Ariel Ortega(47), lleva 17 años recorriendo Chile: le ha dado la vuelta 69 veces

Por Macarena Gallo
Fotos: Alejandro Olivares

Hace 17 años, perdió a su esposa, embarazada de mellizos, y a su hijo en un choque. Se cayó al litro y un día salió de Puerto Williams pedaleando hacia el norte. Desde entonces no ha parado y ha estado mirando Chile desde la carretera, entre camioneros y pacos. Come lo que caza o lo que le regalan, fuma 8 cigarros diarios, a veces ve ovnis y escribe poesía (pero no le gustan los poetas). Está al margen de todo lo que no sea su bicicleta y la ruta; aunque está inscrito, no vota, pero exige una gran ciclovía nacional.
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El 28 de septiembre de 1992 Ariel Ortega vendió todas sus cosas y salió de Puerto Williams en bicicleta rumbo al norte. Desde entonces no se ha bajado de ella; desde entonces es Ariel de la Ruta.

Aunque entonces pesaba 125 kilos, no consiguió sacarse la idea del viaje de la cabeza. Su esposa y su hijo de un año acababan de morir en un choque en Concepción, a 3 mil kilómetros de donde él trabajaba en los salmones.

Cuando murió, su mujer estaba embarazada de mellizos. Ariel no alcanzó a llegar a Concepción para el funeral múltiple. Estaba trabajando y sólo supo de la tragedia 38 horas después. Para peor, ese día había un temporal que le impidió salir de Puerto Williams.

En Concepción perdió la familia que le quedaba: su hermana no le perdonó nunca la tardanza y le cerró la puerta en las narices diciéndole que no quería verlo más.

-A la horita que venís llegando, dejai a tu señora botada como un perro aquí, así que no eres de la familia, chao, puuum -recuerda él que le dijeron.

Regresó solo a Puerto Williams. Quiso rehacer su vida pero no lo soportó. Estuvo seis meses tomando y engordó. Por suerte no perdió su trabajo, aunque a esas alturas poco lo importaba.

Así llegó al 28 de septiembre. Ese día – hace ya 17 años- se levantó con la idea de dejar el copete. Decidió irse de la ciudad que lo había visto feliz alguna vez. Pescó su bicicleta y empezó a pedalear.

No ha parado.

CARNE DE PERRO

Cuando iba por la cuesta de Camarones y llevaba más de 5.500 kilómetros recorridos, Ariel Ortega pensó en matarse. Se imaginó estrellándose contra un cerro o tirándose por un barranco. En Concepción, donde pasó a visitar la tumba de su familia, había decidido matarse después, en el camino. Pero en Camarones no fue capaz. “No lo hice sólo porque se me apareció mi señora, mi hijo y los otros que no nacieron, diciéndome que no me matara y que siguiera en lo que estaba haciendo. Eso me motivó a seguir viajando en honor a ella. Y ahí me tiré contra el cerro, quedé todo coliquebrado, pero decidido a no parar más”, recuerda Ariel.

Herido y todo, en ese primer viaje llegó a Chacalluta, la entrada a Chile desde Perú. Le tomó cinco meses. Fue el comienzo de un viaje que ha incluido el paso por Perú, Bolivia, Ecuador, Colombia, Brasil y Argentina; 69 y media vueltas por Chile; 40 bicicletas y más de ochenta accidentes en la carretera.

Cuando partió, Ariel Ortega llevaba lo justo y necesario: una carpa, ropa y algo de comida. No eran más de 30 kilos. En el camino se alimentó con la dieta del preso: puro pan y agua.

Hoy, 17 años después, está más equipado: lleva 180 kilos en implementos para la bicicleta y en cosas que ni siquiera sabe para qué le pueden servir. Su bicicleta es su casa y en ella se permite guardar cachureos, desde chaquetas circenses que le recuerdan su pasado como faquir de circo hasta un radio transmisor, el objeto más preciado, que le permite comunicarse con carabineros y camioneros en la carretera.

