POR PATRICIO FERNÁNDEZ

El sábado en la tarde encontraron el cuerpo de Guillermo Hidalgo muerto en su departamento. Estaba encima de su cama, boca abajo, con un folleto del Club Hípico sobre la almohada. Según la autopsia, murió cuatro días antes, el miércoles 22 de julio, producto de un infarto múltiple. Estaba gordo como un tonel. Yo lo supe el domingo en la mañana, mientras las campanas de una iglesia vecina invitaban a los feligreses y el alcohol de la noche anterior me impedía abrir los ojos. La noticia la dio Carcavilla y a él una periodista del diario La Tercera, donde últimamente, aunque cada vez menos, escribía el Guatón Hidalgo.

Diez años antes, cuando nos conocimos, Guillermo venía llegando de cierta misión diplomática en Nicaragua, donde decía que andaba en Mercedes Benz. Costaba imaginarse a Hidalgo de diplomático y en Mercedes. Parecía, más bien, un Gran Lebowsky en versión ñuñoína. Bastaba que terminaran los fríos para que se pusiera sandalias. Le gustaban los pantalones cortos, llevar la camisa afuera, masticar antiácidos después de almuerzo. Era cabezón, rara vez se afeitaba y caminaba con ese descuido de los que no van a ninguna parte. Algo de Sísifo tenía este guatón. Como Zorba el Griego, construía para luego bailar sobre las ruinas.

De inmediato se convirtió en el corazón de The Clinic. Prefería las historias laterales e insignificantes a las grandes seriedades de la actualidad y poseía un talento particular para desmoronar pomposidades. No tenía que ser escultural una mujer para que él se mordiera los labios al verla. Bastaba que un viento le trampeara el vestido para que la acariciara imaginariamente moviendo las manos como un dj sobajea sus discos. Era una rara especie de patachero vulgar y caballero refinado al mismo tiempo. A veces sacrílego y otras conservador, Titán Do Nascimento y Chupete Aldunate indistintamente y sin conflicto. Como buen novelista que pudo ser, privilegiaba el vuelo de las voces al peso de las convicciones pétreas. ¿Por qué no escribió nunca las novelas que planeó? ¿Por qué no tuvo los hijos que conmovieron su imaginación? Baudelaire dice que Edgar Allan Poe llevaba tatuada en la frente la palabra “desafortunado”; Guillermo hacía aspavientos de vitalidad para esconder el sello de la muerte.

Poseía un arsenal de anécdotas inagotable que desplegaba en larguísimas tomateras. Le gustaba la cerveza, el pisco sour y los clavos oxidados. Alguien dijo por ahí que jamás comía ensaladas. Lo suyo eran los sandwiches chorreados, los lomos a lo pobre, la comida que se transpira. No cambiaba una carcajada ni por mil reflexiones serenas. Sus aciertos eran como destellos en la noche de los cálculos. Dulce como un niño y agrio en secreto, jugaba a perder en el tablero de la vida. Fue uno de los tipos más simpáticos del planeta. Escribía maltratando los teclados, y él mismo fue el teclado con que compuso su existencia. Recordarlo es leer un texto extraordinario. El mejor de los libros de nuestra biblioteca.