Francesco-Zizola
FOTOS: FRANCESO ZIZOLA (Cortesía World Press Photo)

2016. Aquí en Europa seguimos en plena crisis respecto a las migraciones desde el Medio Oriente. A Grecia durante 2015 llegaron más de 800 mil refugiados, sobre todo desde Siria. Una catástrofe humanitaria que está dejando a Grecia de rodillas, toda vez que sus vecinos, como Bulgaria y Macedonia, cerraron las fronteras con muros de alambre, impidiendo el paso de los migrantes al norte de Europa, donde tampoco los quieren pero adonde ellos quieren llegar.

Francesco Zizola, quizás el fotógrafo más conocido en Italia, ganador de decenas de premios –incluidos varios World Press Photo– y reportero en numerosos conflictos armados, vivió una experiencia inédita: tres semanas a bordo de una embarcación de rescate. Un resumen rápido de las circunstancias que lo llevaron a tener esta experiencia les permitirá hacerse una idea de lo que está pasando aquí.

En 2014 ocurrió el desastre de Lampedusa, cuando la marina italiana negó la ayuda a una barcaza con 700 personas que luego naufragó, muriendo 365 de ellas en pocos minutos. Esta barcaza estaba a una milla náutica de las aguas territoriales italianas, fuera de las cuales la marina militar no puede/no quiere operar. Ante estos hechos, y visto que la Unión Europea (UE) no se decidía a actuar, Italia emprendió por su cuenta la operación “Mare Nostrum”, que salvó a decenas de miles durante el 2015. Por supuesto, la extrema derecha local atacó esta operación, acusando al gobierno de ser cómplice de terrorismo y de otras tantas ridiculeces que les ahorraré.

Pero esta operación era muy cara para Italia, país con serios problemas fiscales, por lo cual los banqueros de Bruselas obligaron al gobierno a cancelarla. En su reemplazo, la UE impuso otro plan de acción al que llamaron Operación Frontex. Esta prevé que a muchos migrantes se les impida el ingreso y sean repatriados de vuelta al desmadre y la guerra. Más de la mitad de los países europeos no quieren tener nada que ver con esta emergencia, ni mucho menos pagarla, sobre todo los más “civilizados” del norte como Inglaterra, Dinamarca y Suecia.

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Frente a esta indiferencia, la organización Médicos sin Fronteras (MSF) emprende un acto que resulta ser un rayo de luz en medio de la catástrofe. Arriendan tres grandes barcos para rescatar personas en viaje desde las costas de Libia.

Francesco Zizola tuvo el privilegio de ser invitado a bordo para documentar la labor. Su nave fue el Bourbon Argos, embarcación de 68 metros de eslora con una tripulación de 26 personas, modificada para operaciones de rescate gracias a diversos containers instalados en el puente que permiten tener a bordo una enfermería y otros módulos de asistencia, incluida una morgue.

El Bourbon Argos rescata de muerte (casi) segura a poco menos de mil personas cada vez, y las desembarca en dos puertos principales: Augusta (Sicilia) y Vibo Valentia (Calabria). En ir y volver desde el puerto hacia las aguas libias se demora tres días, durante los cuales los otros dos barcos, la Moas y la Dignity, hacen la posta. Zizola explica que esto es muy difícil de coordinar y que el profesionalismo y la entrega de estos técnicos y médicos es sencillamente notable. Como le tocó asistir a estos rescates en verano, las condiciones atmosféricas eran buenas y los miembros del equipo hablaban de “rescates relajados”. En otras temporadas, según le contaron, el miedo y la tensión son altísimos, y las dificultades muy grandes. Las imágenes que capturó dan una idea de ello.

