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El campamento de oro Krikie Nigi en Surinam representa el ideal platónico de la devastación ambiental. Desde la ventana de nuestro auto, vemos charcos de lodo, contenedores llenos de agua burbujeante contaminada con mercurio, y uno que otro árbol quemado. Los equipos de mineros artesanales se mueven en enjambres, buscando ese polvo dorado entre toda esta devastación. Se revisa cada centímetro de tierra y se remueve cada miligramo de oro. Los adolescentes arañan la tierra alrededor del campamento con excavadoras oxidadas, como artistas enloquecidos pintando un infierno.

Todo esto fue alguna vez una selva virgen. Pero se convirtió en una víctima más de esta fiebre del oro que está transformando a Surinam en un imán de buscadores de fortunas de todo el mundo. Se estima que hay unos 20,000 mineros de pequeña escala en el país, y detrás de estos exploradores autosuficientes hay una legión de comerciantes, cocineros y choferes. La industria del oro en el país produce unas 16.5 toneladas métricas de oro al año, envenenando las fuentes de agua locales y destruyendo un sinnúmero de hectáreas de selva. Llegamos a Surinam para ver esta explotación con nuestros propios ojos, y para averiguar si hay alguien que se esté haciendo rico con todo esto.

Mientras nuestro auto entraba al campamento, pasamos junto a una mujer con una tez aceitunada caminando por la calle de tierra. Trae un parasol azul en un mano y un cigarrillo en la otra. Gilbert, nuestro guía local, y minero de profesión, se asoma por la ventana y la saluda en portugués.

Bienvenido al nuevo Surinam. Quizá no les quede mucha naturaleza, pero al menos tienen prostitutas brasileñas.

Surinam está entre Guyana y la Guyana Francesa en el noreste de Sudamérica. En los viejos días, esta región era conocido como la “Costa Salvaje”, y los holandeses y lo británicos pasaron la primera mitad del siglo XVII luchando por ella. Los holandeses se quedaron con Surinam en 1667 y lo convirtieron en un estado de plantaciones de café, cacao y otros productos que los europeos valoraban más que la dignidad y la vida humana. Durante casi dos siglos y medio, los dueños de las plantaciones holandeses abastecieron a su colonia con esclavos de los más diversos puntos de su imperio. Esto explica porque la población de apenas 560,000 sigue siendo tan diversa hoy en día: la mayoría de los locales son descendientes de una combinación de esclavos de África occidental, trabajadores del norte de India, y jornaleros chinos y del imperio nipón.

Con la excepción de una pequeña fiebre a principios del siglo XX, las minas de oro fueron una industria menor durante el dominio holandés de Surinam. El sector sufrió un desgaste cuando Surinam luchaba por su independencia en los sesenta y setenta, la cual se concretaría finalmente en 1975. Después, en los ochenta y noventa, el comercio de oro revivió en respuesta a la creciente pobreza rural, resultado de una guerra civil de ocho años, y a la llegada de mineros brasileños sin respeto alguno por las fronteras nacionales. Las cosas subieron de nivel después del 11 de septiembre de 2001, cuando la paranoia disparó la demanda global del oro. Los precios subieron, y un grupo de pequeños mineros se adentró en las selvas en busca de un mejor futuro.

Nos bajamos del auto al ver un chango que según parece pasa sus días encadenado a un poste. El refugio del animal se ve mucho más sólido y mejor construido que las chozas en las que viven los mineros, una prueba de que hay alguien en el campamento que realmente quiere a este pequeño. Cuando nos acercamos a él, hace un intento por abrazarnos.

“Acarícialo”, nos dice un minero. “¡Le gusta!”

Declinamos la invitación.

La “tienda china” de Nigi, donde venden desde cereal para el desayuno hasta mercurio, es más resistente que la jaula del chango. Sus paredes están hechas de aluminio rojo. Hay barrotes en la ventanas y un candado industrial en la puerta de fierro.

Casi todos los campamentos de oro en Surinam tienen una tienda china, y todas están igualmente fortificadas. Si algo sale mal, cierran. Las tiendas son propiedad de inmigrantes recientes, conocidos coloquialmente como Chinezen, “chinos de verdad” en holandés. Esto los distingue de los chinos de Surinam, cuyos ancestros llegaron al país en el siglo XIX.

