Helio Guzmán aparece en la puerta de una de las enormes torres de Carlos Antúnez, ubicadas en Providencia 1765. Se mueve con dificultad, impulsándose con dos muletas: con una reemplaza su pierna izquierda, amputada hasta la rodilla, y con la otra equilibra los cuatro dedos que le quedan en su pie derecho. “La diabetes me tiene funcionando al 40 por ciento” dice, mientras da pequeños saltos hasta desparramarse sobre una banca.

Helio tiene 55 años, es un ex fotógrafo, y lleva cuatro décadas viviendo en este lugar. Llegó cuando era niño, luego que sus papás, afiliados a la Caja de Previsión de Empleados Particulares, adquirieran por esa vía un departamento en este emergente barrio, que fue inaugurado a finales de la década de los 60. Hoy, 40 años después, él, su hijo y su hermano, son los únicos habitantes del hogar. La diabetes de la que habla también se le ha manifestado en los brazos. Subiendo hacia sus hombros, le han brotado tupidas escaras: montones de costras que han colonizado su piel como si padeciera de una avanzada lepra.

Echado sobre la banca, se acomoda unos lentes de sol que trae puestos, como los que usaba John Lennon, y se arregla una polera que dice: “Los desaparecidos nos faltan a todos”. Abajo, una pantufla negra cubre lo que queda de su pie, que ha enfermado de gravedad. Eso no sólo se advierte por las muecas de dolor que hace cuando lo arrastra, también por el hedor que expele. Cuando se levanta para mostrarnos su departamento, de hecho, un enjambre de diminutos mosquitos orbitan alrededor de su pie, evidencia más que clara de que algo anda mal allí.

A Helio le toma más de 25 minutos caminar desde la entrada del edificio y subir en ascensor hasta el piso 20, que es la planta en la que vive. La puerta de entrada es la única negra del lugar, y la única –también- que no tiene el número del departamento, recuerdos que su hermano dejó en el inmueble el día en que su padre falleció, hace ya 13 años. Antes de ingresar, advierte del desorden que hay adentro: “Cuando yo abra, ustedes pasan derecho pa’ la pieza, porque está la cagá”, sugiere. Lamentablemente, su plan falla.

La puerta no abre ni 30 centímetros cuando choca con una silla de ruedas, que encalla en un cerro de ropa esparcida por el suelo. “Chucha, ¿cómo pasamos?”, se pregunta, mientras observa su monumental desorden: se ve una guitarra, loza sucia milenaria sobre una tabla de planchar, bolsas que guardan indescifrables cosas, papeles, libros de fotografía, colchones, mucha ropa tirada, un televisor malo, cajas, una pierna ortopédica sobre una mesa, y polvo que hace nata en cada rincón. En la pieza, el despelote es el mismo: cientos de colillas apagadas en el suelo, una cocinilla montada en una cómoda, montones de botellas de bebidas, y varios rollitos de papel higiénico usado. Si se sigue la huella de esos papeles se llega a un oscuro baño, desde donde sale un olor podrido que a veces lo inunda todo.

No está claro si Helio padece del mal de Diógenes, al menos ningún doctor se lo ha diagnosticado aún, pero asegura que todas esas cosas son suyas y de su familia. El desorden lo atribuye a su invalidez, aunque lo cierto es que allí nadie se ha ocupado de la limpieza en años: ni su hijo –un engominado joven que trabaja en el aeropuerto-, ni su hermano –un ex conserje de la torre. Nadie, tampoco, ha pagado los gastos comunes: la deuda es tan grande, que hace casi tres años que la administración les cortó la luz. El año pasado, esta situación casi provoca una tragedia. Una vela se quedó prendida y se quemó una pieza. Si el fuego hubiese comenzado en el living, donde está el gran desorden, nadie se habría salvado. Transitar por allí, a veces puede ser mortal.

-¡Ayúdenme! ¡Ayúdenme a pararme! -se escucha desde el pasillo que da al living.

