CUDS

El Colectivo Universitario de Disidencia Sexual (CUDS) es un colectivo transfeminista cuyo activismo mezcla la performance callejera, el video, las intervenciones en redes mediales y sociales, la creación artística, las marchas y las tomas, los talleres de escritura y pensamiento. La emergencia de este Colectivo (2002) está marcada por “la izquierda, la universidad y la sexualidad crítica”, entendiendo por “sexualidad crítica” la junta –inusual– entre lo homosexual y el feminismo. La CUDS se traslada velozmente de escenas para contaminar el borde de las instituciones, las disciplinas y los géneros. Sus alianzas tácticas le hacen cruzar puentes con otras militancias y grupos de protesta en un zigzag que confía en que “la transformación social no será escrita en línea recta” sino en las líneas quebradas o torcidas –para usar un término afín a la sensibilidad queer– de la búsqueda creativa y la imaginación radical.

Cristian Cabello (comunicador), Jorge Díaz (biólogo, poeta) y Felipe Rivas San Martín (artista visual) hablan aquí como integrantes de la CUDS sobre el matrimonio gay, la despenalización del aborto y la relación entre izquierda(s) y feminismo(s). Y lo hacen en un contexto político-nacional en el que términos como “feminismo” y “aborto” siguen bajo estricta vigilancia mientras que “el matrimonio igualitario” ya logró acomodarse transversalmente en el discurso público. ¿Será porque el matrimonio gay sigue confiando en la pareja legalizada como núcleo estable de la familia mientras que la despenalización del aborto, mucho más amenazante, cuestiona el guión de la maternidad obligatoria como destino natural del ser-mujer?

Durante el gobierno de Sebastián Piñera asistimos a un proceso de liberalización del tema homosexual que lo fue corriendo hacia la derecha. ¿Cuál es el matiz crítico que busca radicalizar el concepto de “disidencia sexual” reivindicado por la CUDS frente a la “diversidad sexual” con que se identifican las agrupaciones gays?

Cristian/Cristeva Cabello: Algo que ejemplifica a una derecha que quiere aparentar ser menos conservadora y más progresista es la creación de la Fundación Iguales en 2011. Para esa fundación, ya no es tan necesario un trabajo desde las bases como lo hacían las organizaciones homosexuales que seguían la lógica de los movimientos sociales. Iguales se plantea desde el marketing político para gestionar la “marca” gay como plusvalía para el mercado, arrebatándosela de paso a la izquierda. Su habilidad ha sido comercializar la marca gay despolitizando a la vez a sus sujetos. Iguales no tiene ningún vínculo con la pobreza, no exhibe la precariedad de las compañeras travestis pobres que siguen estando invisibilizadas. El Colectivo de Disidencia Sexual se plantea crítico frente al elitismo liberal de Fundación Iguales. Nosotrxs fuimos alumnos de la educación pública en el Instituto Nacional y provenimos de familias que viven consumidas por el capitalismo. Hay una fuerza política en este resentimiento nuestro contra los privilegios de clase. Además, para nosotrxs, la Disidencia Sexual es la oportunidad de ser parte de una lucha en la que se pueden intercambiar distintas prácticas políticas con las feministas, con los estudiantes universitarios y secundarios. La segmentación de identidades delimitadas por el “ser gay” nos parece demasiado estrecha e injusta.

Felipe Rivas San Martín: Ese “corrimiento a la derecha” del tema gay participa de un problema aún mayor, porque la integración de la homosexualidad en los países del occidente neoliberal coincide con una reorganización del paradigma económico que hoy se fundamenta en el principio mismo de la diversidad. La diversidad es la lógica del sistema; el sistema produce diversidad porque la diversificación de la oferta aspira a reducir al máximo los riesgos del mercado. Al neoliberalismo no le complica que tengamos diferentes “gustos”, todo lo contrario, los rentabiliza como nichos de mercado en el catálogo de identidades que hoy se nos ofrece. Como en Facebook, vivimos bajo una economía del “me gusta”. Para la Disidencia Sexual, la justificación movilizante no se basa en el “gusto” (gay, lesbiana, bisexual): la Disidencia Sexual es un posicionamiento crítico, no una identidad sexual. Lo pensamos también como una forma de resistencia a ese neoliberalismo de la tolerancia que pretende rentabilizar los deseos. Me parece que a diferencia de la política de diversidad, la Disidencia Sexual propone mayor atención a los modos cada vez más complejos en los que se relacionan la sexualidad, la economía y la clase social.

