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Desde pequeño, Simon Lee tuvo afición por los idiomas. Este emprendedor surcoreano de 32 años habla seis, nada menos: coreano, inglés, francés, árabe, chino mandarín y japonés.
Y dice que planea estudiar otros más. Con semejante habilidad lingüística, Lee no tiene mucha necesidad de usar servicios de traducción. Pero después de que sus compañeros de clase en una universidad de Seúl empezaron a pedirle ayuda con sus tareas de inglés, vio que allí había una oportunidad de negocio. Así lanzó su propia compañía: llamada Flitto y en operaciones desde septiembre de 2012, hoy tiene más de cinco millones de usuarios alrededor del mundo y genera ganancias de unos US$2,1 millones al año.

A diferencia de la mayoría de las empresas de la competencia, Lee no emplea traductores de manera directa. En cambio, invita a los miembros del público que saben más de un idioma a ofrecer sus servicios a través del sitio web y la app para móviles de Flitto. A la fecha, tiene registrados más de un millón de traductores en 170 países que pueden traducir de y a 17 idiomas distintos. Cada uno cobra por el trabajo que hace, de lo que Flitto percibe un porcentaje.

Pero vale la pena mirar la historia de Lee para entender su pasión por las lenguas extranjeras. Por cuenta del trabajo de su padre en una empresa global, Lee pasó la mayor parte de su vida fuera de Corea del Sur. Simon nació en Kuwait, donde pasó sus cuatro primeros años, antes de que sus padres decidieran irse a Reino Unido. Tres años más tarde, otra mudanza, esta vez a Estados Unidos. Y otra más, a Jeddah en Arabia Saudita sólo 24 meses después. Su educación en escuelas internacionales hizo que aprendiera pronto inglés, francés y árabe, que se sumaron a su coreano natal: “Conocí toda esa gente de todos esos países distintos”, señala.

“Me di cuenta que todos los seres humanos somos iguales, pero las diferencias en los idiomas que hablamos generan los malos entendidos”.
Después de siete años en Arabia Saudita, los Lee regresaron a Corea del Sur, donde Simon terminó la secundaria y se inscribió en la prestigiosa Universidad Coreana.
No sabía que allí lo esperaba la idea de un negocio brillante. En sus primeros meses en la universidad ya sus amigos comenzaron a pedirle ayuda para traducir sus ensayos y tareas al inglés, que era parte de los requisitos académicos de los cursos que tomaban. “Mis compañeros me decían ‘Simon, si me traduces esto yo te pago la cena'”, cuenta Lee. “Y cada vez más y más amigos solicitaban mi ayuda con eso, así que me empezó a faltar el tiempo para satisfacer todos los pedidos”.

Así descubrió el potencial de los servicios de traducción y comenzó a pedirle ayuda a otros políglotas de su círculo de amistades. Estaba allí el germen de su negocio.
Aunque decidió mudarse de Corea del Sur para tener éxito. “Quería irme a un lugar distinto, no tenía dinero y si me quedaba en Seúl y me comparaba con mis amigos me iba a deprimir por no poder tener acceso a lo que ellos tenían”. Fue así que se mudó a Londres, un destino apetecible por su multiculturalidad y, claro, por la pluralidad de idiomas que se consigue en sus calles.
Desde el lugar de trabajo -una oficina compartida entre varias start-ups necesitadas de apoyo y financiación- Lee ideó una manera novedosa de atraer la atención hacia su website y su app.
Y necesitaba captar el interés tanto de potenciales clientes como de voluntarios traductores.

El anzuelo de los famosos
La respuesta que halló para que Flitto funcionase fue recopilar las cuentas de Twitter y otros perfiles de redes sociales de estrellas del pop, de la talla de Lady Gaga, e impulsar a la gente a traducirlos a diferentes idiomas, a cambio de premios y merchandising relacionados con la celebridad en cuestión. Funcionó. El anzuelo de usar nombres de famosos le garantizó promoción global. Flitto pronto empezó a ver crecer su negocio y el reconocimiento de su marca, con un número creciente de traductores que demostraban interés por el proyecto.
Hoy la compañía de Lee tiene su sede en Seúl, con 34 empleados y un promedio de 70.000 pedidos de traducción por día: desde individuos que necesitan ayudan con unos pocos párrafos hasta empresas con grandes volúmenes de texto. Cada traductor –más de un millón de ellos- es calificado con un sistema de estrellas, de acuerdo al grado de satisfacción del cliente con cada trabajo entregado.

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