Tendido sobre una pila de prendas, Helio se queja de dolor. Mientras trataba de pasar por un cerro de pilchas, una muleta se enredó en una chaqueta y cayó como un saco de papas. Hace unos meses, estando solo, le pasó lo mismo, y tuvo que quedarse tirado durante tres horas, como una tortuga de espalda, esperando a que su hijo o su hermano le echaran una mano.

Mientras espera el ascensor para bajar, Helio se encuentra con una vecina que dice haber hablado con Dios. Sí, tal como lo lee. Ivonne, que vive sola en un departamento en el mismo piso, cuenta que en un sueño un ángel le anticipó la fecha del fin del mundo: “quedan dos años y siete meses, luego se va a desatar la Tercera Guerra Mundial”, le habría dicho el querubín.

Helio la escucha como si su mente no estuviese allí, con la cara de quien ha oído el mismo cuento muchas veces. “Hay que ayudarlo”, balbucea luego Ivonne, apuntándolo. “Él está en el lado oscuro”, agrega. Helio, sin embargo, no se siente en las tinieblas. Entiende que la enfermedad lo está atacando sin tregua, pero no se reconoce como una persona pobre. Más que mal –dice- “soy dueño del departamento, recibo una pensión de 200 mil pesos, y a veces junto monedas tocando guitarra afuera de un supermercado”.

En el 2011, según la Casen, Providencia no tenía ni pobres ni indigentes. La alcaldesa Josefa Errázuriz, sin embargo, aseguró el año pasado que hay un 20 por ciento de personas viviendo bajo esa línea.

En la municipalidad llaman a este fenómeno “pobreza encubierta” y hablan de ella como un mal de los países desarrollados. Quienes la padecen cumplen un patrón común: abuelos solos que viven en departamentos de 70 millones de pesos y que sobreviven avergonzados con pensiones de 120 mil. En una de las paredes de la oficina de la Dirección de Desarrollo Comunitario, Dideco, un mapa identifica los puntos más vulnerables de la comuna. Allí, como una enorme mancha, aparecen las Torres de Carlos Antúnez, el lugar con más pobreza de Providencia. Acá, tal como le pasa a Helio, las carencias a veces pueden ser incluso más duras que en una población de la periferia. “A la gente le da vergüenza pedir ayuda, prefieren encerrarse antes de confesar que necesitan algo, y por eso se quedan afuera de todas las redes de apoyo”, explica José Gabriel Alemparte, Director de Desarrollo Comunitario.

LA VILLA IDEAL

Las torres de Carlos Antúnez fueron pensadas para la naciente masa de la clase media: jóvenes profesionales que a comienzos de la década del 50 comenzaban a cambiar la configuración social del país. En medio de lo que era la Chacra Chacón, los arquitectos Carlos Barella e Isaac Eskenazi, trazaron una villa ideal: siete edificios de 11 pisos cada uno, emplazados sobre un amplio parque, rodeados de lagunas y con pajareras. La primera piedra del proyecto fue puesta por Carlos Ibáñez del Campo en 1957, y cinco años más tarde, sin embargo, la edificación no había conseguido la presencia esperada. Se decidió, entonces, construir una segunda etapa: dos torres gemelas de 24 pisos en forma de Y. Para 1968, cuando las faenas habían concluido, el conjunto había adquirido gran notoriedad: las torres se habían convertido en el edificio habitacional más grande de Santiago, con capacidad para 1.220 residentes, distribuidos en 660 departamentos.

El edificio fue poblado por beneficiarios de la Caja de Previsión de Empleados Particulares, que se desparramaron en departamentos de 69, 83, y 113 metros cuadrados. Quienes vivían allí tenían todo a mano: 76 locales comerciales en la planta baja de los edificios, transporte en la puerta, y trabajo cerca. Una pequeña ciudadela de departamentos.

