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Es tiempo de recuentos, evaluaciones y buenos propósitos. Hay muchas formas de historizar los hechos, desde las versiones “objetivas” que se asumen neutrales hasta las conspirativas que lo asumen todo manipulado. Mi perspectiva favorita, sin embargo, es la que intenta asomarse a los negativos de la foto oficial: la chimuchina. Esa a la que varios escritores le han dado hoy dignidad, pero que la dueña de casa –nunca bien ponderada– practica desde los tiempos de los tiempos. Porque los deseos que se cuelan entre las grietas de las historias duras también tienen efectos: son la histeria de nuestras verdades.

Si tuviera que hacer mi propio recuento subjetivo, histérico y por supuesto irrelevante del año que se va, trazaría la línea desde la caída del señor Hugo Bravo hasta el triunfo del joven Giorgio Jackson.

La primera es una historia de despecho amoroso. Hugo se pone Bravo en el punto cúlmine de la traición, cuando es despedido por sus dos jefes/amigos/amantes, los Carlos. Resentimiento que venía germinando desde antes, con la llegada de un nuevo gerente, no sabemos si más eficiente pero al menos más cuico. Quizás es cuando Hugo recién se da cuenta de que hasta ahí había sido la amante, pero que no calificaba para presentarlo en la casa. Cual Medea, decide destruir a sus amados, aunque él se hundiese también en ese gesto.

Y no lo hace de la mano de una abogada cualquiera. Elige a una rubia platinada con acentuada pronunciación de “eses”, quizás para remarcar que tiene algo de serpiente; rica, de esas que posiblemente se las quieren tirar en el baño de tribunales, y que, según dicen, defendió a la protagonista de “Wena Naty”. A diferencia de las rubias naturales que se hacen las guaguas, así son las rubias teñidas: castradoras, poderosas, ¡nada de aguantar zorrones, mierda! Feminista en el fondo, aunque las militantes les hagan asco a las platinadas, Catherine Lathrop junto a Hugo dan el puntapié a la crisis político empresarial. Ese sujeto al bordede la élite –“revolución de los mayordomos”, le llamó Tironi– es quien corre el velo del poder.

Primer round, caída de figuras de la derecha. Fue un gusto, aunque no era difícil sospechar de la relación de este sector con el dinero. Quizás por eso la cosa se torna aún más sabrosa y perversa cuando conocimos a los ahijados del yerno de Pinochet: resultaba que los guerreros de la justicia social de la Nueva Mayoría eran apadrinados por Darth Vader Lerou.

Como “crisis de confianza” bautizaron toda la trifulca. Crisis para el poder, porque más allá de la preocupación que todo esto merecía, hay que reconocer que se convirtió en un festín para nosotros. Tal vez fue el costo de esta revuelta: los ciudadanos nos convertimos un poco en lobos, sin hacer distinciones entre las faltas leves y las gravísimas. Fraudes tributarios, cohecho, enriquecimiento ilícito, colusiones y otras roterías como los computadores tirados al canal San Carlos o la corrupción en la ANFP, no importa: cruzamos los dedos por la espalda esperando que rueden más cabezas. Camuflando nuestros deseos de odiar en nuestra renovada bondad curtida por la indignación.

¿Podría ser que lo que encontramos tras la caída del velo de la élite, hable también de nosotros mismos? No me refiero solamente a que en cada uno habite una semilla de chanta, sino al autoengaño de una generación. Una manera de habitar el mundo donde se podía ser animalista y al mismo tiempo zamparse un asado, es decir, una manera de vivir con cierto grado de contradicción aunque uno se nombre a sí mismo como de derecha o de izquierda.

Quizás un buen ejemplo de esto sea el triángulo amoroso de Bachelet y sus dos hijos: Dávalos, su propio lapsus hecho carne, y el deseado pero postizo Peñailillo. Aunque ambos disputaron el amor de la madre, no fue uno sino los dos quienes ensuciaron la pureza de la presidenta. Ambos mostraron cómo el neoliberalismo tiene sus propias rutas, prescindiendo incluso de una derecha que lo defienda (quizás por lo mismo el acto fallido de la derecha de ponerse un nombre que nadie recuerda –¿Vamos Chile, o Chile Vamos?– para dar cuenta de que están al borde del olvido).

El derrumbe de ME-O. Justo cuando parecía que era su tiempo, porque fue el vocero anticipado de lo que la Nueva Mayoría tomaría como bandera, porque trabajó y armó un partido siguiendo las reglas del juego; justo ahí, cae por noventero, por esa moral que tiene espacio para la contradicción. Y se levanta entonces su heredero ideológico pero de moral pony (necesitaba decir eso, uno de los conceptos favoritos del 2015): los híperbuenos. Jackson no tomó la delantera en las encuestas por su trayectoria política, porque aún no tiene mucha, sino por representar lo que nosotros los lobos enaltecemos: el valor de la transparencia como un absoluto. Fue una predilección moral. Y todo bien si nuestros estándares éticos se elevan y nuevas regulaciones aprietan al juego político; pero todo mal si la cultura cae en la efervescencia moralista y ya nunca más nos podemos comer el asado.

Porque esta revolución por el buenismo total es en realidad parcial. Y aquí voy a hablar desde la –nunca bien ponderada– dueña de casa. ¿Qué chucha es eso de que se puede denigrar a una vieja por fea, pero no si es que resulta que era transexual? Lo digo a propósito de las funcionarias de Maipú que fueron trolleadas por su aspecto hasta conocerse su condición de género. Porque a la dueña de casa –el ciudadano más medio de todos– la nueva moral del buenismo no la ve. Y así ellas pueden soportar y ver con amabilidad a sus hijos hablándoles sobre cómo hacen la revolución, aunque nunca las ayuden a lavar los platos. Pero lo que una buena dueña de casa no está dispuesta a tolerar bajo ninguna circunstancia, es que ese hijo le venga a imponer las nuevas varas del bien. Como decía mi abuela: “si me va a joder porque fumo y sobregiro la tarjeta de crédito, hasta ahí no más llegamos mijita”.

El mundo de Hugo se hizo trizas; veremos qué significa entrar al mundo de Giorgio. Ya veremos si efectivamente estamos los ciudadanos a la altura de las exigencias morales que hemos encarnado en el nuevo mesías, o si fue todo un arranque histérico. Porque no necesariamente es el bien lo que la gente inconscientemente desea. Si no, pregúntele a Pampita. “Tengo la mejor piel del mundo” le decía a Benja, cuestionando su deseo por otras mujeres. También a ella este 2015 le enrostró una verdad brutal: que los vericuetos del deseo están llenos de contradicciones.