homosexuales A1

A todos esos culturosos que han generado una mediósfera farandulera y autobiográfica, como axis mundi de una historia cancelada y que pontifican verdades finiseculares como si fueran mantras y que encontraron en el rock y en los estilemas pop ese locus amoenus tribal necesario para sobrevivir al tedio y a la mediocridad de su obra fatua (putas que largo el grupo oracional), les diría que dejen de salir del clóset, córtenla con el negocio, está bueno ya. Es como el ex fumador o el ex comunista que se vuelven predicadores y le sacan partido impúdico a su nueva condición. Lo mejor hoy en día es entrar al clóset y no salir nunca más de ese útero o vejiga protectora. Perderse entre abrigos viejos y encontrar detrasito un mundo otro, como unas crónicas de Narnia charchas y latinoamericanas, con harta lana cruda, polillas y zapatos con hongos.

Recuerdo haberme escondido en los viejos clóset (¿o eran roperos?) de la casa familiar para realizar juegos de invisibilidad y pasar desapercibido, como obsesión de hijo tercero y abandonado. Como metáfora de la homosexualidad asumida, creo que la opción por el secretismo es más literaria, más interesante, incluso más entretenida que la militancia seriota y edulcorante; tal como los procesos revolucionarios, que son mucho más interesantes que las revoluciones mismas, quizás por la institucionalización que implican a posteriori. Hay un área de secretismo y de refocilación del placer de la verdad controlada por unos pocos, que tiene un efecto brutal de poder, de ese que sólo puede ser minoritario. Aunque también hay una zona patológica en esto, en ese juego de abrir o mantener cerrado el depósito de rareza propia (hoy le llaman cultura freak) que nos hace sicóticamente modernos, en donde se puede ser putongo y caballero al mismo tiempo.

Escuché que están de moda las autobiografías o el trabajo con ese registro de escrituras de la impudicia, porque para escribir de uno hay que renunciar al pudor elemental e ingresar a cuestiones irremediablemente patéticas como contar secretos de familia y ordinarieces tribales; y no lo digo sólo por la novela de Fuguet, sino también por esos que quieren copiar el modo cuico de narrar historias de familia. A veces creo que esa manoseada retórica corresponde a un arribismo de clase, como algunas feministas impostadas que contaban historias de nanas, cuando las picantes nunca tuvieron una; eso al menos me aseguraba un académico amigo que no me atrevo a nombrar.

No es una queja contra la obsesión metaliteraria de usar como objeto de relato al relato del mismo. Es más bien contra la literatura que se nutre de políticas públicas (supongo que la promoción del libro lo es) o directamente es la aplicación de las mismas. Pienso en esto mientras estoy internado de urgencia en una clínica por una afección complicada. Quise internarme en el sistema público, pero sentí que la pelá se peinaba junto a mí con su sonrisa acogedora. Preferí endeudarme y sobrevivir un rato más.

Intento orinar en un baño que tiene un gran espejo, objeto que me parece inútil en un lugar así, porque hace demasiado relevante la condición de minusvalía en que uno se encuentra. Porto la percha metálica que me conecta con la bolsa de suero y la de antibióticos. No puedo negar que me dan ganas de sacarme una selfie, me veo patético; desisto, más que nada por agotamiento (debía dar unos pasos retrocedidos en busca de mi celu). La selfie me hubiera puesto en medio de una autobiografía impúdica.

Pasan por mi cabeza estos últimos dos años de hospitales y de unidad de cuidados intensivos de parentelas que se me fueron. Estoy triste, pero no angustiado ni deprimido, es más bien una tristeza bienvenida para la soledad necesaria, cuando intentamos recobrar la continuidad, luego de la visita a las zonas de contención (hospitalaria) en donde pude compartir con aquellos que algún día despedí. En el fondo, quizás, es un giro narrativo que pretende recuperar lo que el maestro Foucault llama tecnologías del yo, en vez de la indecencia autobiográfica.