suicidio japonés
A lo largo de este iluminador, minucioso y persuasivo estudio sobre el suicidio, Al Álvarez vuelve una y otra vez sobre la idea de que el suicidio se concibe en el silencio del corazón. A pesar de las investigaciones que distintas ciencias de la sociedad han desarrollado para aventurar una solución al “problema” del suicidio, para el autor de “El Dios salvaje” esas respuestas son vagas y sometidas a las estrecheces del lenguaje científico. Asimismo, procura erradicar las falacias típicas que envuelven el suicidio.

En una de las secciones más interesantes del libro, Álvarez se enfrenta con la objetivación del suicidio que realizan las ciencias modernas. Para él, las distintas teorías, al darle el suicidio al estatus de hecho (social, médico, etc.) hacen vista gorda del factor humano, es decir, de la voluntad. Sabemos que en los países anglosajones, con su fuerte tradición liberal, la voluntad tiene un valor mucho más alto que el que les conceden sociedades como las nuestras, donde las ideas dominantes parecen moverse entre extremos de un neoliberalismo ultramontano y socialismos de cuño variado.

Álvarez observa en los movimientos de la ciencia una intención profiláctica e ingenieril (para el positivismo, siempre optimista, el suicidio era un problema que se podía resolver o cuando menos manejar) que reduce el “problema” a una organización de datos que obstruye el hecho fundamental detrás de cada suicidio: que es una decisión autónoma. En cierta forma, el libro es un acto de resistencia contra la abstracción científica: “hoy los sociólogos y psicólogos que lo tratan [el suicidio] como enfermedad me desconciertan tanto como los católicos y musulmanes que lo ponen entre los pecados más mortales”.

Donde mejor se advierte que el suicidio se “concibe en el silencio del corazón” es en los ejemplos literarios que Álvarez proporciona, que van desde Dante hasta la modernidad (el ensayo se publicó originalmente en 1971). Alvarez muestra cómo los significados sociales y culturales del suicidio han ido modificándose con el paso del tiempo. Así, para Dante había una tensión extrema entre la doctrina cristiana y la autonomía del poeta; con John Donne ocurría algo similar, aunque este se permitió abogar por el suicidio en “Biotanatos”, un libro que, de acuerdo a Alvarez, sirve como precursor al “instinto de muerte” elaborado por Freud. Finalmente, los dadaístas hicieron del suicidio una especie de radical conclusión lógica de su posición ante el mundo. Morir por propia mano era el último acto de protesta contra el mundo.

Álvarez vuelve a reiterar algo de lo que hemos venido adquiriendo conciencia: la concepción del artista como suicida es relativamente nueva; tiene sus raíces en el Romanticismo; y es una consecuencia de la autonomía que gana el artista. Para decirlo de otra manera, “el arte por el arte” supuso que el artista se transformara él mismo en su obra, que su cuerpo pasara a ser algo así como el símbolo definitivo de su arte.

Mención aparte merecen el primer y el último capítulo del libro, donde, respectivamente, Álvarez examina el conocido suicidio de Sylvia Plath y el suyo propio. Las páginas dedicadas a Plath son, en una palabra, reveladoras. Alvarez construye un perfil amoroso, admirativo y bastante completo de la poeta norteamericana y llega a la conclusión que su suicidio fue una equivocación, un “grito de ayuda” que, por azares inmanejables, nadie supo oír. En cuanto su propio intento fallido, Álvarez explica que de él salió, sino fortalecido, al menos convertido en otra persona. Entiende que algo que llevaba adentro murió con el intento. Que efectivamente algo murió.

“El Dios salvaje” (la tentación de llamarlo un gran dios es constante) no es el libro definitivo sobre el suicidio, pero sí es el gran libro sobre el tema desde la literatura. No queda más que abogar porque se lea.

El Dios salvaje
(Ensayo sobre el suicidio)
Al Álvarez
Hueders, 2015, 339 páginas.