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*Por Ana María Sanhueza Foto: Alejandro Olivares

¿Qué pensaba de Cuba y de Castro antes de ir como diplomático? Muchos escritores eran hinchas de Fidel.
-En los ‘60, en París, cuando yo era secretario de la embajada, a pesar de que no había relaciones con Cuba desde 1964, siempre iba a su embajada. Era amigo del agregado cultural y de cubanos que pasaban por ahí. Incluso firmé un manifiesto pro castrista. Pensé que con eso me iban a echar del Ministerio, pero no pasó nada.

¿Qué escritores firmaron ese manifiesto?
-Muchos, como Julio Cortázar. Había franceses, españoles. Gente como Carlos Barral, que era editor. Todos los intelectuales amigos míos iban a Cuba a cada rato. Yo no podía ir porque era diplomático y Chile tenía cortadas las relaciones. Pero en 1968 me invitaron a un congreso de intelectuales, hablé con Gabriel Valdés, que era ministro de RR.EE., y me dijo: ‘anda y después me informas’. Es que antes era otro mundo.

Allá se encontró con el poeta Enrique Lihn, que vivía en Cuba.
-Sí. Era muy amigo mío. Hacíamos unas fiestas salvajes. De pronto, Enrique me dice en una de esas fiestas, que estaba llena de gente: ‘Ten cuidado, porque nunca se sabe quién está’. ‘¿Invitas a policías a tu casa?’, le pregunté. ‘Es que no se puede evitar, se meten siempre’. Allá llegaba un amigo acompañado de otro y tú no sabías quién era policía. Todo estaba controlado, con una vigilancia eterna.

¿Cómo vio Cuba cuando fue en 1968?
-Olí que era un estado policial. Mi amigo Enrique Lihn estaba contratado por la Casa de las Américas y escribía una antología de un ensayo largo sobre Vicente Huidobro. Él tenía un departamento muy divertido, que estaba muy venido a menos y disparatado. Parecía un cachureo. En el suelo había una máquina Underwood vieja que tenía un letrero pegado con scotch que decía: “Esta máquina pertenece al Comité Central del Partido Comunista de Cuba”. ‘¿Qué hace esta máquina aquí?’, le pregunté. ‘No sé, alguien la dejó’, me dijo. Allá hacíamos bastantes fiestas e iba todo el mundo.

Hubo un tiempo que la “fiesta intelectual” era en Cuba.
-Era la pachanga. Pero cuando estuve en 1968 ya había una división. Había unos gallos que eran los oficiales, básicamente los escritores Lisandro Otero, que era como un encargado de cosas por Fidel, y Roberto Fernández Retamar. Todos los demás eran disidentes. José Lezama Lima ya estaba muerto de miedo. Y con una lengua de lija. En ese tiempo, Heberto Padilla había escrito un libro que se llama “Fuera de juego” (ver recuadro). El título lo decía todo: era una crítica a esa obligación de ser militante impuesta al poeta. Él había recibido un premio por ese texto con un jurado extranjero y hubo problemas con el gobierno. Finalmente admitieron su publicación, pero siempre que Nicolás Guiller hiciera un prólogo, pero en contra. Después el libro no se vio en ninguna parte, porque la distribución era oficial. Cuando yo ya era diplomático, una vez fuimos a la Unión de Artistas y uno de los cajones estaba lleno de esos libros.

FIDEL Y LOS ESCRITORES

¿Qué le pareció Castro la primera vez que lo vio en 1971?
-Muy rápido de reacción, bromista. Puede ser simpático y bastante antipático cuando está ejerciendo la autoridad y te está dejando caer la caballería encima. Pero también muy ocurrente y divertido. Hay un detalle muy importante: cuando habla él no habla nadie. Los demás, mudos, sonrientes.

¿Eso porque los demás eran complacientes o porque él no daba espacio?
-Ambas cosas. Yo le hablaba todo lo que quería, porque pensaba ‘soy chileno y acá represento otra cosa’. Nos divertimos bastante. Él sacó un vino chileno, que producía Baltazar Castro en una viña de Rancagua y era re malo. Yo le dije, creo que tuteándolo porque a la mitad de la conversación ya nos tuteábamos: ‘Comandante, yo te puedo conseguir vinos chilenos mucho mejores’. Entonces, él me dijo: ‘tú eres encargado de negocios, pero no sabes nada de negocios. Eres escritor’.