El efecto mediático fue gigantesco y, gracias a MSF, los gobiernos europeos se vieron obligados a respaldar esta operación con medios y hombres. El resultado fue que, entre los tres barcos de rescate, 16 mil hombres, mujeres y niños lograron salvarse. Un tercio de ellos eran sirios que escapaban de la guerra civil. Había también muchos eritreos. Cercano a Etiopía y Sudán, Eritrea es un país pequeño con una feroz dictadura y desde donde no circula mucha información. Además hubo nigerianos, centroafricanos (de República Centroafricana), libios y un solo sudafricano cuya historia contaré luego. Sobre sus razones para migrar, que los europeos debaten mucho (si quieren trabajar, si escapan de guerras y dictaduras o simplemente son prófugos de la ley de sus países), Zizola me asegura que más o menos el 10% son migrantes económicos. El restante 89,9% escapa de guerras y dictaduras. A quienes lo necesiten, les dejo un 0,1% de delincuentes para que se queden satisfechos.

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Con las imágenes que registró sobre el Bourbon Argos, muestra a la que tituló “In the same boat”, Francesco Zizola obtuvo en febrero el segundo lugar en el World Press Photo 2016, categoría “Temas Contemporáneos”. Y está contento por el premio, pero más por la visibilidad que gana este problema con sus fotos. Así me explica qué tenía en mente al embarcarse en esta travesía: “¿Qué le pasa a un ser humano cuando emprende un viaje que podría costarle la vida, y cuál es su reacción cuando finalmente está a salvo? Quiero darle un rostro humano a las masas, a algo que para nosotros es un número en el diario, en la TV y en Internet; 300 muertos, 500 muertos, 1.000 a salvo. Esto me permitió mostrar una realidad terrible y absurda que desconocemos”.

Para explicarme la historia del único sudafricano con el que se encontraron, Francesco se explaya sobre las relaciones entre los mismos africanos. Los del Norte –Marruecos, Túnez, Egipto, Libia– se consideran como los “blancos” de África y tratan de manera racista a los africanos “negros”. Y en Libia, particularmente, han ocurrido cosas dramáticas al respecto.

Antes de la caída de Gheddafi, los libios tenían derecho a una renta de ciudadanía, o sea, un sueldo mínimo garantizado por el Estado –gracias a la riqueza del petróleo y el gas– en virtud del cual no les interesaban los empleos más humildes. De ellos se encargaban africanos “del sur”, que trabajan por miles en el norte de África. Cuando los gringos y los franceses deciden derrocar a Gheddafi, violando la ley internacional y metiéndole a Italia un palo de grueso calibre –puesto que teníamos acuerdos comerciales, de infraestructura y financieros en Libia–, los africanos “negros” se quedan sin trabajo y los libios sin renta de ciudadanía. Se abre la caza al negro. Cientos son asesinados y encarcelados. Entre los encarcelados estaba este sudafricano que lo único que quería era volver a su país. La manera que encontró fue embarcarse en este viaje suicida para llegar a Italia, llegar como fuera a Gran Bretaña y desde ahí volar a Sudáfrica. Otra odisea entre las miles que hay.

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Una nota personal. Cuando voy a Chile, más allá de los muchos cambios positivos que ha habido respecto a cuando emigré a Italia en 2001, me encuentro siempre con un par de personas convencidas de que la crisis económica europea, el desempleo y la inestabilidad de sus Estados representan “el fin de la fiesta” del gasto público, “el fin del desperdicio de dinero”. Me gustaría recordarles que en Italia, el país que más dinero público gasta en la UE, el sueldo mínimo son 7 euros por hora, que la salud es pública y alcanza para todos, que la educación está garantizada en una Constitución firmada por partisanos que ganaron la II Guerra Mundial y que esta fiesta de gastos públicos permite salvar miles de vidas con las millonarias donaciones de Italia a organizaciones internacionales. Aquí hay problemas, y muchos, pero me encanta la idea de que una fracción de mis impuestos vaya a organizaciones que salvan vidas con mi dinero.

Más fotos en: http://www.worldpressphoto.org/collection/photo/2016/contemporary-issues/francesco-zizola