Algunos vecinos, hijos de propietarios ya fallecidos, recuerdan hoy que durante el gobierno de la Unidad Popular las torres fueron un punto de encuentro para ambos bandos: se escondían miristas y también se juntaban los miembros de Patria y Libertad. La dictadura, luego, trajo consigo el fracaso de la vida comunitaria y las torres perdieron el valor que habían adquirido. En los 90, vivir allí se convirtió en un drama para los propietarios. Algunos departamentos fueron adaptados como prostíbulos y el edificio se llenó de suicidas que volaban 44 metros antes de caer a los espacios comunes del condominio. Por esa época, también, los parques interiores se habían convertido en refugio de carteristas, descuidistas, lanzas, dealers, y oficinistas, que a la hora de almuerzo ocupaban el pasto como mesa y en la noche como motel.

La villa ideal que en algún momento pensaron Barella y Eskenazi, entró en una lenta agonía. Los jóvenes profesionales de los 60 envejecieron, algunos arrendaron la propiedad y se cambiaron de comuna, otros murieron, y quienes se quedaron, empezaron a padecer de soledad, problemas de salud, y falta de dinero: una mezcla letal que transformó el barrio. “Esto se vino abajo, es muy distinto a como era antes. Imagínate que sólo en esta unidad hay 44 millones de pesos en deudas de gastos comunes”, dice Mariana Aristía, presidenta de la Unidad Vecinal Tres, que tiene bajo su jurisdicción el parque interior y los edificios de alrededor.

Basta sentarse unos minutos frente a la torre de Providencia 1645 -una de las dos gemelas- para ver un desfile de sillas de ruedas, bastones, muletas, y piernas arrugadas transitando a paso cansino, abuelos de los que poco se sabe sobre su situación económica. El gran problema para medir la pobreza encubierta, de hecho, es el disfraz con el que los pobres transitan en público y su habilidad para aparentar. La municipalidad, sin embargo, ha mapeado la zona. Según sus cifras, en esta torre hay 95 familias que poseen Ficha de Protección Social, de las cuales 22% pertenece al quintil más vulnerable, y 13% al siguiente. Es decir, de los 1.500 habitantes de la torre, 53 se encuentran en situación de pobreza, y 44 a punto de pasar al umbral de los caídos en desgracia.

“A los vecinos les da vergüenza decir que son pobres, porque vivir en Providencia te da un estatus y no tener plata para comer te lo quita. ¿Cómo le dices a una abuelita, que ha vivido toda su vida acá, que no puede seguir en la comuna porque no le alcanza la plata? La gente prefiere pasar hambre antes que vender el departamento y cambiarse”, reflexiona Mariana Aristía.

ROSA

Hace tres meses, Rosa López no tenía dinero para pagar los 60 mil pesos de gastos comunes que debía a la administración. A sus 78 años de vida, por primera vez se quedaba sin un billete al qué echarle mano en un momento de necesidad. En medio de la angustia se le vino una desesperada idea a la cabeza: vendería la ropa de sus dos hermanas fallecidas, unos cubrecamas y un juego de cortinas. Las prendas no alcanzaban a recaudar más de 100 mil pesos, pero una señora que la conoce desde joven, le hizo el favor de comprarle todo el lote en 300 mil. Con eso pagó la deuda, abonó tres meses por adelantado, y compró algo de mercadería. Hoy, las provisiones se han acabado y los gastos comunes –que este mes subieron a 90 mil pesos por el arreglo de los ascensores- están a punto de vencer nuevamente. Rosa, esta vez, no sabe qué vender: “Estas cosas están viejas. ¿Quién me las va a comprar? Tienen tantos años que ya están todas rotas”, se lamenta, mientras le echa una mirada rápida a los sillones y los muebles del living.