La dieta -aunque sigue basándose en el pan y el agua- varía a veces, según donde se encuentre. Al comienzo pasaba hambre, porque comía lo que alcanzaba a comprar o lo que tenía a mano. Muchas veces echó de menos comerse una torta, pero era imposible. En el camino perdió la mitad de su peso. Hoy no pesa más de 50 kilos; dice ser un “flaco fibroso”.

Con el tiempo se ha poniendo algo más salvaje en la dieta, sí. A veces caza o pesca. Salmones, vizcachas, culebras, lagartijas y coipos han pasado por su estómago. Sólo le falta probar la carne de perro, dice. Pero de todas formas indicaque la lleva con él.

-Soy bien carne de perro para mis cosas, sin esta alimentación, a base de pan y agua, no habría llegado a los 250 mil kilómetros a puro bicicleta. Capaz que si me como un perro, me transformo en uno de ellos, de lo asimilado que estoy -comenta y se ríe.

De todo lo que ha probado, lo que más le ha gustado es el coipo. No entiende por qué es tan despreciada por la gente. “Si tienen una carne envidiable, muy rica”, dice.

Ariel aprendió a poner trampas para cazar a sus presas. Para las vizcachas dice tener un método: siempre intentar atrapar dos de ellas. Una para comérsela los días que esté acampando y la otra para los meses que lo esperan en el camino.

Ariel no se ha dado cuenta de lo salvaje que se ha puesto en este tiempo. Cazar y hacerlo todo en descampado es natural para él. Pura sobrevivencia, como explica. Pero tiene un cable a tierra: los cigarros.

-El cigarro, sin duda, es lo que más me ha ayudado. Dejo de fumar y empiezo a engordar. ¡Exactamente! Entiendo que hacen mal a los pulmones, pero esa es una lesera para mí. Porque andando en bicicleta siempre purifico automáticamente los pulmones. No tengo dramas con eso. Y me he hecho hasta chequeos médicos que me han confirmado que estoy bien. Por eso creo que el cigarro no es tan malo como lo pintan. Y fumo harto, ¡hasta 8 cigarros diarios! Pero piensa en los grandes deportistas, como el Chino Ríos, todos toman y hay algunos que se ponen hasta con doping, ¡e igual son los mejores! -dice.

PUENTE TRANMISOR

El día que decidió viajar en bicicleta, Ariel dejó de trabajar. Desde entonces que no tiene sueldo y sobrevive a duras penas. Diariamente necesita, máximo, mil quinientos pesos. Con eso se asegura comida y repuestos para la bicicleta en caso de cualquier problema.

El dinero lo consigue por la radio que anda trayendo. Ha sido su salvación. Con ella se entretiene: a veces habla con otros viajeros sobre mujeres y autos; otras, conversa con camioneros que le piden que avise a los carabineros de un accidente o pana, cualquier novedad que haya en la carretera. Ariel es un puente transmisor.

En la carretera todos lo conocen y lo ayudan si pueden. Le dan comida y hasta bicicletas. Ariel pide un aporte voluntario si ayuda a alguien. Puede ser en plata, bebida, pan con cecina, lo que sea. No falta el camionero que no le da nada. Todo eso él lo va anotando meticulosamente en un libro de registro, con siglas que sólo él entiende. Allí queda registrado el minuto exacto en que se comunicó con el camionero, el lugar, el tiempo de conversación, el aporte qué donó, todo. Guarda muchos cuadernos como ese. Algunos están tan gastados que apenas se leen. Alguna vez, dice, le gustaría hacer una especie de museo con sus apuntes.

En el camino también lo ayuda gente que va conociendo. Muchos de ellos, pobres. Le dan comida, agua. Ariel dice que le ocurre sobre todo en el sur. “Son muy cariñosos allá. Más al norte no te convidan ni un vaso de agua, son muy apretados, egoístas; si están haciendo un asado para el 18, la Pascua o el Año Nuevo, no te dan ni un pancito. En cambio para el sur la gente es otra cosa y te dicen “heyyy, amigo, venga para acá, de dónde viene, de tal parte, un sanguchito, tome un pedacito de carne”. En cambio, en el norte podís estar hasta aquí y puede haber una persona mirándote, y no te pesca para nada”.

