Por Rafael Gumucio

La candidatura de Marco Enríquez-Ominami ha puesto en primer plano un debate generacional pendiente. Creo yo, pero es tema de otro artículo, que este es sólo la máscara detrás del que esconde otro debate también pendiente: el de las clases sociales, el de la uniformidad escalofriante de nuestra elite que, lejos de variar, va perpetuándose en un espiral de resentimiento y castración infinita. Un debate que si no se da luego puede acabar con nuestra democracia.

Mientras llega el candidato que represente la nueva elite, Enríquez llama al recambio etario. Una generación, dice, la que marchó en la Patria Joven de Frei Montalva ha acaparado el poder por más de tres décadas. Sin embargo, esta generación -la de Lagos e Insulza, la de mis padres y los de Marco- no es la que gobierna hoy las estructuras partidarias que el candidato Enríquez critica. No son los padres, los Núñez, los Viera Gallo, los Insulza los que destruyeron cualquier candidatura progresista en favor de un candidato repetido y débil que no ha sabido hacer otra cosa últimamente que enojarse por estar ahí. Tanto Escalona como Auth, tanto Gómez como Latorre, pertenecen a otro grupo etario, el de los que fueron niños en la UP y le tocó empezar a militar en dictadura. La generación, más allá de Chile, del pos hipismo, esa de la que tan magistralmente habla Bolaño en muchos de sus libros, esa en Chile que tiene como máxima expresión literaria a los ermitaños Marcelo Mellado y Claudio Bertoni, dos hombres que se resisten al mundo porque resulta para ellos una amenaza permanente.

Hay, por supuesto, como en toda generación que se respete, toda suerte de caracteres, mentalidades, visiones de mundo entre los que cumplen hoy 50 años. Yuppies y alternativos, católicos y marihuaneros. Pero sí en casi todas sus biografías hay un elemento de frustración, de soledad, de infancias rotas bruscamente, de adultez no del todo asumida. Hay un problema con el yo, con el decir yo entre muchos de los dirigentes, escritores, pensadores, que fueron hijos de madres y padres liberados pero que por eso mismo no fueron nunca del todo libres. En Chile esto se ve agravado por la dictadura que hizo patente lo imposible, que cortó cualquier ala posible, que obligó a cada cual a envolverse en un discurso cerrado y perfecto. La ecología de Girardi, o el centralismo democrático de Escalona, la generación de recambio de la Concertación es más dogmática, más cerrada que sus padres o sus abuelos. Carolina Tohá es una gran vocera porque es exacta, precisa pero no se espere de ella vuelo propio, locura. El ego de un Lagos, o de un Piñera, o de Marco, o el ego mismo de quien escribe este artículo, es algo que la generación de los cincuentones se permiten sólo pantanosamente, de manera enredada, complicada, puritana. Esa ha sido justamente la cruz que ha cargado Girardi, esa de esconder sus contradicciones hasta verse pillado en todas ellas. Es lo que aplasta al talento natural de Escalona, regido por el miedo, incapaz de ver las posibilidades en el desorden, los matices en el contrario.

El miedo es un veneno para el político. Un veneno y una droga, porque se convierte muy luego en adictiva. La generación de Lagos, o de Gazmuri, o de Miguel Enríquez pudo tener culpas, pudo escenificar su arrepentimiento, pudo castrar, pudo esconderse, pero hizo lo que hizo, se permitió la audacia. Pagó un precio por haberlo intentado. Por más que juren no querer volver a hacerlo, esa audacia vive en ellos, ese gesto se perpetúa en una cierta libertad que se expresa tal vez sólo cuando se emborrachan. Saben como se hace la revolución y comprende sus vidas en torno a ella. Fueron criados en un Chile estable, y pueden volver a esa infancia cuando todo cambia a su alrededor. Pueden creer porque creyeron. Son los que mejor entienden la candidatura de Enríquez-Ominami, porque saben que los cambios en Chile y en el mundo, llegan no a través de la coherencia sino de la convulsión, no a través del orden militar sino del desorden artístico y que el error es parte del juego y que la política no puede permitirse controlarlo todo. Eso explica que Arrate, parte esencial de esa generación, se permita la audacia de ser candidato de la izquierda después de una vida entera en la Concertación. Esa audacia no es fingida, es suya de nacimiento.

En la Concertación no son los padres los que tienen miedo, los que cortan las alas, los que se desviven tratando de explicar lo inexplicable, sino los hermanos mayores. Los padrastros de esta Concertación son los que la están matando justamente por intentar mantenerla inmóvil, cuidada en naftalina, pensando que en Chile puede aún guardarse secreto, ordenar a las bases, organizar la marejada. Es el puritanismo del que se sabe pecador, el que quiere mantener todo en un orden que ya no existe, que desconfía de cualquier voz diferente.

Marco tiene tiempo, incluso tiempo de equivocarse, los padrastros ya no lo tienen. Dedicados a bajar a Insulza y a Lagos, no les ha quedado más que Frei, un hijo como ellos en que cada cual puede ver lo que quiere ver. Ese enojo, esa impotencia es la marca misma de esta generación nutrida en el cuidado, en el temor, en las reglas. Es el símbolo más patente de esa generación de hermanos mayores que saben lo que no quieren, pero nunca se han puesto a pensar en lo que quieren.