Miembro emblemático de la Brigada Ramona Parra, “Mono” González acaba de publicar el libro visual  “27 DE FEBRERO”, con grabados en blanco y negro basados en relatos que escuchó de sobrevivientes del maremoto en Pelluhue y Curanipe mientras les hacía un taller de gráfica popular. Hablamos con él sobre los pacos de ayer y hoy, que lo siguen molestando por pintar en la calle, de la vida en La Legua -donde hace talleres-, de las nuevas brigadas de muralistas, de su longevo bigote, de la izquierda prejuiciosa y de los animales en sacrificio.

Cuando salió la noticia de los abusos y el uso de drogas de los carabineros de La Legua, el artista y muralista Alejandro “Mono” González no se sorprendió para nada. Desde hace años que realiza talleres de Gráfica Popular a jóvenes de ese sector, a quienes les enseña a crear sus propios afiches para tocatas, y enseña también a dueñas de casa que quieren aprender a estampar sus sábanas y manteles. Ya es uno más de la población, respetado y querido. Por lo tanto, conoce como pocos lo que pasa de verdad ahí. “Conozco esas denuncias y muchas más, las he escuchado, ya son parte de la historia de La Legua. Me impresiona la estigmatización contra el poblador, es muy fuerte”, cuenta González, puntualizando que la policía sigue reprimiendo igual que en la dictadura y que mete a todos los “legüinos” en el mismo saco. “Por ejemplo -dice-, a uno lo paran en la calle por sospecha, aunque eso legalmente ya no existe, pero en La Legua sí. Y los pacos empiezan a tutearte, colocándote en inferioridad sicológica y tú no puedes responderles tuteándolos, porque sólo ellos se sienten con ese derecho. Pero ¿en Las Condes cuando paran para un control de tránsito tutean al chofer?”, pregunta González.

Obvio que no, lo tratan de usted.

-Más encima el punto de partida es que en La Legua todos son delincuentes y no hay forma de demostrar lo contrario. Por ejemplo, anda a ver los murales de los Agotok y Moreno Villa -dos reconocidos grafiteros- y lo que manifiestan.

¿Qué manifiestan?

-Hay uno que está a la entrada de La Legua, donde hay un policía poniéndole un balazo a una calavera. Ya no se ve porque los mismos policías de La Legua fueron, le tiraron pintura y lo borraron. Eso no lo dice ningún periodista. ¿Y por qué lo borraron? Porque había un policía que estaba matando a un poblador. Esas cosas las sé porque ando en terreno. Y eso lo saben los jóvenes grafiteros, también.

¿Cómo es su trato actual con los pacos? ¿Lo huevean mucho?

-No han cambiado mucho en eso, pero ahora aprovecho que soy más viejo. Me dicen cosas, por ejemplo cuando me ven en el andamio antes de empezar a pintar: “No vaya a hacer un grafiti”. Para ellos, el grafiti es delincuencia. Y se burlan. Me dicen que por qué un viejo canoso anda haciendo cosas de cabro chico. Son barsas. Pero me importa un comino eso. No me molesta. Mi trabajo es en la calle y esas molestias son parte del trabajo.

Usted ha dicho que no se imagina a un artista solo en su taller.

-Claro, mi proceso artístico está vinculado con la realidad. No concibo a un artista que viva de las noticias, del diario y nada más. Por ejemplo, el mural que está allá afuera (se refiere a la salida de su taller en San Bernardo) tiene que ver con una actividad que hicimos por el día de la madre. Y hasta el más malo del barrio pasa todos los días con una florcita en la mano a dejársela a su mamá. Ahí sientes que esa persona no es tan insensible como muchos piensan. Puede ser limitado, bruto, malo, pero tiene algo ahí. Y eso es lo que me interesa mostrar.

EL BIGOTE

“Los viejos tenemos muchas mañas, somos muy cerrados, vivo peleando con la gente de izquierda de mi vereda”, dice el autor del colorido mural “Vida y Trabajo” que está en el metro Parque Bustamante.

¿Por qué?

-Tienen los de la izquierda el mismo prejuicio que la fuerza policial. Para ellos, puede trabajar en la calle sólo el que hace una propaganda directa, pero si hace un dibujo o una expresión es mal visto. Una tontera. Están preocupados de la cultura de la alta esfera y no de lo popular. No se dan cuenta que esta cultura popular, como la del mural, es la de mayor fortalecimiento antisistémico que hay, en donde la gente expresa su lucha. El muralismo no es decorativo, la calle también es una escuela.