Lo tenía reporteado.
-Totalmente. Y le dije: ‘¿Sabes? Baltazar Castro también es escritor’. ‘¡Ah! ¡estos escritores chilenos son unos diablones!, contestó. Allá me vigilaban todo el tiempo. El chofer y la secretaria eran cubanos y espías. La cosa eran tan evidente que llegaban embajadores del mundo comunista, como el polaco, el rumano y el yugolasvo, que cuando me querían decir algo interesante, me llevaban a un balcón. Yo no veía micrófonos, pero ellos lo sabían porque tenían embajadas bien instaladas.

¿Pelaban a Fidel entre los embajadores?
-Todo el mundo lo pelaba. Se le decía ‘el caballo’. Eso todo el mundo lo sabe. Se hablaba de que la situación estaba pésima, que la cosecha de azúcar, que era gigantesca, ese año había fracasado en forma estrepitosa. Y ese fracaso fue un retroceso en una serie de sectores. La economía andaba mal, estaba todo racionado y no había nada. No es que fuera pelambre, pero, por ejemplo, yo estaba en el Hotel La Habana River sentado en una mesa. Luego me di cuenta que era una mesa para extranjeros. A mí me daban lechuga y a los otros no. Nos ofrecían puros y a los demás no. Una vez, Heberto Padilla, que era un provocador, un poeta que tomaron preso al final de mi estada, se sentó en la mesa del lado y cuando pasaban las lechugas, me gritó: ‘¡Qué bonitas las lechugas!”. Y cuando llegaron los puros, de nuevo: ‘¡Oye! ¡Cógeme uno a mí!’. Yo saqué dos y le di uno. La cosa era así.

Fidel les dijo a los artistas e intelectuales: “Con la revolución todo, contra la revolución, nada”.
-Sí. Y ahí había un tipo que fue el más valiente de todos y que era un mariquita muerto de miedo. Era Virgilio Piñera, que levantó la mano y dijo delante de Fidel: ‘Lo único que yo puedo decir es que tengo mucho miedo’.

¿Cómo fue su despedida de los escritores cubanos?
-Cuando llegué a mi hotel, apurado por hacer las maletas y después de dos días de paseos absurdos donde me llevaban en un auto a toda velocidad, estaban todos los escritores cubanos amigos míos. Eran como siete u ocho. Me miraron y me hicieron toda clase de gestos y me pasaron un papelito. Lo leí con disimulo: “Heberto Padilla está preso. Su departamento está sellado. No sabemos qué pasa”. Allá nunca tuve casa, siempre viví en hotel. Con los escritores subimos a mi pieza. Yo tenía whisky y ahí todos estos gallos me contaron con terror a los micrófonos que Padilla estaba preso.

¿Por qué Fidel generó tanto culto en los escritores pese al caso Padilla? Le pongo como ejemplos a Cortázar y García Márquez.
-Fue una ingenuidad del mundo intelectual. La gran división en el mundo intelectual latinoamericano entre un sector que siguió siendo castrista y otro que era crítico, fue con el encarcalamiento de Heberto Padilla. Él fue acusado, y él mismo me lo contó después, de darme información negativa acerca de lo que estaba pasando en Cuba. Yo estoy directamente relacionado con ese tema. A partir de ahí hubo manifiestos de protesta en Europa contra su encarcelamiento. Después hubo mucho escándalo en el mundo intelectual europeo cuando Padilla salió haciendo una autocrítica total, porque era lo mismo que pasaba en la época de Stalin en la Unión Soviética, donde los tipos hacían su autocrítica y después los fusilaban. En Cuba las cosas no llegaban a ese extremo, pero Padilla lo pasó bastante mal.

¿Qué escritores eran cercanos a Castro?
-En Cuba, Roberto Fernández Retamar, el símbolo del oficialismo. Antes de mi salida de La Habana, Lezama Lima, que era un gordo enorme, un asmático que apenas podía respirar y un tipo de gran imaginación que escribía una prosa confusa pero interesante, me decía todo el tiempo: ‘vaya a verme antes de su partida’. Insistía mucho. Me acuerdo que no tuve tiempo de hacerlo, pero me lo encontré en una fiestoca.

¿Qué le dijo Lezama?
– ‘Bueno, Edwards, ¿y usted se da cuenta lo que pasa a aquí?’. Y yo le digo que sí. ‘¿Pero se ha dado cuenta que nos morimos de hambre?’. Y yo le respondí: ‘Sí, Lezama’. Luego me dijo: ‘Es de esperar que ustedes en Chile sean más prudentes’. Cuando salí de la isla, lo hice totalmente en desgracia. Nunca me declararon persona non grata, porque ese es un trámite de la diplomacia antigua. Fidel llamó por teléfono y dijo: ‘sáquenme a este pajarraco que me está molestando y se acabó’.

