Tomar agua es un acto de confianza. Ovalle la perdió hace exactamente 53 días. La madrugada del 2 de septiembre muchos despertaron, literalmente, con la mierda al cuello. Como tantos aquel día, Enrique Penna, funcionario de la biblioteca municipal, amaneció con una descomunal sonajera de tripas. Lo primero que sintió fue algo húmedo que pegoteaba su pijama. Apenas alcanzó a llegar al baño, se cagó por segunda vez. Intentó seguir durmiendo pero nuevamente saltó de la cama y vomitó todo lo que encontró a su paso, incluyendo su preciado LCD de 32 pulgadas. “Parecía grifo”, recuerda.

Penna de inmediato le echó la culpa a un trozo de jamón colonial que había comprado el día anterior. Así que decidió agarrar la cecina y arrojársela a sus perros. Bono y Perry se la zamparon sin dejar rastro. Pese a los fuertes dolores igual fue a trabajar. Allá se enteró que el guardia del recinto tenía los mismos síntomas: vómitos, puntadas abdominales y una implacable diarrea. Fue el comienzo del brote epidémico de norovirus que provocó una infernal cagadera en Ovalle y que tuvo a maltraer a más de cinco mil habitantes. La razón más probable: haber bebido agua con caca. Agua de la llave, supuestamente potable, por la que cada mes los ovallinos pagan sagradamente “tratamiento de aguas servidas”. “Otra ganga más del sistema”, alegan hoy los afectados.

Claudio Araya, candidato a alcalde por el PC hace dos elecciones, fue el primer indignado con quien conversé. Sentado en su escritorio, acompañado de un inmenso cuadro de Allende, me dijo con voz aguardentosa: “Nos cagaron doblemente; por darnos agua con caca y por cobrarnos por ella”. Luego remató la frase con aire filosófico: “La mierda terminó por democratizar al pueblo”. La oración me quedó dando vueltas.

Araya tenía razón. El virus no respetó colores, sexos ni clases sociales. Gran parte de la ciudad “flotó” en su propia mierda sin saber el origen de la descomunal cagadera. Las autoridades sanitarias se demoraron cuatro días en declarar el brote epidémico y una semana en implementar un plan de emergencia. A tanto llegó el despelote que en un mismo día el seremi de Salud, Osvaldo Iribarren, dijo que el agua potable estaba contaminada y el intendente, Juan Manuel Fuenzalida, que aún no tenían antecedentes si el líquido “era el responsable de lo ocurrido”. Y eso que unos días antes había llegado el ministro Mañalich a ratificar que todo obedecía a “una infección transmitida por agua”.

La empresa en cuestión, Aguas del Valle, subsidiaria de Esval, puso el grito en el cielo asegurando que su producto cumplía con todos los estándares. La emergencia hizo recordar los tiempos del Shoa, la Armada y la Onemi. Al igual que el 27 de febrero del 2010: nadie entendía nada. La población dejó de consumir agua potable y la psicosis aumentó en la medida que las víctimas inundaban los centros de urgencia. El primer día llegaron 47, el segundo 100, el tercero 788. Al cabo de tres semanas había más de 4.500 infectados, sin contar todos aquellos que decidieron aguantar estoicamente a punta de papel confort. El hashtag #norovirus movilizó a cientos de tuiteros furiosos. “Ovalle tiene de todo: caca, enojos, indignación, gatorade y falta de una figura de autoridad que represente el malestar colectivo”, escribió @khanda_illse a las 7 am del 10 de septiembre.

Walking Dead

10 elevado a 11. Cinco billones de partículas virales por gramo de fecas. Esa es la cantidad que una persona enferma por norovirus puede excretar en un sólo gramo de deposición. Esos primeros días toda la fuerza de esa descomunal descarga fue propagada en Ovalle. Temprano en los colegios se registraron los primeros casos: niños con vómitos explosivos y diarrea fulminante que ni siquiera alcanzaban a llegar al baño. Cotonas vomitadas y pantalones nauseabundos. En los jardines infantiles se agotó el stock de pañales y las tías tuvieron que llamar a los padres para pedir recambio. Hasta de la cárcel llamaron a los medios regionales para avisar que adentro también se estaban cagando.

