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El arzobispo de Santiago, Ricardo Ezzati, sancionó con la remoción de su oficio en la parroquia Santa María de Las Condes, al cura Julio Dutilh Ros, luego que se comprobara una acusación por abuso sexual interpuesta por Angélica Barros Castelblanco. La sanción comienza este mes, apenas llegue su reemplazante.

La información consta en una carta que recibió Barros el pasado 7 de mayo firmada por monseñor Fernando Ramos, obispo auxiliar y vicario general de Santiago. La copia de esa misiva fue entregada a The Clinic Online, por la propia víctima.

De acuerdo a dicho documento, Ezzati, previa aprobación de la Congregación para la Doctrina de la Fe -con sede en Roma- aplicó además otras “penitencias” a Dutilh Ros. Una de ellas es “realizar una severa reprensión escrita al sacerdote denunciado, haciéndole ver la gravedad y las consecuencias en una persona del hecho denunciado”.

Junto a lo anterior, el cura “podrá confesar solo en un confesionario, evitando así cualquier cercanía con un penitente”.

Y por último el párroco, por espacio de un año, “deberá peregrinar una vez al mes a algún santuario para rezar por la víctima y por su propio camino espiritual”.

Sin embargo, los hechos, aún cuando fueron calificados como “verosímiles” por la autoridad eclesiástica, no podrán ser perseguidos bajo el derecho canónico, pues se encuentran prescritos, como puede leerse en la misiva a la que accedió este diario. Y además por la avanzada edad del denunciado.

Pasado presente

Dutilh, de casi 80 años, tiene un nutrido currículum religioso, ligado tanto a la labor parroquial como a la educación en los colegios Notre Dame y Seminario. Fue monseñor Francisco Javier Errázuriz quien lo nombró a cargo de la parroquia Santa María de Las Condes en 1999, reza la web de la sede religiosa.

También fue amigo por más de 20 años de José Andrés Aguirre Ovalle, conocido como el “cura Tato”, quien fuera condenado a 12 años de prisión por abuso sexual a menores. De hecho, antes que Aguirre Ovalle muriera en noviembre de 2013 le dio la unción de los enfermos.

El diario La Tercera de esa época, consignó las palabras de Dutilh sobre la muerte del clérigo.

“Desde el primer momento reconoció su debilidad, su caída y asumió las consecuencias… lo que más le dolía era la soledad en que quedó, sus amistades y, en segundo lugar, el no poder participar como sacerdote en la celebración de la misa”, dijo. Y agregó que la pena impuesta por la justicia había sido “excesiva”.

El caso

Los hechos que Barros denunció ocurrieron, recuerda, hace 26 años, en febrero de 1989, cuando tenía poco más de 16 años.

“Fui educada en una familia muy católica, me sentía muy cercana a la iglesia. Íbamos todos los domingos a la misa de la Inmaculada Concepción de Vitacura. Para mí esto no era una obligación, sino un compromiso real. Creía profundamente en Dios, lo sentía como un amigo y un padre que me acompañaba y apoyaba permanentemente”, recuerda.

Según su relato, mantenía algunas inquietudes respecto “a cómo debía ser una relación de pareja. Meses antes había dado mi primer beso. Decidí ir a confesarme para recibir orientación respecto a este tema”, describió

Barros concurrió al mencionado centro religioso, pero no había nadie. Tomó entonces una micro y se dirigió a la Iglesia Los Castaños de la misma comuna. Allí estaba Julio Dutilh Ros.

“Me acerqué al sacerdote para la confesión. En la iglesia solo estábamos los dos. Le comenté mis inquietudes sobre el tema y le pregunté: “¿Es correcto que un pololo a una la toque?”. Acercó su mano grande a mi pecho izquierdo y la colocó abierta encima de mi pecho, y dijo: “Si es así no importa”. En el momento me sentí muy confundida. Luego me dio alguna penitencia que no recuerdo”, asegura Barros. Y así pasaron los años, hasta que en 2014, en medio de las denuncias en contra de curas y el caso Karadima de por medio, tomó una decisión.

En noviembre de 2014 Barros concurrió al Tribunal Eclesiástico de Santiago y presentó la denuncia de manera formal en contra de Julio Dutilh Ros. Sin embargo, dijo, “solicité un certificado de mi denuncia, pero se me negó”.

Análisis

Independiente de lo anterior, monseñor Fernando Ramos designó como investigador al sacerdote David Albornoz Pavisic, doctor en derecho canónico y Vicario Judicial. Este último tomó las declaraciones pertinentes tanto a la denunciante como a sus testigos. Luego Barros resolvió que debía, asesorada por su abogada, solicitar un careo con su agresor.

