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11 de Mayo de 2024

Treintañeros viviendo en la casa de los padres: ahorro en vivienda, citas truncadas y una realidad que será cada vez más común en Chile

Ilustración: Camila Cruz

Entre 2003 y 2020, 1.060.000 personas con más de 30 años de edad aún vivía con sus padres, según un estudio del Centro de Encuestas y Estudios Longitudinales de la Universidad Católica. Dos años más tarde, la cifra no varió casi nada: solo 44 mil personas salieron de sus casas de origen. La tendencia, según las especialistas, va al alza después de que empezó la crisis económica pospandemia, y también alcanza a una clase social más acomodada: "Lo que va a pasar ahora en Chile, es que los jóvenes de clase media alta, que son los que miran hacia Europa y asocian irse del hogar a estar emancipados, van a empezar a ver el no poder irse de la casa por motivos económicos como un fracaso", advierte la socióloga Javiera Reyes.

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María José Hirmas (36) volvió a vivir con sus padres a los 35 años, después de un 2023 caótico. “Ese año me echaron del trabajo y me separé de mi marido. Mi titular era: ‘Corazón roto. Sin casa. Despedida. Sin ahorros'”, cuenta.

Varias amigas le ofrecieron sus casa para alojar. Todas vivían con sus esposos y para ella era más difícil sentir que invadía esa intimidad, que la de la casa de sus padres. “Me vi sola y desecha en la mitad de un departamento que, más encima, no podía pagar. No tenía otra opción que volver donde mis papás para que me cuidaran”, agrega.

Vivir en la casa de mamá y papá después de los 30 puede ser visto como todo un dilema. Pero Javiera Reyes, doctora en Sociología de la UC y especialista en Sociología de la Familia, asegura que en realidad es un fenómeno muy propio de nuestra cultura. “En Chile existe un rasgo que se ha asentado históricamente: ser adulto no significa abandonar el hogar de origen”, dice. “Sobre todo en las clases medias y bajas, ha sido una constante y algo tradicionalmente aceptado”.

Como dice la doctora Reyes, el fenómeno no es nuevo: entre 2003 y 2020, 1.060.000 personas con más de 30 años de edad -9,6% de el grupo etário a nivel nacional-, aún vivía con sus padres, según un estudio del Centro de Encuestas y Estudios Longitudinales de la Universidad Católica. Dos años más tarde -2022-, la cifra no varió casi nada: solo 44 mil personas salieron de la casa de sus padres.

Las razones, según Reyes, han sido muy estudiadas y apuntan, entre otros factores, a “aspectos económicos que dificultan la emancipación del hogar y de conseguir la vivienda propia”, dice. “Pero lo primordial es que existe un tejido cultural que favorece y valida la co-residencia entre padres e hijos que no condiciona el sentirse adulto o emancipado”, agrega.

María José Hirmas, sin embargo, expresa que sí sintió frustración. No tenía ahorros o solvencia económica para vivir seis meses sin trabajo. “Me daba vergüenza, no quería que nadie supiera”, dice.

Un día antes de su cumpleaños, mudó casi todo su departamento a una bodega en la casa de sus papás. Esa noche durmió abatida en su cama de niñez, pero también agradecida. “Mi papá me compró chirimoyas, que son mi fruta favorita, todos los días. Sentí mucho su cariño en esos momentos que lo necesitaba”.

Vergüenza y no orgullo

Según la socióloga Javiera Reyes, en Chile vivir con los padres después de los 30 años se va a volver una situación cada vez más normal. “Esa expansión, que será producida por la crisis económica pospandemia, va a empezar a alcanzar más gente y más sectores sociales”, explica.

María José Hirmas cuenta que algo determinante a la hora de empezar a ver su situación como algo que “no le daba orgullo”, e incluso, muchas veces la hizo ocultar su verdad. “Contaba cuentos de que estaba viviendo en Providencia, o en la casa de una amiga, o lo que fuese. Una no tiene que contar toda la verdad en esos encuentros, pero la que menos quería que se supiera, era que estaba donde mis papás. Nada más red flag que te presenten a una pinche en esa situación”, dice.