El diario El Ovallino fue el primero en anticipar lo que se venía. “Investigan las causas de una masiva intoxicación”, tituló en primera plana el miércoles 4 de septiembre, dejando entrever que el agua había sido la responsable de la masiva intoxicación. La seremi de Salud tomó muestras y dijo que en 48 horas estarían los resultados. Al otro día, a primera hora, el gerente general de Aguas del Valle, Ricardo Lalanne, llegó a la oficina del editor del medio, David Flores, acusando al diario de propiciar una paranoia colectiva. De pronto sonó el teléfono. Era un lector que preguntaba si podía tomar agua de la llave. Flores, que estuvo una semana con diarrea y se mantuvo en pie a punta de gatorade, miró al gerente y le pasó el aparato. El ejecutivo dijo lo mismo que comenzó a repetir en todos los medios: “que la red estaba libre de contaminantes”.

La población, obviamente, no creyó nada. La gente comenzó una carrera loca por abastecerse y compró cuanta agua embotellada encontró en la ciudad. Al cabo de un día el recurso estaba casi en extinción. En los supermercados se peleaban los últimos bidones de cinco litros. Hugo Orellana, un corpulento abogado, recuerda que incluso tuvo un tira y afloja con una anciana por un “chimbombo”.

A tanto llegó la escasez que Jorge Fuentes, un asistente social de la zona, tuvo que improvisar un nuevo sistema de “enjuague bucal”: lavarse los dientes con cachantún sabor a pera. Fue lo único que encontró en los negocios.

Algunos colegios de La Serena, alarmados por el brote, decidieron cerrar sus puertas sin pedir autorización al Ministerio de Educación. El SAPU amplió sus horarios de atención hasta la media noche y el 6 de septiembre se decretó la suspensión de clases para todos los colegios de Ovalle.

La ciudad, por esos días, era como Walking Dead. Los infectados, encorvados por los retorcijones, caminaban apoyando sus manos en las murallas. Algunos se sentaban en las cunetas mientras otros vomitaban apoyados en los árboles. La mayoría apretando el culo para no cagarse. Todos caminando como zombis al único hospital de la ciudad, el Antonio Tirado Lamas.

A Juan Pablo Carvajal le tocó duro esa primera semana trabajando en la unidad de urgencia. No recuerda cuántas veces tuvo que trapear el piso, limpiar el vómito en los mesones y repartir bolsas entre los enfermos.

-La gente vomitaba bilis, venían pal gato, los que estaban en observaciones les pasábamos una chata para que cagaran ahí. A veces llegaban familias completas, el papá, la mamá y los hijos. Ahí cachamos que el tema era grave- cuenta el funcionario.

En una sola semana los servicios de urgencia atendieron a 3.100 enfermos. Las farmacias agotaron sus reservas de antidiarreicos y antiespasmódicos. La gente arrasó con medicamentos como el Diarén, perenteril, viadil, viproxil, lactil y furazolidona. También con el enjuague bucal, el alcohol gel y el suero. Carlos Castillo, jefe de local de Farmacias Ahumada, cuenta que el primer día de crisis se le agotaron todos los medicamentos. “Al otro día hicimos un pedido especial a La Serena y nos mandaron stock. Mucha gente no acudió al médico sino a la farmacia. Faltó un manejo de salud pública a nivel de ministerio. Las ventas aumentaron un 200 por ciento”.

