeta: hoy la producen en 159 países, pero el 90% de los tubérculos tiene ADN chilote. “Cuando escuché de un profesor que dedicó su vida a esto decir que todas las papas del mundo tienen genética chilota, me sentí tan orgullosa que empecé a recolectar y a cuidar este tesoro único”, dice.
Por Antonio Valencia 6 de Junio de 2026
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“Soy Yolanda Millapichún Vera. Vivo en el último rincón de Detif, en la isla Lemuy, acá en Chiloé. Soy guardadora de 112 variedades de papas nativas, llevo más de 15 años plantando, guardando, cuidándolas para que no se pudran y volviéndolas a plantar. Todos los años, en septiembre, planto cuatro tubérculos de cada una. Es un trabajo duro, pero muy lindo, hermoso, imagínese usted tener este tesoro de Chiloé en mi persona. Es una gran responsabilidad”.
Yolanda Millapichun, mapuche huilliche, cumplió 65 años en marzo. “Nací en mi casa, porque en esos años las mujeres no iban a parir al hospital, sino que venían las parteras a las casas”. Hoy su vida la destina, y la destinará hasta cuando ya no pueda, a cuidar su jardín de papas al que llamó Rayén Milla. “En mapudungún Rayen’ significa flor y ‘milla’ significa oro”, enseña.
“Toda mi vida he sido agricultora. Tengo esa herencia. Y con programas de instituciones estatales empezamos varias mujeres a recolectar variedades de papas chilotas, hasta que vino un profesor de la Universidad Austral, que ya había juntado muchas variedades, más de 200, durante muchos años, llevó los minitubérculos al INIA (Instituto de Investigaciones agropecuarias) de Osorno para limpiarlos de hongos, plagas y enfermedades. Y un día me los trajo, y con un programa del INDAP (Instituto de Desarrollo Agropecuario) las planté todos en mi terreno. De esas 200 variedades de papas despertaron 112. Las otras siguen durmiendo. Pero cuando vi sus colores y sus figuras, sus formas, me nació el amor por ellas”.
En 2012, el INDAP financió también la construcción de su bodega donde cuida con celo sus cosechas de “ratones, chanchos, ovejas y hasta vacas” -dice-, y con el paso de los años, su jardín Rayen Milla se convirtió no solo en el mayor reservorio de papa nativa chilota, sino también en el único que queda a esa escala.
“Al principio, hace años, éramos más de 20 agricultoras dedicadas, había una agrupación que se llamaba Delicias de Lemuy, pero la mayoría de ellas se fueron perdieron en el tiempo, y otras pocas se dedicaron a las seis o siete variedades que son más comerciales, como la papa michuñe, que es negra o roja, la papa cabrita o la mortajuda, papas tienen esa pulpa de colores con las venden para hacer esas papas fritas nativas que hay en supermercados”.

Yolanda supo de la agricultura gracias a su abuela Clorinda Caucamán, quien vivió 92 años. “Ella me enseñó mucho cómo plantaban los antiguos. No era mi abuela sanguínea, porque ella adoptó a mi mamá. Con ella crecimos mi hermana y mis otros dos hermanos. Mis papás murieron jóvenes y me tuve que hacer cargo de la casa. Nunca me casé ni tuve hijos”, narra Yolanda.
Dedicada a la tierra, recuerda perfecto otro momento en que las papas chilotas quedaron fijas en su retina. “En la agrupación había cursos para plantar y cuidar papas, hubo charlas sobre la historia de la papa, de fertilizantes, hongos y plagas que las dañan. A una de esas charlas llegó el profesor Contreras, el de la Universidad Austral, y contó que en cualquier lugar del mundo donde haya papas, si le hacen un ADN a esa papa, encontrarán en su genética, en su ADN, genes de la papa chilota. Me llamó tanto la atención que me hizo sentir orgullosa. Y más me interesé en cuidarlas”.
¿Quién es el profesor Contreras?
Julio Kalazich, académico de agronomía de la Universidad de Los Lagos -institución que, así como el INIA, mantiene in vitro 330 variedades de papa-, es miembro de organizaciones que pocos saben que existen: la Asociación Chilena de la Papa, la Asociación Latinoamericana de la Papa y el World Potato Congress.