¿Por qué?

-En la calle el espectador está en movimiento, los muros y las imágenes son efímeras. El muro vive con el espectador, es contingente, es un diálogo. Eso lo saben los que hacen, diseñan y ocupan los espacios publicitarios de las calles y sus puntos de ventas. ¿Te das cuenta lo que te digo? ¿Por qué no generan espacios para que se ocupen y no métale borrar grafitis? A mí me han dicho que no sé dibujar y que por eso pinto en la calle.

¿Quién le ha dicho eso?

-En una charla en una escuela superior de diseño gráfico. Ahí alguien me dijo que lo que hacía yo era  un manierismo o híbrido y además, como si fuera poco, me dijo que yo no sabía dibujar. Esa es la permanente descalificación de parte de la academia. Víctor Jara no sabía leer partituras, la Violeta tampoco. ¿Y quién de la academia podría haber hecho “Te recuerdo Amanda” o “Volver a los diecisiete” o “Gracias a la vida”? Nadie.

Con el paso del tiempo, ¿cómo ve el trabajo que hizo en la Brigada Ramona Parra (BRP)?

-Mi sueño estuvo cerca de cumplirse. Se nacionalizó el cobre, pero hoy no está en manos de los chilenos, lo que es terrible. Yo estudié en la Chile gratis, como mis padres eran obreros no podría haberlo hecho si no hubiese sido gratis. Ahora me cuesta un mundo poder pagarle la educación a mis hijos. Por eso me molesta mucho que haya gente que ahora está en el gobierno que luchó por privatizar la educación, siendo que estudiaron gratis, eso no lo entiendo. En la época de la BRP era todo muy vertical, muy de partido, muy orgánico, todos tenían una meta común, un fin común, el gobierno popular, pero la dictadura nos dejó ciertas herencias que aún existen

¿Como qué?

-Como la forma de gobernar, los acuerdos, yo cedo aquí para que allá…, o sea, mantener una cierta forma de gobernabilidad que beneficia a ciertas personas, por eso tapan lo de los mapuche como tapan lo de los pascuenses. Van peloteando las cosas como si uno fuera un tonto que no se da cuenta. El sueño de la BRP lo cortaron con un golpe militar. No era una mentira ni una utopía. Por otro lado, el arte visual chileno urbano del muralismo hoy es parte del patrimonio nacional y de su historia gráfica. Nadie puede desconocerlo, puede gustarle a alguien o no, lo que es legítimo, pero ya está ahí. Son muchas las tesis de grado en universidades donde los jóvenes investigan, además cada día se suman nuevos libros, pero el muralismo no está en los mallas curriculares. Imagínate que acá en Chile no se estudia en ninguna universidad, pero sí se hace en la Universidad de Mar del Plata, donde se estudia el muralismo mexicano y el chileno debido a su importancia, pero acá sigue siendo mal visto, como te decía antes.

Su clásico bigote lo mantiene como un recuerdo de esos años de la BRP.

-Pero lo tengo de antes, desde el año que estaba en la universidad, cuando tenía 22 años.

¿Se lo ha cortado alguna vez?

-Una sola vez, cuando estuve en la clandestinidad. Me los saqué, me peiné bien y me vestí bien. O sea, me puse conservador y formal. Ahora no me imagino sin bigotes. Una vez me los quise cortar y le conté a mi hijo chico, pero me obligó a que no lo hiciera, porque si lo hacía no me iba a reconocer cuando me viera o no me iba a abrir la puerta de la casa.

¿Cómo ve el trabajo de los nuevos muralistas?

-Son un tanto individualistas y menos politizados. Eso tiene que ver con el sistema que tenemos. Hoy día hay muchas brigadas, pero no tienen la verticalidad orgánica de antes, son más transversales, no son tan militantes, pero los que intervienen los espacios urbanos tienen opinión y la película clara. Veo que muchos del grafiti están acercándose al muralismo. Y eso me interesa mucho. El otro día escuchaba a un fiscal que está investigando a unos anarquistas presos por ser antisistemas. Perdóname, o sea, ¿la culpa ya estaba dada porque eran antisistémicos? Perdóname, los grafiteros son antisistémicos, yo soy antisistémico, o sea, según ese fiscal yo debería estar preso también. Ojalá me metieran preso por ser antisistémico.

