Fernando Flores

En 1985, el nombre de Fernando Flores Labra –radicado en California desde que saliera al exilio en 1976, tras tres años de presidio en Dawson, Ritoque y Tres Álamos desde el mismo día del Golpe– apareció en las listas de expatriados que podían volver a Chile. Para entonces, quien fuera uno de los ministros más jóvenes de la Unidad Popular se había convertido en una autoridad mundial de la consultoría empresarial, gracias a sus teorías sobre la comunicación y la gestión dentro de la oficina.

La transformación de Flores se había iniciado con su participación en el mítico proyecto Cybersin, pero se consolidó en el ambiente universitario y experimental de San Francisco. A los pocos meses de llegar a California, Flores inició un doctorado en Filosofía del Lenguaje en Berkeley, donde concibió una original tesis que mezclaba la biología del conocimiento de Varela y Maturana –quien le había hecho clases en prisión–, la “fenomenología de la historia” de Heidegger, las críticas a la Inteligencia Artificial de su profesor guía, Hubert Dryfus, y las tesis sobre la performatividad del lenguaje de Searle y Austin.

Esa tesis fue el fundamento de sus talleres de “Comunicación para la Acción”, así como de la herramienta computacional que complementaba la aplicación de estos seminarios en empresas y organizaciones: El Coordinador. Lo sorpresivo fue que estos cursos, destinados a mejorar el funcionamiento organizacional, comenzaron a atraer un interés mucho más amplio. La reeducación de las formas de comunicarse, propuesta central de Flores y su equipo, fue percibida como una suerte de “terapia del lenguaje ordinario” –en palabras del filósofo Eduardo Sabrovsky– cuyo poder de sanación nos permitiría superar fracturas tanto en el plano cultural como en el biográfico. Quizás sin quererlo, los cursos de Flores compartían lugar con el mundo del desarrollo personal y la exploración espiritual que resurgía por esos años. Derrotados por la dictadura, testigos de la caída del socialismo, inmersos en crisis conyugales, vocacionales y políticas, los hombres y mujeres que llegaban a los seminarios de Flores parecían buscar algo más que una técnica para organizar mejor sus empresas. Querían transformarse a sí mismos.

Si bien el otrora planificador socialista se mostraba decididamente contrario a vincular sus metodologías y su interés por la “apertura del mundo” a cualquier tipo de terapia light, es un hecho que en su experiencia californiana de los años 70, el mundo de los workshops y de los seekers jugó un papel fundamental. Y la relación más importante de Flores con aquel mundo fue la que mantuvo por varios años con el controversial Werner Erhard, exponente canónico del new age californiano. Completamente ignorada por los medios chilenos cuando Flores retornó a Chile (imposible encontrar una sola referencia a Erhard en las notas y reportajes que la prensa realizó a fines de los 80 en torno a la figura del exministro de Allende), lo cierto es que la relación con Erhard fue decisiva para su carrera.

Fernando Flores conoció a Werner Erhard en 1977, un año después de llegar a California. Erhard ya gozaba de una fama hollywoodiana en Estados Unidos gracias a sus populares seminarios de superación personal. Los eclécticos est –erhard seminar trainings, en minúsculas– mezclaban, en una alquimia casi perfecta, todos los elementos de la cultura terapéutica en boga: un líder carismático, referencias ultra pragmáticas a la filosofía oriental y a la psicología humanista, un lenguaje franco y sin contemplaciones, un estilo autoritario, en un curso rápido de 60 horas durante dos fines de semana.

Atiborrados de gente desde su creación en 1971, los talleres de Erhard proponían una intervención violenta, veloz y profundamente movilizadora, cuyo objetivo era generar una “verdadera transformación” en las personas y ayudarlas a “hacerse responsables” de sí mismas. “HASTA QUE NO EXPERIMENTES TU EXPERIENCIA, HASTA QUE NO SEAS UN TESTIGO COMPLETO DE TUS PROBLEMAS, TU PROBLEMA PERSISTIRÁ POR SIEMPRE!”, reza Erhard y sus seguidores asienten: el responsable final de lo que nos ocurre siempre somos nosotros mismos. Dejemos de culpar a nuestros padres, a nuestros colegas, al contexto, a la clase: “No quieres admitir que eres responsable de tu experiencia porque si lo hicieras tendrías que abandonar esas trampas y esos juegos que dependen totalmente de tu pretensión de que los demás son los culpables de lo que te pasa”, insistía el maestro. Con esta mixtura entre un discurso de autoayuda y una serie de ejercicios de trabajo emocional centrados en la “destrucción del ego” –que muchas veces sumían a las personas en una profunda crisis nerviosa–, los seminarios de Erhard serían la antesala de experiencias como las de Chileworks o Tony Robbins, por nombrar sólo las más controversiales.

Aunque nunca no lo ha reconocido con claridad, lo cierto es que Fernando Flores asistió a esos seminarios mientras concebía las ideas fundamentales para su tesis de doctorado, misma que dio origen a su primer libro, Inventando la Empresa del Siglo XXI, en el que describía por primera vez a la organización como una red de conversaciones que precisan ser coordinadas. Erhard se interesó de inmediato en estas ideas. Pensando que podían brindarle una legitimación más teórica a sus propios talleres, no sólo financió la publicación del libro, sino que invitó a Flores a participar de los est con un módulo propio, lo que el ingeniero aceptó gustoso: qué mejor que un espacio ya probado y dotado de esa aura de transformación espiritual para comprobar la efectividad de sus métodos. Erhard, por su parte, terminó utilizando las tesis de Flores en los programas de entrenamiento de The Forum, continuación de los est enfocada más directamente en el arte de lo que hoy conocemos como coaching.

La colaboración, sin embargo, no duró mucho tiempo. Para 1985 Flores ya se había convertido en un referente en el mundo del management por sí solo y los escándalos ligados a la empresa de Erhard (denuncias de manipulación, estafa, comportamientos sectarios, abusos sexuales, entre otros) terminaron por romper oficialmente la relación ese año, aunque algunas fuentes aseguran que siguió participando como accionista de las empresas de Flores por algunos años más.

Como sea, la impronta de los seminarios de Erhard inspiró decisivamente la forma de intervención que Flores aplicó en sus propios talleres y dinámicas. El estilo autoritario y severamente franco que hiciera célebre a Flores en los años 90 y que constituye el aspecto más popularizado de sus estrategias de “rediseño ontológico” –en especial las de su hijo más pragmático, el coaching ontológico– es incomprensible si no observamos este origen anclado en las raíces mismas de la revolución new age norteamericana y sus utopías de transformación total.

*Antropólogo