La desesperación de la gente contrastaba con la realidad de una enfermedad que no cuenta con antídoto, ni tratamiento específico. Se sabe que los primeros síntomas del Norovirus comienzan en promedio entre 12 y 48 horas –con cuadros agudos de vómitos, diarreas acuosas, dolor abdominal, náuseas y fiebre – y que pueden ser transmitidos por alimentos, agua contaminada y personas enfermas. La única recomendación, paradojalmente, era hidratarse.
Al comienzo, sin embargo, nadie entendía nada. A falta de información concreta la gente comenzó a elaborar sus propias teorías. Decían que habían encontrado un muerto en el río y que éste contaminó el agua, o sea, que habían bebido de las entrañas putrefactas de un cadáver. Un auténtico infierno apocalíptico zombie. El rumor, obviamente, fue rápidamente descartado. También se escuchó que algunos lugareños de los pueblos aledaños tiraban animales muertos al río, que la empresa había reutilizado una antigua red en la localidad de Villaseca y que en la fiesta del niño Dios de Sotaqui, realizada apenas dos días antes de la intoxicación y que congregó a más de 10 mil personas, alguien se pegó el cagazo de su vida en el río Limarí –cinco billones de partículas virales por gramo de feca- contaminando la red de agua potable. Otros, sin embargo, con una cuota indispensable de humor, atribuyeron la enfermedad a una maldición hecha por la ex alcaldesa PPD de la ciudad, Marta Lobos, quien le habría advertido a la ciudadanía que si no salía elegida, “todos se iban a recagar”. Una leyenda urbana que en algo espanta todo lo mal que lo han pasado los ovallinos. Se estima que al menos una persona en cada hogar fue contaminada por el virus y que cerca del 50% de la población infectada fueron menores de 15 años. Llevamos recién dos días en Ovalle, todavía no se levanta la alerta preventiva y Alejandro Olivares, nuestro fotógrafo, me cuenta que ha comenzado a cagar agua.

Quien fuera Aguas del Valle…

“No hay nada peor que una autoridad dubitativa”, comentan los Ovallinos en la calle. Nadie entiende por qué el intendente decía que el agua estaba en óptimas condiciones para el consumo y, a la vez, recomendaba hervirla al menos cinco minutos. Era evidente que algo andaba mal.

Los primeros informes despejaron en parte la nube de contradicciones. Las mediciones de cloro libre residual tomadas el 3 de septiembre en diferentes puntos de la red de agua potable por la seremi de Salud, señalaron que 6 de 10 muestras no registraban presencia de cloro y que recomendaban a la empresa adaptar la dosis a la normativa vigente. La Seremi incluso solicitó al Instituto de Salud Pública, ISP, tomar muestras de agua para análisis virales que realizó el 5 de septiembre, dos días después que la autoridad de salud recomendara a Aguas del Valle normalizar su cloración. De un total de 8 muestras el ISP informó dos positivas para norovirus en un pozo de captación de una de sus plantas, Los Peñones, y en el agua de un canal de regadío. Era evidente que en la red no encontrarían nada.

Aguas del Valle, cuyo eslogan es “Agua Sana”, aseguró que los resultados del ISP avalaban que el virus no estaba en la red. Nada dijo, eso sí, del Norovirus encontrado en uno de sus afluentes cuyo genotipo era el mismo al encontrado en las muestras biológicas que se tomaron a los enfermos.
Respecto al cloro, Ricardo Lalanne, gerente general de la compañía, sostuvo que había una diferencia en las mediciones de la Seremía y la empresa. “La metodología de muestreo y análisis de salud es completamente diferente y, en este caso, ellos no cumplen el protocolo establecido”, comentó el ejecutivo a la prensa.

-Usaron unos equipos que son unos comparadores de cloro residual que hace más de 10 años la industria sanitaria no usa. Hay equipos digitales capaces de medir cloro cuando está bajo en valores. Cometieron un error. No es que el cloro aparece o desaparece. Nosotros pedimos una serie de muestra adicionales, ese mismo día, y todos arrojaron cloro. Es una lastima que haya sucedido eso- ratifica José Luis Arraño, Gerente de Operaciones de Aguas del Valle, al ser consultado por The Clinic.

La hipótesis se abrió, entonces, a una eventual contaminación por consumo de hortalizas. Los feriantes salieron a defender sus productos con el cuchillo zapallero entre los dientes.

