Por Natalie Basedow Desde Alemania

Por la puta, mi amiga se enamoró de un nazi. Mi amiga duerme a lado de un nazi, se acuesta con un nazi y tiene un hijo de un nazi. Por la puta, mi amiga es nazi. La huevona es nazi, y digo conscientemente nazi y no neonazi, porque el nazismo no es nada nuevo. Mi amiga considera que asesinar estratégicamente parte de la población alemana y mundial por sus supuestas raíces sanguíneas debe volver a ser una política de Estado.

Nos conocimos en un invierno a principio de los noventa. El río había inundado el campo cercano a nuestras casas y el frío transformó los pastos en canchas de hielo. Sina y yo nos conocimos andando en patines y desconociendo las ideas que nos separan en el presente. Su madre me invitó a tomar un té de frutas, un hecho que en ese entonces habrá tenido similar valor simbólico que ahora una piscola de un desconocido después de 13 horas de trabajo. Sina fue mi amiga a primera vista. Encontrarla entre las 4888 personas que habitaban nuestro pueblo fue como haber ganado una especie de trofeo. Sina tenía casi todo lo que yo deseaba. Sina tenía un ejército de peluches, los playmobils más nuevos y en su cocina siempre había un cajón lleno de dulces, esos dulces que mi madre solo compraba para cumpleaños o pascuas. Lo mejor de todo era que siempre cuando iba a casa de Sina su mamá me daba un abrazo y me esperaba con kuchen y su glorioso té de frutas. También pasaban cosas extrañas en la casa de Sina y con Sina. Una cosa extraña que recuerdo era la relación de Sina con su madre. Cuando está le decía “que bonita te ves hoy”, Sina inmediatamente se iba a cambiar.

Y había una regla que era intocable, a Sina y su hermano solo se les permitía mirar 30 minutos de televisión cada día. Los domingos había un programa especial en la tele publica llamada “Die Sendung mit der Maus” (El programa con el ratón… en alemán no suena tan extraño como en español), programa con contenidos considerados “pedagógicamente valiosos”, tan valioso que a los ojos de Sina se les permitía pegarse en la tele 55 minutos.

A mí nunca me molestó que no pude ver tele en casa de Sina ya que en mi casa mirar tele era tan natural como cagar. Además, me autoconvencí que el hecho de que mi amiga empezó a escribir novelas antes de entrar a la primaria tenía que ver con la liberación de fuerzas creativas por tener prohibida la tele. Así yo podía explicar su inteligencia y mi ignorancia. Pasé tanto tiempo en casa de Sina que su familia pasó a ser mi familia y desperté tantas veces al lado de ella que me cuesta defender mi fidelidad heterosexual.

Nos despedimos por primera vez bajo la lluvia de nuestras emociones cuando yo me fui a vivir a Chile. Como no existía facebook, ni yahoo, nos escribíamos cartas y para ocasiones especiales hasta nos mandábamos un fax. Cuando nos volvimos a abrazar después de un período que había durado el quíntuplo de nuestra amistad vivida, éramos otras. Ya no nos preocupaban nuestros peluches, ni nos moríamos por un té de frutas. Sina se había teñido el pelo negro, solo llevaba ropa negra y anillos de plata y un collar con una cruz haciendo bungui jumping. Esa cruz la había comprado en un concierto de su amor Ville Valo, cantante de una banda de rock de la región con la tasa de suicidios más alta de este planeta.

Después de haberse adaptado al negro, Sina se encariñó con el verde, le empezó a pegar al porro. Cuando empezó a tirar con la pipa de vidrio volvió a oprimir su pelo pagando 120 euros de sus padres en la peluquería para tener rastas.
En ese tiempo sus padres consideraban que “la juventud” necesitaba un espacio para sobrevivir el invierno y así llegamos a ocupar legalmente una habitación en la antigua escuela de Sina, que era propiedad de sus padres. La antigua sala de clase de mi amiga se convirtió en una especie de Amsterdam rural, un espacio para experimentar con los limites físicos y psicológicos de nuestros cuerpos.

La paz del porro y la pasividad de sus fans me empezó a aburrir. Dejé de ir a la Amsterdam Urbana. Sina me reemplazó por Anna, una chica que parecía hombre. Nunca supe si esa amistad se transformó en una relación de cariño físico.
Los rasta de Sina empezaron a desenredarse, su pelo insistía en su derecho a ser rubio y lacio. Empecé a perder a Sina mientras ella se estaba encontrando en un ejército con uniforme café.

