El martes 16 de julio de 2013, al filo de la medianoche, en Guadalupe, Nuevo León, al noreste de México, a los 77 años, murió de cáncer pulmonar Julián Garza Arredondo, AKA El Viejo Paulino, figura de la música norteña y quizás el narrador popular que más influyó en la manera en que la literatura mexicana aborda actualmente el tema del narcotráfico.

Garza inició su carrera musical a principios de los ‘70, formando con su hermano menor el dueto Luis y Julián. Su primer disco, “Pistoleros famosos”, apareció en 1973. El tema que da título al álbum marcó –junto a “Contrabando y traición” de Los Tigres del Norte, publicada ese mismo año– un hito en la manera en que la cultura popular mexicana celebra la vida al margen de la ley: representa la masificación y auge de lo que hoy se conoce –no sé si equivocadamente– como el “narcocorrido”.

De ahí en adelante, Julián Garza se convirtió en uno de los compositores más sólidos del género. Canciones como “Tres tumbas”, “El vengador del 30-06” o “La leyenda de Chito Cano” cimentaron su fama. Un ejemplo notable de su obra temprana es “Nomás las mujeres quedan”, un clásico de cepa shakespeareana digno del arranque de una novela de Yuri Herrera: “En un cañón de la sierra / hay un rancho en el olvido; / se declararon la guerra / hombres que vivían tranquilos. / Nomás las mujeres quedan, / ellos murieron a tiros”. Esta tensión entre senequismo y tremendismo aflora a lo largo de toda su obra.

Desde mi niñez –época en la que me ganaba la vida cantando corridos a capella en los autobuses intermunicipales del desierto coahuilense– vivo arrobado por la ambigüedad de los últimos dos versos de “Pistoleros famosos”: “murieron porque eran hombres, / no porque fueran bandidos”. Una manera sencilla de leerlos es asumir la palabra “hombres” como sinónimo de “valientes”. Pero, en mi fuero interno, prefiero entender el fragmento sin la metáfora de por medio: la principal razón por la que muere un pistolero es el hecho inobjetable de que, de todos modos, todos los hombres vamos a morir.

Paralelamente a su carrera como compositor, Julián Garza decidió, a partir de 1979, convertirse en guionista de cine. Era un paso natural: la avidez con la que el público consumía sus corridos sedujo a un grupo de productores, directores y actores que, sin experiencia pero con extraordinarios atrevimiento y avaricia, decidieron volver a contar las historias del cancionero norestense en formato audiovisual. El resultado fue una decena de películas ridículas, tan primitivas que por momentos llegan a ser geniales. La cumbre de esta serga es “Pistoleros famosos” (1981), dirigida por Pepe Loza y protagonizada por los legendarios hermanos Mario y Fernando Almada; una cinta que figura entre los antecedentes obvios de Robert Rodriguez. El filme –del que circula una muy deteriorada copia en Youtube– es un ejemplo de la economía narrativa que Garza era capaz de lograr incluso a través de un medio cuya gramática ignoraba por completo. A modo de curiosidad, el guionista realiza un cameo alrededor del minuto diez de la cinta, presentándose en calidad de jefe de policía al velorio del hermano del protagonista. No lo hace nada mal, y su diálogo con la actriz Ada Carrasco no tiene desperdicio.

Así y todo, Julián Garza no había arribado por entonces a la más alta de sus creaciones: El Viejo Paulino. Todo surgió –según apunta Guillermo Berrones, autor de “El viejo Paulino. Poética Popular de Julián Garza”– por culpa del rock. Dice Berrones que, tras una charla sostenida a finales de los 90, don Julián le mostró la canción inédita “Era cabrón el viejo”, un tema que narra cómo un anciano mariguanero (Paulino), entre mentadas de madre, pericazos y tragos, embosca –armado con un AK-47 o “cuerno de chivo”– a un pelotón del ejército que lo está persiguiendo y, posteriormente, ejecuta a su compadre bajo la sospecha (sin confirmar) de que éste lo ha denunciado. Lo que hace particularmente atractiva esta canción es el empleo indiscriminado, desde el corrido –una forma popular que hasta entonces se había considerado tradicional y respetable– de la vulgaridad, la obscenidad y la maledicencia. Berrones afirma que, sin petición de parte, Julián Garza defendió la estética de su corrido así: “Oye, si Plastilina Mosh, El Gran Silencio, Cabrito Vudú y todos esos grupos que andan de moda no tienen el menor respeto ni recato para decir una sarta de chingaderas en sus composiciones, por qué el corrido, que es del pueblo y para el pueblo, no puede usar ese lenguaje”.