-Quisieron tapar el sol con un dedo. La empresa de agua nunca quiso reconocer que ellos habían sido los culpables de la contaminación. El tema nos afectó harto. Los productores tuvieron que botar camionadas de lechuga. Nuestras hortalizas, producto de la sequía, las traemos de La Serena ¿Por qué nadie se contaminó allá?- se pregunta Cecilia Pizarro, presidenta del sindicato minorista de la feria de Ovalle.

Los feriantes tuvieron unas Fiestas Patrias para el olvido y las ventas cayeron drásticamente. Los que más ganaron fueron los criadores de chanchos que encontraron verduras gratis para alimentar a sus animales. Aguas del Valle, pese al pequeño respiro, aún no superaba su propia crisis. El mismo informe preliminar de la Seremi de Salud detectó una serie de irregularidades en las instalaciones de la empresa. En una inspección, realizada el 3 de septiembre en la Planta Sotaqui, descubrieron una falla en uno de los sopladores que asegura la eliminación de colifecales. En la Planta Los Peñones detectaron, en el lecho del río, una poza de agua usada como zona de baño por los lugareños y que los estanques de acumulación de agua potable no tenían tapa “facilitando la contaminación”.

-Nosotros siempre hemos tenido tapa, no se, tendría que verlo- asegura Arraño.
La hipótesis que barajó el informe es lapidaria: “El virus fue capaz de atravesar el lecho filtrante en los drenes, y el nivel de cloración en los estanques de tratamiento fue insuficiente para eliminar todas las partículas virales, distribuyéndose en la red de agua potable de Ovalle una cantidad suficiente para iniciar el brote”.

Aguas del Valle hasta el día de hoy insiste en su inocencia. La imagen corporativa de la empresa hoy está en el suelo. Los memes han declarado a epidemia como mascota oficial de la compañía y en la calle se ha “viralizado” el piropo más ordinario que alguien puede decir a una mujer ovallina: “quien fuera Aguas del Valle para hacerte cagar”.

Raya para la suma
La mañana del 3 de septiembre la empresa Sodanor, única expendedora de agua envasada en Ovalle, abrió sus puertas con una inmensa fila de personas esperando comprar la promoción del día: dos botellones de 20 litros, con su respectiva carga, más un dispensador, a sólo19.990 pesos.
“La promo se vendió como pan caliente y llegó gente a comprar durante todo el día”, recuerda Dante Altamirano, gerente general de la empresa, quien asegura que sus ventas se duplicaron desde el comienzo de la emergencia sanitaria.

-El botellón de agua en lugares como Antofagasta y Copiapó es algo sumamente extendido. Todo el mundo lo compra porque, como está el problema de la sequía, el agua potable comienza a mermar su calidad – agrega Altamirano.

Las cifras son elocuentes. En sólo cinco años -entre 2006 y 2011- el consumo de agua envasada en Chile subió un 64%. También en Ovalle ha crecido de manera exponencial. Los primeros días de la crisis un comerciante avispado trajo un camión de La Serena repleto de agua mineral y la vendió en una bomba Shell, ubicada estratégicamente frente al hospital.

Pero el negocio de algunos, también puede ser la perdición para otros. Así lo entienden los ovallinos que, temerosos de beber agua de la llave, han debido comprar agua embotellada incrementando la cuota del presupuesto familiar destinado a este ítem. Algunos, incluso, pagan más por el consumo de agua embotellada que la potable. Es el caso de Enrique Penna, el bibliotecario con el que abrimos esta crónica, cuya familia consume al menos ocho bidones de cinco litros a la semana, lo que implica un desembolso mensual de 24 mil pesos. A esta cifra habría que agregarle los 14 mil pesos que paga cada mes a Aguas del Valle. Raya para la suma: 40 mil pesos mensuales.

