Fuerte lo acontecido con Daniel Zamudio, en coma tras ser brutalmente golpeado por neonazis debido a su condición homosexual. Incluso le fue marcada una esvástica en su cuerpo, la firma de autor de una golpiza de madrugada y sin testigos que se atrevan todavía a dar la cara. Duele que sucedan estas cosas en Chile. ¿La causa? La intolerancia y sobre todo el miedo a quien es diferente, sumado a una necesaria dosis de pelotudez crónica. Ignorancia y falta de educación, me comenta un amigo. Tengo mis dudas al respecto. El nacionalsocialismo criollo, de bullante actividad en esta comarca en la primera mitad del siglo XX, no floreció precisamente entre las clases bajas chilenas. Lo hizo, no nos hagamos los lesos, al interior de una elite capitalina viajera e ilustrada. Académicos, diplomáticos, parlamentarios, incluso uno que otro escritor de renombre, comulgaron en su momento con el ideario desquiciado de Hitler y aquel puñado de filósofos y científicos de su época, interesados todos en demostrar que -irremediablemente- algunos nacieron para mandar y otros para morir. O bien para obedecer, que es también una forma de morir viviendo.

En lo personal, no me sorprende la golpiza. Se repiten cada tanto en todo Chile, la mayoría de las veces también sin testigos y con cero repercusiones en la prensa. Travestis, inmigrantes de países vecinos, prostitutas, miembros de pueblos originarios, vagabundos, homosexuales, lesbianas, todos potenciales víctimas de grupos más que organizados a los cuales jamás ningún gobierno ha aplicado – “ya empezó este mapuche resentido” – ley antiterrorista alguna.

Ni siquiera una mísera orden de investigar, me atrevería a aventurar y que me corrijan los expertos. ¿Por qué sucede esto? Si hilamos fino, muchas veces el actuar violento de estos grupos, en apariencia reprobados por la ciudadanía, gozan de un silencioso aplauso cómplice. La chilena, por qué negarlo, es una sociedad con una predisposición al autoritarismo y las actitudes xenófobas, homofóbicas y racistas que causa escalofríos. No estoy especulando. Lo establecen sendos informes de organismos internacionales. Y uno que otro estudio gubernamental, como el desarrollado el año 2004 por la Segegob en Temuco y que dio cuenta de un escenario de hostilidad étnica que los mapuches veníamos denunciando desde hace ratito. Desde 1881 para ser más exacto.

Y es que si de marcaciones se trata, lo acontecido con Daniel no es nada nuevo para quienes habitamos al sur del gran río. Lo saben los descendientes de Juan Manuel Painemal, comunero mapuche de Chol-Chol. Cuenta José Bengoa, en su “Historia del Pueblo Mapuche”, que el año 1913, Painemal fue secuestrado y vejado por colonos chilenos de Nueva Imperial, quienes no contentos con golpearlo brutalmente lo marcaron además a fuego como un animal. El acto, de una brutalidad extrema pero común en aquellos años en el Far West sureño, gatillaría una de las primeras movilizaciones mapuches al sur del Biobío. Fue tal la indignación de los lonkos, cuenta Bengoa, que gatilló -a treinta años de la invasión militar chilena- el primer acto de rebeldía frente a colonos criollos y extranjeros que los cercaban en sus reducciones y hostilizaban a diario. La historia de Juan Manuel Painemal, ya podrán sospechar, se repetiría no una sino decenas de veces a lo largo del siglo XX. Uno mismo, cuando niño, escuchó aterradoras historias de parientes golpeados y humillados por los capataces del fundo vecino. Y pensar que a nosotros hoy nos tildan de “violentos”.

Trágico lo acontecido con Daniel en Santiago. Bien la condena transversal que al menos en las redes sociales he podido constatar desde que se supo la noticia. Bien la reacción de las organizaciones que representan a las minorías sexuales. Bien la Fundación Iguales y bien el Movilh, que han asumido un necesario rol protagónico. Pero no perdamos de vista una verdad del porte de un buque: la homofobia y el racismo no se combaten solo con proyectos de ley. Ayudan, por cierto, pero centrar en ello el debate es no entender mucho el país en que vivimos. Se requiere, sobre todo, cambios culturales profundos en la sociedad chilena y estos parten por su núcleo básico, la familia. Seamos serios, estimado lector, estimada lectora; cada vez que usted trata de “mapuchito” a su jardinero, al moreno maestro de sus hijos o a su propio yerno venido desde el sur; o usa muy suelto de cuerpo el “indio”, “cholo”, “negro”, “peruanito”, “maraca”, “maricón” o “hueco tal por cual”, un neonazi chileno sonríe más que satisfecho. Y una nueva víctima, como Daniel o el peñi Painemal, aguarda por su turno allá afuera.