“Yo sí puedo mostrar la plata“, por Leonardo Farkas K.

Probablemente para usted, lector de a pie que debe gastar cuatro horas diarias en ir a su pega, verme arriba de mi Rolls Royce Phantom descapotable llegar a mi oficina en el barrio El Golf puede ser chocante. Si así lo considera, me parece que está en todo su derecho, pero creo importante aclararle algo, debido a los venenosos comentarios que últimamente me han lanzado de ciertos sectores, incluido el canal de televisión de un candidato. Antes de partir, eso sí, lea claro que unos buenos años atrás, yo también esperé micro y cuando crecí un poco, me compré un suzuki pan de molde en 600 mil pesos con mi plata, así que algo sé de lo que es esperar micro bajo la lluvia.

Vamos al grano. De mí han dicho de todo, desde que soy populista porque doy propinas generosas, porque doné mucha plata en la Teletón pasada o que saqué algunos billetes en la calle para ayudar a la gente, hasta que soy un em-presario ostentoso que luce demasiado el dinero. Quiero explicar, para quienes malentienden mis costumbres, algunos de mis actos.

Veamos lo primero, las propinas, las donaciones y algunos regalitos que por ahí he hecho y por los cuales tanto me han criticado. Esos gestos siempre los he hecho anónimamente desde que llegué a Chile hace tres años. Siempre que voy a un buen restaurant (confieso que me gusta la buena vida, la buena comida y, por cierto, el buen vino), quiero que la gente que me atienda, si lo hace bien, reciba su justa recompensa. Así también lo hice el otro día en el Caupolicán, para el concierto de KC, invitando a todos a un trago y dándole una buena propina a cada una de las meseras. No voy a dar cifras, porque me parece de mal gusto, pero tengo claro que los garzones me consideran el más propinero de Chile, cosa que no me molesta y que hasta ahora había mantenido en secreto y que se hizo pública sólo porque la prensa consultó a los beneficiados. Esas propinas las doy porque yo, cuando tocaba el pia-no en EE.UU., también tenía una copa que me llenaban con dinero. Por eso, sólo devuelvo lo que antes otros, igual de generosamente, me dieron.

Antes de las propinas, me habían criticado por los $ 235 millones que dí el año pasado a la Teletón, al punto que algunos dijeron que lo hacía porque podía deducir de impuestos. Les quiero aclarar a esos mal hablados que en años anteriores había hecho donaciones de igual o mayor importancia anónimamente y si el año pasado la hice pública fue para que gente que tiene mucha más plata que yo copiara mi gesto, fuera por envidia o por sana competencia.

Pero no creo que todo deba quedarse en meras ayudas económicas. Creo, como empresario sin color político más que el de la justicia y equidad, que uno no debiera tener un tope para las donaciones sociales como lo estipula una ley muy mal hecha, cuyo único resutado ha sido espantar a cualquier privado con espíritu social. Es más, me arriesgo a decir que cada empresario debiera donar mínimo el 10% de sus ganancias para ayudas sociales pero sin tope como lo establece la susodicha ley. A los que digan que es mera palabrería, los reto a consul-tar por los 1.000 teléfonos o las 60 líneas de Internet que puse en el norte, donde ni siquiera el Estado, pese a ser una zona minera que genera grandes ingresos, había invertido en ese tipo de ayudas. También pueden chequear las 300 casas, el equipo ginecológico para Putre o el canil para perros vagos de Caldera.

Por último, y esto para satisfacer el hambre de los faranduleros, voy a explicar por qué no considero que andar en un Rolls Royce por Santiago sea un acto ostentoso -autos que pagan sus buenas patentes. Conozco empresarios chilenos que me han dicho que ellos no pueden salir en su auto favorito porque en la calle o les rayan el auto o les piden plata. “No, en Chile no se puede”, me han dicho, mientras salen en el auto más barato que tienen a dar una vuelta a la manzana. En el fondo, da lo mismo que uno salga en un Rolls Royce, si tiene bien a su gente. Si paga bien a sus trabajadores, a sus empleados, a sus nanas. En el fondo, los que no muestran la plata, temen que se la pidan. Ese no es mi caso. De mi padre aprendí que el dinero va y viene y que lo importante es disfrutar de la vida, ya que lo comido y lo bailado no te lo quita nadie.