“En esa oportunidad estaba Albornoz y otro sacerdote que tomaba los apuntes de la declaración. Fue patético. Le hacían preguntas y él contestaba lo que quería. De hecho hasta me pedía perdón. Y nunca reconoció nada. Decía que no se acordaba. En algún momento, dijo que a veces cuando una persona andaba decaída le daba un palmoteo en el hombro, pero que ahora se cuidaba mucho. Ahí les quedó claro que era culpable”, recordó Barros.

Después de este procedimiento primario de recolección de información, el expediente fue enviado el mismo enero a la Congregación para la Doctrina de la Fe con sede en Roma, según le informaron a Barros. Esa sería la instancia que definiría si se procedería a incoar un proceso de carácter judicial o administrativo.

Según Barros, pasó el tiempo y el derrotero del proceso, por lo que en abril pasado volvió al Tribunal Eclesiástico y dejó una carta solicitando que se le informara al tenor.

Así las cosas, el pasado 8 de mayo llegó a su domicilio la carta firmada por Fernando Ramos, cuyas conclusiones la sorprendieron.

Ramos detalló que después de las primeras indagaciones existían antecedentes que configuraban el abuso sexual y que los hechos eran “verosímiles”.

“Asimismo, puso en evidencia algunas características del caso que lo hacían particularmente complejo”, señala la carta.
¿Cuáles eran éstas? El hecho había ocurrido hace 25 años y a esa fecha “la edad de la víctima era considerada por la legislación canónica de la época como no menor de edad”

La explicación alude a que como sólo en 2001 la mayoría de edad para la iglesia comenzó a los 18 años, entonces tanto el abuso sexual, como la “solicitación contra el sexto mandamiento en la confesión”, estaban prescritos y por la misma razón no operaba la retroactividad.

Es más, resaltó Ramos, desde 2010 la legislación canónica aumentó a 20 años la prescripción para casos de delitos sexuales. De igual forma, el caso de Barros no cabía dentro del análisis legal. Era imposible de perseguir.

Criterios

Pues bien, el expediente viajó por orden de Ezzati a Roma para que fuera analizado por la Congregación para la Doctrina de la Fe, mientras en Chile otro canonista evaluaba cuál era el mejor camino legal a seguir, coincidiendo que la opinión de la superioridad era lo más acertado. La documentación llegó a destino el pasado 8 de febrero.

Ese mismo mes, Ezzati viajó al último Consistorio, oportunidad en que aprovechó de consultar a la instancia revisora, indicándosele que aún se hallaba en estudio.

El 26 de marzo, desde El Vaticano, salió con destino a Chile un oficio, el cual llegó el 11 de abril pasado. En el documento, se explicaba, sigue Ramos, “que después de haber evaluado atentamente el expediente y teniendo en cuenta la edad del sacerdote denunciado y el tiempo transcurrido desde que ocurrieron los hechos, autoriza al Arzobispado de Santiago a reprender al sacerdote y conminarle aquella penitencia que considere más oportuna”. Pues bien, Ezzati decidió sacarlo de su ministerio y las ya señaladas.

Para Barros, este último castigo la dejó conforme: “Un sacerdote que ha traicionado los valores de la institución a la que pertenece, no puede seguir siendo párroco”.

Sin embargo, respecto de la segunda “penitencia”, que rece por Barros vez al mes por espacio de un año indicó: “Me parece una burla para la víctima. Sinceramente no tengo ningún deseo que ese hombre rece por mí.

Y respecto a que siga tomando confesiones, afirmó: “La última penitencia no me deja para nada conforme. Él cometió el delito en confesión, no debería seguir confesando. Además ¿quién fiscalizará que lo haga sólo en un confesionario?”.

Este diario intentó obtener una versión de Dutilh en la Parroquia Santa María de Las Condes, pero se indicó que estaba fuera de Santiago, lo propio se hizo con el arzobispado, pero hasta el cierre de esta crónica no hubo respuesta.

El silencio secreto

Barros, dentro de los hechos que describió en su denuncia, están los efectos sicológicos que a su juicio dejó la experiencia vivida con Dutilh, entre otros fobia social, pérdida de la fe.

El vicario Ramos fue haciéndose cargo de estos hechos, lamentando “que haya vivido algo que nadie merece vivir”.

Asimismo ofreció ayuda, incluso para que recuperara la fe y se acercara a Dios.

“Quizás encuentre usted estas propuestas insuficientes e ingenuas, pero es lo que puedo ofrecerle. Si le parece usted también puede sugerir otras vías en las que podamos contribuir. Son propuestas que con humildad y sencillez quieren expresar nuestra cercanía con lo que ha vivido”, señala la misiva.

Sin embargo -y como broche de oro- le recuerda: “el contenido de esta carta no puede ser exhibido a terceras personas”.

Lea la carta completa

Video: la entrevista al sacerdote por sus 50 años de ministerio