POR ALFREDO JOCELYN-HOLT

“…Lo mejor de este libro son las conversaciones, el ping-poneo ágil, rápido, al callo e informado, entre dos tipos sumamente inteligentes. Navia le pregunta, al inicio, cuáles son sus modelos históricos. Marco responde -ojo cómo responde: ‘Me declaro un admirador de José Miguel Carrera… por su rebeldía, por el desapego al poder y a su compromiso irrestricto con sus ideales…’. Navia vuelve a la carga: pero no habrá un líder más reciente, alguien con monumento, que admires. Marco: ‘Miguel [Enríquez] decía: `El día que le hagan un monumento a alguien, se jodió´.’ Con lo cual dice que admira a Miguel porque Miguel no admira a nadie. Este libro es complejo”.


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Agradezco la confianza que han tenido para conmigo Random House-Mondari, Patricio Navia y Marco Enríquez.

Le tengo un enorme respeto al Pato como analista político; sus comentarios y libros son claros y agudos. Ha puesto en la discusión temas claves: la necesidad de movernos hacia un mundo menos elitista, más meritocrático, concordante con un nuevo tipo de clase media emergente en Chile, que paradójicamente habría que vincular tanto con la Concertación como con los cambios económico-sociales iniciados por la dictadura. Tesis provocadoras, incisivas, las suyas, que sirven para diagnosticar y tirar líneas posibles hacia posturas políticas concretas, basadas en sustento empírico (encuestas) como también desde su novedosa perspectiva de observador, comprometido a la vez que semi-distante, dada su doble calidad de emigrante chileno, profesor en los Estados Unidos, a la vez que híper- presente en Chile.

Lo que es con Marco Enríquez, actual candidato a la presidencia, me une una amistad de varios años, y aún cuando he sido cómplice en varias de sus iniciativas pasadas (el documental Chile, los héroes están fatigados, Chile Medios y el tema del cambio de régimen constitucional), quiero que quede claro que no he tenido compromiso alguno con su campaña. No porque no la comparta, al contrario, si no porque me avengo más con reflexiones críticas que llamados a la acción. Es en dicha calidad que he leído atentamente las conversaciones entre Navia y Marco, y conste que nadie, ni ellos dos ni de la editorial, me han pautado. A este libro lo entiendo como bastante más que una actividad de campaña. Un libro serio, valioso, no sólo coyuntural que, en calidad de primer lector, y a nombre de todos ustedes si me lo permiten, agradezco.

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“Todo lo grande que se ha hecho en América y sobre todo en Chile, lo han hecho los jóvenes… Bolívar actuó a los 29 años. Carrera, a los 22; O´Higgins, a los 34, y Portales, a los 36”. Lo dice Vicente Huidobro en 1925. El mensaje, más allá de su obvia exageración y autobombo (Huidobro por aquel entonces tenía 32 años), es potente. Tarde o temprano, el relevo es inevitable. “Entre la vieja y la nueva generación [continua Huidobro] la lucha va a empeñarse sin cuartel. Entre los hombres de ayer sin más ideales que el vientre y el bolsillo, y la juventud que se levanta pidiendo a gritos un Chile nuevo y grande, no hay tregua posible. Que los viejos se vayan a sus casas, no quieran que un día los jóvenes los echen al cementerio.”

En nuestro contexto actual esta declaración de guerra generacional cobra sentidos distintos a los de otros momentos en que se ha planteado el mismo desafío. En los años 60 y 70 del siglo pasado todavía se podía seguir pensando en una lucha clara, sin tregua, entre viejos y jóvenes. Miguel Enríquez y muchos otros de su generación concebían dicho relevo en esos términos. Desde los años 80 a esta parte, sin embargo, el asunto se complica. Sabemos que fuerzas poderosas de cambio y transformación –revolucionarias en el mediano plazo– pueden provenir de jóvenes no épicos ni utópicos, más bien realistas e insensibles (los Chicago, la antítesis de lo que tenía en mente Huidobro), así y todo, jóvenes en edad, y, para peor, en alianza con golpistas autoritarios (la derecha nacionalista y los militares).

