Antes de convertirse en una de las voces más originales de hoy, Chinoy pasó de todo. Jugó pichangas con “el chupete” Suazo, fundó bandas punk, se emborrachó como ninguno y como todos, tuvo delirios místicos y su madre lo creyó loco. Sólo después de ese recorrido su voz de insecto alcanzó notoriedad. Ahora se apronta a lanzar su primer disco: Que Salgan los Dragones. Aquí sale Chinoy.

POR CLAUDIO PIZARRO

¿Cómo es Placilla, el barrio donde naciste en San Antonio?
-Es un barrio viejo que está sobre un cerro, rodeado de un fundo, y que no tiene vista al mar. Se escucha harta ranchera y cumbia y está lleno de clubes deportivos.

¿Conociste al “Chupete” Suazo?
-Lo conocí jugando en tercera infantil. Yo estaba en el club Cóndor y el Chupete en el Torino. Tenía once años y ya era un crack. Imagínate que cuando nos subíamos a la micro para ir al estadio, todos hablaban del Chupete y eso que todavía no nos salían pelos. Era extraordinario.

¿Cómo fue tu acercamiento a la música?
-Un primo de Santiago que era medio poeta me prestó unos casetes de los Sex Pistols y The Clash. La música quedó grabada en mi mente y reflejó todo el aburrimiento que tenía en el colegio, el cuestionamiento a los profesores y a mis compañeros. En el fondo, representaba toda mi fobia contra lo normado…

¿Qué cosas te molestaban?
-Toda la onda pop de ese tiempo. El mundo que se daba en las fiestas entre los taquilleros y los huevones hediondos. Al final decidí meterme en el grupo donde estaban los más hediondos.

¿Por qué?
-Porque nunca me gustaron los New Kids on the Block, los Back Street Boys, las Spice Girls, y todas esas huevás. Además, había escuchado la música punk y algunos grupos se transformaron en mis héroes. Después, cuando ví fotografías empecé a imitar cómo se vestían y lo que hacían. Y ahí me di cuenta que era una postura mucho más artística y explosiva.

¿Cómo te empezaste a transformar?
-No me cambiaba de ropa, me compraba de esos bluyines ordinarios en el persa marca Yisus y me ponía cadenas. A veces me teñía la cabeza y me paraba el pelo con jabón.

¿Un punky proleta?
-Sí, y me compraba bototos viejos de milico en una zapatería del puerto.

¿Cómo era San Antonio en ese tiempo?
-No había mucho qué hacer. Ni siquiera había bares ni tampoco teníamos lucidez acerca de lo que se podía combatir. En el fondo, teníamos la visión de un enrarecido en una ciudad cerrada y pacata. Creo que en ese tiempo fue cuando más bebí.

¿Con quién te juntabas?
-Con punks, hippies, metaleros y flaites. Pese a ser distintos nos unía cierta simpatía y ganas de reír. Podía pasar una tarde entera con ellos en la playa, terminar todo cochino, después sentarme en la plaza, regresar a las 10 de la noche a la casa, medio entonado, recibir el reto de mi mamá y después irme a acostar.

¿Se preocupaba mucho tu madre?
-Claro, fue toda una lucha. Me tenía cortito pero igual me pegaba mis escapadas. Era lógico que pensara así porque me veía todo cochino y juntándome con cabros diez años mayor que yo, todos mañosos, que habían viajado por todo Chile tomándoselo todo.

¿Mucha locura?
-A veces nos juntábamos en una pieza en penumbras a escuchar black metal y un huevón se empezaba a creer demonio, se subía en las mesas en una performance que duraba 40 minutos y yo era cabro chico… En el fondo teníamos una especie de comunión con la locura. Éramos los vagos de San Antonio y lo único que nos interesaba era tener aventuras, escuchar música, hacer una banda, ensayar y levantar tocatas. Poco a poco empezamos a parar un movimiento…

¿Cuál fue tu primera banda?
-Se llamaba Perros Tontos y la formé como a los 15 años con unos compañeros de curso del colegio. Después toqué con Capitán Macaca, que era un grupo de un vecino, el Futre, que era un negro chico de pelo corto, bueno para los combos y muy divertido. Más adelante, con el baterista del grupo formamos Don Nadie. Ahí la cosa anduvo mejor. Grabamos un demo con seis canciones que todavía se escuchan en el puerto, incluso están en internet.

¿Heredaron algo de la bohemia porteña?
-Después de la dictadura la cultura casi desapareció. No era como antes. Nosotros veníamos de esas cenizas, teníamos otro pensamiento y en los ‘90 ya se estaba incubando esa sensación del lucro que cambió todo.

De hecho, privatizaron el puerto.
-Sí. Y la gente se puso más ordenada, aparecieron las tiendas Johnson y todos se empezaron a vestir igual. Ahí como que se cortó el cordón umbilical con la generación anterior. Se cortó la relación entre la gente que trabajaba y la que se divertía. Todos le agarraron el gusto a acaparar cosas, arreglar sus casas, comprarse teles y VHS. El centro de San Antonio se transformó en un paseo para comprar y dejó de ser un lugar de encuentro donde la gente conversaba. Los cabros se empezaron a poner más desordenados, el ambiente se puso más pesado y llegó la pasta base.