En los 17 años que lleva en la ruta, Ariel dice que la gente se ha ido poniendo más desconfiada. Antes se le acercaban, lo invitaban a comer y hasta le ofrecían alojamiento. Ahora, rara vez le pasa. “Al principio, no me costaba entrar con la gente. Eran más abiertos y accesibles. Ahora ¡sí que me ha costado! Están más desconfiados de la gente que anda de paso. Hay muchos asaltos, suicidios, robos, homicidios”, cuenta.

Esa desconfianza es peor, siente Ariel, porque él es humilde.

-Si fuera extranjero, me abrirían las puertas al tiro. Para eso tendría que ponerme una peluca o teñirme el pelo, ponerme ojos azules o hacerme una operación quirúrgica a los ojos y hablar inglés. Ahí me atenderían como rey y señor. Me nombrarían como hijo ilustre de una comuna. Pero no pasa nada de eso.

Sí, lo han tratado como loco. Algunos lo insultan. Ariel siente que no saben lo que lleva por dentro. “Los mismos estudiantes me molestan y se ríen de mi; pero yo me acerco y los encaro, les digo que no tienen por qué reírse de mí, si ando en bicicleta viajando, recorriendo mi país, conociendo a mi gente, su cultura, sus costumbres. Eso no tiene nada de malo. Si yo veo haciendo a alguien lo mismo que yo, me pararía a felicitarlo”.

También lo han robado, sobre todo cuando pasa por Santiago. Por eso evita la capital, cada vez que le toca cruzar por la Región Metropolitana lo hace por fuera, por ramales que eviten la ciudad.

-No puedo pasar por ningún local comercial o negocio, porque ya me están robando. Me han robado todo: radios, cámaras fotográficas, una cartuchera llena de CDs con la radio y fotos de mi esposa, que es lo que más lamento.

En este viaje, Ariel ha conocido cada detalle de los caminos chilenos. Hoy es capaz de decir con detalle en qué kilómetro exacto suelen colocarse los policías a controlar los autos. Esos detalles. Las nuevas carreteras concesionadas lo tienen sorprendido. Antes, dice, se ahorraba mucha plata porque podía acampar en cualquier lado. Ahora no puede hacerlo. El nuevo paisaje se lo impide: no sólo las barreras que cercan el acceso a los caminos. También lo mucho que ha cambiado la gente.

-Ha cambiado enormemente. Tú no podís bajar a un río porque están las barreras, no hay cobijo para uno en caso que llueva. ¡Está todo prohibido! ¡Todo comprado! Cuando llueve, tengo que seguir mojándome o parado en una garita, porque no puedo estar en áreas de servicio: me echan; como son privadas, les interesan los camiones. Pero cuando hay emergencias no están ni ahí. Yo no, he estado ahí: he sido yo el que ha ayudado a los camioneros o a los automovilistas, porque ¡las áreas de servicio no están abiertas!, sobre todo en Pascua, Año Nuevo o Fiestas Patrias. Además, hay animales sueltos y muchos peajes; si querís estar en un lugar, tenís que pagar.

Ariel tiene demandas para el nuevo sistema.

-Uno como ciclista quisiera que hagan una ciclovía nacional, pero que no se estacionen los vehículos allí. Ayudemos al deportista y el ecoturista. Yo estoy haciendo un ecoturismo de viaje, placentero, que debiera ser para todo el que quiera hacerlo, incluso con la familia entera. Eso sería bonito. Me gustaría que hubieran descansos para los turistas, una especie de zona de camping, donde no se cobre nada, cosa que si te cansas puedas llegar a una parte y echarte ahí. Acá en Chile no hay cultura de la bicicleta. Me han chocado los mismos automovilistas, estando yo estacionado.