Rodrigo Cánovas, por su parte, nos ha advertido cómo toda una generación de escritores nacidos entre 1950 y 1964, es decir, que para el golpe tenían entre 9 y 23 años, manifiestan en sus obras un profundo sentimiento de orfandad y rebeldía. En palabras de un personaje de Carlos Franz en Santiago Cero, “Llegamos tarde, cuando ya se habían repartido todos los papeles… La tranca de mi generación es que nos vendieron erotismos de segunda mano. Nadie pensó en nosotros, en nuestra talla”. El grupo Los Prisioneros, también de esos años 80, confirmaba esta orfandad frustrada en clave sector bajo: en este “baile de los que sobran” no había nada que hacer, a muchos no les cabía más opción que “chutear piedras”. Luego, vino el golpe-anti-golpe –el Plebiscito de 1988 y los consensos también autoritarios aunque sin desapariciones, degollamientos ni torturas—y se nos vendió la pomada de que ahora sí que Chile volvía a su carril, con crecimiento y equidad, doblando la página, mirando el futuro, de la mano, claro está, de dos “papás”, abuelos postizos, uno “bueno”, el otro “malo” (Aylwin y Pinochet, figuras que fueron jóvenes hacia fines de los años 30), debidamente coludidos por ese “genio” técnico pragmático, frío-cerebral –Edgardo Boeninger– “huérfano” a muy temprana edad, que en días pasados, el establishment mediático-político ha comenzado a canonizar.

No escapará a nadie, supongo, que con estos dos pasos marciales adelante, uno o incluso dos hacia atrás de ahora último, lo único que está claro es que oferta de progenitores posibles, en el entretanto, no nos han faltado. Han sobrado. Frei Ruiz-Tagle llegó a la presidencia porque era “hijo de su papá”, la alternativa era Arturo Alessandri Besa, hijo, nieto y sobrino “de…”. Respecto de Lagos, conforme, importó poco su padre, bastó con ser hijo único y de “mamá” centenaria; él, igual, se comportó como padre o director de liceo emblemático para con el resto del país. Bachelet, “la hija del general”, también, convirtiéndose en lo que ha terminado siendo, una “mamá para Chile”, muy comprensiva, y por eso la quieren el 70% de los encuestados.

Francamente, si para corregir y suplir el sentimiento de orfandad, ya patente en los 80, se nos ha estado sobresaturando con nuevas paternidades postizas, Huidobro (con justa razón) debe estar revolcándose en su tumba. Error que vuelve a cometerse en este libro, valioso en muchos sentidos salvo, quizás, éste. Pretender convencernos, como hace Pato Navia, que Marco Enríquez –como nadie, con una enredadísima genealogía a cuestas–, sea además de “díscolo” y descarriado, un “hijo ilégitimo” de Bachelet, a quien, sin embargo, no le cabrá más alternativa que reconocerlo al día siguiente de la elección, habiendo pasado a segunda vuelta, es ridículo y agotador. La señora Bachelet no es el monte Aconcagua, ni incluso el cerro El Plomo o el Tupungato.

Descartado este confucionismo huacho-genealógico, de teleserie barata muy de nuestros días, pasemos a hablar de lo muy bueno que es este libro. Porque lo es. En su factura se parece a Conversación con Allende de Regis Debray de 1971 con la salvedad que ese libro con Allende se grabó y en parte filmó después del triunfo popular, y era a menudo críptico; mucha chachara materialista histórica para mi gusto. Precede a éste que estamos presentando, al igual que el de Debray, una atingente introducción de Navia en que se subrayan y anticipan algunos puntos que salen del intercambio posterior con el candidato. Navia contextúa el “fenómeno” Marco: su rupturismo díscolo, su carácter y apoyo creciente, sorpresivo, el porqué no sería o no podría ser populista en un mal sentido tipo Chávez o Evo Morales (aunque a Navia no le importa que fuera populista en un buen sentido, como “voz de la gente” que aspira a ser incluida, así de vago), lo cual lo lleva a preguntarse si Marco es “mensajero” o “portavoz”, ése supuestamente su dilema fundamental: ¿Marco, síntoma de una Concertación que le llegó la hora, o bien, líder que puede transformar la política chilena del futuro, ampliando y profundizando bases, alguna vez existentes aunque ahora agotadas para el oficialismo, y que, igual, nos pueden llevar a un Chile más progresista, equitativo, superando los logros de estos últimos 20 años?

