Bernardo O’Higgins Riquelme prohibió los escudos de armas encima de las puertas de las casas. Reprimió también los títulos nobiliarios. Muy luego causó el reproche de los que querían ir más lejos y de los que pensaban que había sido ya demasiado audaz. Incapaz de contentar ninguno de los dos bandos se exilió en Perú donde esperó la muerte.

Balmaceda no encontró menos problemas cuando llenó su gabinete de “siúticos”, es decir de profesionales venidos de la clase media. Expulsado del gobierno después de una guerra civil, se suicidó para evitar crear más incordios. Arturo Alessandri, después de aleonar “la querida chusma” y atacar a los patrones, no se mató pero se exilió en Italia y volvió aleccionado, gobernando con la derecha.

Allende no quiso o no alcanzó a hacer eso y se mató en la Moneda. Los gobiernos que siguieron cambiaron de manera definitiva la economía y la sociedad del país, pero se cuidaron de no mover ni un ápice no sólo la desigualdad económica, sino ante todo sus símbolos. Los apellidos, los clubes, el roteo y el suitiqueo. No hicieron otra cosa que socializar las rejas de los condominios, la exclusividad de los colegios, la señales de estatus.

Hasta cierto punto esta banalidad de las diferencias, esta multiplicación sin fin de los ghettos le hicieron perder su sentido y su poder. Los cambios que Chile pide hoy, tienen que ver en gran parte con eso, cuando lo exclusivo es común, cuando cada cual tiene su escudo de arma sobre la puerta de su casa, deja de tener sentido tener el propio. Cuando todo lo que se puede comprar caduca o las cuotas son demasiado aparece como aspiración la idea de una comunidad, de un país. Los padres trabajan hasta matarse, los hijos estudian para ser alguien, los nietos se hacen artistas, anarquistas o juglares para volver a ser nadie.

Michelle Bachelet es fruto de ese cambio. Su imbatible atractivo viene justamente de ser “una de los nuestros”, de los que empezaron a existir simbólicamente del noventa en adelante, auspiciados por la elite de la UP y de Pinochet pero que por eso mismo suelen despreciar a ambas por el tono condescendiente que usan con ellos. Su papel de expresidentes no le ha restado milagrosamente novedad y frescura. Es parte de esa elite que todos rechazan, pero gobierna aún la impresión que esa elite no ha terminado, ni terminara nunca de aceptarla como una de los suyos. No se ha refinado, ni alejado de la gente en sus años en las ligas mayores del poder mundial, sigue siendo una mujer sola a cargo de su casa, de su gente, “aperrada”, “empoderada”, que le pone el hombre, y se sabe todas las siglas de los programas sociales.

Michelle Bachelet se propone hacer un cambio histórico, aunque se cuida mucho de casi nunca hablar de historia. Siente, quizás con razón, que hablar del sino trágico de O´Higgins, de Balmaceda, de Alessandri o Allende, sólo puede alejar a la gente que no sabe que pasó la semana pasada, y asustar los que vivieron los traumas del pasado. Sin embargo, si quieren realmente emprender estos cambios deberá demostrar lo único que hasta ahora parece haberle fallado: La capacidad de construir más allá de su propia presencia física, un discurso que permita ver más allá de los escollos y las olas, la playa de la ardiente paciencia de la que hablaba Rimbaud y luego Neruda (y luego Skármeta convertirá en una obra de teatro).

O’Higgins, Balmaceda, Alessandri o Allende derribaron antes todo símbolos, imágenes, ideas recibidas, escudos de armas y apellidos. Pagaron por ello un costo altísimo. La batalla de Chile, como prueba por lo demás el documental del mismo nombre, fue, es y será ante todo cultural. Cultura que por cierto no se limita al IVA del libro (aunque también tiene que ver con eso), sino justamente en la manera de contarnos quiénes fuimos, para entender quiénes somos y quiénes queremos ser.

El discurso de la presidenta, o más bien su falta de discurso en este aspecto, parece creer que una serie de medidas con su financiamiento amarrado y su sigla pegoteadas a la mala, bastaran para cambiar una historia entera de perpetua guerra interna, de fronteras y distancias que le han permitido a una minoría castellana primera, vasca después y inmigrante, gobernar una vasta mayoría mestiza que no tiene aún demasiado claro si vota por Michelle para que todo cambie, o para que nada cambie demasiado.

La presidenta ha comprendido que esa ambigüedad, la necesidad de cambio y el terror a los fantasmas y conflictos que este cambio levanta, habita en todos nosotros. Sabe que queremos pensar que nos gustaría una asamblea constituyente, por ejemplo, pero que el desorden e inmovilidad que esta provocará, nos espanta de ante mano. Sabe que queremos educación gratuita para todos pero en colegios tan enrejado, tan exclusivos como los de hoy. Sabemos que nos gusta la mística de lo público pero que su realidad de papeleos y mal trato universal no nos atrae demasiado. Sabe que debemos perder algo si queremos ganar, que los derechos garantizados contradice el derecho a garantizarme una vida sin la mirada del otro sobre mi patio, mi cama y sobre todo mi cuenta bancaria.

En algún momento habrá que optar, que pedir, que exigirle a los chilenos estar a la altura de las transformaciones que sin querer queriendo han empujado hasta el punto de no retorno. ¿Sabe Michelle Bachelet Jeria que ha llegado a ese punto? ¿Podrá por cuatro años mantenerse a medio camino? ¿Cuándo o cómo tomará la decisión que sellará su destino?