Jorge Díaz: El MOVILH, que surgió en los tiempos de la transición democrática y llevó por mucho tiempo la lucha por los derechos civiles de las “minorías sexuales” (haciéndose cargo además de la problemática del SIDA), también comenzó a transformarse durante el gobierno de Piñera corriendo su activismo hacia una política más liberal, más cerca de Iguales que del MUMS (Movimiento por la Diversidad Sexual). Como parte de un capitalismo globalizado y mediático, se produce hoy un sujeto gay que juega a la estética de clase: aquella del “charming gay”, esto es, el gay encantador, profesionalmente exitoso, guapo, hedonista, muy del Primer Mundo. Esa es la onda “rosa” como sería la del barrio Merced. Se instala, además, la figura del gay masculino como único sujeto reconocible desde agrupaciones como Iguales: no existen las trans, ni las “locas”, quizás una muy tibia aparición de las lesbianas en el último tiempo. Son generalmente cuerpos gays que, al pasar por heterosexuales, se vuelven aceptables.

Lo otro que nos distingue de las agrupaciones homosexuales chilenas es que nosotros sí reconocemos una genealogía feminista en la construcción de saberes y prácticas. También en la necesidad de combinar el activismo con la teoría, el arte y la escritura, de reivindicar la creatividad en el lenguaje y el pensamiento como dimensiones clave para remodelar los imaginarios sociales, más allá de las luchas reivindicativas por los derechos de las mujeres que se aplican en políticas públicas.

Se ha aprobado recientemente el Acuerdo de Unión Civil y los movimientos gays tienen como horizonte de expectativa el matrimonio homosexual. ¿Qué posición tienen ustedes frente a la lucha por estos derechos?

CC: Es complejo porque está como trasfondo el tema de la pareja que “privatiza” sus sentimientos y que regula su acceso a la vivienda y al patrimonio. Habría dos posiciones al respecto. Por un lado, el Acuerdo de Unión Civil es visto por algunos como una ley de segunda categoría, paliativa, frente a la exigencia del derecho pleno que representa el matrimonio igualitario. Por otro lado, también se podría considerar que el Acuerdo de Unión Civil tiene el beneficio de ser un simple marco regulatorio que no carga con el peso simbólico de la tradición que trae el matrimonio destinado a consagrar el amor romántico. Pero estas leyes solo auxilian a los homosexuales que viven en pareja y tienen casa, es decir, a los homo-normados. Hay muchos otros campos donde se abre –y se politiza– la sexualidad fuera del ámbito privado, del refugio del hogar, como los espacios públicos de circulación donde seguimos siendo observadas con recelo. Es ahí donde opera la diferenciación de clase frente a una elite gay que busca integrarse a la normalidad casándose. A nosotros no nos interesa ser aceptados bajo las mismas leyes heterosexuales que nos han violentado históricamente.

F.R.: En todo caso, la Disidencia Sexual no podría estar “en contra” del movimiento homosexual que responde a una legítima obtención de derechos. El lugar del “en contra” está ocupado por los conservadores y los reaccionarios. Pero nuestro horizonte de lucha no se centra en el matrimonio gay ni en la organización de los sujetos bajo reglas jurídicas sancionadas por el Estado: no tiene que ver con ese “deseo de normas”. Nos interesa más el potencial de desborde de lo anti-normativo. Para nosotrxs, las formas de vida y experiencias sexuales y sociales son modos de realización micro-políticos que, aunque ocurren fuera de la apelación al Estado, tienen una alta carga de transformación cultural de las formas de ser.

