Foto: autorretrato

Desde hace cuatro años, Alejandro Olivares (30) dedica su tiempo libre a “Living Periferia”, un ensayo fotográfico sobre un grupo de jóvenes de la periferia santiaguina que andan armados hasta los dientes. Es la violencia en su cruda expresión. “No es el lado oscuro de lo bello ni la carencia de ello, sino todo lo contrario: sus espacios cotidianos ricos en escenas horriblemente hermosas”.

Olivares creció y vivió hasta los 20 años en Puente Alto, donde vive toda su familia, por eso conoce muy bien ese mundo. No vivió en poblaciones, pero sí estudió en un colegio público con jóvenes que ahora están perdidos en la pastabase y la violencia. “Podría no haber mostrado eso pero por qué no.

Aquí hay que mostrar, mostrar y mostrar. Que no se olvide que un grueso de la población está hasta el carajo”. Esa cercanía le permitió llegar a los jóvenes. Igual, dice, le costó convencer a los cabros para fotografiarlos con sus pistolas o fumando pastabase. “Tuve que ser uno más de ellos, ir a sus casas y camuflarme como uno más del grupo”. Olivares no lo pasó bien haciendo este trabajo. “Fue un desgaste sicológico muy grande, porque en las poblaciones que anduve vi hueás que no quería ver…”.

¿Cómo qué?
-Niñas embarazadas fumando pastabase. O niños muy chicos, de doce años, fumando en las esquinas. O muchas niñas de doce años prostituyéndose. Eso era lo más pesado. Por eso me enchucha que el gobierno haga campañas contra la marihuana, porque lo que está matando a los hueones en las poblaciones es la pastabase. Eso los está cagando. Yo lo he visto. Pero eso no sale en ningún lado. Y todos se hacen los hueones. Y da pena que pase eso. Porque la mayoría es gente honrada que por diversos problemas cae en la droga. Y pa más recacha se los estigmatiza. Entonces, ¿hasta cuándo hueveai con la marihuana?

Y los jóvenes retratados en Living Periferia, ¿han visto las fotos que les sacaste?
-El gancho que hice para que me aceptaran fue regalarles fotos de ellos en grande. Y con eso los envicié en la droga de tener sus fotitos. Y los hueones después querían que yo fuera su fotógrafo oficial de bautizos. Se pusieron súper patudos. Y me llamaban pa que les vaya a sacar la foto a la abuela que se estaba muriendo. Y ene veces lo hice.

Con este trabajo, Olivares ganó un montón de premios este 2011, como la Foto del Año en el Salón Nacional de Fotografía de Prensa en su versión Bicentenario; además, fue seleccionado para mostrarlo en la “Antología visual de jóvenes fotógrafos” en el MAC Parque Forestal, en Photo España en República Dominicana. Por si fuera poco, recibió una mención honrosa en el concurso Zoom-in on Poverty de la agencia china Xinhua.

Así como te interesa ese mundo marginal, ¿no te interesa lo que pasa en el barrio alto?
-Claro. Pero siempre ha sido más difícil entrar a la casa de un rico que a la de un narco de La Legua. No se puede, a menos que seas de ese lugar.

DE LA CALLE A LA PATAGONIA
¿Qué fue lo que más te llamó la atención de este 2011?

-Ha sido un buen año, no como el anterior que fue como el pico para el país. Este año fue la voz del pueblo. Es un despertar, es un buen comienzo. Como ciudadano, me parece entretenido que la gente salga a la calle y que se hayan aburrido de que les metieran el pico por todos lados. Y me alegra mucho eso.

De lo que fotografiaste este año, ¿hay alguna imagen que se te haya quedado grabada?
-Puede haber sido la de Italo Nolli. Era una historia potente: un asesino de exportación. Y la foto es fuerte. No tengo cuestionamientos con fotografiar un muerto.

Hay colegas tuyos que le hacen el quite a ese tipo de fotos más morbosas.
-Seguramente habrá otros cristianos, otros católicos, que no quieren toparse con la muerte y creerán que se los llevará el diablo. A mí no. Tengo cero rollos con los muertos y la sangre. Es parte de la vida, por qué asustarse con el cuerpo.