Los Chinezen atraen muchas hostilidades porque son los emprendedores detrás de esta rentable cadena, la cual alimenta a los mineros de Surinam y los mantiene trabajando. Hemos visto a los chinos en todos lados, hasta en los campamentos más remotos. Una noche, bajo la luz de la luna, mientras nos bañábamos en un río que da a lo mineros el único punto de acceso al campamento de oro Gunsi, vimos llegar una lancha de los cincuenta. Sin decir una palabra, el capitán chino le entregó tres barriles de combustible a un gerente amerindio que lo había estado esperando, después regresó a su vehículo y siguió su camino río abajo, probablemente para hacer su siguiente entrega.

La tienda china en Krikie Nigi es distinta a muchas otras porque acepta la moneda local. Las tiendas en los campamentos más aislados sólo aceptan oro, y los costos son realmente obscenos. Una lata de refresco puede llegar a costar entre uno y cinco decigramos (5 a 25 dólares) según la distancia a la civilización; y en un país con sólo unas cuantas calles de asfalto, puedes terminar muy lejos de la civilización. Pero Krikie Nigi esta a sólo dos horas manejando de la capital, Paramaribo, lo que lo convierte en un lugar atractivo para los equipos de medio tiempo que prefieren pagar sus bebidas en dólares. Jos, de cuarenta y tantos, y su hijastro Cedric de 15, son uno de esos equipos, y los encontramos trabajando en un pozo en los límites del campamento.

Cedric y Jos son de ascendencia marroquí, lo que implica que sus ancestros huyeron de su vida de esclavos y formaron una nueva sociedad en la selva. Gran parte de las excavaciones en Surinam se realizan en tierras que son propiedad informal de los marroquíes (la propiedad de estas tierras es legalmente debatible) y se espera que los mineros paguen diez por ciento de sus ganancias a las familias marroquíes que les permiten trabajar. Cedric y Jos están trabajando gratis, ya que esta parte del Krikie Nigi está bajo el control de la familia extendida de Jos.

Cedric y Jos son guerreros del fin de semana. Viven en Paramaribo, pero están usando las vacaciones de Cedric para llevar acabo sus operaciones mineras de pequeña escala. Es casi una ternura verlos trabajar: mientras Jos usa sus manos para rociar mercurio en el colador de oro, Cedric se sumerge en el agua contaminada para ajustar la bomba. No parecen muy convencidos de volverse ricos, pero esperan encontrar suficiente oro para pagar por su equipo y el combustible. Claro que podrían terminar teniendo suerte. Jos escuchó que alguien encontró 100 gramos la semana pasada. Justo aquí, en Krikie Nigi.

No encontramos a ningún millonario en Krikie Nigi, ni en ningún otro campamento de los que visitamos en Surinam. Aunque si escuchamos de algunos concesionarios que se enriquecen con sus tierras desde la comodidad de sus mansiones en Paramaribo, y sobre equipos que ganan cientos de dólares en un solo viaje, sólo para gastarlo todo en unos cuantos meses. Muchos de los mineros que conocimos usan sus ganancias del oro para complementar las ganancias de algún trabajo mal pagado en Paramaribo. Otros son mineros porque es mejor que no tener trabajo. El modelo de negocio de un minero (excavar un pozo y esperar lo mejor) quizá no esté tan bien pensado como su contraparte china (averiguar que es lo que necesita la gente y cobrar por ello), pero tiene su azaroso atractivo. En un país como Surinam, donde se estima que 60 por ciento de la población urbana vive debajo de la línea de pobreza, cualquier oportunidad para volverse rico, sin importar lo pequeña que sea, es demasiado tentadora para dejarla pasar.

El camino fuera de Krikie Nigi está lleno de excavadoras descompuestas. Sus cuerpos cubiertos de enredaderas sirven como monumentos, no sólo de la unión de trabajadores inexperimentados con la tecnología detrás de esta fiebre, sino de los sueños de tantos mineros que nunca se concretaron. Salimos de la terracería e iniciamos nuestro camino hacia la civilización. Camino a Paramaribo nos detenemos en un restaurante/tienda chino. Mientras comemos nuestro arroz frito sobrevaluado, los dueños nos miran ansiosos desde sus jaulas de metal. Un par de prostitutas brasileñas se sientan en la mesa de a lado. Una juega con su osito de peluche rosa, un regalo de un cliente. Están preguntando a todos los que pasan si les pueden dar una aventón hasta el siguiente campamento, donde según escucharon hay mucho dinero que ganar.