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Jhon Jairo Velásquez camina con unas zapatillas Nike y un ramo de flores que parece ser artificial. Cuando llega a la tumba se arrodilla y comienza a rezar. Primero un Padre nuestro, después un Gloria al padre, con los ojos cerrados y en voz alta. Es la cuarta vez que hace lo mismo en la última media hora. Termina de orar. Luego dice, o grita mejor dicho, mientras se para:

-Y aquí estoy, Patrón. Fiel a usted como a nadie en la vida. En este mundo como en el anterior.
La frase parece sacada de un libreto. Y lo es. Cuando termina la escena tres cámaras dejan de grabar y la productora corre a abrazar al actor, que no es otro que Velásquez, interpretándose a sí mismo, libre hace pocos meses tras pasar 23 años preso por ser el líder del grupo de sicarios de Pablo Escobar. “Popeye”, como lo llamaba su jefe, aprovecha su minuto de fama y antes de sacarse fotos con los curiosos dispara: “Al final, es más fácil ser bandido que actor”.

Son las once de la mañana de un caluroso 2 de diciembre en el cementerio privado Jardines Montesacro, en Medellín. La historia dice que el mismo día pero de 1993, la persona que está bajo este piso fallecía, y convertiría en otra la vida de este lugar. Porque cada aniversario pasan cosas como hoy. Aunque hoy pasa algo que nunca antes pasó: “Popeye” no está en la cárcel, y como si fuera poco, actúa para una producción estadounidense que tiene la exclusividad de su imagen. Los extranjeros no pueden creer lo que están viendo: cruzarse con él aquí, pedirle fotos, saludarlo, conversar; es algo que no imaginaron hacer. Una mexicana con zapatillas naranja flúor y cartera Louis Vuitton lo abraza. Es una turista más. Es su tercera vez en Medellín, y su tercera vez en este cementerio, en la tumba de Escobar.

-Es que Pablo no se puede comparar con “el Chapo” Guzmán. Pablo dio comida, casas. De “Chapo” no se sabe nada. La diferencia es lo humano que fue Pablo y su mamá.

A la mexicana la acompaña su hijo, de anteojos, chomba adentro del pantalón y un Rólex. Éste cuenta que en el año viajó por Rusia y entró a los barrios bajos de San Petersburgo; que en Ucrania presenció las movilizaciones contra la guerra, que en Buenos Aires no entró a las villas por no encontrar contactos que lo acompañaran y le aseguren seguridad. A los periodistas que andan por aquí les pregunta si pueden recibirlo en sus países y hacerles conocer la pobreza y la vida en los guetos. Él ofrece a cambio una recorrida por Tepito, el barrio más bravo del DF, su ciudad.

-Hablar con “Popeye” es como hablar con Pablo. Lo más parecido, lo más fidedigno- dice y deja la conversación porque una abeja le ronda la cabeza y comienza a correr por miedo a ser picado. Sí, el mismo que quiere entrar a los barrios bajos sudamericanos.

“Popeye”, del que no se sabía nada desde su salida de la cárcel en un camión blindado, sigue con las fotos y con los chistes. La productora le hace marca personal. Ha estado celosa de los que intentaban filmar o sacar fotos mientras se grababan las escenas. A cada uno le preguntaba de qué medio eran, para qué estaban en el lugar. En un momento, hasta le hizo señas a “Popeye” para que este hiciera lo propio con un colombiano que no bajaba su cámara. Hasta que lo hizo y este la bajó. Se lo estaba pidiendo uno de los manes más duros, acusado en el año 1989 de echar a tierra un avión de Avianca con 107 pasajeros y uno de los responsables del magnicidio contra el entonces candidato presidencial, Luis Carlos Galán, el mismo año. Un tipo que se jactó de haber asesinado a 300 personas y haber mandado a matar a otras tres mil.

***

El de Escobar y su familia es el sector 15 del cementerio. Es el segundo más caro de los 25 que ofrece el complejo. A cien metros de aquí, pasando por una iglesia, subiendo tres pisos, y arriba de una escalera con rueditas, Elkin de Jesús Morales pega papelitos en distintas tumbas. En ellos se les avisa a los familiares que deben acercarse a la administración para ponerse al día con el servicio. Elkin lleva 29 de sus 58 años trabajando en el cementerio. Su vida, como la de su lugar de trabajo, también cambió desde que llegó Pablo. Antes, vivía con su mujer y cinco hijos en una casita alquilada. Un día, el dueño de la casa le informó que rompería el contrato en pocos meses, porque su hijo cumpliría 18 años y quería dejársela. Elkin no supo qué hacer. No tenía a dónde ir, y mudarse le iba a salir unos cuántos miles de dólares. Hasta que se convenció de lo que podría hacer. Hacía años que tenía relación con Hermilda Gaviria, la madre de Pablo, que llegaba a visitarlo hasta tres veces por semana al cementerio.

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-Me di cuenta que hacían obra de caridad y le pedí un lotecito en el barrio Pablo Escobar. Y me lo dio; tengo casa gracias a ellos. Me ha servido mucho su ayuda, gloria al Señor.