Además, dice que extraña tener tiempos más libres los domingos, no sacarse el pijama para ir a almorzar o quedarse acostada viendo series. “El domingo es, en particular, un poco más deprimente. También cuando salgo al jardín a descansar, sin estar buscando pega o sin estar haciendo todos los esfuerzos para irme de aquí lo antes posible”.

Esa ansiedad la calmó poniendo una fecha para volver a mudarse. “No me peleo con mis papás, me encanta estar más cerca de mis hermanos. Pero quiero sentir pronto que salí de esta sensación de transición constante en mi vida. Eso es lo que marcará tener mi propia casa”, concluye.

Todo tiene que ver con un sentimiento condicionado por el imaginario social que se le ha puesto a vivir con los padres después de los 30. “Si uno mira la cultura anglosajona, puede considerar que volver a vivir con los padres es una frustración. En los países europeos, ser adulto está completamente relacionado a irse de la casa”, dice Javiera Reyes. “Lo que va a pasar ahora en Chile es que los jóvenes de clase media alta, que son los que miran hacia Europa y asocian irse del hogar a estar emancipados, van a empezar a ver el no poder irse de la casa por motivos económicos como un fracaso”.

Quién invade: ¿Los papás o los hijos?

Pasaron varios meses para que María José Hirmas estuviera lista para volver a salir, cuenta que con su mamá y papá acordaron que ella iba a salir y volver cuando quisiera, y que si ellos querían preguntarle dónde había estado, también podían hacerlo. “Fue un acuerdo que funcionó muy bien, porque siempre hemos tenido mucha confianza”, cuenta.

Establecer ese tipo de negociaciones, aunque pueda parecer innecesario, es crucial, según explica la psicóloga Valeria Rosales: “Volver a vivir con los padres implica ajustes tanto para el hijo, como para los padres, pero también, puede ser una oportunidad para fortalecer los lazos familiares. Es importante establecer reglas desde el principio para evitar que la convivencia se convierta en una regresión”, explica.

A Camila Gómez (31) le pasó que había empezado a pololear hace un mes cuando ambos decidieron venirse a Santiago desde el sur. Llegaron a dormir a la pieza en la que ella dormía cuando niña, en la casa de sus padres. A su pareja le incomodaba pensar que los podían estar escuchando detrás de las paredes. “Era complicado sacar adelante el sexo. Le preocupaba demasiado que mis papás fueran a pensar mal de él. Incluso, me pedía que no habláramos de cosas privadas o si empezábamos a discutir, cortaba la conversación de inmediato, solo porque alguien nos podía estar escuchando”, cuenta Gómez.

Camila Gómez empezó a sentirse condicionada por algo que a ella no le importaba tanto. “Yo me enojaba y le decía ‘pero si ya somos adultos. Lo encontraba exagerado. Según yo, nadie en mi casa estaba pendiente de lo que hacíamos o no”, agrega.

He ahí una de las principales discordias de volver a la casa paterna: “No hay que olvidar que el hecho de que un adulto de 30, 40 o 50 años vuelva al primer hogar, tiene sobre todo un impacto significativo en la vida de los padres”, explica la especialista Valeria Rosales. “Al acoger nuevamente a sus hijos adultos en casa, deben enfrentar cambios en su rutina, su propia vida privada y, a veces, incluso sus finanzas”, continúa.

Camila Gómez dice que cuando le dijo a su mamá que iba a volver a casa por un tiempo, porque querían buscar un lugar con su nueva pareja -quien también tenía planes de venirse a Santiago-, ella lo entendió. “Pero con el pasar de las semanas, empecé a darme cuenta que cada vez que bajaba a desayunar el domingo, sobre todo después de que volviéramos de carretear, me miraba con una cara…”, cuenta Gómez.

