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Venía saliendo del Museo de la Revolución y un mulato me gritó si quería un taxi, automáticamente le dije que no, porque quería ir caminando a La Habana Vieja, pero al bajar las escalinatas del viejo edificio que había sido la casa de gobierno del dictador Batista, sufrí un golpe de memoria efusiva al ver la marca del vehículo del chofer que hacía la oferta, era un Skoda del 46, al menos eso me dijo Lázaro, su dueño. Él, al ver mi desbordante alegría me mostró con orgullo y afecto su herramienta de trabajo, que era el vehículo más viejo y destartalado que vi en toda La Habana. Me saqué un par de fotos y mientras conversábamos, y él intentaba convencerme de llevarme a varios sitios por un precio módico caí en la cuenta de lo que significaba ese recuerdo para mí. Uno de los primeros automóviles que tuvo nuestro padre fue un Skoda, me acuerdo nítidamente cuando llegó en él a casa, en Concepción; yo era un peque de cinco años. Me dejé conducir por la propuesta de Lázaro. Me llevó a otro museo, el del ron, que en realidad era un bar, en donde nos tomamos unos mojitos y me ofreció unos habanos; luego me llevó hasta mi apartamento en Centro Habana, desde donde alcanzo a ver el Malecón, con la promesa de que yo lo contactaría nuevamente.

El acto de emergencia memorística me llevó a hacer el recuento de los autos que tuvo nuestro padre: un Ford Coupe; el Skoda que me tomó por asalto un capítulo de la historia familiar; una camioneta Thames; un Austin Cooper; un camioncito Opel, para su trabajo de instalador eléctrico; un Fiat 1500, con el que hicimos un viaje al norte; un Dogde Dart; un Caprice… La memoria se interrumpe, quizás porque el asunto dejó de ser relevante. Nunca he tenido una predilección especial por los auto o carros, como aquí le dicen, pero la proliferación del archivo automotriz, arcaico, en La Habana me hizo abrir otro documento.

Te escribí apenas pude hermanito, para contarte lo del hallazgo del Skoda. Como estamos en plena construcción del archivo de nuestra orfandad y el capítulo automotriz se actualizó por este viaje azaroso que puso frente a mí este objeto relevante, gatillador del relato y que funcionó como una anagnóresis griega, es decir, como aquel dispositivo (muchas veces era una herida o marca corporal) que hacía posible el reconocimiento de un hecho que se constituía en un acontecimiento fundamental y que determinaba el destino del héroe.

A todo esto, hermanito, quería contarte que ahora estoy en el hall del hotel Habana Libre, conectándome a internet (alrededor mío están las fotos de los barbudos cuando ocuparon el hotel, luego del triunfo de la Revolución), para enviarte esta nota y responder algunos correos. Además, no puedo dejar de informarme del país de mierda que habitamos, y también del putrefacto Valpo que tanto despreciamos amorosamente, siempre en un contexto de retóricas de la ficción, por cierto. Quería comentarte, además, para que estés advertido, que hay un twitero maldito al que unos amigos llaman “la María Kuleba”, que en su obsesión protagonística (y otras) ha odiado por las redes a los que administran discursos político-urbanísticos sobre la ciudad puerto, incluyendo al Pacto La Matriz. Hasta ahí da lo mismo; el problema hermanito es que este tipo se ha metido con nuestra familia. Envió una carta a este pasquín en que responde a un relato anterior de mi autoría, y se refiere despectivamente a mí como el hermano chico de Mellado. Agrega, además, que tú eres el exitoso y yo, obviamente, sin mencionarlo el fracasado. Como si nosotros nos moviéramos con esos registros rascas y aspiracionales de chilenito ordinario, de esos que pululan tanto en esa ciudad (todos muy cercanos a la Nueva Mayoría) y que buscan la peguita mediocre y que desprecian cualquier corriente migratoria, porque se sienten bajo amenaza.

Quiero acusar contigo a este desgraciado, no sólo porque eres mi hermano mayor, sino porque intenta meter una cuña en algo tan sagrado, como es el respeto fraterno y la responsabilidad cultural implicada en ello. Insinúa que tú estarías en mi contra, porque serías enemigo de La Matriz. Es un recurso muy bajo. Incluso menciona lo del Pacto La Boutique, que es un imaginario necesario contra la uniformidad facistona propuesta por el giro flaitongo de la NM, cuestión que hemos conversado. Él nunca dice que es concertacionista, te das cuenta. Te propongo que a mi vuelta grabemos al tiro otro video de los nuestros para aclarar esos puntos y demostrarle a este mal parido lo que es una familia decente.

Nuestros padres nos enseñaron de otra manera. Como ves, los temas político culturales pasan por defender a la familia como patrimonio afectivo, contra la amenaza de los resentidos que carecen de ese capital simbólico. Te agradecería que pudieras putearlo por mí hasta que vuelva. Nos vemos.

Nota: Ojo, el mojito acá es más suave y un refresco necesario; allá nunca lo bebí, porque le falta el efecto caribe. A propósito de eso, hace rato que no escucho la palabra patrimonio, ¿será porque acá es la existencia misma y no necesita repetirse como mantra, algo tan esquivo para nosotros?