gay gigante

La portada del primer libro de Gabriel Ebensperger (32) brilla en fucsia. En ella, se lee el título Gay Gigante en letras enormes junto a una pequeña bajada que lo dice todo:

“Una historia sobre el miedo”
-Inventé este personaje que encarnaba mi paranoia y miedo más eterno y profundo. El miedo de no poder esconderme de ser súper gay. Y súper gigante. El adjetivo gigante, claro, no es exactamente ser GIGANTE y aplastar un edificio. Yo sí soy alto y todo, pero en ningún caso soy un gigante. Tiene que ver con la sensación de sentirse diferente y expuesto, inseguro siempre.
Esa inseguridad se palpa en varios episodios del libro: como cuando el autor tiene cinco años y, a diferencia de todos los niños, no juega fútbol en el recreo. A los seis, canta a Yuri jugando al Festival de Viña y recibe un piedrazo de sus vecinos. Cuatro años más tarde escribe en la pizarra que le gusta Alanis Morisette, mientras sus compañeros escuchan Red Hot o Nirvana. Incluso muchísimo tiempo después, cuando llega a trabajar a Revista Paula al mismo tiempo que hace un programa gay -Ciudad Cola- en la radio Súbela. De Copesa le advierten: “Ten mucho cuidado con lo que pones en tus redes sociales”. Gabriel entiende la amenaza. Fue entonces cuando dejó de ser el rostro de Ciudad Cola y comenzó a gestar a Gay Gigante.

-Podría inferirse entonces que gracias a la persecución de Copesa, Chile tiene el libro más rosado del universo-, se ríe Gabriel.

-¿Se acaba el miedo alguna vez? ¿O es inagotable? Porque se podría creer que sales del clóset y listo pero, por lo que dices de Copesa, parece que el gesto de salir del clóset hay que repetirlo una y otra vez.
-En mi caso ha sido como ir pasando etapas en un juego que tiene infinitos niveles. Cada vez me siento más seguro, pero viene algo nuevo después, y luego otra cosa. El juego podría tratarse de ir ganando corazoncitos a medida que uno se va queriendo más, entonces uno no escucha ni pesca lo que te dice la gente huevona. Podria ser un juego para niñitos bullyiados. Me acuerdo que trabajando en Copesa me tocó varias veces escuchar comentarios superhomofóbicos en reuniones y yo era el único fleto, y me sentía tan huevón. No podía decir nada, porque no se trataba de mí. Era como ser el único negro en una revista de blancos que discutían cosas como: “No podemos publicar ese tema porque ya hablamos de negros hace 11 meses”, o “ese tema es muy moreno”. Un día, después de una de esas reuniones con comentarios de mierda, me sentí muy enojado y me fui al salón de la Felicia. Le pedí que me decolorara todo el pelo. Fue como decirle: “Déjame lo mas fleto posible”.

Mi idea era incomodar sin tener que decir nada.

Al tiempo, Gabriel renunció a la revista, se fue de Santiago y volvió a Viña -donde creció- a terminar Gay Gigante.

-¿Sentiste que ganabas corazoncitos cuando renunciaste a Copesa?
-En el momento no tanto, porque estaba hasta el pico. Fue fácil tomar la decisión de irme, porque el ambiente laboral en la revista era EL PEOR. La Milena (Vodanovic) se había ido y en su lugar había una directora subrrogante a la cual yo no le gustaba, y había empezado a tratarme derechamente mal. En un punto me llegó al mail una encuesta de Iguales sobre violencia homofóbica en el lugar de trabajo. La hice. Me demoré 40 minutos, y terminé llorando. Me quedó súper claro que muchas cosas que yo había dismiseado como “malas onditas” o “nada”, eran episodios de violencia que no son aceptables bajo ninguna circunstancia. Y la única razón por la cual yo los toleraba o elegía hacerme el sordo, o mirar para el lado es porque lo había hecho toda la vida, como un modo de supervivencia. Efectivamente yo podría haber ido a la inspección del trabajo en dos ocasiones, y no lo hice. En cambio, iba a trabajar angustiado tomando antidepresivos. Responder esa encuesta fue epifánico. Antes, en el libro no aparecía la parte de la homofobia en el trabajo. Había pensando en ponerlo, pero me daba miedo. ¿Te dai cuenta? Me daba susto de huevón. De no querer armar problemas. De chilenito huevón. De persona bullyiada.

-Hablando de eso, hay algo que me interesa un montón de tu libro y es que es desesperanzado-esperanzador. Habla de quererte a ti mismo pero sabiendo que puede que el mundo no cambie nunca.
-Es que en mi experiencia el mundo no ha cambiado absolutamente nada. Las cosas dolorosas que me pasaron cuando chico, como ser agredido directamente por ser maricón, o ser excluido por ser raro, me siguen pasando una y otra vez, incluso dentro de círculos de gays. Yo creo que los humanos somos pésimos, nomás, y mi conclusión es que la mejor apuesta es mejorar la relación con uno mismo.