Ariel todo lo ve desde su ruta. Para la política tiene una lectura que también nace del asfalto: dice que la Presidenta se da el gusto de viajar en comitiva y que eso es un gasto enorme. En sus viajes ha visto el canal del Chacao con su puente imposible, la Laguna del Desierto y las tierras de Piñera en el sur. Nada le gusta.

-¿Cuántos millones de pesos se gastan en propagandas políticas en carreteras? Es un insulto -se queja.

LA CHASQUILLA LARGA

A veces Ariel piensa en mandar todo a la cresta y terminar su viaje. Le ha ocurrido cuando se ha encontrado bajo una granizada o aguantando el frío en el altiplano. O cuando se imagina en una casita, calentito y con comida rica. Son tentaciones, pero no suficientemente fuertes. Siempre choca con que su vida, en realidad, es esa bicicleta que lo lleva a todos lados.

“Para mí, en estos momentos, la bicicleta es lo principal, es mi mujer; no me satisface en el amor; pero me hace viajar y conocer. Ese es el amor para mí. Si tengo plata y me está faltando un forro para la bicicleta, prefiero comprarle las cosas a ella, antes que comer yo. Es lo mismo que una mujer. Si le compras zapatos, ropa interior, todo lo que necesita, te va a cuidar, te va a alimentar y te va ayudar… ¿ya? Ahora si no te doy un par de zapatos, una ropa interior ni comida, te dejan tirado y se van con otro, poh. Es lo mismo para mí la bicicleta. Si no la alimento, me va a dejar tirado en cualquier parte. Para mí es eso. Pero hay veces donde me hace falta la chasquilla larga”, dice.

¿Echas de menos tener una vida normal?

-Sí. A cada rato. Me falta el hogar y la mujer. Eso es lo que más se extraña. Pero sigo siendo un ponceador, claro, si me dejan -se ríe.

Cuando se deprime, Ariel prefiere pensar en todos los lugares que conocerá. O habla horas de horas por radio de cualquier tontera. Evita pensar en cosas densas, porque lo bajonean. “Pienso en el destino, en los camioneros que me llaman; voy preocupado si hay algún accidente en el camino. Y en sobrevivir día a día”, dice.

Algunos de los que se topa en la ruta le dan ánimo. Son los que gustan del deporte y lo apoyan en su locura. Hay otros que, siente, lo envidian por lo libre que lo ven, sin preocupaciones, deudas, problemas. En esas ocasiones Ariel se siente ligero, pero le dura poco porque poco tarda en asomar la pena.

-Siempre está ahí el bichito de querer tener una pareja… Claro que no podría casarme de nuevo, porque hay un sentimiento entre mi señora y la que viene: nunca va a ser lo mismo. Eso me ha impedido rehacer mi vida. Y si una mujer me desea, me tiene que querer tal como soy. Y es ahí donde lo rechazan a uno. Así sería bonito… Pero no se puede. Yo ando viajando y si se enamora una persona de mí, pucha, pensará ¿en qué va a trabajar este hombre? Yo sé muchas cosas, pero no tengo ni una profesión para poder decir ya, me voy a ir a trabajar a un taller de automóviles o un supermercado, y voy a radicarme… A veces me pongo a pensar y me encantaría tener lo básico, una piececita, un equipo de radio, una máquina de escribir o una computadora, para ponerme a escribir un libro con mi historia, y con todas las fotos mías, recuerdos, con mis dedicatorias, todos los poemas que he hecho.

¿Escribes poesía sobre qué?

-Están relacionados al amor. Amor sin Pascua, amor a la vida, amor a la bicicleta, amor a la carretera, amor-amor, amor a la soledad, de todo. Tengo harto tiempo para escribir. ¡Es que soy muy enamoradizo! Me encanta escribir poemas, pero no me gustan los poetas. Tengo más de 800 poemas. Mira, hay uno que empieza así (se para y va a buscar un cuaderno roto lleno de poemas): “Una vez se vive, una vez se nace/ tan sólo una vez se quiere con todo el corazón/ y si no hay otra vida ¿para qué tanto se quiere?/ vivir en tal desdicha ya no encuentro la razón/ te fuiste silenciosamente/ sin pronunciar tu palabra, tu motivo, bien amada/ se me clavó en el pecho el puñal de desprecio/ mientras yo te quiero con este amor intenso/ no habrá dulce ni bálsamo más bueno que el amor”.