Pero ‘Persona non grata’ era un buen título…
-Jaja. Para título era bueno. A Fidel le sacó mucha pica, además, que me sacaron de Cuba y me mandaran a París. Neruda, que era el embajador en Francia, estaba piteando para que yo me fuera como ministro consejero. A Salvador Allende tampoco le gustó nada, pero al final le torcieron la mano. Yo salí cuando mi amigo Herberto Padilla estaba en la cárcel y yo no sabía si lo iban a fusilar o a condenar a 30 años.

LA RELACION CON NERUDA

¿Conoció en Cuba a Raúl Castro?
-Sí. Era ministro de las fuerzas armadas y me reuní con él para organizar la visita de La Esmeralda a Cuba. Es muy diferente a Fidel. Raúl era un tipo lampiño, medio gordito. Me dio cita a las 10: 30 y a esa hora se abrió la puerta. Una puntualidad británica, exactamente al revés que Fidel. Raúl es un tipo amable, educado, pero más bien frío. Muy organizado. Tenía toda clase de carpetas, con los automóviles para los oficiales, el cóctel que le iban a dar…

Un logístico.
-Logístico total. Amable pero frío. Sin ningún exceso en la manera de hablar. Pragmático, a diferencia de Fidel, que es un voluntarista. Yo comprendí rápidamente que Fidel tiene una profunda antipatía por el mundo de la literatura y el arte. No le interesa nada. Él lee puras cosas prácticas, como tratados de cómo cultivar tomates, hacer pesca submarina, tratados de biología, libros de historia militar y mucha biografía.

Todo lo que “sirve”.
-Sí, pero no poesía lírica y esas cosas que “no sirven”. Cuando estábamos en La Esmeralda, con el capitán y Fidel, había un almanaque o un calendario chileno que tenía el poema de un poeta chileno en cada mes. Era de gran lujo: Gabriela Mistral, Nicanor Parra, etc. Y cuando Fidel llegó a Neruda, se quedó callado. Él sabía que yo era amigo de Neruda. Pasó de largo. En ese tiempo, Fidel ya estaba en contra mía. Sabía que me metía con los escritores ‘inconvenientes’.

¿Por qué cree que Fidel minimizaba el trabajo de los artistas?
-No lo entendía para nada. A mí me dijo muchas veces: ‘¿y por qué ustedes mandan un escritor?’. Y yo era el escritor… me reía, qué le iba a decir. Entonces me contestaba: ‘nosotros comenzamos haciendo lo mismo, pero ya no lo hacemos más’`, como diciendo ‘los escritores son unos mete patas’. Había tenido muchos casos: Cabrera Infante empezó de agregado cultural en Bélgica, tuvo conflictos y terminó de disidente, exiliado. Y hay un antecedente más: Fidel había hecho que los escritores cubanos escribieran una carta contra Neruda en 1966, en la que se lo acusaba de haberse aburguesado y de encontrarse con el Presidente Belaúnde en Perú, que era un enemigo de la guerrilla y de haber ido a Estados Unidos a una reunión del Pen Club. Neruda nunca perdonó esa carta.

¿Qué comentaba Neruda de esa carta?
-Se sintió atacado desde la izquierda, que es lo peor que le puede pasar a un comunista. Neruda tenía una tesis que yo compartía. Decía que ningún escritor, como Nicolás Guillé y todos esos gallos, se atrevería a firmar una carta pública contra él si el jefe no le ha dicho que lo haga. Y yo, lo primero que supe en Cuba, fue que Fidel había encargado esa carta a tres o cuatro personas que yo conocía: a Lisandro Otero, Edmundo Desnoes, etc. Después todos la firmaban. Y al que no le pedían la firma se sentía muy nervioso. Era señal de que estaba en desgracia.

¿Cómo era el peso de Neruda en el mundo cultural con respecto a Fidel?
-Neruda pagó el delito del stalinismo. Nosotros, yo mismo, no nos dimos cuenta que Fidel, a su manera, era un Stalin, aunque yo me di cuenta más rápido que otros. Fidel controlaba todo y mandaba preso a los opositores. Y Neruda tenía el pecado de haber sido stalinista. Eso era jodido. El peso de Fidel no era intelectual, pero Neruda había suifrido una disminución de su prestigio por su adhesión al stalinismo. Al comienzo, los intelectuales estaban más con Fidel que con Neruda.