Pero el negocio va más allá. El agua potable que hoy consumimos en el país es un negocio monopólico, rentable y de muy bajo riesgo, que comenzó su proceso de enajenación en el gobierno de Frei. Posteriormente Lagos -previo pacto entre Insulza y Longueira- decidió eliminar la obligación de conservar un 35% de las sanitarias en manos del Estado, pavimentado el camino para su total privatización. Fue así como el 23 de diciembre del año 2010 el presidente Piñera declaró que el agua pasaba a formar parte de las “inversiones pasivas prescindibles” del país, autorizando la privatización de las acciones de Aguas Andinas, Essal, Essbío y Esval. Esta última – dueña del 99% de Aguas del Valle- es una sociedad anónima abierta controlada por la canadiense Ontario Teacher’s Pension Plan Board que maneja el plan de pensiones de los profesores en la ciudad de Ontario, en Canadá.

Un negocio transnacional tan rentable que sólo el año pasado dejó una utilidad neta para Aguas del Valle -dueña de la concesión por 30 años de los servicios de agua potable en la IV región- de 8 mil 719 mil millones de pesos, alcanzando un 10% de rentabilidad. Cifras auspiciosas que contrastan con la pobre inversión en renovación de redes para el periodo 2008-2012 que contempló apenas un 3,1% de reemplazo total del sistema. Una inversión menor considerando que la mayoría de las matrices tienen al menos 30 años de servicio, según información proporcionada por la Superintendencia de Servicios Sanitarios.

Los ovallinos poco saben de estadísticas, pero les sobra sentido común.
-El problema es que estos huevones enajenaron las aguas cuando se trata de un derecho humano. Hoy día está todo transnacionalizado, pero los intereses son de ellos, no de nosotros. Nos cagaron-, alega Marcelino Contreras, dueño del restorán El Quijote.

La sicosis por el agua contaminada ha sido tan grande que hay familias que incluso cocinan con agua envasada. En la casa de Nilda López lo hacen hace varios años y ninguno de sus miembros se enfermó de norovirus. María Godoy, madre de Nilda, dice que el agua potable es hedionda y mala, por eso invierten cada mes alrededor de 40 mil pesos en agua envasada. La famosa promoción de Sodanor.

Es tanta la desconfianza en la casa de Nilda que incluso se compró un filtro para el agua potable. Ni así es capaz de tomarla.
-Viera usted la mugre que se junta cuando saco el filtro, sale todo mugriento, es asqueroso. Ellos deberían invertir más en el tratamiento del agua, pero se preocupan más de cobrar- reclama Nilda.

Según datos proporcionados por la Superintendencia de Servicios Sanitarios, desde el año 2004 al 2012, el costo del agua en la ciudad de Ovalle se ha incrementado en alrededor de 25%. La última boleta que recibió la mujer, correspondiente al mes de agosto, contemplaba el cobro por tratamiento de aguas servidas por un total de 3.998 pesos. La misma plata que pagaron 196.204 clientes. Saque la cuenta.

David y Goliat
El 4 de septiembre, en plena crisis epidemiológica, la corte de Apelaciones de La Serena rechazó un recurso de protección, presentado hacía 4 meses en contra de Aguas del Valle, por construir piscinas para drenar aguas a menos de 50 metros del pozo de un Comité de Agua Potable Rural de la localidad de Villaseca, un pequeño villorrio a las afueras de Ovalle.

-Era evidente que la empresa iba a obtener las mismas aguas que están surtiendo al Comité de Agua Potable Rural y eso, a la larga, los iba a afectar -relata Jorge Alvarado, abogado querellante en la causa.

La resolución, en rigor, exculpó a la empresa de “robar”. Todo pese a que los vecinos comprobaron que tenían un acuerdo previo con la Dirección de Aguas, DGA, donde se estipulaba un área de protección de 200 metros a la redonda del pozo.

La pelea entre David y Goliat, como llaman en Villaseca a la disputa que tienen con Aguas del Valle, resume en gran medida el modelo de negocios en torno al agua. Para Rosa Ángel, presidenta de la junta de vecinos de Villaseca, se trata de dos visiones totalmente opuestas del mundo.
-Nosotros nos beneficiamos nosotros mismos, el agua es nuestra, todo lo que ganamos lo invertimos. La bomba, los estanques y los terrenos son nuestros. No tenemos fines de lucro- reflexiona Rosa.