Navia suena a veces, en esta introducción, a analista distanciado que usa esta oportunidad para ahondar en sus propias tesis (el Chile de Machuca versión II); otras veces, suena a asesor de Marco, planteándole estrategias como en un “position paper” para que se defina. Al igual que lo que pasa con Debray y Allende, muchas de estas inquietudes son más importantes para Navia que para un político como Marco. Los políticos, de la talla de Allende o de Marco Enríquez, desbordan el juego táctico encasillador. Saben, intuyen, cosas que sus analistas asesores apenas sospechan. Cuando Patricio Navia le pregunta si él es un derechista o un izquierdista disfrazado, Marco le responde genialmente: “Lo que te voy a decir tiene que ver con el amor. Me lo enseñó mi mamá [Manuela Gumucio es su mamá, y además mamá legítima, no la Bachelet, dejémonos de cuentos], pero yo lo aplico también a la política. Pienso que hay que ser impredecible. De lo contrario no puedes hacer las cosas. Así también pasa en la vida de pareja. Cuando eres predecible, de algún modo murió la magia. Para perdurar, hay que generar encanto. La seducción es la puerta de entrada para todo… El día en que eres predecible, te atajan.” Evidentemente, Marco está donde está porque los analistas se olvidaron de que existe un fenómeno, de vieja data conocido, que se llama carisma, así de simple y complejo.

En efecto, lo mejor de este libro son las conversaciones, el ping-poneo ágil, rápido, al callo e informado, entre dos tipos sumamente inteligentes. Navia le pregunta, al inicio, cuáles son sus modelos históricos. Marco responde –ojo cómo responde–: “me declaro un admirador de José Miguel Carrera… por su rebeldía, por el desapego al poder y a su compromiso irrestricto con sus ideales…” Navia vuelve a la carga: pero no habrá un líder más reciente, alguien con monumento, que admires. Marco: “Miguel [Enríquez] decía: `El día que le hagan un monumento a alguien, se jodió´.” Con lo cual dice que admira a Miguel porque Miguel no admira a nadie. Este libro es complejo.

Es más, agrega, si uno como político, como presidente, anda pensando en monumentos, se acaba la magia. “Es como si quisieran ser ex Presidentes más que Presidentes, como si estuvieran más preocupados de la historia que de las urgentes necesidades de hoy… hay mucho monumento a personas que nadie recuerda y que no dejaron un buen legado… El desafío de cada Presidente es construir su propio legado, no colgarse del legado de otros… desconfío de esos líderes con aire de héroes. [Aquí viene el punto que me interesa destacar] Eso… viene de los Gumucios, que son grandes despreciadores de la elite”. Con esa sola acotación última descoloca a Navia, a Carlos Peña, Eduardo Engel, Pablo Halpern, Eugenio Tironi y compañía limitada que llevan años despotricando en contra de la elite tradicional y de sus miembros sobrevivientes sin entenderlos, sin comprender su papel y aporte fundamentales.

Vamos al grano. Hablemos en clave histórica política dura. Este país, querámoslo o no, sigue siendo tradicional, anacrónicamente tradicional incluso. Con güelfos y gibelinos, montescos y capuletos, tribales de por medio. Si por un lado hay un Piñera Echenique, y por el otro, un Frei Ruiz-Tagle, ¿por qué no, y con mayor razón, un Gumucio Rivas Vicuña (era hora), o bien, un Enríquez Frödden? Familias de la vieja elite, una suerte de pipiolismo recurrente, o provenientes de la alta burguesía profesional que –curiosamente– creen y no creen en la elite (ése es su chiste), son parte del piño pero también, y sobre todo, han producido una cantidad considerable de personajes individualistas, singulares, que trascienden su clase como Miguel y Marco Antonio Enríquez Espinosa, Rafael Agustín Gumucio, Marta Rivas, y como antes, otras familias de ese mismo tipo que produjeron a otros tantos: a José Miguel Carrera, Pedro Félix Vicuña, José Manuel Balmaceda, Joaquín Edwards Bello, Vicente Huidobro, Roberto Matta Echaurren, Carlos Altamirano Orrego, y ahora Marco Enríquez Gumucio?

De hecho, Marco confiesa en este libro que uno de sus propósitos fundamentales es “terminar con el Chile clasista”. Habría que preguntarse cuál ha sido el peso histórico, cuál ha sido la contribución al progresismo político y cultural de este país de parte de individuos que provenientes de círculos de alto privilegio, renunciaron a la pretensión clasista al menos, y para todos los efectos, al hacer esta opción harto valiente, se “declasaron” o los “desclasaron”, soportaron la ira de la tribu, y, sin embargo, no se arrepintieron. No como esos mapus –“hijitos de su mamá y papá”, claro que sí– la mayoría de los cuales, sin embargo, eran y siguen siendo mentalmente de clase media; unos pequeños burgueses, alguna vez resentidos contra el más rancio latifundismo, pero que, luego, travestismo mediante, terminaron convirtiéndose –¡vaya vaya, ironías de la vida!– en “moneymoneyliberales”. Supongo que la plutocracia es una forma avanzada de resentimiento.

