El cambio más contundente para la música durante el siglo XX, el manso cambio digámoslo así, es sin duda la invención y el desarrollo de la grabación. Antes, la música era solo en vivo, se veía y escuchada una sola vez y buenas noches los pastores; ahora (hace rato) la música se puede grabar: una transformación que afecta no solo nuestros hábitos de escucha sino también el modo en que la hacemos, tocamos y percibimos.

Se hace música para ascensores, aeropuertos o salas de concierto, se escucha música para salir a correr, hacer el amor, tener fantasías o ponerse a llorar. A partir de esto, el compositor, escritor, cantante y guitarrista de Talkin Heads, David Byrne, despliega su extenso -pero de rápida lectura- texto “Cómo Funciona La Música”.

El libro se publicó el 2012, pero su traducción, en manos de Marc Viaplana, acaba de llegar a las librerías nacionales. A lo largo de su carrera, la experiencia de Byrne en los escenarios, en el estudio de grabación, haciendo canciones o manipulando sonidos le han servido para desarrollar algunas de las notas e interesantísimas tesis que se encuentran en el libro, una especie de diario de vida pero no de vida solamente, sino de oficio, pero en el que aparecen destellos de su vida.

Así, poco a poco va describiendo y analizando como surge la grabación y de qué manera deriva en la industria musical, observa los cambios arquitectónicos (particularmente los de los lugares en los que se hace música) y de qué manera han afectado las formas de componer y tocar, describe algunas de las tecnologías e instrumentos que aparecen y desaparecen de la escena y que generan estilos y formas musicales específicas, etc…Además “Cómo Funciona la Música” está lleno de datos exquisitos, capítulos fascinantes como “La profecía de Glenn Gould” (un adelantado en esta materia), “Eterno sonido de mierda” (ve qué tan subestimado o sobrestimado están algunos formatos en los que escuchamos música) o “Música privada”, capítulo en que habla del uso y abuso de los iPods y su antepasado, los Walkmans: “llevamos nuestra propia banda sonora allá donde vamos y envolvemos con nuestra música el mundo que nos rodea”.

La cantidad de nombres, obras, discos y anécdotas que aparecen a lo largo del libro lo hacen no solo informado sino también sabroso, y por supuesto, una muestra súper contundente de que hacer música y pensarla (o escribir sobre ella) no son dos cosas que se opongan, al contrario, se necesitan. De este modo, Byrne nos demuestra que los años de circo musical le han hecho observar, analizar y entender de mejor manera cómo funciona la música, sobre todo a partir de todos esos mansos cambios del siglo que recién pasó.