Néstor Perlongher (1949-1992), poeta, ensayista, antropólogo, sociólogo, cronista y narrador argentino, se volcó a la tarea múltiple de politizar los signos estéticos para producir así una emancipación en el campo literario. Lo hizo mediante la incorporación de la homosexualidad como disrupción, textura y deseo. A principios de los 70 aseguró: “Toda política es también una política de la sexualidad”.

El escritor construyó una biografía cultural ultra consistente. Sus inicios como militante del Partido Obrero (de tradición trotskista) marcaron las tensas pautas de lo que iba a ser su futuro. En el interior de su militancia rebelde no renunció a la discordia que producía la homosexualidad y debatió de manera incansable para incluir la amplitud de la diversidad sexual en el territorio de las propuestas sociales renovadoras. Sin embargo, las vanguardias políticas de esa época no pudieron o no supieron o no quisieron entender las sexualidades como importantes geografías en disputa frente a los poderes dominantes.

En 1971, ya fuera del Partido Obrero, ingresó al Frente de Liberación Homosexual Argentino (FLHA) para establecer de manera nítida su liderazgo. Se abocó a fijar nuevas formas organizativas signadas por la convergencia de diversos grupos autónomos que se confederaban en torno a luchas comunes. De esa manera desarticuló la uniformidad militarizada que caracteriza a las organizaciones políticas para abrir un espacio de alianzas, sin renunciar por ello a las diferencias y respetando así la importancia de las autonomías.

Perlongher pensó la militancia de una manera mucho más nómada que los estadios tradicionales. Filiado a una izquierda intensificada, no creyó en el llamado centralismo democrático y se parapetó en una búsqueda estético-política dotada de un mayor espesor, puesto que contemplaba el saber teórico para compensar así el mero pragmatismo. La militancia que promovía se fundaba en una forma móvil y contestataria que serpenteaba para escabullirse de las instituciones que estaban allí para capturar y controlarlo todo.

Su poética, fundada en el neobarroco, integró lo barroso como una forma local para acentuar la diferencia. Un neobarroco-barroso que se definía en las alteraciones de la letra y en la ampliación del sentido para nombrar lo otro, lo diverso. En esa línea emprendió una obra también móvil que circuló desde la poesía al ensayo sin desconocer la crónica como también textos provenientes de la narrativa y de la antropología.

Durante los años de la dictadura, a inicios de los 80, Perlongher dejó Argentina y se trasladó a Brasil, donde se estableció como profesor en la Universidad pública de Campinas. En ese período produjo su obra más plena y afinó sus concepciones. El escritor argentino situado en la frontera del “portuñol” pensó a la “loca” como una figura desestabilizadora de las categorías fijas, una figura que resultaba incómoda tanto para el tramado heterosexual como para el conservadurismo homosexual.

Perlongher admiró la escritura transgresiva de “El Fiord” (1961) de Osvaldo Lamborghini, que operó como uno de sus referentes literarios. En la extensión de su obra, el poema “Cadáveres” (1987) es reconocido como uno de los textos ineludibles de su producción. Desafiante, en una de sus afirmaciones más citadas, aseguró: “Yo no quiero que me acepten ni que me quieran ni que me comprendan… yo lo que quiero es que me cojan”.

“Evita Vive” (1983) es uno de sus relatos que resultó no sólo profano sino también polémico para la figura sagrada de Eva Perón construida por los oficialismos. En esa narración, la mítica Evita resucita para protagonizar una forma de orgía en la que se comprometen heterosexuales, homosexuales y la policía, unidos en una cadena de desenfreno. Los “descamisados”, nombre que les dio Evita (o el peronismo) a los pobres del país trasandino, reaparecen sexuales en el escenario imposible donde ella vuelve brevemente a reinar a pesar de sus marcas cancerosas: “Ahora debo irme, debo volver al cielo”, dice Evita.

Durante esos años, los tiempos brasileños, es cuando Perlongher se acerca a la crítica francesa, particularmente a Deleuze, Guattari, Foucault. En esa red de lecturas piensa la homosexualidad más allá de parámetros esencialistas y convierte el deseo en el centro móvil de una sucesión inacabable de desplazamientos. Sus textos literarios también capturan el exceso y se niegan a rendirse al espejismo de la trasparencia. Es en ese tiempo cuando contrae el devastador sida.

Ya enfermo escribe: “La Muerte de la Homosexualidad”. En su texto, Perlongher percibe el sida no sólo como un mal orgánico sino también como un apabullante dispositivo social que llegó para clausurar una época. Un sida que mediante su explosivo contagio produjo el exterminio masivo y consiguió así reprimir y controlar las prácticas promiscuas que habían caracterizado a un sector del mundo homosexual. Porque para el escritor, el sida llegaba para detener el flujo sexual liberador que atravesó el siglo XX. Según el autor, el advenimiento del sida imponía sobre el escenario social un abierto control sobre la sexualidad porque permitía que un conjunto de instituciones (entre otras la institución médica) se apropiara de los cuerpos generando una nueva y aguda pedagogía normalizadora que pulverizaba su propuesta más intensa: la errancia interminable del deseo.

Aunque Néstor Perlongher mantiene una oblicua forma de correlación con Copi (1939-1987), el brillante escritor y dibujante de origen argentino (que trabajó con Jodorowsky en los inicios del Teatro Pánico), hay que considerar que Copi, radicado primero en Uruguay y luego en Francia, escribió toda su obra en francés (salvo una novela) y que sus referentes más bien se engarzaron con la tradición europea, Alfred Jarry, Boris Vian, entre otros. Pero, desde otra perspectiva, sí existe una forma relacional entre ambos escritores por su “postura” conceptual que trabaja una angustiosa, paródica, hilarante, abigarrada cosmética.

Por otra parte, Batato Barea (1961-1991) agudo performer y teatrista de la escena argentina de los 80, recoge los supuestos de Perlongher en su veloz e imaginativo transcurso. Fundador del grupo “Los Peinados Yoli”, su trabajo reunió diversas prácticas donde la literatura tuvo un lugar fundamental. Seguidor ultra fanático de Perlongher, de Alejandra Pizarnik y de la poeta uruguaya Marosa di Giorgio, Batato Barea renovó la escena teatral (trabajó con la directora y dramaturga Vivi Tellas) y no renunció a la mixtura de estilos para generar escenarios estéticos descentrados. El poeta Fernando Noy, después de la muerte de Barea, ocasionada por el sida, publicó el libro “Te lo juro por Batato”, que recoge el transcurso del artista desde una polifonía de voces que escriben la escritura invisible de Batato. Ese Batato que se autodefinió como clown/travesti/literario. El mismo Batato que declaró: “La vaca no da leche, se la sacan”.

Y en el constante asombro que provocan las cifras, Néstor Perlongher, el entrañable y lúcido combatiente de la letra, murió hace ya veinte años. O murió ayer. O su escritura suspendió la costumbre de morir: “Abandonamos el cuerpo personal. Se trata ahora de salir de sí”.