Conste que Marco, en cambio, se sigue planteando de este otro modo, pipiolo, auténticamente liberal, no sólo en términos sociales, también doctrinarios, y vean de nuevo cómo se refiere al respecto: “Me parece positivo pensar que tengo domicilio ideológico [conocido] en varios asuntos, pero… no quiero dormir todos los días en una misma casa [Está hablando en términos figurativos]. No tengo temor a experimentar, a equivocarme”. Marco, a Dios gracia, no es Lagos. No es soberbio ni condescendiente, y eso que bien podría serlo.

Tampoco es como sus otros dos contendores. Aunque proviene de un núcleo duro, beato-pechoño-conservador al igual que Piñera y Frei, optó curiosamente por ser moderno, laico, ilustrado, cosmopolita, cero timorato, de nuevo, un auténtico liberal. En eso se distingue claramente de sus otros dos contendores. “Piñera y Frei –dice– siguen jugando al candidato monárquico. Creen que la Presidencia es una cuestión monárquica… El candidato DC y el de la derecha tienen algo que los describe en el peor sentido. Son coloniales. Tienen esa mentalidad de que `somos del barrio y sabemos que hace tiempo que cae la gotera, pero vivimos bien´. Habiendo vivido en el extranjero, yo creo que la gotera se puede corregir”. Vicuña Mackenna hablaba así.

Lo que, a juicio de Marco, se necesita, por tanto, es un cambio, una alternancia. Navia es insistente al respecto, de ahí que le pregunte al candidato, ¿y por qué no la derecha, por qué ella no es la alternancia? Marco responde: “… la derecha de algún modo ya está cohabitando. Ya está en el poder. No veo ningún cambio entre la Concertación y la derecha”. En el fondo, el asunto tal como lo presenta, es efectivamente muchísimo más complejo que quien está o no en La Moneda. Es el país el que ha cambiado. Al igual que le ocurriera a Pinochet y a sus huestes, ad portas del plebiscito, los actuales ocupantes parecen no haberse dado cuenta cuánto ellos mismos han cambiado este país. En la historia es frecuente que uno no sepa para quien trabaja. Según el viejo Marx, los hombres hacen la historia, pero no saben la historia que hacen. Ese desconocimiento rotundo le costó a la dictadura su prolongación. Fue un autogol lo que decidió el juego. Ganó la Concertación el 88 porque entendió cuánto la dictadura había cambiado al país. En aquella época los Tironi hacían su pega, sabían lo que hacían. Marco recoge esa idea original de los equipos asesores de la Concertación. Lo dice con todas sus letras: “La Moneda no puede estar habitada por alguien que no entienda ese Chile que demuestra un cambio cultural”. Navia concuerda, “… en la práctica, después de veinte años, la Concertación se parece mucho a Pinochet. No en las violaciones a los derechos humanos. Pero sí en esa actitud de `nosotros somos dueños del Estado…´ Veo Buenos días a todos y Pelotón [en Brooklyn], y entiendo mucho más lo que está pasando en Chile que viviendo en el barrio alto de Santiago.”

El país, la historia, y en consecuencia, la manera cómo hay que relacionarse con el electorado, han cambiado considerablemente de un tiempo a esta parte. En otro momento en el libro, Marco cuenta una muy buena anécdota, una parábola iluminadora de cómo él percibe lo que hay que hacer para llegar al electorado nacional. “Me acuerdo de una discusión dentro de mi comando. Yo les dije: `Vámonos a Pitrufquén´ `¡Pero estás loco!´, me dijeron, `Ahí no hay votos´ Pero hablándole a Pitrufquén le hablas a todo Chile. Otro día me subí a un barco mientras Frei era proclamado en el Congreso en Valparaíso. Le hablé a unos pescadores y a unos cisnes. Frei le estaba hablando al país. Pero al hablarle a unos pocos, yo le estaba hablando a todo el país. Creo que eso es parte de la revisión de una idea de fondo también. Esa idea de que tú podías hablar a todo Chile ya no funciona. Tienes que hablarle a segmentos. Hablando a un segmento le hablas a todos”. Sospecho que Marco maneja lógicas de publicidad y marketing ultrasofisticadas, los nuevos santos evangelios, que tienen mucho que ver por su paso y el de su gente más cercana por medios de comunicación masivos. He ahí Karin Doggenweiler, la Manuela, Fucatel, la productora Rivas & Rivas, Chile Medios, sus amigos, el Rafa Gumucio Araya, The Clinic, y tantos otros. No estoy en el comando, pero me los puedo imaginar.

