Estos son algunos pasajes de “Mi vida como prisionero”, el inflamable texto del ex guitarrista de Los Prisioneros, Claudio Narea. Acá cuenta su parte de la historia, su tajada de la memoria de la banda de San Miguel, con capítulos que rayan desde sus inicios, hasta su relación con Jorge González, sus quiebres románticos, las traiciones y mucho dato para el fans más fiel.

“Descubrí en un cajón de nuestro dormitorio, en febrero de 1989, unas cartas con la inconfundible letra de Jorge. Nunca tuve sospechas de que ellos anduvieran juntos. No puedo precisar la fecha en que empezó todo, pero puedo suponer que llevaban solo un par de meses. Recuerdo con claridad la ocasión en que tuve una fuerte discusión con Claudia y en ese preciso momento llegó Jorge a verme, me ofreció conversar con ella e interceder para lograr un entendimiento. No era extraño que ellos conversaran; de hecho él iba mucho a casa, y era como parte de la familia. Me acuerdo de que las cartas tenían una escritura muy desordenada y estaban plagadas de alusiones sexuales. Diría que solo hablaban de sexo. Cuando la leí, enloquecí. Jamás se me pasó por la cabeza que pudiese estar ocurriendo algo así. Interrogué a Claudia, quien, sorprendida, me negó todo al principio para luego aceptarlo y decirme muy confundida que todo había sido un error y que ella me quería solo a mí. Me confesó que el día de la discusión en que Jorge llegó a nuestra casa y salió para hablar con ella fue el día en que había comenzado todo.”

“Cuando descubrí las cartas entre mi mujer y Jorge, me enteré de que ella tenía las llaves de la casa de Jorge y que estaba por llegar de sus vacaciones. El día en que Jorge volvía lo esperé varias horas dentro de su casa, hasta que llegó. Lo vi venir a través de las ventanas, se bajó del taxi con su maleta y entró. Cuando lo tuve frente a mí se sorprendió mucho. Le propiné el golpe más fuerte que he dado en mi vida y él no tuvo oportunidad de reaccionar. Se fue hacía atrás y comenzó a pedirme que le pegara más. Me dijo ‘me lo merezco’.”

“Otra conversación de hotel, fue una noche que estábamos solos y me dijo: “Tú sabes que con Miguel somos amigos”. Yo asentí con la cabeza pensando que me iba a decir algo respecto de Miguel. Luego agregó: ‘Pero tú sabes que contigo es distinto’.”

“Era insólito: nos aplaudían en todos lados y luego llegábamos a San Miguel y no nos conocía nadie. Todo fue así hasta que aparecimos en el programa “Sábados gigantes”. Al vernos junto a Don Francisco recién nuestros vecinos se vinieron a enterar qué era lo que hacíamos con nuestros instrumentos. Mucho antes que eso, en pleno 1984, estuvimos en el matinal de Canal 11, junto al animador Jorge Rencoret, precisamente tocando “La voz de los ’80″, pero eso no produjo ningún impacto. Poca gente nos vio.”

“Aunque gozábamos de mucha fama, poco nos había cambiado la vida. Yo seguía viviendo en la casa de mis padres y ni siquiera tenía teléfono. Cualquier persona podía vernos contando billetes en Providencia con Pedro de Valdivia luego de salir del banco. Si es que teníamos dinero tomábamos un taxi para irnos a casa, de lo contrario nos subíamos a una Colón-El Llano y nos sentábamos en el fondo. Nos gustaba pasar inadvertidos, pero no siempre lo conseguíamos.”

“Pronto comenzaron a pololear Jorge y mi hermana Cecilia y durante ese año le contó que “Paramar” la hizo pensando en ella. La relación fue más bien intermitente, porque en ese tiempo Jorge conoció a Jacqueline Fresard, empezó a frecuentar ese grupo de amigos y allí se quedó. Aunque siempre volvía a visitar a mi hermana y le hablaba de amor, su novia oficial era Jacqueline. Cuando se casó con ella a fines de 1986, el día antes de la celebración religiosa, fue donde mi hermana y le dijo: “Me voy a casar con Jacqueline, pero en realidad estoy enamorado de ti”. Mi hermana quedó destruida, no entendía nada, le costó varios años superar el asunto.”

