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La Patagonia chilena muestra a los visitantes sus tesoros ocultos de glaciares, fiordos y canales siguiendo la ruta Alacalufe, una travesía de 1.100 millas en siete días a través de las regiones australes de Magallanes, Aysén y Los Lagos.

La surca dos veces al año, en abril y octubre, entre Puerto Natales y Puerto Montt, el “Skorpios III”, un buque de 1.600 toneladas, 70 metros de eslora y casi un centenar de pasajeros a bordo.

Con un calado de sólo 3,30 metros, el buque puede introducirse en escondidos canales o fiordos de aguas mansas hasta prácticamente tocar la orilla del mar frente a glaciares, bosques y cascadas.

Fundada en 1978 por el empresario de origen griego Constantino Kochifas Cárcamo, “Skorpios” continúa hoy siendo una empresa “esencialmente familiar” a pesar de haber crecido bastante, explica a Efe Luis Kochifas, hijo del fundador y capitán de la motonave.

En el turismo, empero, lo familiar persiste y los pasajeros disfrutan de un viaje a cuerpo de rey, con abundante comida y bebida, y desembarcos en sitios de impresionante belleza.

“Mi padre pensaba que si un pasajero no aumentaba tres kilos de peso, el viaje era un fracaso”, bromea Kochifas.

Tras zarpar desde Puerto Natales, en la región de Magallanes, a 2.400 kilómetros de Santiago, los viajeros pueden desembarcar y recorrer los bordes de los glaciares Amalia, El Brujo y Pío XI.

Amalia, un glaciar de 2.700 metros de ancho y 80 de alto, situado en el parque nacional Bernardo O’Higgins, es conocido por un pequeño fruto rojo no comestible denominado “frutilla del diablo”.

El glaciar ha retrocedido a causa del cambio climático, cuyas huella se puede apreciar en el manto de material no estratificado que tras la retirada de los hielos exponen su desnudez en el entorno del río de hielo.

El Brujo es un glaciar dos kilómetros de ancho por donde se camina entre rocas sinuosas y desnudas de vegetación.

Y ya en Campos de Hielo Sur, se llega al glaciar Pío XI, que con sus 1.265 kilómetros cuadrados de superficie está considerado el más grande de Sudamérica y que ha resistido bien el cambio climático.

Los hielos del Pío XI, entre los cuales se puede caminar, ofrecen la excusa perfecta para degustar el whisky “on the rocks” con hielo milenario, un clásico de los cruceros patagónicos.

La travesía incluye la visita a los poblados costeros cercanos. Uno de ellos es Puerto Edén, al sur del Golfo de Penas, en una ribera del “Paso del Indio”.

Puerto Edén tiene sólo 176 habitantes, largas pasarelas de madera en vez de aceras, algunos pesqueros y al algunos de los últimos representantes puros del pueblo kaweskar.

Tras siete horas de navegación se llega a Caleta Tortel, en la región de Aysén, un pintoresco municipio con apenas medio millar de vecinos enclavado en el límite entre los Campos de Hielo Norte y Sur.

Caleta Tortel marca el final de la Carretera Austral, que nace en la región de Los Lagos, pero los vehículos no pueden llegar hasta el borde costero, accesible sólo a pie, tras recorrer aceras y sinuosas escaleras de madera.

Después viene el cruce del Golfo de Penas, que puede ser una pequeña aventura, porque sus aguas son batidas casi siempre por olas de respetable tamaño que hacen bailar el buque a diferentes ritmos, según la dirección del viento.

El Fiordo Quitralco es la siguiente escala del viaje, antes de emprender el cruce de otro golfo respetable, el Corcovado.

En Quitralco (“Agua de Fuego”) los viajeros disfrutan de un asado patagónico de cordero, se bañan en aguas termales provenientes del volcán Hudson y pueden escalar un cerro de 600 metros para apreciar la zona desde lo alto.

Y también recorrer el fiordo por mar, para a los lobos marinos sobre las rocas y millares de mejillones adheridos a las ramas de los árboles que bordean los canales.

El Corcovado se comporta pacíficamente esta vez y el “Skorpios III” llega a su meta en Puerto Montt, previa visita a la ciudad de Castro, en la Isla Grande de Chiloé.

Luis Kochifas está satisfecho. Se han cumplido las metas del crucero y los pasajeros están contentos.

Kochifas se propone ampliar la empresa en el futuro, construyendo “un tercer buque y tal vez un cuarto”, “pero no de esos barcos gigantes que llevan tres mil o cuatro mil viajeros”, puntualiza.

“Este trabajo es muy hermoso, el turismo es maravilloso. Además, tenemos un país maravilloso al que tenemos que sacarle provecho”, reflexiona.