Desde ahí, desde esa afinidad con los medios, se percibe otra realidad-país, otro mapa en constante reformulación, y mucho de ello tiene que ver, exige, obliga a palpar sensibilidades, y muy importante, ensayar y errar, ensayar y corregir. La repetida insistencia de Marco de que él se puede equivocar apunta a un diagnóstico sociológico tardomoderno concordante con lo anterior. Él está consciente (como ningún otro candidato me parece) que estamos funcionando hace rato en un mundo “líquido”, fluido, informe, disolvente, inestable, en permanente transformación –por ahí cita a Zygmunt Bauman aunque en otro contexto–. No hay nada más acuático evangélico que andar tendiendo redes en medio del mar. Por eso quizá Navia está tan entusiasmado con Marco. Y no es que, al señalar que se puede equivocar, esté tratando de exculparse anticipadamente, justificar su relativa juventud (como se podría entender algo ingenuamente el comentario), si no más bien que él está súper-consciente que el suyo, y el de nosotros –aunque muchos probablemente estemos menos sensible al fenómeno– es un mundo nuevo y distinto, joven, precisamente porque se renueva constantemente a partir de su flexibilidad. “Soy distinto a los dos candidatos conservadores, porque soy una alternativa más transparente intelectualmente. De partida, soy libre. No tengo problema en confesar una debilidad intelectual.”

Es libre en otros sentidos también. “Nunca he tenido proyección. De hecho, no tengo propiedades. No tengo nada. Incluso desde que entré en la Cámara de Diputados y me preguntaron por mi patrimonio y mis propiedades, dije cero, cero.” En eso es muy hijo de su padre, Miguel.

Así es. Piñera, en cambio, es un acartonado, basta mirarlo. Su lenguaje corporal es tieso. El está hasta más incómodo que nosotros mirándolo, contando sus tics, sus manías, sus interminables clichés. Todo, además, lo mide en gestión, en eficiencia y en utilidades. No se puede equivocar. Si se equivoca pierde plata, si lo pillan tiene que pagar multas, o dar largos rodeos explicativos que no convencen, incluso años después de que lo pillaron y volvieron a pillar, como en el caso del Banco de Talca. Lo que es Frei, el “Moai que habla”, tampoco reconoce errores. Entró y salió de su gobierno, nos recuerda Marco, como si nada, sin que se le moviera un pelo. Si hasta despeinado sigue engominado. “A Frei no lo he visto reírse –dice Marco–. Lo he visto odioso [se refiere al incidente con Karen Doggenweiler y TVN]. Lo he visto poco simpático”. Lo mismo podría decirse de Aylwin y su mueca permanente, y de Lagos –aunque calvo, tan engominado como el insensiblemente hidráulico de Frei– cuyo ego tampoco le permite mostrar vulnerabilidades. Y eso que Pinochet y hasta el almirante Merino tenían un humor socarrón, huasamaco, que les sirvió para mantenerse en el poder.

Pero Marco va más allá. Se refiere a una constante pétrea, inmóvil, de quienes nos han estado gobernando últimamente. “Creo que los otros dos candidatos tienen algo de esclavos, de Prometeo encadenado, algo del tipo que está acostumbrado a que le coman los ojos y les regeneren los ojos. No les importa, porque mientras están ahí, en esa faceta regenerativa del dolor, no están incómodos. Un poco lo de Sartre, están felices. La Concertación tiene algo de Prometeo, es como si dijeran: `Sabemos que vamos mal, pero no importa. Cada día nos duele más, cada día nos rompemos más huesos, pero no importa´. Como esas películas de ciencia ficción, como Terminator, que se iba regenerando las heridas. Y eso genera insensibilidad. De hecho, Terminator 4 termina solo. Tiene un momento de humanidad y se arruina.”

Un pequeño paréntesis: Marco Enríquez es el primer candidato presidencial chileno que habla así, que usa estas metáforas tan elocuentemente. Y lo sabe, dice: “Yo soy un convencido de que el lenguaje construye realidades”. También es el único político que se puede dar el lujo de hablar de filósofos. Los ha leído –me consta, es un gran lector en un país en que casi nadie lee–, y a tal punto es versado que se los hecha al bolsillo y no se cae. “Cuando tú lees filosofía, básicamente lees textos que te dicen pesadeces”. Descartes es un pesado. Heidegger, un agresivo. Hegel y Nietzsche, afirma, unos crudos sin piedad. Por eso hay que leerlos. Ni Obama habla así. Lo digo como un cumplido.