Rosa López se vino a Santiago con su familia desde el sur a mediados de la década del 50. A los 13 años abandonó el colegio y se dedicó al rubro de la peluquería, cuando peinarse era un lujo y los lugares donde hacerlo eran pocos. Cuando adquirió experiencia, junto a sus dos hermanas solteras pusieron un centro de estética: “fui una buena peinadora y ganaba plata. Con eso ayudé a toda mi familia, porque éramos pobres”, recuerda. En 1980, el negocio les permitió comprarse un departamento en las Torres de Carlos Antúnez, que ya llevaban diez años desde su inauguración. Adquirieron uno de los más amplios del edificio de Providencia 1645, de los de tres piezas y dos baños. Allí envejecieron las tres hermanas en soltería, hasta que de a poco comenzaron a fallecer de cáncer. La primera fue Cristina López, en el 2005, y hace un año lo hizo María Elena. Ahí fue cuando a Rosa se le vino el mundo encima: “Con mi hermana teníamos una pensión de 126 mil pesos, pero cuando ella murió sólo quedó mi plata. Con eso no me alcanza para vivir. Me ha costado mucho estar sola, como que la depresión nunca se me ha quitado”, se lamenta.

En ese estado de desánimo estaba cuando decidió pedir ayuda. Fue a la municipalidad y solicitó hora con la alcaldesa Josefa Errázuriz. Allí se hicieron cargo de su caso. Primero la operaron de los ojos, luego la incluyeron en un club del adulto mayor, después le entregaron remedios para la hipertensión, el colesterol y la depresión, y hace un año que le mandan a la casa una caja de mercadería cada 60 días, que entre otras cosas trae: un litro de aceite, un kilo de leche, dos kilos de harina, unas cajas de té, y una caja de avena. La plata, sin embargo, no le alcanza. Ayer fue día de pago y sólo en cuentas atrasadas se gastó 50 mil pesos. Al mes le quedan 30 días, y a Rosa, apenas 70 mil. “Hay veces en que después de pagar todo lo que debo me quedan como 20 mil pesos, para comprar un pedacito de carne en bistec, que guardo en bolsitas”, confiesa.

Según el registro de la municipalidad, Rosa es una de las 53 personas que viven en situación de pobreza en la torre de Providencia 1645. Ella misma se reconoce pobre y cuenta que su vecina, que también es su mejor amiga, igual ha caído en desgracia. No se enteró de la boca de ella, por supuesto. Aunque sean amigas, recibir ayuda municipal es un secreto tan íntimo como ir al baño.

La pariente más cercana de Rosa es una sobrina, a ella la llama cuando tiene una emergencia. En el último tiempo sí, nadie la visita, y su rutina natural se puso aburrida desde que quedó sola. Por eso siempre inventa algo qué hacer, aunque no siempre se entretiene. A veces se echa en la cama a ver televisión, y si no está peinándose frente al espejo -recordando su juventud- se la pasa cambiándole sábanas a las camas donde fallecieron sus hermanas, para darle movimiento a la casa. En el invierno la situación es aún más deprimente. Para ahorrar en calefacción, Rosa se acuesta después de tomar once y se queda así hasta la mañana siguiente.

Aunque vive en la precariedad, nunca le ha faltado para comer. El menú sí, se ha vuelto un poco reiterativo en el último tiempo: fideos blancos y arroz con una presa de pollo son la especialidad de la casa. Este último plato fue su cena durante la Navidad pasada, celebración en la que –antes de irse a dormir- se autoregaló una blusa y un pantalón, que compró a crédito en una multitienda.

Hasta ahora, Rosa ha sorteado las deudas con destreza. Para este año, sin embargo, se le vienen serios problemas económicos. “Yo me siento una persona pobre, no de vivir en la miseria. La gente viene y se pregunta: ‘el departamento que tiene, ¿cómo va a ser pobre?’ Pero yo, económicamente, soy pobre, no me alcanza para vivir”, se lamenta nuevamente. Rosa, como muchos de sus vecinos, no quiere vender su departamento para tener más dinero. Prefiere –dice- deshacerse de todo lo que hay adentro para pagar las deudas, pero no cambiarse de comuna.