J.D.: El horizonte político de un movimiento gay que concluye sus aspiraciones en la regulación legal y patrimonial de la pareja nos parece demasiado limitado. Es interesante el rescate de los feminismos disidentes que han resurgido con las marchas estudiantiles, post 2011, en distintas facultades. Hay todo un cuestionamiento a ciertas instituciones como la familia que es el núcleo dentro del cual, por ejemplo, se comete la mayor cantidad de abusos. Las corrientes más radicales dentro de la izquierda asumen la crítica anti-familia o anti-natalista como una crítica anti-social, esto es, una crítica que desconfíe del relato de una forma moderna de sociedad que es siempre heterosexual, blanca y de clase media. Tampoco queremos proponer “nuevas familias”, como el movimiento gay, sino colocar bajo sospecha las categorías y las prácticas naturalizadas de los sujetos bajo la ideología heterosexual dominante.

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A diferencia de las organizaciones gays de la diversidad sexual, ustedes se han comprometido explícitamente con el tema del aborto. ¿Pueden mencionar algunas de sus intervenciones?

F.R: El 8 de marzo de 2012, la CUDS inició una intervención callejera denominada “Para una vida mejor, dona por un aborto ilegal” que dio el inicio a una serie de acciones, talleres, marchas, videos virales en Internet y videoclips musicales en torno al aborto, que se despliegan hasta hoy. Estas acciones han coincidido con una politización del debate nacional sobre el derecho de las mujeres a abortar y con el resurgimiento de un feminismo tortillero radical en alianza con los colectivos de disidencia sexual, que fuera de todo programa, han encontrado en el aborto un espacio de confluencias. El aborto hoy se enuncia más allá de la demanda propia, como expresión de una negatividad política radical: “yo aborto el modelo, la dictadura, los consensos”.
La acción “Dona por un aborto ilegal”, se desarrolló en espacios públicos de Santiago imitando las estéticas de las campañas de beneficencia cristiana que apelan a la caridad con cuerpos vulnerables, pobres, pero esta vez, con el fin de recaudar donaciones para financiar abortos ilegales, porque queríamos explicitar que el aborto en Chile también es un tema de clase. En la primera fase de la campaña, usamos un color naranja para realizar la colecta: es el color que usan los movimientos pro-vida. Nos interesaba utilizar lo que, en la guerrilla de la comunicación, se denomina “tergiversación” para generar la confusión entre los espectadores. La gente se nos acercaba en la calle creyendo que éramos un grupo pro-vida y luego se daba cuenta que se trataba de todo lo contrario. Esta confusión provocaba preguntas y debates callejeros que se grababan en video. La intervención establecía una toma de posición en la “ilegalidad”, como marco de acción incómodo ante un sector del feminismo ya institucionalizado para el cual el aborto parece no haber sido un tema prioritario, en parte porque el SERNAM impuso sus propios límites discursivos a la política de los derechos de la mujer sin jugarse ningún margen emancipatorio. Recurrimos a lo lúdico y lo paródico para generar una torsión con los discursos más lineales de la demanda y la protesta feministas.

J.D: Nuestras micro-políticas y nuestras estéticas no tienen que ver con los cuerpos naturales que responden a una sola identidad o género. Por lo mismo, no solamente nos interesa lo que le ocurre al cuerpo “propio” –el de los hombres o de las mujeres– sino al cuerpo colectivo en el que se cruzan las diferencias. Lo que nos interesa es romper el naturalismo del vínculo cuerpo-sexo-género y cuerpo-identidad-demanda. “Yo soy el otro” es una de las frases de la política radical que queremos ejercer. Por eso hemos buscado llamar la atención del movimiento homosexual sobre el tema del aborto, que parecería estar reservado solamente para las feministas o las mujeres. El aborto libre y a secas es mucho más polémico que el matrimonio gay justamente porque ataca el orden reproductivo de la maternidad impuesta.

En varias de sus performances urbanas ustedes han ocupado el feto como un ícono desviado del uso que le asigna el discurso pro-vida. ¿Qué se propone esta estrategia de contra-apropiación del feto?

J.D.: Las imágenes son actualmente las encargadas de transmitir el conocimiento. Generalmente la primera imagen del feto es una imagen difusa en la pantalla cuando las mujeres se hacen una ecografía. Cuando el médico se la muestra a la mujer en la pantalla y le dice “usted va a ser madre”, la imagen de la ciencia sirve para confirmar un rol que pareciera natural. Es por esto que la tecnología de la representación ecográfica no es neutral sino que está al servicio de una determinada política conservadora con un presupuesto maternalista. Nosotros evidenciamos el feto como un signo en disputa entre, por un lado, el conjunto de células organizadas de la medicina y, por otro, la categoría de lo humano que está fijada por una concepción valórica y religiosa.