Otro de tus fotos premiadas este 2001 es de la serie Trapananda, sobre la Patagonia.
-Ese ensayo nació, justamente, cuando estaba totalmente estresado con el proyecto “Living Periferia” y creía que esa huevá estaba hasta el pico y no había nada qué hacer más. Y tuve la posibilidad de viajar a la Patagonia un par de veces y salió este ensayo, que tiene una nula presencia de humanos. Es como una fotografía de antipaisaje. Es todo lo que no se debe hacer técnicamente.

¿Como qué?
-La fotografía de paisaje siempre tiene mucho detalle. Yo, en cambio, ocupo mucho el diafragma abierto, que desenfoca todo. Es algo mucho más onírico, es como si fueran pequeños extractos de sueños en imágenes. No es la clase típica de libro de paisajes de Chile. Porque si voy a las Torres del Paine, probablemente no haré la foto de las Torres del Paine, sino que las roquitas que están detrás.

LOS TRAVESTIS
Otro de tus constantes es retratar a travestis. ¿Por qué tan obsesionado con ellos?

-La verdad es que soy un travesti, jajaja… La verdad es que no hay ninguna obsesión. En el diario dicen que estoy obsesionado, pero nada. Y en verdad es el equipo del Clinic que proyecta en mí sus gustos… Son ellos los obsesionados con los travestis, porque me mandan a mí a hacer fotos de los travestis. Ellos tienen el problema, no yo. Pero hablando en serio, a los travestis me los topo siempre en mi camino.

Por dónde andarás metido que te los topai siempre…
-No sé… En verdad no tengo la más paupérrima idea de por qué chucha me termino juntando siempre con travestis.

¿Y cómo llegaste a su mundo?
-Es que me parece muy interesante su mundo. Es bien sufrido, pero es un sufrimiento alegre, no sé. Es muy extraño. Por ejemplo, ahora estoy en un proyecto con travestis, rarísimo, que se llama “Backstage Broadway” (con éste ganó la categoría de reportaje y cultura en el Salón Nacional de Fotografía de Prensa 2011). Ellos están riéndose todo el día, pero tienen una vida de mierda.

Tanto acercamiento con ellos, ¿acaso no te han ofrecido que participes en sus show?
-En los show no, pero me huevean todo el rato para que los deje chuparme el pico. Entonces, es difícil trabajar con los travestis.

En Backstage Broadway muestras a los travestis fuera del show…
-Dentro del show todo es perfecto, todo es risa, todo es maquillaje. Pero quise ver qué pasa en ese triste letargo que viven los travestis antes de los shows, cuando están en sus carros. Y ya no sonríen tanto y se acaba el maquillaje. Era ver cómo iban pasando esos espacios cotidianos más pajeros.

¿Y les gustó que los retrataras en sus espacios pajeros?
-Un poco. Por ejemplo, si voy un día martes tarde, que no hay función, no les cuadra que yo ande metido con la cámara. Entran en un estado en que no cachan qué estái haciendo ahí y te dicen “si no eris gay, no te gustan los hueones, no vay al show sino que fotografiai los carros, entonces ¿qué chucha hacís aquí?”.

DE LA PERIFERIA A NUEVA YORK
Este año te fuiste de la periferia a Nueva York. Precisamente, gracias a Living Periferia.

-Nueva York es una ciudad intensa. Y, puta, para fotógrafos es la raja. Aproveché de fotografiar lo de Wall Street.

¿Y cómo estuvo eso?
-Se repite el mismo descontento que hay acá. Hay un hastío con la economía actual. Están todos chatos, cabreados de la vida costosa y de que se los estén cagando. Alcancé también a armar un tema que se llama “New York afraid of nothing”.

Mish, te pusiste internacional.
-Claro. Nada de huevás. Y es un ensayo sobre las calles de Nueva York. Me mandé una pelá de cable con una cámara que agarra mejores fotos si te la ponis a la altura de la cintura.

¿Hay algo que te gustaría fotografiar?
-Sueño con jubilarme luego para tener un criadero de perros. Y ese es otro proyecto que tengo. Estaré diez años fotografiando perros y haré un libro. Estoy inspirado en el libro “Mil perros”.

Tienes una colección de fotos con los tics de Piñera. ¿No has pensado en sacar un libro con ellos?
-Es que Piñera regala gestos al mundo. Estoy seguro que todos los fotógrafos de prensa tienen una colección de sus tics, pero la única diferencia es que ellos no los pueden publicar como yo. Todos podríamos hacer un libro de los mil y un gestos de Piñera. Pero no estoy ni ahí con inflarlo más. Qué se vaya luego nomás.