peso de la noche, esa frase que dejó Portales al pasar, resume todo lo que la presidenta Bachelet quiere evitar al convertir su candidatura en una especie de fiesta inclusiva, participante y juvenil. La sonrisa quiere evitar cualquier resabio de todas las sombras coloniales con que Portales quería gobernar usando el instinto de sometimiento que habitaba en los hijos de la encomienda. Ese voceo distante y sonriente con que el patrón le deja al inquilino instrucciones vagas que el sirviente debe interpretar –es decir, descubrir-, y que quiere con total exactitud. El peso de una tradición que no explica de dónde viene y que sabe adaptarse a todos los sistemas y modas: liberalismo, conservadurismo, socialismo; pero que se encarna mejor que en ninguna parte en los dictadores callados y sin gracia que nos han tocado, Pinochet o Ibáñez, que supieron tratar al pueblo que gobernaron como un potro salvaje que era su deber domesticar.

El peso de la noche en esos dictadores, pero también en presidentes plenamente democráticos como Ramón Barros Luco, José Joaquín Pérez, Juan Antonio Ríos o Eduardo Frei Ruiz Tagle, se ha expresado siempre a través del silencio. Un silencio que el súbdito, el funcionario leal, el segundo piso o el tercero, tiene por deber interpretar. Un silencio que es una marca, la gran marca final del poder, el poder infinito de decir sin decir una y otra cosa y su contrario. Un silencio que al final es siempre el silencio de los poderes fácticos, fácticos porque se expresan por medio de los hechos y no de las palabras; que cuentan con la lógica de los hechos, de la leyes no escritas que nos rigen, de la humillación, de la precariedad, de la colonia de la que no queda rastros físicos pero de la que no salimos ni queremos salir. Que cuentan con todo lo que en el silencio se dice, y que esperan que termine por favorecerlos.

Vocabulario sin palabras que sabe hablar a través de gestos, de momentos, de rostros, miradas. Esa forma de hablar chilena que, como observaba certeramente Raúl Ruiz, define el tema de la conversación una vez que esta ha concluido. Frases hechas, suspiros, interjecciones, onomatopeyas, que empiezan a ser algo después, cuando los que la lanzan al aire por si acaso deciden que dicen lo que quieren que diga. Palabras que rodean el significado, artículos y novelas y poemas y decretos escritos entrelíneas.

En contra de todas sus intenciones, de todas sus ganas, hasta el momento Michelle Bachelet se ha expresado en ese lenguaje, en el del peso de la noche. El lenguaje de los supuestos, de los secretos, de los “paso” y los de “no es menos cierto”. La sonrisa invita, pero el resto de sus gestos recuerda que es lo que Sebastián Piñera nunca pudo ser, el poder a la chilena, el general, el doctor, el jefe que no dice nada preciso a sus subordinados para decidir después, según cómo sopla el viento, y decir que estuvo mal hecho, que no es lo que quería, que quería lo otro, lo que tampoco quería. La presidencia misma, aceptada después de muchas dudas y dolor, que resulta, como en los mejores representantes del peso de la noche del siglo XIX, un deber que le cae encima, un destino que no puede ni rechazar ni aceptar del todo, una fatalidad contra la que no combate pero que no será su culpa, sus ganas, su responsabilidad del todo de tropezar o fracasar.

El encanto que la presidenta encarna nace justamente de esa contradicción que no le conviene despejar: la presidenta de la inclusión, la que escucha, la que desafía a los poderes fácticos, pero la que sabe ejercer, la que vuelve a encarnar el silencio de la autoridad, la que sabe mandar y callar y volverá todo al orden, ese orden, el que no dice lo que quiere, y prefiere no saberlo del todo. El poder que no se desgasta demostrándose y mostrándose y que nos aliviará de estos años donde todos hablan y hablan y quieren y saben y necesitan. Estos años de fiesta y terror -para los amigos del “peso de la noche”- en que nos sentimos abusados, engañados, pero sobre todo, y ante todo, libres.

La presidenta Bachelet quisiera coronar esa libertad, convertirla en reforma y gobierno. Se presenta, sin embargo, a ella misma como una persona presa de todo tipo de compromisos (con la OEA, la gente, los partidos). Se alegra de volver a un país que habla en voz alta y sin temor. Pero hay en todas sus declaraciones un sinfín de cálculos y sugerencias que la obligan a proveerse de toda suerte de escribas e intérpretes que no hacen más que complicar lo que sin decir, dice. Nada de eso, por cierto, perjudica su apoyo o sus posibilidades de llegar a la presidencia, pero sí el sueño de terminar, o de empezar a terminar ella, con ese peso de la noche que no nos ha permitido tantas veces darnos cuenta que es de día.

Esa contradicción, la de una tradición donde el poder no se dice, y donde el silencio se impone, en un país que desfila, grita, gritonea y habla, es la contradicción esencial de su campaña, pero también de su sector. El desafío esencial, también, del momento histórico en que la presidenta Bachelet ha decidido desembarcar. Siglos de esterilidad, prudencia y autoritarismo chocan con un nuevo culto a la improvisación, la espontaneidad, la queja, el llanto, la risa, la expresión. Siglos de desnutrición chocan con décadas de obesidad. Siglos de orden, con años en que el presidente mismo no sabe cómo alinear sus propios brazos. Convertir ese desorden en que todo bulle, esa necesidad en que todos quieren, en un diálogo, en un nuevo orden, requiere mucho más que estrategia. La estrategia, el mezquino cuidado (tan de la literatura chilena), puede ser hasta un problema cuando lo que importa es decir lo justo, es decir lo que es justo, no lo ajustado.

La presidenta Bachelet ha demostrado tener un gran sentido del momento. Nos falta saber si tendrá un gran sentido de la historia.