C.C.: Tampoco podemos olvidar el contexto de la educación sexual en básica y secundaria. Cuando pequeñas se nos aterrorizaba con la imagen de un feto que hablaba: “Me van a matar, me van a matar”, denunciando a su madre como asesina y criminalizando el aborto. La derecha absurdamente le asigna al feto un habla cargada de sus propios valores conservadores y sus creencias religiosas. Para nosotras la imagen del feto tiene un uso político e ideológico. Si la derecha lo utilizaba, nosotras como feministas dijimos que la voz del feto puede ser cambiada. ¿Por qué el feto siempre va a querer nacer? ¿Por qué se asume que es cristiano? El nuestro es un feto punk y anarquista que ya no quiere nacer.

En su homenaje a Pedro Lemebel en el parlamento en enero de 2015, Gabriel Boric señaló que la nueva izquierda no podía sino ser feminista. ¿Cómo transitan ustedes por esta relación entre izquierda(s), feminismo y disidencia sexual?

C.C.: A partir de los movimientos del 2011, hemos podido compartir con las compañeras que estuvieron en las tomas de los liceos cómo vivieron la experiencia de salir de una casa ordenada por la familia y tener que luego inventar sus propias normas de convivencia. Esto significa preguntas sobre los roles del género: por ejemplo, sobre por qué la tarea de las mujeres en las tomas debía ser la de cocinar. Ahí también las compañeras fuimos aprendiendo lo que era el feminismo como un saber escondido, negado, que no lo enseñan en ninguna parte porque es un saber peligroso en tanto nos emancipa. Hay una búsqueda de este conocimiento oculto que está despertando la curiosidad entre las compañeras ligadas al anarquismo y a las izquierdas libertarias. Después del 2011, se crearon muchas secretarías de sexualidad y disidencia sexual dentro de las universidades de todo el país que están a cargo de las organizaciones estudiantiles. Por ejemplo, la Disidencia Sexual cree que no se puede hablar de educación de “calidad” si no se revisan los contenidos sexistas de una educación que encubre las violencias de género. Además, dentro de estas corrientes más libertarias de la izquierda, se cuestionan fuertemente los modos jerárquicos –masculinos– de hacer política.

J.D.: Estamos muy de acuerdo en que las izquierdas con afán de resistencia crítica deben ser feministas. Sin embargo, el feminismo nunca es solo uno, sino plural. ¿Cuál es el feminismo al que se refiere Boric: un feminismo identitario, con agenda estatal, un feminismo de ministerio, blanco, burgués, un feminismo “mujerista” solo encarnado en mujeres? Nosotros y otros grupos de disidencia sexual articulamos, por ejemplo, la “Coordinadora Feministas en Lucha” que desde el año pasado reúne a muchas feministas de diferentes contextos (anarquistas, universitarias, secundarias).

F.R.: A mí me parece que la frase de Boric es muy precisa. Pero siempre uno podría acotar además de la pregunta por el “feminismo”, la pregunta por cuál “izquierda”. Entendemos al feminismo, a la disidencia sexual y a la izquierda como fuerzas transformadoras que se resisten a lo ya instituido, pero que no tienen un contenido fijo, preestablecido, programático como los partidos, sino que se rearticulan de acuerdo a territorios determinados, atentos a las reprogramaciones del poder. En el caso del aborto por ejemplo, el programa que los partidos de la Nueva Mayoría han apoyado no funciona como una apertura sino como un límite: aborto pero solo en tres causales, nada más. A diferencia de la política institucional que se esfuerza en establecer sus propios límites consensuales, nosotrxs imaginamos una izquierda, un feminismo y una disidencia sexual que desborden todo programa. Es por eso que la CUDS a veces se llama Colectivo Universitario de Disidencia Sexual y, a veces, Colectivo Utópico de Disidencia Sexual.