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En extractos de su nueva obra, rescatados por La Segunda, Alfredo Jocelyn-Holt habla de la masificación de la educación superior, explicando que desde los años cincuenta, el universo estudiantil se ha multiplicado por cien.

El historiador plantea un numero de consecuencias que ha traído esta masificación.

En primer lugar, indica que ésta “ha sido tan extraordinaria que ha terminado significando un número mayor de universitarios que de secundarios. Por eso las movilizaciones universitarias son políticamente más sensibles”.

Respecto al ámbito socio-cultural, señala que “el paso por la universidad no necesariamente le estaría asegurando a estudiantes de origen pobre las mismas ventajas que gozan sus compañeros pudientes. La educación superior habría dejado de ser una palanca de movilidad social”.

“Incidirían también los mecanismos de admisión vía discriminación positiva, dejando a un lado criterios de rigor a fin de favorecer a ciertos grupos”, sentencia.

Según Jocelyn-Holt, la universidad habría perdido su carácter selectivo, dejando de ser “refugio para quienes el conocimiento es vocación de vida” o un “colador para preseleccionar y formar a los futuros mejores profesionales”.

Otra “perversa consecuencia” de la masificación sería que “ha vuelto a la universidad en una pura cuestión de platas”, convirtiéndose en “una multiplicidad de unidades de gestión de negocios, de ‘recursos más/recursos menos, esto para ti, esto para mí’, incómodo para quienes nunca hemos pensado que la universidad le llevaba repartija”, según consigna el extracto.

Asimismo, enfatiza en que “nuestra actividad universitaria se desenvuelve en un contexto generalizado de mediocridad compartida”.

“Son malas nuestras universidades porque los alumnos, desde antes de que entren a ellas, dejan mucho que desear. Salen de un sistema escolar hace rato en crisis. Los niveles de lectura son de no creerlos; el 40% de los estudiantes no leería nada. En matemáticas y aprendizaje del inglés, otro tanto”, expone.

Añade que “la pura formación escolar no sería suficiente para entrar a la universidad, teniéndose que complementar con preuniversitarios”.

Sobre los alumnos de educación municipal, el ensayista señala que “puntajes altos de alumnos de liceos son escasos. Buenas notas en el liceo no garantizan rendimientos decentes en la PSU. No es ninguna sorpresa, pues, que en la UC y la UCh sólo un 25% de los alumnos seleccionados egrese de colegios municipales”.

“Esta pésima educación se proyecta a la universidad. Hemos visto que entran más alumnos al sistema, que es lo mismo que decir que entrar más alumnos malos”, asegura.

Por otro lado, acusa que “buena parte del prestigio de las universidades en gestión eficiente, crecimiento físico de sus campus, relaciones con empresarios, pero tanto afán por los negocios la termina por hacer parecer más cercana a una empresa que a una auténtica universidad”.

En esa línea, señala que “no hay universidad, ni siquiera las de rango mundial, que se salve de la intromisión alienígena de los administradores. Ahí radica el verdadero poder”.

Finalmente, afirma que “conspira en contra el que sea un lugar dedicado a otros asuntos, no al conocimiento: a gestión de platas, promoción de ideologías nostálgicas, a achatar requisitos de entrada, a expedir títulos y convertirse en barricada. Todo ello con la complicidad de académicos y autoridades”.