Después te fuiste a estudiar Música a Valparaíso…
-Sí, entré a los 18 años a la Universidad de Playa Ancha, y estuve como un año y medio. Me junté con los más desordenados y me desordené aún más. Anduve por aquí, por allá, enamorándome de compañeras, parando barricadas en el cerro y faltando a clases.

¿Terminaste por abandonar la universidad?
-Sí, era demasiado inmaduro y notaba que en la universidad no había rebeldía, sólo me enseñaban técnicas y eso de alguna manera me retrasaba. En un momento me di cuenta que me iba a echar la carrera y si la perdía tenía que darle con todo a las cosas que me estimulaban. Ahí decidí tomar mi camino.

Me imagino que la decisión no fue fácil…
-Claro, porque me quedé con la sensación que había cometido puros errores y que había defraudado a mi familia. Ahí empecé a cuestionarme quien era. Llegué a San Antonio hecho pedazos, con depresión, tuve que empezar a juntar los pedacitos y pegarlos nuevamente.

¿Entraste en una onda medio mística?
-Leí hartos poetas. Buscaba saberes encerrados en pequeñas cosas. A veces me llegaba la belleza como una verdad sencilla.

¿Que te llegaba primero, el ritmo o la palabra?
-En el fondo eran sensaciones que me transportaban a mundos ilógicos, irracionales, caminos que recorre la mente hacia la prehistoria del pensamiento. Era una ambición casi religiosa que te hace contactarte con cosas más preciosas que uno y te desbloquea el seso. Muchas veces me tomé unas copas con mis demonios pero nunca perdí la esperanza de convertirme en un ser hermoso. Quería alcanzar el conocimiento a través de las emociones. Iba en la calle y ciertas melodías me atrapaban…

¿Qué decía tu madre?
-Me llevó directo al Psiquiátrico, pensaba que me había pegado en la cabeza en una borrachera y que había quedado medio loco. Tiene que ver con una ignorancia, una distancia tremenda entre lo que es normado y lo absolutamente bello y fuera de control. De hecho, me costó muchísimo recuperar la confianza.

Debe ser horrible que te crean loco.
-Cuando fui a la consulta en Santiago me encontré con otros cabros que tenían problemas mayores, que nunca se habían enamorado de una mina y estaban viviendo en un mundo súper cerrado. Mi mundo, en cambio, no era reducido sino gigante. Esa huevá me espantó de inmediato. Ahí me convencí que no estaba loco y lo que me pasaba era que estaba resolviendo mis cosas de distinta forma, ajeno a los cánones normales de mi casa.

¿Qué hiciste después?
-Se me achicó el barrio… Mucha gente pensaba que después de todo tenían razón y que siempre estuve loco. Después de eso me arranqué al sur, a Talca. Vivía en la casa de un tío. No me veían nunca, despertaba como a la 11 y desaparecía. Estaba todo el día callejeando. Escribía harto y leía caleta a Rimbaud. Me acuerdo que una vez se cortó la luz en San Antonio y fui a la casa de un amigo a leer poesía. Al rato llegó con una foto de Rimbaud alumbrándola con una vela. Es la que aparece sentado junto a Verlaine. Esa vez le rendimos una especie de culto.

¿Qué te enseñó Rimbaud?
-Me enseñó a reconocer a un sujeto que, al igual que yo, también se sentía irreconocible. Era un rayado, el triunfador de las riquezas jóvenes.

¿Qué otra lectura te marcó?
-El Cuidadano del Olvido de Huidobro, que leí como a los veinte años encerrado en mi pieza. Después de leerlo pensé: “a este huevón lo entiendo perfectamente y puedo escribir como él”.

¿Es cierto que te ibas a los cerros?
-Sí, pero lo hacía para estar más tranquilo. Eran como vacaciones que me daba. Partía temprano, llevaba frazadas y me quedaba a dormir. Eran lugares para habituarse a un ritmo más honesto. A veces me encontraba con gente que andaba arrancando de la justicia. Comíamos juntos y conversábamos.

¿Trabajaste en algo?
-Sí, como jornalero en la construcción. Ahí me di cuenta que los obreros son gente muy poderosa. No cualquiera levanta cosas pesadas todo el día. Después trabajé con un mecánico que me hueviaba todo el rato porque estaba en la luna.

¿Cuándo decidiste empezar a componer?
-Fue un proceso… De pronto me di cuenta que podía utilizar todo ese sin sentido que tenía en la cabeza para elaborar canciones llenas de disparates pero con un sentido habitual y extraño a la vez.

¿Cómo aparecen las canciones?
Las mejores canciones son esas, las que andan volando por ahí. Una melodía o a veces una nota me disparan a un estado de ánimo y eso me lleva a las palabras. Las palabras a veces llegan solas como si la canción estuviera hecha y tuviera una personalidad propia. A veces ni siquiera las siento mías.
Estás pronto a sacar tu primer disco y en Myspace ya subieron un tema que tiene más de 14 mil descargas… ¿qué sientes al vivir esto después de todo lo que has pasado?
-Es bonito, pero eso no significa que ahora me sienta fuera de la vida normal o ajeno a mis lugares habituales. Yo vivo bajo cánones sencillos y pretendo que la cosa continúe así. No quiero volverme estrafalario o pensar de una manera rimbombante.

¿En qué ha cambiado tu vida?
-En que ahora tengo posibilidades de comer mejor y de vez en cuando entrar a un restorán, cosa que no hice durante harto tiempo.