El-asado-maldito
Ilustración: Leo Camus

Apenas sintió las sirenas policiales, abandonó la retroexcavadora donde trabajaba y corrió rumbo a un pozo séptico, ubicado a un costado de una mediagua, aparentemente obligado por una repentina urgencia estomacal. Cuando llegó a la caseta, sin pensarlo dos veces, se arrojó adentro del oscuro agujero. Allí esperó hasta que las luces de las patrullas se alejaran y salió de su escondite. Recién ahí, pese al nauseabundo olor que lo rodeaba, pudo respirar en paz. No era a él a quien buscaban.

Era primera vez que la paranoia le jugaba una mala pasada a Carlos Segundo Sáez Bustos, prófugo de la justicia desde Junio de 2014. En una empresa de áridos, rodeado de montículos de ripio y arena, encontró el refugio ideal para ocultarse. Ubicado en la calle Alberto Llona, en la comuna de Maipú, el sitio donde trabajaba y vivía era todo lo que buscaba un fugitivo: un rincón semiurbano, a un costado de puentes vehiculares, sin negocios aledaños y escasos vecinos. Su mundo se reducía a media hectárea rodeada de paredes a punto de caerse y una improvisada casa de madera donde habitaba.

Llevaba un año y medio en el lugar sin levantar sospechas, hasta que el episodio del pozo alertó a sus vecinos. Uno de ellos lo recuerda como un “hombre de mirada fija, penetrante y pelo medio calvo. Quitado de bulla y que no congeniaba con la gente”. La mayor parte de sus horas de trabajo, Sáez las pasaba dentro del predio moviendo áridos de un lado a otro, sin descanso. Era hábil en el manejo de maquinaria pesada y la esposa del dueño de la empresa le llevaba comida. No tenía que preocuparse por salir a la calle durante el día.

Obligado a inhibir su temperamento, la gente solía ver a Sáez salir de noche a comprar, con un gorro cubriendo parte de su rostro, y regresar a su casa con botellas de alcohol, afición que nunca abandonó y que terminaría por condenarlo. Una noche de borrachera junto a otros compañeros, terminó relatando el motivo de su misteriosa y solitaria vida: contó que había matado a un antiguo patrón con una estocada en el pecho, por encontrar que el asado que había preparado para sus empleados no era lo suficientemente abundante. Una historia con un desenlace absurdo que produjo en el grupo inquietud, primero, y luego una profunda incomodidad. Tanto así que uno se atrevió a denunciarlo. Un día más tarde llegó la PDI a la empresa de áridos. Esa vez Sáez no alcanzó a esconderse en el pozo.

El crimen

El 4 de octubre de 2008, según se supo días más tarde, Patricio Reveco había ido a la iglesia a confesarse antes de ofrecer un asado a sus empleados en el fundo Curileo, en Vilcún. Fue el mismo día de su muerte, durante la celebración campesina de San Fracisco de Asís.

El cura José Bastías del sector de Pedro de Valdivia comentó a la prensa que el finado, hijo de Don Raúl, había acudido aquel día a cumplir con el sagrado sacramento. “Estaba preparado para irse en paz”, expresó el sacerdote a modo de consuelo. Palabras de buena crianza que pusieron el corolario a una partida inesperada, en medio de una de las festividades más importantes del campo chileno.

Sucedió un día lunes. A diferencia de otras jornadas, las faenas terminaron más temprano. Patricio Reveco y su padre, Raúl Reveco, lo hicieron para que los trabajadores pudieran disfrutar de la fiesta. Tal como lo dicta la tradición cada año: clavaron una cruz en la tierra, escucharon al sacerdote bendecir el campo y rogaron al santo por las futuras cosechas. Luego vino el baile de cueca en medio del sembradío. Habían alrededor de 30 personas.

A lo lejos se sentía el olor a leña mezclado con la carne asada, vienesas y choripanes. Luego vendría el asado al palo. Pronto comenzaron los brindis y las odiosas comparaciones con fiestas anteriores. Envalentonado por el alcohol uno de los comenzales empezó a reclamar que la celebración no estaba a la altura de otros años. Era Carlos Sáez, un operario de tractor que llevaba trabajando un año y medio en el fundo.

-Este año que hay más perraje, no tienen ni una webá- alegó.

En la memoria de los testigos que declararon ante la fiscalía quedaron otras frases ofensivas. “Tanta cuestión pa´ la caga de carne que tienen”, escuchó Jorge Álvarez Fuentes.

El-asado-maltito-detenido

La afición de Sáez por la bebida era cuento sabido por todos. “Carlitos” solía esconder en su tractor, en un compartimento metálico de 30×20, diversos tipos de tragos que bebía mientras trabajaba en las duras faenas del campo. Durante la fiesta de San Francisco, sin embargo, pasó rápidamente de “entonado” a “curao odioso”. No sólo reclamó a viva voz, sino que decidió encarar directamente a sus patrones.

“Comenzó a reclamar que faltaba carne y que no le gustaba como se estaba llevando la fiesta”, aseguró en la investigación Fernando Manzano, personal administrativo del fundo. La mayoría de sus compañeros coinciden que antes de enfrentar a sus jefes, el malhumorado empleado sólo alcanzó a respirar el humo de los choripanes y las vienesas, pues el asado al palo todavía no estaba listo.

Patricio Reveco, temiendo que Sáez se ensañara con su padre, le habría advertido cuando lo vio acercarse: “A mí, no a mi papá”.

Fue entonces cuando Carlitos, según declaró Arturo Pino, “se sentó al lado de Patricio y le pegó unos combos en la boca”. La pelea duró hasta que los separaron. Reveco, todavía en el suelo, le ordenó a Sáez que se retirara y no volviera más. Aparte de pendenciero y bravucón, había perdido el trabajo de golpe y porrazo. No le quedó otra que marcharse.