El recuerdo de los gastos comunes la vuelve a angustiar: “No sé qué vender, las cosas están viejas. ¿Quién nos va a comprar esto?”, repite nuevamente. En pocos días más, si no consigue el dinero, pasará a abultar la lista de los morosos. Allí, deber un mes es el primer síntoma público de que se ha caído en desgracia. Deber tres meses, es el peor de los castigos sociales: te cortan la luz.

A Rosa esto último nunca le ha ocurrido, pero está al tanto de que varios vecinos han pasado por esa vergüenza y que algunos, en la desesperación por aparentar, se han comprado generadores eléctricos para sortear el corte. El 24 de cada mes es el día en que la administración le baja el interruptor a todos los morosos y algunos de ellos llegan a la sede a ofrecer combos. Basta sentarse unos minutos en el sillón que hay afuera de la oficina del comité para enterarse de quiénes deben y quienes tienen otros problemas. Acá, los vecinos no sólo están molestos por cómo funciona la administración, también porque hace dos meses se la pasaron enfermos luego de tomar agua con caca durante 14 días, lo que generó una intervención de la seremi de salud. Por más de un mes tuvieron que ducharse e hidratarse en unas instalaciones de campaña, que la municipalidad instaló en plena avenida Providencia. Para ellos esa fue la gota que rebasó el vaso.

EXTRANJEROS

El dominicano Braulio Rodríguez lleva ocho años viviendo en Chile y hace dos meses pesaba 110 kilos. “Yo era fuertísimo, gordísimo”, dice mientras camina en pijama por la calle Providencia con dos bidones de agua. La infección que se agarró por tomar agua con caca, sin embargo, lo dejó con las carnes sueltas. El 1 de diciembre del año pasado, el estanque de aguas servidas se filtró hacia el agua potable, enfermando de norovirus a más de 500 residentes, que terminaron deshidratados y con tremendos dolores de estómago. Durante los primeros días, la autoridad de salud prohibió abrir las llaves hasta tener mayores certezas, pero desde esa fecha Braulio no ha vuelto a confiar. No sólo botó toda la loza que había tenido contacto con la infección, también en lo que va de la emergencia se ha gastado más de 300 mil pesos en agua envasada: con ella cocina y también se baña.

Braulio lleva varias semanas indignado con la administración. Mientras agita el informe de los gastos comunes, alega que les están cobrando más de 4 millones de pesos en agua, cuando allí nadie la ha ocupado en dos meses. “Esta es una administración amañá”, reclama con indignación. “En este edificio no se puede vivir, es una vagabundería”, agrega con vehemencia, sin miedo a que lo escuchen. Para colmo de males, dice que varias veces se ha sentido discriminado por sus vecinos: “Una vez venía bajando en el ascensor, cantando un disco de la Celia Cruz que sonaba en el parlante del celular, y una señora me preguntó qué hacía yo en Chile, que me fuera del departamento”, se queja.

Por estos reclamos, Braulio no es querido por la administración. Cuando vuelve a su departamento, de hecho, un director del comité cuenta que hace mucho tiempo lo quieren echar del edificio: “con él no se puede vivir, es el peor elemento que tenemos acá”, balbucea despacio. “No es que tengamos problemas con los extranjeros, pero es que ponen tan fuerte la música”, se queja otra directora.

Braulio no es el único dominicano en la torre. María Gil tiene 46 años y llegó a Chile hace tres, en busca de mejores oportunidades. Comparte un departamento de dos piezas con una chilena y un colombiano. Como las habitaciones no alcanzan para los tres, adaptaron el living con una cortina plegable como puerta, y le pusieron un candado para usar el espacio como un cuarto más. Allí cada uno ha hecho de su pieza un lugar autosuficiente para vivir. María tiene su cama de una plaza, un clóset, mucha ropa apilada en el piso, un sofá cama, un exhibidor de productos de belleza en el que hay colonias, cremas y un televisor, y unas sábanas colgadas en la ventana que ocupa como cortinas.