-¿Cómo maneja esa contradicción de querer a alguien que cometió tantos crímenes?
-Yo lo escuché nombrar por primera vez cuando estaba en su apogeo, pero a mí no me hizo ningún mal. Yo tengo mucho que agradecerle por el ranchito que tengo, gloria al Señor. Si no fuera por los Escobar no tendría dónde meter la cabeza con los cinco hijos y dos nietos que tengo en la casita.

Hermilda y el resto de la familia Escobar se conocieron con Elkin porque Elkin exhumó a Pablo. Después lo inhumó. Y luego, este hizo lo mismo con Escobar padre. Elkin dice que ese 2 de diciembre de 1993 estaba con sus compañeros del cementerio festejando el fin de año, cada uno con su familia, como lo hacen en cada diciembre. Todo transcurría con normalidad, cuando uno de los encargados pidió silencio para dar la noticia.

-Acaban de matar a Pablo Escobar. Es muy probable que lo entierren en nuestro cementerio. Vamos a seguir disfrutando: vamos a almorzar, vamos a conversar, vamos a escuchar música, pero está prohibido el trago. Sólo por esta vez. Porque seguramente debamos trabajar desde la primera hora de la mañana.

Y a la primera hora de la mañana siguiente estuvieron en el cementerio.
-Nos tiraban piedras y monedas, nos gritaban ‘asesinos’. Llegaron a destrozar la capilla- recuerda Elkin, mientras sigue en la escalera. Sólo baja para empujarla y correrla hasta llegar a otra tumba.

La situación estaba descontrolada. Los policías y miembros del ejército que habían llegado estaban desconcertados. Uno de los empleados tuvo la idea de salir y anunciar que el que quería saludar por última vez a Pablo debía ir hacia la otra punta del cementerio. Que primero iban a hacer lo mismo con Álvaro De Jesús Agudelo, alias “Limón”, fallecido al lado de Pablo. La estrategia les salió bien. Y enterraron a Pablo tranquilos, solo delante de los familiares y amigos más cercanos.
Hoy, la tumba de Pablo Escobar es la única del cementerio que tiene una persona particular a su cargo. Con un sueldo pagado por la familia, y no por la empresa. Se llama Don Julio, y minutos antes de la aparición de “Popeye” decía que no daba entrevistas porque a los Escobar no les gusta que ande ventilando información. Pero luego resultó partícipe en la escena, haciendo de él mismo: barriendo las hojas de los árboles que caían sobre la tumba. Es otro de los que también tiene contrato de exclusividad de imagen. Lleva dos décadas en el cementerio, trabajando. No como empleado del lugar. Es vendedor ambulante. Ofrece helados en cada entierro o exhumación. Hasta que hace un año los Escobar le ofrecieron el trabajo. Antes, tenían otro cuidador, pero lo despidieron por andar borracho en horario laboral. Y más antes, a otro, también despedido, pero por no cumplir con el trabajo pactado. Pero Elkin y otro compañero, también beneficiado con otro lotecito en el barrio Pablo Escobar luego de pedírselo a la familia, siempre supervisaron el trabajo de todos.
-Los primeros diez años sí que venían muchos familiares y amigos y fanáticos. Todo se calmó cuando falleció Doña Hermilda. Hoy son puros gringos los visitantes de la tumba.

Los buses pequeños y taxis que andan por aquí son de gringos. Algunos vienen por su cuenta, otros por el tour Pablo Escobar, que tiene varias opciones, pero completo cuesta unos 1500 dólares por persona, incluyendo viajes a Bogotá y la Hacienda de Nápoles, en las afueras de Medellín. Los pocos turistas colombianos provienen de Cali. Para Wberney Zabala, presidente de la Junta vecinal del barrio Pablo Escobar, el ex capo narco “internacionalizó Medellín. Pero en la Alcaldía de la ciudad no le hablan a los extranjeros del turismo por Pablo”. Cuenta que todos los meses recibe en el barrio a lo menos un turista que quiere recorrer el vecindario. Pero ellos, a diferencia del tour, no le piden dinero a nadie. “Nos propusimos no hacer de su imagen un negocio. Cada uno de nosotros tiene su casita en el barrio porque él nos la regaló. Sería abusarse pedir dinero a los gringos”.

-Lo único que les dicen en el tour son un cuento de mentiras: mitos, bobadas. Son huevonadas de todo tipo. Algunos solo vienen a Medellín atraídos por conseguir drogas económicas. En todos los hoteles se las ofrecen-dice Fernando Castillo, dueño de un quiosco que atiende a la vuelta de la tumba de Pablo, a unos treinta metros.

Fernando lleva 22 años en el cementerio. Recuerda que el día que enterraron a Pablo se frotó las manos. Pensó que podía batir récord de recaudación. Pero el día más esperado para un comerciante terminó de la peor forma: la seguridad le dijo que era más conveniente bajar las persianas y marcharse a su casa.

