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“El bullicio, el ajetreo, las muchedumbres desesperadas detrás de los regalos, el exceso… Esa es nuestra Navidad hoy”, escribe Cristián Warnken en su columna en El Mercurio, dedicada hoy a lo que considera la pérdida del sentido espiritual de una fiesta que hoy no es más que una bacanal del consumo.

Fiesta de los mercaderes, de los consumidores, de la obviedad, de lo expuesto. Fiesta que perdió todo su misterio, su magia, su secreto. Su conmoción. Porque la escena de un niño en el pesebre produjo conmoción durante siglos, antes que se banalizara y se convirtiera en un ícono más del kitsch comercial publicitario navideño. Es decir, en una imagen pornográfica, y no en una imagen sagrada”, opina el poeta y académico.

El académico sugiere que ante esta sobreexposición de imágenes cargadas de consumo, “lo que era sugerido, ahora está sobreexpuesto. Lo que era delicado, bello, ahora es vulgar y predecible”.

“¿Quién podría sentirlo frente a los pesebres hechos en serie, que adornan indistintamente las entradas de las casas comerciales y los templos? Pesebres con vacas desmesuradas, obscenamente gordas, como las de Botero, pero sin la genialidad de Botero. Pesebres realistas, ramplones. Ni siquiera arte popular, sino prefabricado a lo mejor en China, o sea, en ninguna parte”, agrega.

Para combatirlo, apunta, hay que hacer como Alexander – el personaje principal de la película “El Sacrificio” de Andrei Tarkovski- quien se acerca al cuadro de Leonardo, una pintura llena de detalles muy significativos, que nos hablan. En primer lugar, la variedad de personajes allí presentes, como le gustaba a Leonardo colocar en sus composiciones, entre ellas la de la Última Cena. Gordos, flacos, gente eufórica, o melancólicos, una galería de lo humano, demasiado humano. Hoy habría tenido como modelos, en su mayoría, a obesos mórbidos y a anoréxicos (dos caras de la misma moneda), reflejos de nuestro mundo prisionero de la avidez y la bulimia”.

“Atrás de la escena principal -la Virgen María y su niño- hay una ciudad, una ciudad en ruinas. Los estudiosos dicen que se trataría de un símbolo de la ciudad del mundo antiguo. Pero si nos asomamos a este cuadro como a un espejo (toda pintura inmortal sirve de espejo a cada época que la mira), podríamos pensar que esa ciudad es nuestra propia civilización hoy, devastada por el pragmatismo, el materialismo, la ansiedad”, advierte.

“¿Cómo sacar de en medio a estos viejos pascueros inflables y grotescos que se interponen y no dejan ver a los Reyes Magos besando otra vez los pies al niño enigmático, al niño eterno?”, cierra.