Pero volvamos a lo que estaba señalando. A pesar de las críticas que hace a la Concertación, curiosamente, vuelve a sorprendernos. Es fiel a sí mismo, es impredecible. Va y nos dice lo siguiente: “No me cabe duda de que soy heredero de lo bueno y de lo malo, yo soy heredero de la Concertación, no me pierdo”. Pero este reconocimiento le sirve, le permite, distanciarse, y romper las cadenas. La Concertación, en cambio, es prisionera de sí misma. “Parte del problema de la Concertación es que no se enfrenta a sus propias contradicciones… Para serte franco, pienso que estamos en un proceso de mutación muy brutal. Eso lo reconocen los mismos dinosaurios de la Concertación. Pero los think tanks [supongo que incluye al CEP y a Libertad y Desarrollo como también a Cieplan, a Expansiva, Project America, y a Chile XXI] están manteniendo el mismo rostro y por ahí no hay renovación. Y los cabros más jóvenes que son diputados parecen viejos chicos… En la Concertación, la especulación intelectual está completamente castigada”. Ante lo cual, no solo se distancia, marca una diferencia sustancial. “De hecho, cual es mi mérito en verdad –se pregunta en este diálogo–. Sólo el hecho de que estoy dispuesto a perder. Aquí nadie quiere perder nada”. No, él es parte de esa historia concertacionista, la hace suya, y se distancia, a fin de volver a potenciarla. Sólo arriesgándose, corrigiéndose, se puede salir del entuerto. Este me parece uno de los puntos clave de su programa. Obviamente que no un programa típico, aunque he escuchado a altos dirigentes de Océanos Azules, esos “díscolos” del programa de Frei, soslayar ideas parecidas. Algo anda en el aire y en esa onda.

Marco Enríquez lo atribuye a que “hoy todo es mucho más confuso”. ¿De nuevo Zygmunt Bauman? Es posible. Pero también, me atrevería a sugerir, el gobierno de la señora Bachelet, y el sentimiento de defraudación que produjo a destiempo el de Lagos. Gobiernos que, a pesar de cometer errores mayúsculos que en otros lugares bajo sistemas parlamentarios les habría costado el cargo, igual sobrevivieron. En una de éstas porque la “cariñocracia” de la que habla tan lúcidamente respecto a la Bachelet Patricio Navia es también una forma de reconocer sin reconocer los errores. Algo sumamente confuso, concuerdo, pero que no le ha significado una muerte súbita. En palabras de Marco: “La gente quiere alternancia. Lo expresa de forma irracional, buscando los límites de la reelección, colgando en la plaza pública la imagen de un diputado por no sé qué motivo. La gente está pidiendo sanciones. Está buscándolas. Está en la plaza de la Bastilla. Ahí está. Y los que nos llevaron a la Bastilla son los dirigentes partidarios… Los chilenos comienzan a ser más sabios. En veinte años han aprendido. El día que voten por mí, me van a abandonar enseguida. Me dirán: `Voto por ti y ahora te las arreglas solo´, lo que es muy distinto al voto histórico de decir `voto por ti, te voy a acompañar en tu lucha, y no quiero frustrarme´. Hay mucha gente que le dice a la Concertación: `Voté por ti y estoy dolido. Me siento defraudado…´ Ahora la gente espera decepcionarse de sus líderes. Ya nadie va a decir, como en la época de Allende, que éste es un gobierno de mierda pero es mi gobierno. La gente vota por ti, pero no tiene esa lealtad de acompañarte en todo.”

¿Qué pasaría entonces –es lo que está sosteniendo– si de antemano reconociéramos anticipada y públicamente que no hay nadie que esté a salvo de equivocarse? “Yo les estoy diciendo [a la gente] que voy a cometer errores, que voy a tener aciertos pero también derrotas, la gente sabe que no la estoy tratando de engañar. Conmigo no se van a frustrar.” En Brooklyn donde vive, parte de su tiempo Navia, esto se llama “chutzpah”, audacia, temeridad.

El sistema, además, puede y admite fragmentarse. A menos que nos movamos a un régimen parlamentario, este es el desafío crítico en que pende cualquiera sobrevivencia futura de la Concertación en el gobierno. Sólo así cabe entender, y debiéramos encajar, el fenómeno mal llamado “díscolo” con que suele asociarse a nuestro diputado ex PS. El sistema, de hecho, se desbordó. La candidatura de Marco es una clara constatación que el fenómeno ya alcanzó a las opciones presidenciales. No es que haya uno, dos, o unos cuantos más diputados o senadores disparatados, que votan cruzado, uno que otro alcalde por ahí, que se salen o abandonan la coalición oficial, no habiendo disciplina alguna que los vuelva al redil. El sistema binominal también fracasó. No es cierto que siga habiendo dos grandes mayorías. Hay que moverse a esquemas más flexibles, atraer a fuerzas que llevan años siendo excluidas. Marco: “Los partidos son completamente cínicos porque no reflejan la realidad de Chile. Están ordenados por el binominal en dos grandes coaliciones. Pero amarrados a la fuerza. Dentro de las coaliciones, los partidos se odian. Se insultan. Se insultan incluso ante las cámaras”.