“Después de tres semanas de volver con Claudia, Jorge apareció en la puerta de mi casa, se veía tranquilo. Golpeó la puerta y por una ventana me hizo señas para que la abriera. Me dijo que aceptaba que nosotros nos quedásemos juntos, pero me dijo: “Quiero pedirles algo”. “¿Qué quieres?”, le contesté. Me dijo: “Yo acepto que ustedes se queden juntos, pero quiero pedirles que nos acostemos los tres. No me contesten todavía, piénsenlo y después me contestan”. Quedé perplejo. Al poco rato volvió a la carga con lo mismo: “Bueno, ¿y qué han pensado?”. Le contesté que no. Al oír mi respuesta negativa se puso furioso, me gritó como si yo lo hubiera ofendido gravemente, lanzándome un montón de garabatos y desapareció dando un portazo.”

“Al día siguiente un amigo nos llamó para contarnos que Jorge se había cortado las venas. Claudia y yo nos sumamos a todos los amigos que fueron a verlo a su casa de Beaucheff. Estaban todos: Michel, Roque y Miguel, entre otros, quienes se habían enterado del intento de suicidio y estaban muy preocupados por su salud. Nos contaron que además de los cortes, se había tomado 16 valiums. El estado en que lo encontramos era lamentable, muy atontado y salivando. Lucía una vendas en cada brazo a la altura de las muñecas. Aunque se encontraba muy decaído, quiso decirle algo a Claudia. Acostado en la cama y lo suficientemente drogado no parecía peligroso, así que le permití que le hablara manteniéndome a una corta distancia. Le dijo algo muy despacio que luego ella me repitió: “Lo hice porque me amo mucho a mí mismo”. Esto sucedió a fines de diciembre de 1989, la banda como la conocíamos estaba muriendo.”

“Después de que grabé las guitarras todos pensaron en que el disco se podía mezclar y luego mandar a fabricar. Y así lo hicieron. Olvidaron que no se había cumplido la promesa de Jorge en cuanto a que el disco saldría solamente cuando todos estuviéramos conformes. Yo no estaba conforme. Quise que él supiera que había algunas cosas que mejorar en cuanto al trabajo en equipo, sobre todo porque vendrían nuevos discos y no quería volver a pasar por lo mismo. Anoté en una libreta algunos puntos para no equivocar las palabras que iba a decir. Sabía que no era fácil hacerlo, pero también sabía que tenía que hacerlo. Carlos Fonseca estaba al tanto de que en la reunión que tendríamos a esa hora yo iba a exponer mis inquietudes. Y lo hice. Estaban Jorge, Miguel y carlos, y les pedí algunos minutos para plantearles lo que me incomodaba. Comencé a leer mis apuntes. No llevaba más de treinta o cuarenta segundos cuando Jorge estalló. Se levantó de su asiento con su cara desfigurada por la rabia diciéndome ‘tú cambiaste, Claudio… lo único que quieres es sobresalir… tú me tienes envidia… se acabó la banda, se acabó todo… no quiero tocar más con Claudio… se acabó’ y salió de la oficina dando un portazo.”

“Yo no quería tocar teclados, quería dedicarme solo a mi guitarra. Los muchachos estaban de acuerdo y salió el nombre de Coty, el amigo de Miguel, para que hiciera el papel de tecladista. Pero Loreto quiso hacer su aporte: ‘¿Y por qué no haces como que tocas, si para eso estás ganando harta plata?’. Yo no le respondí, tal vez Jorge se sintió feliz con su ocurrencia. Era un tiempo en que Loreto era omnipresente en la banda, era uno más de nosotros y opinaba sobre todo lo que pasaba. Cuando estábamos de gira y la gente se acercaba a pedirnos autógrafos, los muchachos daban algunos, o no daban simplemente y se metían en la camioneta que nos esperaba. Yo en cambio no tenía problemas en darlos y luego entraba a juntarme con ellos. Como esto ocurría a menudo, pude escuchar muchas veces que ella comentaba en voz alta para que todos oyeran: ‘claro, es que Claudio es tan sencillo…’, dicho eso naturalmente en tono de burla. Loreto viajaba a todos lados con nosotros y había que soportarla porque era la mujer del líder.”