Cuando los hijos han abandonado el nido, los padres recuperan cierta libertad. Al perderla, aunque no lo expresen, “a menudo se sienten invadidos y obligados a una convivencia no deseada. Pierden su intimidad y pueden caer nuevamente en el papel de padres protectores, involuntariamente“, explica Valeria Rosales al respecto.

Para Gómez, fue difícil abordar esa realidad: “No quería sentirme atrapada, pero a la vez entendía que era una molestia que viviese mi intimidad ahí(…) Opté por sonreír e ignorarla, hasta que las miradas se convirtieron en indirectas. ‘¿Estaban haciendo deporte allá arriba o qué?’, me dijo una vez. Ahí ya entendí que o me adaptaba, o me iba a tener que ir”.

Una situación incómoda cuando se trata de tener citas

A Joaquín Weiss (32) le pareció buena idea conocer a su nuevo match de Tinder en el cerro que está al lado de su casa. En su cocina, armó una nevera con cuatro cervezas y sacó un tarro de papas fritas que estaban en la despensa. Metió el parlante portátil que estaba en el escritorio de su hermano en un bolso. Abrió el portón eléctrico, sacó su auto del estacionamiento y partió a buscar al encuentro.

Todo iba perfecto. Se estaba poniendo el sol y desde el cerro, se veía todo Santiago oriente iluminado por un cielo rojo de verano. Weiss había escogido la mejor banca de todo el mirador, puso música Indie esperando que el ambiente desencadenara en besos al anochecer. Eso terminó ocurriendo. Su cita, menor que él, vivía en el mismo barrio con sus padres. “¿Vamos a tu casa?”, le preguntó ella, entusiasmada.

Él no le contestó y siguió dándole besos. Ya había estado en esta situación antes. “Están mis papás”, le terminó confesando. Ambos compartieron una mirada de complicidad. Una risa mezclada entre un ‘te entiendo’ y la desesperación de no tener un lugar donde continuar. Finalmente acordaron quedarse ahí. “Estaba lo suficientemente oscuro y ya no había nadie paseando por el mirador a esa hora”, recuerda Weiss.

Según Valeria Rosales, psicóloga, Doctorado (c) en Sexología de UQAM Canadá y directora de Sexología Chile, el hecho de vivir en la casa de los padres a una edad adulta, tiene varias implicancias en la autonomía relacional y sexual de las personas, tengan o no una pareja estable. “Si no hay otro lugar para la intimidad, hacerlo a escondidas o estando incómodo con alguna preocupación en torno al espacio, puede crear problemas sexuales como falta de deseo y lubricación, eyaculación precoz, dificultades en llegar al orgasmo o conflictos con la otra persona”.

La encrucijada de no tener un espacio de intimidad para sus encuentros le jugó por primera vez una mala pasada. “La segunda vez que salimos fuimos a un motel. Igual sentí que no estaba cómoda en el lugar. Me esbozó medio en broma, medio en serio, que ‘ojalá tuviésemos una casa tranquila donde ir’. Después de eso, todo se fue apagando en el momento. Puede pasar con cualquier cita de esta aplicación, una lástima, pero ¿cómo voy a llevar a la casa de mis papás a muchas mujeres que en cualquier momento pueden desaparecer de mi vida?”, dice.

De nuevo, la relación entre padres e hijos bajo un mismo techo, puede condicionar la autonomía de quien no se siente emancipado.Con la crisis financiera pospandemia, surge ahora el tema cultural de la aceptación de la sexualidad en el hogar familiar para jóvenes adultos que vuelven al hogar. A esta edad, si se han dado garantías de estabilidad y madurez por parte del hijo, se vuelve complicado negarse para los padres“, explica Valeria Rosales.

“Mis papás son conservadores y a mí, en lo personal, también me pone nervioso llevar a alguien a mi pieza. Siempre pienso que me pueden estar escuchando”, continúa Joaquín Weiss. “Pero igual no me importa seguir en este estilo de vida. Vale la pena poder ahorrar para, al menos, conseguir un arriendo, porque casa propia no creo que pase”, concluye.

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