Por Pamela Jiles

Durante dos semanas me he hecho algunas preguntas que repiquetean en mi cerebro de periodista y ciudadana: ¿es una noticia el accidente de Ema Velasco Saavedra? El hecho inicial cumple muy parcialmente con sólo uno de los atributos que enseñamos a nuestros alumnos en las escuelas de periodismo. Pero suponiendo que lo sea, ¿es una noticia de primera plana? Luego, si es realmente una noticia de primera plana, ¿por qué se publica en las páginas políticas?

Me parece que nadie podrá argumentar que la caída de una niña a una piscina es un hecho político. Ese hecho en sí mismo en nada afecta al interés público ni a la administración del Estado ni al curso de la vida del país ¿o sí? Qué puede tener de político, entonces, que una pequeña de dos años haya sido salvada por su nana de las cloradas aguas de una alberca particular en un balnerario de elite, que se haya puesto en marcha una operación de salvataje cinematográfica, y que luego la pequeña se recupere en una clínica privada de Santiago. Por qué darle cobertura privilegiada ¿Debe interesarle a los chilenos al extremo de ser bombardeados en detalle respecto de que la pequeña abrió los ojos, musitó unas palabras, caminó por los pasillos del centro de salud, tarareó canciones de Mazapán?

En Chile ocurren cientos de accidentes domésticos a diario, muchos de ellos involucran a menores de edad. En esta época del año ocurren decenas de caídas de menores a piscinas, incluso con resultado de muerte, y la enorme mayoría de estas situaciones -por muy lamentables que sean- no se publican en los diarios simplemente porque, según el criterio estrictamente periodístico, no son noticia.

El de Ema pudiera estar entre los escasos accidentes que se registran en los medios cuando la magnitud de la tragedia es excepcional, pero no es así puesto que la niña se recuperó con rapidez. Tal vez se aplicó entonces el simple criterio de que no había noticias más relevantes, en cuyo caso habría sido incluida en la sección de crónica roja, al que correspondería por su carácter, salvo por el hecho de que los padres de la menor son ministro de Hacienda, uno de ellos, y figura de la televisión, la otra.

Es decir que la única y exclusiva razón de la apoteótica cobertura de prensa que tuvo la caída de la niña a la piscina y su benigno desenlace, es la relación sanguínea que tiene la pequeña con dos famosos, dos personas con poder. No hay otro elemento. De tal modo que la noticia debió incluirse en las páginas sociales o “de farándula”, ese ominoso lugar en que caben justamente las cuitas, vivencias y desventuras de las celebridades.

No es el único caso.

Así como los apellidos presidenciables parecen ser hereditarios en Chile, se postula mucho más acertivamente a ministro o senador si “papaíto” despeja el camino. Es el caso de los dos jóvenes valores de la Concertación, Marquito de Doggenweiller-Ominami, y Ricardito Lagos Weber, sobre los que uno puede plantearse una legítima duda: si sus meteóricas carreras políticas dependieran de sus capacidades objetivas y no del empujón parental, ¿estarían hoy instalados en la cima del poder?

También hay derivadas comunicacionales, como la actiz Ignacia Allamand, que debutó con un protagónico en las teleseries de Chilevisión. Ella es hija del conspicuo político de Renovación Nacional, Andrés Allamand, correligionario del dueño de ese canal. Antes que ella, Paz Bascuñán, nieta del ex Presidente Patricio Aylwin e hija de la ex ministra Mariana Aylwin, entró por la puerta ancha al canal estatal, donde protagoniza teleseries desde entonces. Mónica Rincón fue reportera de calle hasta que su hermana Ximena llegó a los cargos directivos de la Democracia Cristiana. Entonces la hermana periodista fue promovida a conductora de programas. Casi todo el mundo cree que la ministra de Cultura, Paulina Urrutia, es monja. Pero no, tiene pareja, y su marido -con o sin libreta-conduce un programa de trasnoche en TVN, muy cultural por cierto, además de tener un cargo de gerencia en esa estación televisiva perteneciente al Estado.

Por cierto, los interesados alegarán que en nada influyeron estos lazos familiares en su ingreso al famoseo o a las ligas mayores de la política. Ellos consideran que fueron sus talentos innatos, pero inevitablemente se abre la sospecha, una molestia corrosiva entre los chilenos que no tienen estas prebendas, que no pueden postular a esa enfermedad intrafamiliar tan contagiosa que parece ser el poder en nuestro país.

Pero el fenómeno no se reduce a desear lo que la enorme mayoría de los chilenos no podemos tener. Aunque ninguno de nosotros -aún desesperados y dispuestos a todo-podría movilizar dos helicópteros, varios equipos médicos, ambulancias, tres hospitales, recursos y medios fiscales, dos gabinetes ministeriales completos para salvar la vida en peligro de cualquiera de nuestros hijos, la verdades quetodosnos alegramos de que la niña Velasco esté sana. También es verdad que la cobertura de prensa “humanizó” al ministro de Hacienda y su señora lectora de noticias, dejándolos en una posición de cercanía con la gente que no tenían antes del triste accidente. Es más, saludamos el surgimiento de una nueva celebridad en los medios chilenos, Ema. Suponemos que los padres de la menor no se escudarán en “el respeto a la privadacidad” cuando la misma prensa a la que agradecieron tan dramáticamente su intromisión, quiera enterarse de la primera espinilla de Ema o de la marca de zapatillas que prefiere o de los detalles de su fiesta de 15. Tal cual la expectativa generada por sus padres, los chilenos seguiremos con pelos y señales las aventuras de Ema desde ahora, a sus dos años, hasta que reemplace a uno de sus progenitores –o a ambos a la vez, cómo saberlo-en un alto puesto del establishment.

No es un encono envidioso y mezquino el que se ha removido con el accidente de Ema, sino la saludable práctica de la ética, que en política parece indispensable y cada vez más rara. Una vez aliviados todos por la recuperación de la niña y al ver a sus poderosos padres abrazándose frente a la prensa, me pareció que lo que se ha pisoteado aquí es la moral pública, el recato y la sobriedad que deberían guardar los gobernantes siempre, más aún en un país que supura pobreza y desigualdad. Con mayor razón cuando uno de los protagonistas de la escena es el responsable de la cruel política económica que se le impone a millones de pobres en Chile.

El caso de Ema pone en discusión una vez más –y ya son demasiadas-la majadera tendencia de la autoridad al tráfico de influencias, una situación en que una persona poderosa mueve los hilos derivados de su encumbrado cargo para su propio beneficio particular. Las naciones democráticas modernas se han dado toda suerte de instrumentos para impedir el tráfico de influencias, es decir, para que no se haga utilización para fines personales del puesto que se ocupa, porque este es considerado una forma grave de corrupción. ¿Qué puede describir mejor lo que sucedió con la encantadora e inocente Ema?