“El concierto de Allende lo recuerdo principalmente por algo que sucedió en la prueba de sonido. Estábamos tocando ‘El baile de los que sobran’, yo rasgueaba mi guitarra y el tema llegaba a su fin cuando este en vez de terminar, siguió sonando, pero con otros acordes. Era una secuencia grabada, música que yo no conocía. Dejé de tocar y me sentí ridículo, pues había mucha gente observando la escena. Era otro tema y nadie me avisó. Ellos cantaban felices la canción ‘Bailan sin cesar’, del programa 31 minutos. Al bajarme del escenario alguien me quiso entrevistar y me preguntó por los planes que teníamos próximamente con el grupo, yo sin saber qué decir me alejé como pude del micrófono. Cuando salíamos del lugar, Jorge se me acercó y me dijo: ‘disculpa, se nos olvidó avisarte que íbamos a tocar ‘Bailan sin cesar’.”

“Conversando con Verónica Peña, la asistente de Carlos Fonseca (nuestro mánager), me enteré de que todos los pasajes y estadía de la mujer de Jorge eran pagados con el dinero de la banda. Loreto Otero para ese entonces llevaba un año viajando gratis. Verónica suponía que todos estábamos enterados, pero esto no era así. A mí no se me hubiera ocurrido llevar a Claudia como hacía Jorge con Loreto, pues salía demasiado caro. Claudia había viajado conmigo solamente a México en la gira anterior, pero fui yo quien pagó sus pasajes y gastos. Miguel también tenía que proceder de la misma forma si quería viajar con su mujer, si no obviamente ella no podía ir. A la salida de los Estudios del Sur le conté todo a Miguel, y este casi se cayó de espaldas. Estaba furioso. Quería ir de inmediato a aclarar las cosas. Pero no era Jorge quien nos debía explicaciones, sino Carlos. Él tomaba ese tipo de decisiones, así que fuimos a encararlo. Nos dijo: ‘Pero si ustedes sabían…’. Le contestamos que jamás nos dijo nada y le propusimos conversar con Jorge. Él nos pidió que no lo hiciéramos porque se iba a armar un lío. Dijo que le parecía muy importante que viajara con Loreto porque ella lo mantenía alejado de tentaciones. ‘Con ella a su lado no se va a ir a drogar’. Por último nos ofreció que lleváramos a nuestras mujeres cuando quisiéramos. Esa fue la única solución.”

“El jueves 25 de septiembre, los Prisioneros dieron una conferencia de prensa. Era una pésima decisión estar frente a los micrófonos, a no ser que tuvieran una buena estrategia. No la tenían. Querían presentar en sociedad a Álvaro Henríquez, sin darse por aludidos que la gente quería saber primero por qué me habían expulsado. Lo observé en directo junto a Claudia. Le preguntaban a ellos por la carta que yo había escrito, por las razones de mi alejamiento. Miguel comenzó a hablar muy inseguro: ‘nosotros… decidimos… que Claudio se fuera del grupo por motivos que él y nosotros solamente sabemos’. Cuando escuché estas palabras pensé ‘perfecto’, lo dijo, dijo la verdad a pesar de que de seguro eso no estaba en el libreto. Pero de inmediato Jorge interrumpió diciendo ‘y que lo conversamos entre nosotros todos’. Un periodista preguntó si hubo un acuerdo de caballeros, Jorge contestó ‘claro, por supuesto… porque nosotros quedamos de acuerdo que entre los tres iba a quedar eso’. Finalmente no se refirieron a las razones de mi alejamiento y presentaron a mi reemplazante. Luego siguieron intentando dar a conocer los próximos pasos junto a Henríquez y su gira con el grupo mexicano, mientras los periodistas seguían preguntando por mi salida. De pronto una periodista encontró una estrategia y preguntó a Álvaro Henríquez: ‘Álvaro… según la carta de Claudio Narea en la que habla de que Jorge González…’. En ese momento Jorge perdió la paciencia e interrumpió diciendo: ‘dale con la carta de Claudio Narea… ya, filo con ustedes’ y botó al suelo todos los micrófonos, grabadoras y vasos de agua que se encontraban en la mesa. A mí me gustó que lo hiciera, por fin el público pudo ver cómo es Jorge en realidad. Con su actitud me dio la razón. Intolerante, intransigente y lógica autoritaria, eran términos que yo ocupé en la carta. Loreto, su mujer, aprovechó de golpear a una periodista que también preguntaba por mi salida del grupo.”

Mi vida como prisionero
Claudio Narea
Editorial Norma
338 páginas