Neruda escribió en sus memorias de Stalin y Fidel.
-Neruda hace muchas frases, más bien entre líneas, en “Confieso que he vivido”, sobre lo que significó para él el stalinismo. La Matilde (Urrutia) me contó que en Moscú censuraron todas las frases anti stalinistas de sus memorias. En cambio, le dejaron todo lo que decía sobre Fidel.

¿Qué impresión tenía Neruda de Castro?
-A Neruda, en privado, no le gustaba Fidel. Tampoco el Ché Guevara. Él decía que Castro era demasiado izquierdista. Hay una situación que muestra eso en detalle. Neruda fue a Caracas en 1959, poco tiempo después del triunfo de la revolución cubana y se encontró con Fidel en el hotel, donde tuvieron una larga conversación. Cuando iban saliendo, un fotógrafo empezó a tomarles fotos. Fidel lo agarró, lo zamarreó y lo mandó a la mierda. No quería que lo fotografiaran con Neruda. Y Neruda se dio cuenta. En ese momento, a Fidel no le convenía que lo acusaran de stalinista o comunista, porque aparecía como un izquierdista que haría una revolución libertaria.

Si a Fidel no le interesaba la cultura… ¿por qué la Casa de las Américas cumplió un rol tan importante?
-Es que Fidel ha tenido la clara noción de que el frente de los artistas hay que mantenerlo y cultivarlo. Pero en general, la Casa de las Américas ha tenido una historia bien accidentada, como la pelea con Neruda. Haydé Santa María, que era la directora de la casa, se suicidó. No es tan fácil esa historia. El gran escritor cubano, Guillermo Cabrera Infante, fue exiliado sin autorización para regresar a Cuba. Tampoco podía entrar Severo Sarduy. Lezama Lima no pudo salir. Padilla y Reinaldo Arenas lo pasaron como las pelotas. Es muy complicada la cosa. Ahora, Fidel siempre supo que a los intelectuales había que cultivárselos su poco. Le gustaba mucho atraerse a los franceses. Sartre, por ejemplo, fue a Cuba y lo ayudó mucho. Era una estrategia de relaciones públicas a gran escala.

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EL FIN DEL JUEGO

En 1971, el poeta cubano Heberto Padilla (1932-2000) fue detenido junto a su esposa tras la lectura pública de su libro “Provocaciones”. En 1968 publicó “El fin del juego”. Acá, cuatro de los poemas de ese libro.

EN TIEMPOS DIFÍCILES

A aquel hombre le pidieron su tiempo
para que lo juntara al tiempo de la Historia.
Le pidieron las manos,
porque para una época difícil
nada hay mejor que un par de buenas manos.
Le pidieron los ojos
que alguna vez tuvieron lágrimas
para que contemplara el lado claro
(especialmente el lado claro de la vida)
porque para el horror basta un ojo de asombro.
Le pidieron sus labios
resecos y cuarteados para afirmar,
para erigir, con cada afirmación, un sueño
(el-alto-sueño);
le pidieron las piernas,
duras y nudosas,
(sus viejas piernas andariegas)
porque en tiempos difíciles
¿algo hay mejor que un par de piernas
para la construcción o la trinchera?
Le pidieron el bosque que lo nutrió de niño,
con su árbol obediente.
Le pidieron el pecho, el corazón, los hombros.
Le dijeron
que eso era estrictamente necesario.
Le explicaron después
que toda esta donación resultaría inútil
sin entregar la lengua,
porque en tiempos difíciles
nada es tan útil para atajar el odio o la mentira.
Y finalmente le rogaron
que, por favor, echase a andar,
porque en tiempos difíciles
ésta es, sin duda, la prueba decisiva.

POÉTICA

Di la verdad.
Di, al menos tu verdad.
Y después
deja que cualquier cosa ocurra:
que te rompan la página querida,
que te tumben a pedradas la puerta,
que la gente
se amontone delante de tu cuerpo
como si fueras
un prodigio o un muerto.

PARA ESCRIBIR EN EL ÁLBUM DE UN TIRANO

Protégete de los vacilantes,
porque un día sabrán lo que no quieren.
Protégete de los balbucientes,
de Juan-el gago, Pedro-el mudo,
porque descubrirán un día su voz fuerte.
Protégete de los tímidos y los apabullados,
porque un día dejarán de ponerse de pie cuando entres.