Es evidente que la propiedad del recurso es el problema. Solamente el 9% del agua del mundo está privatizada. Uruguay estableció en su Constitución política, por medio de un plebiscito, que el agua tendría rango de derecho humano. Rosa Ángel lo tiene absolutamente claro, Villaseca reparte su agua con Puntilla de Barrancas, Villa San Antonio, La Cuca, Canelilla Baja y El Llano.

A tanto ha llegado el nivel de eficacia en el manejo del recurso que, asegura Rosa, no tuvieron ningún contaminado con Norovirus.
– Nos da un poco de risa, nosotros como pobretones que somos no tuvimos ningún enfermo o corte de agua. Ni siquiera un perro muerto. Ni uno- asegura Rosa.

Lo curioso de esta relación es que Aguas del Valle, el organismo más cuestionado durante la crisis, es quien presta asesoría técnica al Comité de Agua Rural de Villaseca y a otros 180 APR de la Región de Coquimbo. La misma empresa que, desde 2008 a la fecha, acumula 153 sumarios en la Seremi de Salud. Cifras que se repiten en la Superintendencia de Servicios Sanitarios donde acumula en su historial 12 sumarios -en todos fue multada- y otros tres en proceso administrativo. Las faltas más reiteradas son exceso de coliformes, deficiencia en la calidad del servicio y cortes reiterados. Sólo el año pasado Aguas del Valle tuvo 1.473 cortes no programados de suministro y recibió 22.059 reclamos.

A la fecha existen tres investigaciones en curso en contra de la empresa. Una denuncia presentada por la diputada Adriana Muñoz, otra interpuesta por la fiscalía local de Ovalle y una tercera que lleva la Superintendencia de Servicios Sanitarios.

Al cierre de esta edición la seremi de Salud de la Región de Coquimbo entregó los resultados del sumario sanitario contra Aguas del Valle. El informe ratificó la hipótesis que el organismo esbozó en los estudios preliminares, asumiendo que el brote epidemiológico se explica por la “probable distribución de agua potable contaminada con Norovirus” y sancionó a la empresa a pagar una multa de 1000 UTM, o sea, poco más de 40 millones de pesos.

-Claramente hay una relación epidemiológica entre la enfermedad y los elementos identificados en la fuente de captación del agua potable de Ovalle. Esto indica que hubo carencias en las medidas de prevención que se debieron tomar, definiendo una responsabilidad clara del titular. Por eso le dimos la multa máxima que permite el código sanitario- indicó a The Clinic el Seremi de Salud, Osvaldo Iribarren, poco después de hacer público el sumario.
Aguas del Valle acusó de inmediato el golpe y envió un comunicado a los medios indicando que las reclamaciones las harán ante la justicia. “No hay ninguna prueba que permita relacionar el brote de enfermedades estomacales en Ovalle a nuestra producción de agua potable”, volvió a repetir el gerente regional de Aguas del Valle, Ricardo Lalanne.

El alcalde de Ovalle, Claudio Rentería, fuertemente criticado por el manejo de crisis, hoy promete las penas del infierno a la compañía transnacional.
-Ya está bueno que le busquemos la quinta pata al gato, aquí cayeron moros y cristianos por una responsabilidad que es de ellos. Que asuman. Esto tiene un costo social y económico: la gente ya no cree en nada. Fue una irresponsabilidad tremenda y, más encima, van a tener que pagar poco más de 40 millones. Es muy poco. Hay que ver los contratos que tiene la empresa y si eventualmente es posible caducarles la concesión- , comenta ofuscado el edil.

Bachelet estuvo el domingo en Ovalle y ofreció un discurso de 40 minutos en la plaza de Armas ante más de dos mil personas. Nada habló de la infernal cagadera por la que atravesó el pueblo. “Mi preocupación esencial -dijo- será que los ovallinos tengan un estadio como corresponde”.