Efectivamente, estamos ante una crisis de representación partitocrática. Por eso los jerarcas de los partidos valen cada vez menos, también sus asesores estratégico-comunicacionales. Estos últimos también son bien “díscolos” a su manera, si uno lo piensa. Están en tantas cosas que, al final, no están en ninguna parte. Están “en” y “con” el gobierno, pero también son part o full time lobbystas, cuestión que va a volver ocurrir en el futuro gobierno de esta derecha renovadanacionalista, empezando por su posible presidente Piñera; harán galas de su espíritu público al comienzo, pero igual, seguirán siendo lo que han sido siempre: “empresarios”; al punto que, seguramente, no van a ser ni siquiera necesarios los lobbystas.

Marco, de nuevo, da en el clavo a mi juicio. “Ese desprecio de Lagos por Lorenzini [a quien no lo saludó, y eso que era el Presidente de la Cámara, uno de los primeros díscolos que se opuso al gobierno, a la vez que había sido elegido con una de las más altas mayorías en su distrito] refleja un poco el desprecio de los técnicos por los políticos que compiten en elecciones. A mi me molesta esa actitud de los ministros, en especial de los ministros de Hacienda, que parecen despreciar a los políticos”. Los políticos, según Marco, van a ser cada vez más díscolos. Y ese es un lío que va a afectar cada vez más, especialmente, a Hacienda.

Es muy llamativo que Marco ponga el dedo en los ministros de Hacienda. Está claro que es desde ahí donde, hace rato, se pretende gobernar este país. Últimamente más que nunca. Es Velasco Brañes, no la señora Bachelet, quien gobierna. Ella simplemente se pone para la foto, y, como se sabe que es buena onda, y se la supone inofensiva, recauda votos porcentuales gigantes en las encuestas que el CEP, a su vez, se encarga de computar. Según Marco, “Cuando se trata de compasión, los chilenos aceptan todo”. De nuevo la “cariñocracia” que señala Navia. Ella es muy compasiva. En cambio, si se supiera y transparentara exactamente lo que hace e impone Hacienda en todas las carteras de gobierno (no solo las estrictamente económicas) y con qué criterios (obvio que transparentado no por Chile Transparente, la organización menos transparente en Chile) apuesto lo que quieran que el apoyo que actualmente tiene La Moneda dejará de medirse en términos de compasión. Si hiciéramos responsable políticamente a la figura más política del gabinete, Velasco, más incluso que a la Jefa de Estado, el aplausometro, de seguro, que revelaría un apoyo infinitamente más tibio. Hacienda veta proyectos, pone cortapisas, dice qué puede o no entrar en un programa electoral presidencial. Por eso Halpern, amigo de Velasco, está en el comando de Frei, y éste no lo puede no consultar.

Espero que esté quedando claro que éste no es un libro de campaña. Es infinitamente más complejo y menos formateado que ese bodrio de El libro de Lagos de Patricia Politzer. Suelo medir la calidad de libros según un par de criterios, creo que infalibles: si subrayo, si dejo a un lado cosas importantes e igual no me importa, si en una sola página leo más de una idea, si me recuerdo de algo y luego lo cito más tarde, si me da lo mismo no haber conocido al autor (o al entrevistado también en este caso), dicho de otro modo, si el libro se basta por sí solo, en fin, si es o no imprescindible. El Díscolo anota alto en cada una de estas categorías. En algunas páginas del manuscrito puse signos de exclamación hasta tres veces, algo inusual.