-¿Nunca pensaste que el mundo iba a dejar de ser hostil?
-No sé. En el colegio, por ejemplo, no hubo real hostilidad hacia mí. O al menos no fue algo que yo notara. Habían tallas y todo, pero siempre tuve amigos y nunca nadie fue cruel. Quizás tuvo que ver con que estuve en un colegio mixto, laico, súper liberal y relativamente chico. Pero vivía muerto de miedo, porque tenía dudas y no había información. No tenía con quién hablar ni la confianza para hacerlo, a pesar de que estaba en el ambiente más amoroso del mundo. Un niño se puede armar un infierno muy fácilmente. Me encantaría ayudar a cambiar eso con mi libro. Que algunos papás se fijen más en sus hijos y se atrevan a hablar cosas difíciles con ellos. A mí me habría cambiado la vida que me hubieran sentado y dicho cosas muy claras como: “Existen los homosexuales, son gente como tu mamá y tu papá, pero del mismo género. Tú puedes ser uno y te vamos a querer igual”. Entiendo que en ese momento era culturalmente imposible. Pero ahora sí se puede.

-Volviendo al tema de que el mundo no cambia. ¿Qué piensas de la idea de que hay que educar a los hétero?
-Yo creo que hay que educar a todo el mundo hasta cierto punto. Porque está muy lleno de gente muy tonta. Y, sorry, pero está lleno de homosexuales MUY estúpidos tambien. En cualquier lugar o situación donde la gente viva en forma de gueto y no pesque al resto, la cosa se pone huevona.

-¿Cómo se manifiesta la tontera en el mundo gay?
-En la comunidad gay se nota mucho el machismo de nuestra sociedad. En general, todo lo que se ve como femenino es algo chistoso, segundo, inferior. Entiendo que nos suceda, pero es tan estúpido…

-Claro. Es lo que pasa con la categoría pasivo-activo, donde siempre pasivo va a ser peor visto porque te “mujerizas”.
-Claro. Cuando en realidad el punto de vista femenino, desde lo más amplio, es lo mejor. Yo creo que me he ido curando de mi propia homofobia, porque ahora encuentro súper atractivos a hombres amanerados que antes no me habrían gustado. Y encuentro súper poco atractivo alguien homofóbico. Sobre todo a un gay que encuentra lo peor a un gay “fleto”. Esa persona tiene harta pega interna que hacer.

VENÉREAS, GATOS Y GRINDR

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Gay Gigante no solo habla de homofobia y miedo. También de cosas que le gustan a Gabriel: películas, monos animados, cantantes como Rafaella Carrá, autos y condones. Porque sí: uno de los temas recurrentes de Gabriel es el de las venéreas.
-Me empecé a pegar con el tema hace como cuatro años, porque fui a un dermatólogo que me trató pésimo, como si fuera leproso. Se nota demasiado cuando el doctor es medio homofóbico, o cuando quiere que te sientas lo más cómodo posible. Al mismo tiempo caché que un ex pololo, con el que yo hablaba harto en ese tiempo, no usaba nunca condón y no me hacía caso. Me decía tonteras como: “pero si este gallo es una buena persona, yo me doy cuenta, no tiene nada”. Cacha el huevón imbécil. Entre mi preocupación por ese gil y el doctor sin amor estuve traumado un tiempo, pero ya se me ha pasado. Siempre he sido asquiento pero es que la gente es bien hueona. Tengo muchas amigas mujeres que no usan condón porque están “tomando la pastilla”.

-Igual es divertida la lógica de tu ex. No-venérea como sinónimo de buena persona.
-El hueón creía que tenía un poder extra sensorial o algo así, y que básicamente su intuición lo protegía.

-Yo me refería a que igual se puede ser buena persona y tener una venérea.
-Sí. Y hay buenas personas muy estúpidas. Ojo que yo nunca dije que los venéreos sean malos. Solo que todas las combinaciones existen en la villa del Señor.

-Voy a saltar de las venéreas a otros asuntos del sexo. En Gay Gigante hay una parte en la que a tu personaje le muestran un video que se llama ¿De dónde venimos? Ahí, aparece una explosión de gatitos para ilustrar el orgasmo. ¿Eso pasó en serio?
-¡Sí! Mi mamá ya me había explicado que las guaguas “las hacían las mamás con los papás” pero no la mecánica. Entonces ese fin de semana nos chantaron el video. Y lo de la explosión de gatos a mí de verdad me dejó cagado. Porque en ninguna parte del video explican CÓMO es posible que la explosión de gatos/orgasmo sea simultánea para el papá y la mamá. Entonces yo pasé AÑOS especulando sobre la telepatía en la explosión de gatos sin atreverme a preguntarle a nadie, y veía en las películas a la gente gemir e irse al mismo tiempo, y pensaba en los gatos y la explosión, y por suerte mi primera vez culiando fue hermosamente la raja.

-Igual tú creciste en la era sin Internet. Ahora el aprendizaje para un cola es un poco menos solitario.
-Quizás yo era el nerd solitario. No tenía amigos de masturbación ni esas cosas.
-Y ahora estás en una época ultra Internet, pero tienes una relación dual con cosas como Grindr (aplicación de citas gay): en el libro aparece que lo detestas pero lo sigues descargando.
-Sí. Ahora lo tengo. Yo siento que disipa un poco una sensación de encierro que a veces siento. Además mi terapeuta me dijo que tenía que bajarlo y tener citas, porque si no me aíslo mucho.

-¿Y le hacís caso en todo a tu terapeuta?
-Sí. Le hago caso en todo. Por algo gasto todo ese dinero que me cuesta mucho juntar.

-Pero a veces te apestas de Grindr.
-Es que es todo el rato “¿dotado? dotado? dotado? dotado? dotado? dotado? Dotado?” O a veces hay personas muy insistentes, o a veces no quiero hablar nomás. No sé. El futuro es MUY raro.