No sólo de amor tratan sus poemas. Algunos de ellos están dedicados a Carabineros. Uno de ellos nació del encuentro que tuvo con el ex director de la policía, Rodolfo Stange. Dice: “Amigo y amiga, desde que ingresaste a las filas con tu uniforme verde/ llevas en tu corazón las carabinas cruzadas/ para servir a tu patria/ tú que estás en las fronteras, lejos de tus seres queridos/ resguardando nuestro país en las lejanas tierras/ Amigos y amigas, que velan por la seguridad ciudadana/ y ayudando al desemparado en situaciones más difíciles/ en la vida cotidiana”.

Eres de los pocos a los que le caen bien los pacos.

-Es que los pacos conmigo se portan bien, aunque hay unos bien pesados, pésimos. Pero hay unos muy amables y atentos.. Cuando estaba Stange, me dio una carta para llegar a todos los cuarteles de Chile, nombrándome como pseudo honorem a Carabineros. Empecé del mismo grado en que empieza un paco hasta el grado de mayor, que fue en Casablanca, donde me condecoraron ellos mismos. De ahí mi buena onda hacia ellos.

PLATILLOS VOLADORES

Otro de los pasatiempos de Ariel Ortega en la ruta es sentarse en su carpa a mirar si aparecen platillos voladores. Él dice que los observa desde la noche en que se le aparecieron por primera vez, hace mucho tiempo, en pleno desierto. Esa vez, recuerda, creyó que estaba frente a un camión que venía hacia él con todas sus luces prendidas.

-Salí a decirle “ya, poh, apaga la luz tal por cual, ¿adónde te venís a meter? Tenís 300 kilómetros pa arriba y 500 pa abajo pa estacionarte y te venís a poner donde estoy yo”. Abrí el cierre de la carpa y vi que estaba todo resplandeciente.

No te creo.

-Créeme. Miré pa arriba y vi ¡el medio platillo volador en pleno desierto! Yo tenía mi bicicleta, mi carpa, mi cocinilla y dos bidones con agua. Al otro día los bidones de agua estaban vacíos.

Ariel dice que en Chile existe gente que se comunica con las naves espaciales. Asegura haberlos visto en sus andanzas. “He tratado de ubicarlos, pero es difícil. Son personas como uno, que parecen un fantasma lleno de luz, blanco. No te puedo decir el rostro ni la cara, porque sólo les vi la silueta. Estuvieron cerca de mí como tres o cuatro minutos. Caminaron y después subieron a la nave como si ésta fuera un ascensor. ¡Es que se transportan así! Los he visto en el norte y en el sur”.

Hay personas normales, dice Ariel, que pueden comunicarse con los ocupantes de los ovnis. Él se siente entre ellos, cree que lo eligieron por la fe que les tiene y por eso quiere hablarles. “Me gustaría conversar con ellos directamente para ver qué onda. Me gustaría que se me aparecieran de nuevo… una mujer, no un hombre, para ver cómo son ellas, y que me lleve a dar una vuelta”, se ríe.

Ariel está de paso en Limache, alojando en la casa de una familia que conoció en uno de sus viajes. Se quedará unos días más porque le ofrecieron trabajo. Hace calor y él arregla una figurita de Cristo que tiene pegada en la bicicleta.

Aunque hoy no viajará, Ariel viste calzas de ciclista y una polera strech azul que lo hacen ver flaquísimo y algo desvalido. Pero sin ninguna arruga en la cara.

Después de Limache, dice, no sabe cuál será su destino. Se siente algo bajoneado. Quiere conocer a una mina pronto y anda con ganas de estancarse un rato. Pero le tinca irse al sur ahora porque allá hay menos calor y en estas fechas abundan los salmones. No está muy claro.

-En una de esas, tiro una moneda y donde caiga, me voy -dice.