NO FUE UN POETA DEL PORVENIR

Dirán un día:
él no tuvo visiones que puedan añadirse a la posteridad.
No poseyó el talento de un profeta
No encontró esfinges que interrogar
ni hechiceras que leyeran en la mano de su muchacha
el terror con que oían
las noticias y los partes de guerra.
Definitivamente él no fue un poeta del porvenir.
Habló mucho de los tiempos difíciles
y analizó las ruinas,
pero no fue capaz de apuntalarlas.
Siempre anduvo con ceniza en los hombros.
No develó ni siquiera un misterio.
No fue la primera ni la última figura de un cuadrivio.
Octavio Paz ya nunca se ocupará de él.
No será ni un ejemplo de los ensayos de Retamar.
Ni Alomá ni Rodríguez Rivera
Ni Wichy el pelirrojo
se ocuparán de él.
La Estilística tampoco se ocupará de él
No hubo nada extralógico en su lengua
Envejeció de claridad.
Fue más directo que un objeto.

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LIHN EN CUBA

En 1966, Enrique Lihn (1929-1988) recibió el premio Casa de las Américas de Cuba. El poeta chileno vivió en La Habana en plena revolución. Los siguientes poemas son parte del libro inédito “Una nota estridente”, publicado en 2005 (*).

NOTICIAS DE CUBA 1966

En contra nuestra esa torpeza indescriptible: el barco apostado en la bahía,
relevo cada dos meses de los hijos de perra: tripulaciones que terminan por vomitar a la vista de un sol para el cual nada significa la noche: habanero de buen apetito, así le sirvan sapos y culebras, coño, le ha dado ahora por
las maldiciones.

Las prefiere hervidas en su propia cólera, pero después de la cena, vaya, congeladísimas.

Desde el Oxford, con sus aparatos, no se les escapa un grano de arena parado sobre el malecón: podrían fotografiarlo en tamaño sobre natural. Nuestras pestañas figuran bosques. Las muchachas le sonríen al mar mostrándoles treinta y seis monolitos de mármol fresco, perfectos, inabordables. Un archipiélago de ojos donde cada atolón recuerda el paraíso.
Decididamente nuestros muchachos no están en las peores condiciones, ni aún allí, los que hacen la ronda de la muerte.

En cambio a ellos, les parqueamos una tiñosa del carajo.

Pero hay algo que no se puede soportar: el soportarlos.

Ahorita nos matan a uno. Luego a otro y otro, hasta repetirse. Cuestión de vicio. Y ¿cuentan los números? Mejor les damos guerra de una vez por todas…, para eso empezamos a estar. Para que se sepa de lo que somos capaces y de lo que son capaces.

Genocidas.

CUBA 1969

Hace diez años tomábamos el sol en Isla Negra
y nada daba señales de nada, tampoco esa mañana en que el mar se
enfureció
hasta que olieron a podrido las olas
fue, por así decirlo, un signo de los tiempos, dueños de un mundo a la
medida de nuestras pequeñas historias
preferíamos el bar como lugar de reunión y ese espectáculo desembocó
en el acto
en una charla delirante sobre toda clase de monstruos.
La historia, en cambio, nos había adelantado esa mañana
únicamente la hora de nuestros aperitivos
para ser más exactos, en esos días
-y estábamos incluso informados de ello- la Flor del Trópico era
bautizada de nuevo
a sangre y fuego como es lo normal en estos casos.
Pero las noticias atrasadas pecaban alegremente de la ambigüedad
necesaria
como para despertar entusiasmos irreconciliables, de manera que
nosotros
no supimos que esos eran los días de nuestra declinación
y que ya éramos un grupo de viejos en un verano ruinoso
y no supimos que en vez de transfigurar el mundo simplemente lo que
estábamos haciendo
eran buenos recuerdos en el estilo de otra época.

LA REVOLUCIÓN ES

La revolución es nuestro negocio viajamos
a Cuba de preferencia en la época de verano
Y nos detuvimos en Praga pero no abandonamos París
a su esplendorosa fachada. Y nos metimos de rondón
en la dorada podredumbre neocapitalista
unos dólares de más no están de menos.
Y Fidel nos brindó su amistad personal
por la revolución viajamos y viajamos
a una edad en que los hombres prosperan
pero quién no lo comprende y habría que oírnos gritar
Patria o Muerte en la Plaza de la Revolución.

(*) “Una nota estridente”,
Ediciones Universidad Diego Portales, 2005.