Allí, dice, vive relajada, pero esto no siempre fue así. Cuando recién llegó a Chile conoció el hacinamiento. Arrendó una pieza en un departamento en el piso nueve con siete personas más: tres matrimonios peruanos y una amiga dominicana.

Hace un par de semanas, María regresó de República Dominicana. Había ido a visitar a sus cinco hijos y a conocer a su segunda nieta. A la vuelta, sin embargo, sólo se ha encontrado con problemas en su trabajo que le han generado costos económicos. Ella se dedica al aseo en oficinas y su jefa quiere cambiarla de instalación y bajarle el sueldo a 200 mil pesos. Antes, ganaba hasta 400 mil al mes, trabajando sí, desde el alba hasta la madrugada. La nueva renta –dice- no le alcanza para vivir, menos para pagar los 100 mil pesos de arriendo que adeuda. Está nerviosa. No sabe cómo resolver el problema.

Gueto Vertical
Hace dos semanas que levantaron la alerta en la torre contaminada y ahora ya se puede beber agua de la llave. Para darle confianza a los vecinos, la seremi de salud, Daniela Zavando, sorbeteó una caña de agua que le ofrecieron en un departamento. La casa elegida fue la de Rosa López. Esa noche, ella apareció en todos los canales de televisión con un vaso en la mano, sonriente, luego de agonizar -hace dos meses- precisamente por tomar agua de la misma llave. La intervención la sacó de la rutina en la que estaba, ahora todos en el barrio la conocen. Conocer, en este caso, es un eufemismo. La verdad es que a Rosa simplemente la ubican. Si realmente la conocieran, sabrían que tiene problemas económicos, que recibe ayuda de la municipalidad, y que actualmente no sabe qué cosas vender para pagar los gastos comunes.

Los únicos vecinos que intentan ayudar a los caídos en desgracia son las unidades vecinales. Estas agrupaciones se han convertido en una especie de movimiento de resistencia. Saben que si no hacen algo por mejorar la vida de sus vecinos, el edificio emblema de finales de los 60 va derecho a convertirse en un gueto vertical. Un problema que no sólo se está incubando en estas torres. El fenómeno podría repetirse, en el mediano plazo, en varios de los edificios de altura que se están construyendo en Santiago.

El mayor problema, además de la pobreza, es el hacinamiento. La torre de Providencia 1645, por ejemplo, tiene una capacidad para 1.200 habitantes y allí, según cifras de la municipalidad, viven casi 1.500. Para evitar que esto se transforme en una bomba de tiempo, las juntas de vecinos han tomado drásticas decisiones: en los edificios del parque, la Unidad Vecinal Tres enrejó todo el perímetro, para así filtrar las visitas; y en el comité de la torre contaminada, en tanto, están empecinados en que vuelvan a vivir al barrio los dueños de los departamentos, aunque varios de ellos ya están muertos: “este sigue siendo un barrio de clase media, un condominio. ¿Por qué tenemos que tirarlo para abajo?”, se pregunta Mariana Aristía. Para reforzar su idea, compara las torres con la Villa Portales, en Quinta Normal: “se construyeron en la misma época, pero esas sí que parecen callampas”, agrega.

Si bien la plusvalía de los inmuebles se ha ido recuperando, por el boom inmobiliario, los vecinos pobres de las torres de Carlos Antúnez siguen en la desgracia. A tanto ha llegado su vergüenza, que ni siquiera en época de fiesta son capaces de aceptar ayuda. En la Navidad pasada, por ejemplo, el Club de Leones donó 20 cenas para los residentes que no tuvieran dinero para hacer una. Dejaron la ficha de inscripción en la junta de vecinos, pero nadie se acercó a solicitarla. Ese día algunos prefirieron pasar hambre, antes que hacer pública su desgracia.