EDITORIAL-588

Ni todos los muertos y desaparecidos de Atacama han conseguido callar la alarma política que chifla en la capital. A mí me parece que habiendo historia, también hay histeria. Un gusto por el cuento rimbombante. En el mundo político y periodístico planea la sensación de que está la embarrada. “Todavía –aseguran– es difícil cuantificar la tragedia”. El cauce nacido en las oscuridades del Fut de Los Carlos se fue convirtiendo en aluvión a medida que se adentró por los distintos afluentes (o aristas) de plata en que fueron desembocando. Bastó que sus aguas tocaran el borde de las quebradas para que de inmediato se desprendiera la pintura y lo que parecía un muro sólido exhibiera su fragilidad arenosa. A las boletas de sus cónyuges se sumaron las empresas deficitarias, los forwards, las coimas para el subsecretario y el pago de campañas con recursos ideológicamente falsos. El primero en ser arrasado fue el pueblo de UDI, colonia esencialmente precordillerana, de los barrios altos, instalada a orillas del río Penta y tan dependiente de él como Luxor del Nilo. Otro frente de mal tiempo, en apariencia completamente independiente, desató la tormenta en La Moneda. Esta vez fue el estero Caval el que llenó de porquerías el reino prístino de Bachelet, infectando el espíritu de cuerpo que imperaba en su palacio. Para la reina, que había madurado peinándose con una escobilla de madera y espinas sobre ese lecho doméstico, cantándole al agua melodías encantadoras para que nada perturbe su inocencia, equivalió al peor de los maleficios ver de pronto esa vertiente saltarle encima como una lengua de excremento. Y dejó a la reina convertida en sapo. Así como en los relatos maravillosos una niebla oscura tiñe los jardines edénicos cuando una maldición les cae encima, y los que parecían buenos se vuelven malos y solo unos pocos, los de almas incorruptibles, los eternamente desinteresados, permanecen leales a la traicionada, acá también se desató una lucha de poder entre ángeles caídos, que nadie sabe a ciencia cierta en qué báculo descansará. Los sacerdotes del condado, como si fuera poco, auguran que las desgracias recién comienzan. Sus predicadores catastrofistas advierten que se aproxima el fin del mundo, que jueces inquisidores se encargarán de demostrar que no hay político libre de pecado, y que únicamente pasando por el purgatorio podrán pagar sus culpas. El azote que iría faltando se llama Soquimich. “¡Soquimich!”, gritan los magos, y si alguien permanece seco en la corte comienza de inmediato a sudar helado, como si bastara con mencionar ese abracadabra para que las compuertas del Infierno desaten la avalancha del Flagetón, y su caudal de lava. Todo esto, mientras en tierra mapuche araucarias nacidas antes que ellos arden hasta las cenizas, y en el norte, a costa de muchas vidas sin cuento, abonados con dolores más difíciles de narrar, los siervos de la gleba de este feudo sin par, sueñan con la llegada del desierto florido, porque hay que soñar con algo para no ahogarse, cuando fantasías aparte, se está con el barro hasta el cuello.