En una conferencia de hace algunos años, en el norte de Chile, seleccioné una serie de diapositivas que mostraban obras de diversos artistas del pasado y del presente, cuya característica consistía en pertenecer a una clase de estética centrada en lo grotesco, lo absurdo, lo feo, lo avieso, lo repugnante, lo pornográfico y lo abyecto. Todo esto resultaba contradictorio con la idea de que el arte debe ser ante todo una exaltación de la belleza. Las imágenes exponían lo siguiente: pinturas prehistóricas llenas de alusiones a la muerte y el erotismo, esculturas grecorromanas que ilustraban crueles castigos mitológicos, escenas medievales de ira divina, renacentistas bestiarios humanos, monstruosos seres manieristas, flagelos y mutilaciones barrocas de mártires y santos; y de la modernidad, variadas representaciones de la barbarie bélica, seres decapitados, calaveras con máscaras de gas y crudas y sanguinolentas acciones del arte corporal en sus versiones sacrificiales o martiriales (sangre humana y animal a granel, mutilaciones reales y simuladas, presencia de secreciones y excreciones humanas).

Se trata de una serie de motivos y formas visuales que el cine y la literatura han explotado de manera ejemplar. También la realidad concreta: sacrificios sangrientos cada año en los rituales religiosos protagonizados por ciertas prácticas sacras extremas; absoluta ausencia de piedad y empatía emocional de la mayoría de los contenidos transmitidos por los medios de comunicación social (como el linchamiento de Gadafi); despojos y demás efectos traumáticos dejados por las fuerzas de la naturaleza en diversas zonas geográficas del planeta; exposición obscena de las penurias de muchas personas calificadas de “vulnerables” al momento de ser captadas como víctimas de los desastres humanos y naturales o en actos delictuales en sus propias casas, luego en tribunales, para finalmente ser mostrados como víctimas del sistema carcelario, ya sea como sujetos apiñados tras las rejas o mudos protagonistas de un motín o un incendio televisado, donde los familiares tienen el macabro privilegio de verse en los medios expresando su dolor frente al padecimiento de sus deudos y satisfaciendo el morbo de la llamada opinión pública.

Para el público general, esta cruenta exhibición de la realidad no debiera pertenecer al arte. En el fondo, no le interesa la pomada vanguardista que exige que el arte sea como la vida. Esto fue lo que me recordó uno de los asistentes a la mencionada conferencia cuando mostré registros fotográficos de Raúl Zurita con la cara quemada y de Carlos Leppe zampándose varias tortas para luego regurgitarlas en el suelo de un baño en la Bienal de París de 1982. Estas grotescas y coprolálicas manifestaciones atentan no sólo contra la belleza, sino también contra las etiquetas y modales dictados por el buen gusto. Y también por la moral. Recordemos, al respecto, lo que dijo un connotado político nacional de derecha, Darío Paya, cuando Juan Domingo Dávila expuso en 1994 una grotesca y travestida representación del prócer Simón Bolívar: “Lo más grave es constatar que se está gastando dinero fiscal en tonteras: en expresiones completamente marginales de la cultura, y además criticables moralmente”. En Estados Unidos la derecha no lo hace mejor: recordemos los escándalos suscitados a fines de los 80 y principios de los 90 por algunas fotografías de Robert Mapplethorpe que mostraban un púber desnudo y por una obra de Andrés Serrano en que se veía un crucifijo sumergido en orina.

Ahora bien, ¿de dónde procede esta idea de que el arte sólo debe mostrar las edificantes zonas impuestas por la belleza? Se trata de un cliché heredado de una versión excluyente del arte que suele exacerbarse en contextos dependientes como el nuestro. Tal vez se deba a la influencia heredada del arte neoclásico importado en el siglo XIX. O con la estupidez de relacionar el arte con la moralina. Pero siempre la belleza clásica ha convivido con los aspectos más desagradables de la vida: lo sublime con lo grotesco, lo bello con lo feo, lo fascinante con lo terrorífico. Es más: la belleza de ahora ya no es la de los olímpicos modelos de la antigüedad, las sublimadas madonnas del Renacimiento o los idílicos paisajes románticos del atardecer; incluye también los productos de la cultura de masas, henchida de signos visuales, no siempre impolutos o cosméticos, sino más bien crueles y obscenos. Da lo mismo, en este caso, si la citada cultura de la imagen exhibe la perfección quirúrgica de un cuerpo desnaturalizado o sus anomalías orgánicas provocadas por la obesidad, el tabaquismo, el alcoholismo o la promiscuidad sexual.

Para terminar, un ejemplo. Umberto Eco ha escrito dos historias ilustradas, una dedicada a la belleza y otra a la fealdad. Después de publicadas, Eco afirmó que le parecía más cautivante el segundo. Sostuvo que frente a las sublimadas representaciones visuales de artistas como Policleto, Rafael Sanzio o Botticelli, le pareció más satisfactorio explorar los rasgos que han distinguido la fisonomía del hombre común y sus pesadillas menos edificantes (por ejemplo, El Bosco, Brueghel o la artista contemporánea Orlan): rostros llenos de impurezas, seres macabros, la mayoría de mirada torva y posturas contrahechas, con bocas desdentadas y pelo ralo; otros enajenados por la locura o en el acto de someterse a una operación quirúrgica en vivo y en directo, en una poshumana reflexión acerca del cuerpo y de las actuales posibilidades de la medicina estética o reparatoria.