“El profesor Andrés Contreras hizo un trabajo gigante en el rescate de cientos de variedades de papa chilota”, afirma. Desde su tesis de grado como agrónomo en 1967, Contreras dedicó 46 años de su vida a las papas chilotas. Murió en 2014, a los 71 años. La historia de Contreras también la recoge el primer Museo de la Papa Chilota -al que en verano llegan en promedio cuarenta personas por día, pero que en el resto del año casi no aparece un alma-, recinto inaugurado en 2024 en Quiquel, a siete kilómetros de Dalcahue, en una escuelita rural que se quedó sin alumnos.
Kalazich advierte que la presencia genética en las papas repartidas por 159 países del planeta que producen el tubérculo, no da para alimentar disputas del tipo origen del pisco. “No, la papa es peruana, no hay duda de eso, su origen está en los sectores andinos de Perú hace ya varios miles de años”, enfatiza.
Luego explica que la ancestral papa andina de Puno se repartió por Sudamérica y recién viajó a Europa -desde Perú a España- en 1567. Y fue entrando a poco, pese a que por razones religiosas la miraban de reojo: los sacerdotes mandataban no comer nada que creciera bajo tierra, como si eso fuera cosa del averno, obra del diablo. “Claro. Y la planta de la papa en superficie da un fruto pequeño parecido a un tomate que no es comestible”, apunta el académico.
La papa de Chiloé emigró al viejo continente en 1811, “adaptándose tan rápido al día largo europeo, que ya hacia fines de 1800 había reemplazado casi totalmente a la papa andina en Europa y el resto del mundo. Los estudios científicos más recientes establecen que la papa de Chiloé esté presente en más del 90% de la composición genética de las variedades de papas que se cultivan en el mundo”, sentencia Kalazich.
“Eso escuché yo del profesor Contreras y quedé impresionada, me llenó de interés y de orgullo de este tesoro que ha salvado a la humanidad de hambrunas”, retoma Yolanda Millapichún. Un solo ejemplo, agrega Kalazich, al teléfono desde Osorno: “En Irlanda era tan importante la papa en la dieta, que cuando un hongo destruyó los tres años los cultivos de papas, entre 1947 y 1950, generó una hambruna que causó un millón de muertes y obligó a emigrar a un millón y medio de irlandeses a países tan lejanos como Canadá, Estados Unidos, Australia o Nueva Zelandia”.
De vuelta en Chiloé, Yolanda lamenta su actual mala racha. Un hongo -llamado tizón, el mismo que asoló Irlanda- atacó a su reservorio y completa un par de años afectando su producción. “Y tampoco es que sea muy rentable vender, porque el kilo lo estaban pagando a unos 350 a 400 pesos, cuando en la feria de la malla de papas nativas la venden a dos mil pesos a los turistas.
Antes podría entregar hasta mil kilos por año y ahí era rentable. Así que ahora voy a pérdida con esto. Lo otro es que a pesar de que con la papa se hace milcao, chapalele y otras preparaciones chilotas, el chilote no usa mucho la papa nativa, sino que la más común y corriente, que para mí es una papa exótica. La mayoría del chilote come la papa exótica y no la papa nativa.”
Los problemas de financiamiento, relata, tuvieron un respiro el año pasado. Una agrupación llamada La Melga organizó una campaña llamada “Amadrina una papa” por 10 mil pesos anuales. “Estuvo bueno eso, muchos padrinos y madrinas hubo de unas 70 papas. Pero este año no he sabido de eso”.
Pese a las dificultades, a la que suma los altos costos de 30 bolsas de fertilizantes y el tratamiento antihongos, ella sigue incansable su tarea. “Empecé sola y anónima hace más de 15 años y seguiré hasta que dios me de vida. No quiero tener más de las que tengo, ya tengo mis años, con las 112 me basta y me sobra”.
Ella no ceja, claro está. Aunque un problema mayor le quita el sueño.

“No veo interés quién siga una vez que ya no esté. Me ayuda mi hermana Elizabett que ya está algo enferma a sus 60 años, y mi sobrina María Bilma, que no tiene mucha intención de continuar. Para peor los niños de la escuela que ayudan justo salen de vacaciones en diciembre, que es una de las épocas que más se necesitan cuidados de las plantas porque es la época de la floración. Ese es mi temor, que yo sea la última y nadie siga este legado”.
Este sábado pasado fue el día internacional de la papa, efeméride instaurada por la FAO hace dos años. Y el domingo fue el día del patrimonio. Yolanda Millapichún, en ceremonia oficial en Castro, fue reconocida y homenajeada por las autoridades precisamente como patrimonio cultural de la provincia de Chiloé por su vida dedicada a preservar papas ancestrales, paso previo para convertirse, algún día, en uno tesoro humano vivo.