Mi amiga empezó a vestirse como esos imbéciles pelados que se siempre quedaban hasta las 07:30 en la discoteca para sacarle la mierda a algún inocente borracho para luego desayunar en una tienda turca, aunque “todos los extranjeros son una mierda”. Primero la chaqueta, después la música y hasta hoy los hombres. No sé cuántos nazis ya se habrá comido Sina. Empezó con los jorobados de Notre Dame fachistas de nuestros pueblos vecinos y ahora se está acostando con uno de los líderes del Partido Nacionaldemócrata de Alemania (Nationaldemokratische Partei Deutschlands, NPD).

Sina forma parte de la NPD, partido de extrema derecha que promueve las ideas del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei, NSDAP), el partido de Hitler. Sina conoció al padre de su hijo en un concierto de rock. El huevón es cantante en una banda popular en el movimiento nazi. Me gustaría poder estar feliz por ella porque por fin logró culiar una estrella de rock, deseo que anteriormente había sido negado del destino cuando Sina se coloraba el pelo y el alma de negro. Pero evidentemente la huevona no se está acostando con una estrella de rock, se está acostando con el nazismo en tiempos de Merkel.

No he visto, ni he hablado con Sina hace siete años. Lo que sé de ella lo supe de mi madre que sigue tomando té de frutas con la madre de Sina. La madre de Sina acepta a su hija porque la ama. Mi madre escucha a la madre de Sina porque le da pena. Cuando la madre de Sina se empezó a enterar de los gustos ideológicos y sexuales de su hija, escribió una carta anónima a una revista de padres. Tal vez su grito por ayuda es similar al mío.

El hijo de mi amiga nazi ahora cumple un año. La misma edad que tenía mi abuelo cuando el estado alemán empezó a construir los primeros campos de concentración, en los cuales luego asesinaron a sus vecinos. “¿Sabes? Lo bueno es que ahora estamos institucionalmente protegidos contra eso”, me dijo mi abuelo cuando le conté lo de Sina. ¿Estamos realmente protegidos de “eso”?

Sina milita en la NPD, un partido legalmente permitido en Alemania, que como todo partido reconocido estatalmente recibe dineros públicos cuyo monto depende de su “arraigo en la sociedad”, como dice la ley §18 PartG. El “arraigo en la sociedad” es mensurable por el número de votos que obtienen los partidos en las elecciones de los parlamentos de los Estados federados, del parlamento del estado y de la Unión Europea. Actualmente los compañeros de Sina están representados en dos de 16 parlamentos federados (Meclemburgo-Pomerania y Sajonia).

En los medios se está debatiendo de los asesinatos y el proceso al grupo de Clandestinidad Nacionalista (Nationalsozialistischer Untergrund, NSU). El asesinato a personas por no ser “alemanas“, la renuncia de varios actores públicos en conexión con estos asesinatos, un pueblo llamado Jamel tomado por nazis y abandonado de la política del Estado… No sé si eso es mucho o poco. Y tampoco sé qué es peor, el hecho de perder una amiga que cree y milita por lo que yo detesto o saber que los nazis ganaron una mina que considero realmente inteligente. Sina no es estúpida, ni pobre, ni tuvo una niñez horrorosa. Por lo tanto ni la educación, ni el sistema social, ni sus padres pueden ser directamente acusados por su odio hacia personas “no alemanas”. Sina encontró algo en las ideas de Hitler que quiere realizar en tiempos de Merkel. Algo que no le entregaron ni la cruz al revés y tampoco las drogas; algo de lo cual no la protegieron, como desea mi abuelo, las instituciones.

Lo que definitivamente sé es que una mina nazi es demasiado. Y también sé que la extrema izquierda no es, como tantos que reducen ideologías a formas suelen decir, lo mismo que la extrema derecha. No es lo mismo pegarle a alguien que no parece “alemán”, que pegarle a alguien por haber pegado a alguien que no parece “alemán”.

El filosofo francés Jean-Paul Sartre dos años antes que terminara la segunda gran guerra escribió “reconozco que la violencia bajo cualquiera que sea su forma de manifestarse es un fracaso. Pero es un fracaso inevitable porque estamos en un universo de violencia. Y, si es verdad que el recurso a la violencia corre el riesgo de perpetuarla, es también verdad que es la única manera de hacerla cesar”. Sina encontró su posición y me obligó a encontrar la mía.