Se presentó un candidato a la injusticia más ridícula de todos los tiempos esta semana en Australia: Alan John McEwan, residente de Sydney, fue hallado culpable por grabar en el disco duro de su computador una sátira de la conocida serie de animación “los Simpson”, en la que los personajes incurrían en actos libidinosos. No, esto no es sobre derechos de autor, tampoco sobre la libertad para satirizar. Es un caso de (respira profundo): “¡pornografía infantil!” ¡Porque claramente las caricaturas de Lisa y Bart Simpson son representaciones de menores de edad!


Lisa y Bart Simpson: ¡excitantes!

Esto bastó para que el juez en segunda instancia confirmó el fallo en contra del acusado, aunque le salvó de la cárcel, imponiéndole “solamente” una multa de 3.000 dólares australianos (1,3 millones de pesos). Según el magistrado, se trataba de un acto de clemencia, pues “si los hechos graficados hubieran sido algo real, estaríamos hablando de 10 años de cárcel.”

¡Pero qué profundo! O sea, si los dibujos cobraran vida, si la ficción fuera realidad, las consecuencias serían considerables…

El inculpado negó sentir atracción sexual por figuras con cuatro dedos, ojos gigantes y piel amarilla, y menos por los niños humanos, pero el juez fue implacable al acusarlo de “estimular la demanda” no solamente de material caricaturófilo, sino también pedófilo.

En la “blogosfera” alguien pregunta si acaso “los Simpson” no llevan más de 18 años al aire, con lo que Bart y Lisa en realidad serían mayores de edad. Otro especula si tampoco se puede sexualizar a “los pitufos” , que no representan a seres humanos, sino que son una especie fantasiosa, y que nacen viejos para después irse convirtiendo en niños. Un devoto se preocupa del ataque inminente al clásico arte cristiano, aquí atrevidamente reproducido. De todas formas, está abierto el camino a censurar el arte abstracto, que también excita a algunos degenerados.

Antes de sacar conclusiones, quiero evitar un malentendido – y la aparición de una turba enardecida frente a mi puerta: ¡No defiendo a los pedófilos! Si a alguien se le comprueban actos sexuales con personas que aún no llegan a la pubertad, merece ser colgado de sus genitales y entregado a esa turba. ¡Linchémoslo, destripémoslo, agarrotémoslo, o al menos castrémoslo!

Ahora, si alguien de esa tendencia mantiene su extraño y asqueroso problema dentro de su cabeza, es decir, si se controla y no molesta a ningún niño, entonces ahí termina mi afán de persecución. Es un límite que prefiero no cruzar. Es la introducción de algo tan orwelliano como el “crimen de pensamiento”.

Al fijar ese límite difiero totalmente de la tendencia actual. Crecientemente está ganando terreno una definición de pornografía infantil como “lo que excita al pedófilo”, y no necesariamente algo cuya producción haya implicado el abuso de niños. En Estados Unidos, donde la histeria ha llegado a su máxima expresión, los padres arriesgan el infierno legal si sacan fotos desnudas de sus hijos, y los escolares en su primer día mean de horror si el profesor es hombre. Otra tendencia, también visto acá en Chile, es tildar de “pedofilia” las relaciones consensuales con personas que son sexualmente maduras en el sentido biológico, pero menores para la ley, por ejemplo, con una chica de 15. Incluso se ha catalogado como “pornografía infantil” las fotografías desnudas de modelos de 17. Si bien deben existir edades límites para las relaciones sexuales y la participación en pornografía, el hecho de meter infracciones en ese ámbito en el mismo saco que atropellos contra niños antes de la pubertad socava el respeto por la ley.

En mi infancia en los años 70, nadie hablaba de la pedofilia, y si alguien hubiera usado el término de “pornografía infantil”, yo lo habría entendido como “pornografía para niños”, al igual que la “literatura infantil” y la “música infantil”. Antes de los 90, muchos países sólo activaban su sistema judicial si el consumidor de la pornografía infantil había pagado al productor o distribuidor del material. Era más que razonable, ya que el aporte en dinero constituye una participación al menos indirecta en los abusos.

¿Pero ese criterio rige cada vez que la televisión chilena transmite en vivo y en directo de un cibercafé, donde alguien bajó imágenes de pornografía infantil? No. En estos casos, los medios de comunicación masiva venden morbo e indignación, pero no contra el abuso de niños, sino contra lo que se mueve en la cabeza de un depravado. Lo primero me parece un asunto de máximo interés público, pero de lo segundo ni me quiero enterar. Por favor, ¿alguien en el poder se atreve a hacer la distinción?

Merece ser tomado en serio otro argumento a favor de criminalizar cualquier herramienta de masturbación del pedófilo, incluido los catálogos de ropa infantil. Se dice que puede producir – dentro de la cabeza del que lo usa – el deseo de vivir sus fantasías en la realidad. Cabe recordar que ése no es un raciocinio válido para ningún otro caso. Podemos presenciar en imágenes vivas las peores barbaridades, identificarnos con asesinos y terroristas, incluso tener fantasías de violación, y no por eso incurrir en algo ilegal. Aunque en esos terrenos también hay quienes abogan por la prohibición de la estimulación gráfica, incluida una corriente del feminismo que quiere prohibir la pornografía para adultos, aduciendo que fomenta la violación.

Las investigaciones sobre estas causalidades sacan conclusiones al menos contradictorias. Algunos estudios muestran que los condenados por ejercer la pedofilia tienen más probabilidad de reincidir si ven pornografía infantil. Pero estos sujetos ya han violado una vez el límite entre fantasía y realidad. Otros científicos concluyen que los pedófilos más aptos para controlar su perversión usan el material gráfico para “desahogarse”. En todo caso, hay que extremar esfuerzos y resquicios legales para evitar barbaridades contra niños y mujeres, pero en base a averiguaciones serias.

Sin embargo, al perseguir en la actualidad a consumidores de pornografía infantil, el meollo del asunto no siempre parece ser la preocupación por el bienestar de los niños, sino más bien la rabia contra personas enfermas de la cabeza. Algunos políticos abiertamente descartan la importancia de estudiar el asunto, porque hay que “enviar una señal” y ser “duro con la pedofilia”, o sea, no importa tanto el verdadero bienestar de los niños como la sensación superficial de velar por él.

Admito que puede haber situaciones límites. En algunos años, será posible cometer violaciones contra niños y otros por “realidad virtual”. Si las imágenes y sensaciones llegan a ser totalmente convincentes en la virtualidad, el pedófilo ya no tendría por qué cometer abusos en la realidad. Por otra parte, ese tipo de “placeres” sería algo profundamente ofensivo para el público.

No quiero prejuzgar antes de aclararse mejor las consecuencias para los niños reales. Sólo que básicamente pienso que la pedofilia es profundamente repulsiva como idea. Pero sólo debe ser un crimen duramente castigado como práctica. Si alguien sueña con acostarse con Lisa y Bart Simpson, es única y exclusivamente su problema.

Por Rasmus Sonderris