Por primera vez en lo que recuerdo de vida televidente una víctima, una víctima que no es además abogado o político, una víctima que está ahí por ser víctima se enfrentó a un general (R). Por primera vez habló no cualquier víctima sino un hijo, alguien que vio morir a su madre, alguien al que no se le puede acusar de complicidad, deriva ideológica o deseos revolucionarios.

No se enfrentaba a un genocida, pero sí a alguien que dirigió una institución que justificó, explicó y hasta celebró el asesinato y la tortura de un bando político durante la mayor parte de su carrera. Alguien que no se manchó —hasta donde sabemos— las manos con sangre, pero ascendió en una institución que lo hizo no un año o dos, no en un cuartel o en dos, sino en todo el país por casi veinte años.

El resultado del encuentro explica por qué se demoró tanto en producirse. El general Cheyre sin duda se portó con audacia, con inteligencia y con valor cuando fue Comandante en jefe. Su acción emprendió sin duda el camino correcto, limpiando el lodo con que sus dos predecesores dejaron manchado el uniforme del Ejército de Chile.

Es lo primero y lo último que reconoció Ernesto, el huérfano que enfrenta al hombre que por unos minutos actuó de azaroso padre adoptivo. Le reconoce la víctima al General la claridad de su discurso pero nos recuerda, le recuerda al hombre que no investigó lo que había que investigar, ni se rebeló ante una orden más que dudosa, que querer hacer lo correcto no basta, que plantear que lo justo es justo no es hacer justicia, que pedir perdón no basta para automáticamente recibirla.

Ernesto nos recuerda que la justicia en la medida de lo posible no es justicia, porque es la justicia la que debe delimitar justamente lo que es posible de hacer o no en un país. Nos recuerda que hacer el bien a medias es también hacer el mal a medias. Que contar la verdad que uno quiso saber es también abrigar la mentira que no quiso aclarar. Que ante la muerte, que ante la sangre, no hay negociación posible, aunque sea también imposible para un país no negociar su paz, no renunciar a dejar muertos en el clóset y verdades a medias.

No podemos pedirle a Ernesto que acepte en nombre de una paz social que beneficia a demasiado pocos, que renuncie a saber quien dio la orden de matar a su mamá, y a quien se le ocurrió que era mejor dejarlo entre las monjas, que conseguir que sus abuelos lo buscaran y pidieran justicia por la muerte de sus hijos. No podemos pedir a Ernesto que acepte nuestra transición, no podemos pedirle a Cheyre que no transe, que no negocie, que no proteja a las Fuerzas Armadas en las que vivió toda su vida. La tragedia es tal porque no hacen los dos más que cumplir su deber. El nuestro como ciudadanos es jerarquizar cuál de esos de esos dolores, cuál de esas decisiones, debemos premiar, subrayar, que debemos enseñarlo a los hijos que, como Ernesto, supieron antes mismo de hablar que en este país se mata a mujeres con niños en brazos. El mensaje de nuestras instituciones, de nuestros políticos es claro:

El General Cheyre, un hombre que cumplió sin duda con su deber, pero cuyo deber fue por años no preguntar, no rebelarse, aceptar ser parte de una institución que violó y mató a un sector político del país, es el garante de las elecciones de todos los chilenos. Recibe por ello un sueldo “reguleque” y en su currículum una estrella más. Su manera de administrar la justicia y la paz resulta para la unanimidad del senado y el Presidente, suficientemente ejemplar para entregarle en custodia, como el Coronel Lapostol le entregó el niño Ernesto, la democracia chilena.

Ernesto, cuyos padres murieron en Chile y por Chile, vive en Buenos Aires sin honor, sin gloria que defender, tratando de sobrellevar como él puede el dolor. Mientras Cheyre se ha convertido en el símbolo del Chile que queremos, el dolor de Ernesto ha sido sistemáticamente olvidado y apartado de nuestra sana convivencia. Su voz, su cuerpo que intenta como puede pegarse a la silla, la incomodidad que nos contagia impide, en buena hora, esa sana convivencia. Unos de los pilares de la transición, la idea que dentro de las posibilidades posibles habíamos conseguida cierta verdad y cierta justicia, se derrumbó en ese set de El Informante de TVN. Cierta justicia no es la justicia, y cierta verdad no es la verdad. No podemos, no sabemos, no podemos resignarnos a esa incerteza.

Ernesto quiere la verdad y la justicia; el general Cheyre no hizo otra cosa esa noche que confirmarle que él no puede dársela. ¿Debemos premiar esa impotencia?