El resultado fue una fiebre: a partir de entonces, el narcocorrido y la canción norteña se radicalizaron, no solo en la profunda y bella voz de Julián Garza –quien, tras el éxito de “Era cabrón el viejo”, adoptó el nombre y la personalidad ficcional de El Viejo Paulino en todas sus grabaciones y conciertos–, sino en muchos otros expositores del género, problematizando el tratamiento de la obscenidad y la violencia hasta llevarlo a dos extremos decididamente autoirónicos: el canibalismo y la pornografía, representada esta última por el semi-anónimo Grupo Marrano, versión hardcore región cuatro de Gorillaz capaz de entonar lindezas como esta: “Voy a venirme en su cara, / la tomaré por sorpresa, / le mamaré su burrito, / le arrancaré con los dientes / tres, tal vez cuatro pelitos, / la voltearé con gran fuerza / y se lo haré de perrito”.

En tanto que personaje, El Viejo Paulino le permitió a Julián Garza distanciarse de sí mismo y hacer algo extraordinario, algo a lo que ningún músico popular mexicano de su generación (nació en 1935) se hubiera atrevido: asumir como influjo e incluso retar y llevar al extremo la irreverencia de artistas cuarenta años más jóvenes que él. Si bien muchos otros compositores compartieron su lenguaje y ahondaron, en años recientes, en la pasión nacional por la violencia y la intoxicación (ejemplos sobran: “Pacas de a kilo” y “El jefe de jefes” de Los Tigres del Norte; “Se vale soñar” de Tigrillo Palma), nadie como él para llevar este principio hasta su fondo: el horror como farsa.

El mejor ejemplo de ello es “Cabrón a la griega”, un corrido que narra cómo un narcotraficante reúne a sus empleados, socios y amigos (“entre ellos un comandante / que siempre le había servido”) para informarles que, a modo de celebración por su cumpleaños número cincuenta, desea como banquete “un cabrón a la griega”: es decir, el cuerpo de un hombre empalado y asado a brasa lenta. Aunque no se menciona de manera explícita, la letra permite inferir que el manjar en cuestión será uno de los personajes que asisten a la cita. Probablemente el comandante. (No estoy seguro de lo que digo: la ambigüedad es una de las grandes virtudes literarias de Julián Garza.) Estoy forzando el relato, pero no puedo evitar aquí el recuerdo de Al Capone machacando con un bat la cabeza de uno de sus esbirros en el transcurso de una cena. With a twist.

El humor de Julián Garza es peligroso: viene, sin destilar, de Rabelais. En una de sus actuaciones como El Viejo Paulino afirma que su vida en la cantina está destruyendo a su familia pues, la última vez que vio a sus hijos, estos habían bañado escrupulosamente al más pequeño y lo habían cubierto de salsas con la intención de guisarlo y comérselo. Estoy seguro de que él mismo notó este gap, sobre todo al confrontarlo con la violenta realidad de México. Tal vez por eso, la mayoría de los videoclips que acompañan el final de su carrera está plagada de chistes obvios e incorpora la participación actoral de antiguos cómicos (por ejemplo Chis Chas) cuya fama se circunscribe al noreste de México.

La obra de Julián Garza es imprescindible para comprender la constitución de una nueva textualidad narrativa en México, tanto desde la perspectiva de la tragedia popular y senequista como desde la comedia que deviene farsa. Tal vez quien mejor y más rápido lo haya comprendido sea el escritor Carlos Velásquez, quien en su cuento “La condición posnorteña” (un título que, significativamente, ironiza a Lyotard) coloca en el centro de la metaficción a El Viejo Paulino: no Julián Garza sino un hombre decrépito y desmemoriado que, mientras dialoga con su mujer, nos revela que ha negociado sus botas (su alma: su piel curtida: el suelo bajo sus pies) con el diablo.

Era cabrón el viejo. Lo vamos a extrañar.