Si lo comparo con lo que aparece en los diarios de esta provincia (¡por Dios que están malos los diarios últimamente!), no hay comparación. Cuando los libros dicen cosas políticas que los periódicos no llevan es muy significativo. Pasó lo mismo hacia fines de los años 90 cuando aparecieron libros como el de Moulian (El Chile actual), y varios otros. Marco y el Pato están conscientes de ello. De hecho, Navia está más osado que nunca en este texto, infinitamente más puntudo y brillante que en sus columnas para La Tercera. Marco se lo hace ver: “Con todo respeto, y no es por agredirte, pero éste es un país donde el pensamiento crítico no tiene voceros. ¿Cuáles son los diez líderes de opinión que tiene este país? ¿Dónde ejercitas el pensamiento crítico? ¿En La Tercera? ¿Con una columna de cuántos caracteres? Patricio: Cuatro mil caracteres. Estoy de acuerdo. Marco: Claro. Tus adversarios son siempre los políticos. Ustedes los analistas, los intelectuales, no se tocan. Nunca los he visto atacarse entre ustedes. Porque hay espacio sólo para probar las tesis de que los políticos son miserables. Sólo para eso hay espacio en los medios. Nunca he visto un debate sangriento entre ustedes como lo hacen con los políticos. [Una pequeña corrección: ello ocurría antes en Rocinante por ejemplo] Patricio: es verdad. Marco: Además son cuatro gatos. Patricio: Tienes razón, hay una colusión total y absoluta de los columnistas que escribimos de política. Marco: El pensamiento crítico está coludido.” Ojalá en los medios donde todavía me piden artículos, pautan y no siempre me publican lo que han pedido (The Clinic es una excepción) lean al menos la página 146. Las noticias y cables en estos días han estado destacando este libro y lanzamiento, pero vean cómo titulan: “Enríquez destaca figura de Ricardo Lagos en libro que será lanzado…”, “Marco Enríquez es, políticamente, hijo de Bachelet y Lagos…” Obviamente, quienes confeccionaron esas calugitas, no han leído el libro.

Libro que, por supuesto, se puede leer de muy distintas formas. Este texto es tan sugerente que admite varias otras miradas. Alguien distinto, yo mismo, podríamos haber destacado otros ángulos. Cierta cautela, cierto lado más “presidenciable” (aunque no sé que significa eso) en las respuestas del candidato. Uno podría detenerse en las propuestas programáticas concretas que han formulado Marcos y sus equipos, las hay y son llamativas, pero para ser franco, el “programa” de este señor es de otra índole, y eso es lo que lo hace potente. Podrían destacarse algunos puntos delicados, y ver hasta qué grado Marcos responde o bien responde pero no suficientemente a juicio del lector. Pienso que un aspecto ausente podría haberse tocado: cómo Marco (el primer presidenciable) se desmarca de la Guerra Fría. Michelle Bachelet es todavía una figura muy encuadrada en ese esquema. Sospecho que la relación de Marco con Europa, y no con los Estados Unidos, es un punto de diferencia político y cultural digno de profundizar.

Con todo, me parece que lo más logrado es haber centrado el libro en torno al futuro de la Concertación. Esa es la gran pregunta, la gran incógnita, en esta elección. Y ha sido Marco quien la ha puesto en evidencia haciéndola peligrar. Hay cuatro candidatos, los cuatro, incluyendo Piñera aunque más oblicuamente, asociados a sensibilidades de centro-izquierda. Piñera viene de la DC, de esa DC zigzagueante, que puede votar a favor de grandes cambios y después aliarse con Sergio Onofre Jarpa, que puede votar NO en su momento y luego asociarse con Carlos Larraín, Evelyn Matthei, Alberto Espina y Fernando Barros. Tres de estos candidatos están claramente identificados con la Concertación, aunque ha pasado mucha agua debajo del puente, y se han querido desperfilar de ese tronco, pudiendo o no pudiendo, incluido Frei, el Frei de antes que llegaran Tironi y Halpern a engominarlo de nuevo. Marco lo reconoce: “Es una gran pregunta: si voy a pasar a la historia como el que disolvió a la Concertación”; a la que responde: “Que pierda la Concertación no es mi objetivo. Si pierde es porque la gente votó por otro camino”. También podría haber dicho que se la farrearon.

Lo segundo y último que volvería a destacar del libro es la inteligencia de Navia y Marco. Los que pertenecemos al mundo de la cultura, dice Marco Enríquez, sabemos que ese mundo puede “contribuir mucho más al desarrollo de Chile de lo que hoy estamos dejando”. En efecto, hablando, pensando en voz alta, con irreverencia y también lucidez, haciéndose escuchar dentro de tremendos límites tapabocas que nos imponen. Señala Marco: “En definitiva, pienso que para ser Presidente en Chile se necesita más que nunca a alguien muy inteligente. Para mí, la inteligencia está asociada con gente que se plantea preguntas y que se atreve a dudar”. Eso un atributo de gente joven, de viejos-jóvenes, de jóvenes que no quieren envejecer; no vaya a ser que el día menos pensado, “los jóvenes los echen al cementerio.” A Huidobro le habría gustado Marco Enríquez.

Felicito a la editorial, a Navia y a Marco. Muchas gracias.