-Aquí les cuentan sólo lo bueno de Pablo. Las obras de caridad, sus donaciones. Yo era adolescente en la época de esplendor del cártel de Medellín. Si alguno de nosotros gustaba de una mujer, tenía que mandar a averiguar si esos manes no gustaban de ella. Podía costar la vida enamorarse de la niña que se había llevado los ojos de un sicario.

Fernando también habla de la transformación. De lo antagónico de los diez primeros años y los diez últimos de Pablo enterrado. En los primeros diez, dice, era común que los pelados llegaran con sus grabadoras, sus marihuanas y, a veces, hasta con armas y dispararan al aire. Llegó a ver a un joven agonizando en el piso. Eran tiempos en que los rivales de Pablo también descansaban en el cementerio, como los hermanos Moncada Galeano. Y muchos amigos o familiares se perdían y encaraban para la zona de los rivales. Cada uno hacía lo que quería en el cementerio. También llegaban vecinos que nada tenían que ver con el delito. Anotaban su deseo en un papel y se lo dejaban, confiados en que desde el más allá seguiría ayudando a los pobres. Las sorpresas y reacciones que quedan en el recuerdo ahora son de turistas. En especial la de un italiano.

-Aquí nos han llegado a dar la orden de no burlarnos de los extranjeros. Porque uno se ríe de los comentarios que hacen. Un italiano salió de la tumba con su cámara de fotos diciendo que Pablo era el intermediario ante Dios y que era espiritual. Los turistas se creen todo el cuento que les hacen para después venderles estampitas con la cara de Escobar.

Es una especie de costumbre o creencia que se da en distintos países de Latinoamérica. En Bogotá, por ejemplo, es muy común que todos los lunes lleguen ladrones internacionales que se encomiendan a las almas antes de cada viaje. A la vuelta, si les fue bien en el destino elegido, cumplen promesas y pueden recorrer los nueve cementerios que tiene la ciudad, o se deciden por uno y pagan una rosa por cada tumba.

Tan tenso era el ambiente, y eso que este es un cementerio privado, que se optó por poner una vigilancia particular. Volvió en realidad. Porque los primeros dos años la tumba había sido custodiada por miembros del ejército: se corría el rumor de que sus ex compañeros podrían llegar a desenterrarlo y llevarse el cuerpo.

Los que están ahora bajaron de la moto para estar cerca de la producción que tiene a “Popeye” de protagonista. A la vez, llega el primer grupo de gringos y mientras sacan fotos a la tumba, él se acerca y se presenta. “’Popeye’, amigo”, les dice a cada uno y les da un apretón de manos. Así con todos hasta terminar el círculo de gringos que los rodea. Todo el mundo pisa el pasto como si fuese un campo de fútbol y no de un cementerio. Pasan arriba de las tumbas como si estuviesen por el área o cerca de un tiro de esquina. “Popeye” llama a la productora. Le pide que traduzca un mensaje que les quiere dar.

-Después del odio que percibí por parte de toda la Nación a los colombianos en los años ochenta y noventa, hoy estoy agradecido a los Estados Unidos por el debate sobre la extradición de colombianos.

Este es el primer grupo de gringos, son más de diez. Pero cada día, unas tres o cuatro “busetas”, como se les dice en Medellín a los mini bus, llegan al cementerio repletas de extranjeros. Es imposible que hoy, o cualquier día, sean más los colombianos que visitan la tumba que los turistas. De gente local se ven jóvenes que llegan con sus cascos, como pidiendo protección de sus motos o durante los caminos que tomen. Y no mucho más que eso.

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En la otra punta de la tumba, un hombre de traje está decepcionado. Es un músico de una banda contratada para sonar en la capilla que está al lado del lugar de Pablo. La casualidad quiso que estuviera aquí por otro show, y cuando se enteró, o recordó mejor dicho, que hoy era un nuevo aniversario se presentó ante la producción con el violín en la mano.

-Yo quería ganarme “mi liga” (propina) pero esa vieja me sacó matando.
-Es que usted fue con el violín bajo su funda, y pueden pensar que ahí lleva armas para matar a “Popeye”- le responde el resto del grupo.

Mientras tanto, mientras le piden más y más fotos, “Popeye” se va del personaje y su trabajo pasa nuevamente de la ficción a la realidad. Como recién, que le preguntaron por el libro que acaba de publicar Juan Pablo Escobar, el hijo de Pablo.

-Nos enteramos que ayer estuvo en el cementerio. Vive en Buenos Aires, pero escuchamos que quiere venir a vivir a Medellín. Él tenía 12 años en la época de nuestro esplendor. ¿Qué podía saber de nuestras vueltas? No lo vamos a dejar vivir en Medellín. Por todas las mentiras que contó en su libro.

Jhon Jairo Velásquez, “Popeye”, camina con las mismas zapatillas Nike, pero ahora sin el ramo de flores supuestamente artificial. La productora lo abraza y le hace una seña que es hora de retirarse. Popeye pasa delante de la tumba -no se agacha ni reza- y sigue rumbo a la camioneta donde está la producción. Los gringos siguen llegando. La rutina se repite hace 21 años.