La fiesta continuó sin mayores sobresaltos. Víctor Valdés, presente en la festividad, recuerda a Carlos Sáez como un tipo bromista, temperamental pero “sin malas palabras” y a Patricio, su patrón, como un jefe que le gustaba ayudar a sus trabajadores con préstamos de “plata en efectivo y saldo en el teléfono”. “Era una persona muy reconocida, incluso lo premiaron con la Espiga de Oro (premio regional que promueve la calidad en la producción de trigo)”, agrega Váldes. Sobre el pasado de Sáez siempre hubo un manto de dudas. Se rumoreaba sobre supuestos hechos delictivos, que venía huyendo de Santiago y que maltrataba a su hija con sindorme de Down.

Sobre la relación entre ambos, Valdés recuerda que Patricio Reveco intentó ayudar a Sáez para que dejara el alcohol y “fuera otra persona”, pero que con el correr de los meses la relación se fue deteriorando. “Tuvieron varios encontronazos”, relata Valdés.

Una hora después de la pelea, aseguran algunos; dos horas más tarde, precisan otros, apareció Saéz en el mismo lugar donde lo habían echado. Víctor Váldes bailaba una cueca, conminado a sacar la cara por “Punahué”, cuando vio aparecer al tractorista. “Venía con una cuestión en la mano”.

!Saquen a este huevón de aquí!, gritó don Raúl, el dueño del fundo.

Todos los testimonios del expediente coinciden en que Carlos tomó por la espalda a Patricio y lo apuñaló varias veces. Víctor Valdés, el único de los invitados que intentó evitar el homicidio, terminó en el forcejeo con “una tripa afuera”. No se escucharon más cuecas. Bajo la cruz del trigo, quedaron tres bultos tendidos en el piso.
La investigación judicial consignó que, efectivamente, el motivo del ataque fue la poca comida que –a juicio del asesino- había en el asado ofrecido a los trabajadores durante las fiestas de San Francisco de Asís.

Patricio Reveco murió dos días después. Víctor Valdés conserva una abultada cicatriz en el estómago que no le permite cargar más de 25 kilos. Carlos Sáez fue apresado por sus compañeros y entregado a la justicia. El fundo Curileo, para colmo de males, se fue directo a la quiebra.

La fuga y más apuñalados

Carlos Sáez fue sentenciado por el Tribunal de Juicio Oral de Temuco a cumplir una pena de once años por el homicidio de Patricio Reveco y, a cuatro más, por el homicidio frustrado de Víctor Valdés. Según la condena, el acusado debería cumplir sus años de reclusión sin la posibilidad de acceder a “medidas alternativas al cumplimiento de las penas privativas de libertad que consagra la ley”.

La buena conducta de Sáez, sin embargo, hizo que Gendarmería aprobara su traslado desde Temuco al Centro de Detención de Vilcún, una cárcel muy disputada por los reos debido a que varias empresas poseen en el recinto diversas unidades productivas. El establecimiento es sindicado como una unidad de baja complejidad. Sabiendo que la buena conducta era su mejor aliado, Sáez pasó casi inadvertido los primeros años. Todo hasta que su temperamento volvió a traicionarlo.

El 6 de junio de 2014, casi seis años después de ser detenido por la muerte de Patricio Reveco, protagonizó una pelea donde dejó lesionados a dos internos con un cuchillo. La revuelta generó caos y Sáez aprovechó de escapar.

El tractorista arrancó hacia Santiago con lo puesto, sumando a su prontuario otras dos causas por homicidio frustrado en la cárcel de Vilcún. Según Emir Zapata Brun, jefe subrogante de la Bicrim de Maipú, el fugitivo encontró refugio en un predio de transportes de áridos, ubicado en la comuna de Maipú, perteneciente a un supuesto “amigo suyo”. Allí se mantuvo sin levantar sospecha hasta que en una descomunal borrachera, jactándose de su pasado, se vanaglorió de haber matado a su ex patrón con una mortal puñalada en el pecho. Luego de la bravuconada, vino la delación. Uno de los que escuchó la historia entregó la información a la Policía de Investigaciones. Los días en libertad de Sáez comenzaron su cuenta regresiva.

Extraños personajes comenzaron desde entonces a merodear en los alrededores de la empresa de áridos. Uno de los vecinos recuerda haber visto a una pareja de pololos caminar por el sector. Él muy bajito y ella muy alta. Un paseo que le pareció muy extraño en esos parajes casi sin moradores. El mismo vecino relata que el día de la detención de Sáez, el 4 de febrero pasado, llegaron “los PDI armados hasta los dientes y el tipo bajito venía en uno de los autos”.

El mismo día de la aprehensión de Sáez, el jefe subrogante de la Bricrim de Maipú, Emir Zapata, comentó frente a las cámaras de televisión que la captura se dio “gracias al trabajo de la comunidad, al trabajo de la oficina de análisis nuestra, del levantamiento que hacen nuestros jóvenes detectives, logrando llegar a la ubicación y posterior detención del prófugo”. Carlos Sáez, aquella vez, ni siquera alcanzó a bajarse del camión que manejaba.
Fue en ese momento, asegura el mismo vecino, que vio al sujeto bajito sacar las esposas y ponérselas al entonces fugitivo. “No se tardaron más de dos minutos en atraparlo. No opuso resistencia, el mismo entregó sus manos”, recuerda, imitando el gesto del que entrega las muñecas para ser esposado.

Carlos Sáez Bustos fue trasladado a la cárcel de Temuco a cumplir la condena que le quedaba pendiente. Su sentencia la cumpliría recién en el año 2023.