¿Cuál es su relación con otras brigadas, por ejemplo la Brigada Chacón, que han dicho que fueron los que se adelantaron al twitter?

-Con ellos tengo una excelente relación y amistad. Soy amigo y compañero de ellos. Ahora último me encantó un papelógrafo que vi en la Alameda que decía “Palestina tan cerca de Israel… y tan lejos de Dios”. Me gustó el contenido, la metáfora, la educación del mensaje, lo directo, la solidaridad y el compromiso.

27 DE FEBRERO

Dos meses después del terremoto del 27 de febrero, al “Mono” González se le ocurrió ir a Pelluhue y Curanipe, en la séptima región, a impartir un curso gratuito de gráfica callejera a los damnificados, donde les enseñó serigrafía popular con materiales al alcance de la mano. “Era para crearles una nueva fuente laboral alternativa a las labores de pesca o agrícolas, cosa que pudieran salir adelante, ya sea  vendiendo recuerdos de la zona, aunque sea del maremoto. Pero lo más importante era ayudarles a recuperar la confianza. Porque el asunto no es llenar este país de mediaguas o parar cuatro palos y quedarse sólo en eso, sino que también debiera haber un trabajo con el espíritu, cosa que puedan salir adelante por sus propios medios. A esta gente que no tenía nada nosotros le podíamos enseñar, distraerlos, hacer que se expresaran más, y que además, de pasada, pudieran estampar sus propios diseños y sus propias camisetas”, cuenta González.

Al principio costó que la gente se soltara y exteriorizara sus penas. Incluso, hubo discusiones entre ellos. No querían tocar el tema del maremoto. Según ellos, la gente no iba a querer ir más a veranear a esa zona. “Les dije que no, que todo lo contrario, que tenían que enfrentarlo, que no podían tapar lo que vivieron. Además, que ya todo el mundo tiene conocimiento de ello, la información está en todas partes, era mejor que lo expresaran”, dice.

El único problema, relata González, fue que él se entusiasmó más que los propios alumnos. “Al final, todas las noches terminaba dibujando yo todo lo que me contaban”. Cuando llegó a Santiago, tenía una carpeta llena de grabados en blanco y negro sobre los relatos terribles que había escuchado. Producto de esa labor es que acaba de publicar el libro de serigrafías llamado “27 de febrero”, donde se repiten ciertas imágenes que tenían los pobladores de la noche del terremoto, como las casas dadas vueltas, los caballos muertos, el mar que se recoge, los pescados que andaban volando. “En ese sentido, este libro es un testimonio visual, sin palabras, de lo que aconteció esa noche, y es un recordatorio para las autoridades de que ya se va a cumplir un año y aún hay gente viviendo en la calle. No puede seguir esa situación”.

¿Qué historias lo marcaron más?

-Ufff. Me dolía mucho y me daban ganas de llorar todo lo que escuchaba en esos talleres. Había un caballero, de unos 80 años, que había perdido todo. Caminando por el pueblo, me mostraba donde había estado su casa. Y no había nada. Y su familia entera había emigrado a Talca y lo dejaron solo. Ahora vivía en una mediagua, esperando construirse una casa, pero ¿a los 80 años va tratar de empezar de cero? Es casi imposible.

ESPERMATOZOIDES

Sé que está terminando un libro de dibujos a tinta sobre los animales y el sacrificio.

-Sí, espero tenerlo listo a fines de año. Me motivó lo fuerte de ver perros en Curanipe después del terremoto y maremoto, perros echados en los cimientos de la entrada de lo que fueron sus viviendas, como esperando fieles en lo que fue su morada. Y ahí están donde no hay nadie. ¿Eso no es un castigo social acaso?

¿Tiene algún otro proyecto en mente?

-A partir del 17 de enero empezaremos a pintar con la gente de la población obrera del Cerro Cordillera de Valparaíso. Pintaremos los techos de la casa con imágenes de Matta, como manera de homenaje a los cien años de su nacimiento, que se cumplen este año. Esparciremos estas especies de espermatozoides por los cerros. Tú sabes que existen los Carnavales de Valparaíso, pero eso sucede en el plano, donde está la elite, y la gente tiene que bajar del cerro para ir allá. Nosotros, en cambio, queremos hacer las cosas allá arriba porque es donde nos sentimos en casa.