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Jamás paso poesía chilena en mis talleres, porque los alumnos se convierten ni siquiera en hinchadas rivales, sino en barrabravas. Aun así, el otro día mostré Estravagario. Neruda fue acusado de participar en la muerte de Trotsky. Mostré ese libro exquisito para que abandonaran un poco el endecasílabo, que aún no manejan del todo; hay que hacerlo, pero se puede convertir en un tic. Todo el que quiere sonar altisonante, como campana, escribe en endecasílabos. Por eso pasé verso ligero: Estravagario de Neruda, Creeley, etc. Yo paso métrica: no es rigor métrico, no es maestría, son dos o tres reglas. Se pasa métrica para luego escribir verso libre, que es lo más difícil. Ahora, hay cabros pavos que escriben cualquier lesera sin hacer ningún ejercicio y la cosa se empieza a llenar y llenar de material, pero esos barsas son los menos. De manera que para salir del endecasílabo les dije que probaran las 9 sílabas que en Estravagario aparecen con gracia porque en vez de ser infectado por la vida, se lo toma todo un poco para el hueveo. Esos eneasílabos aparecen entrecortados e intencionales en la obra de la Mistral, que es lo contrario, en ella suena el desierto, la amusicalidad –como en Elvira Hernández, el rechazo al canto: la detención inteligente, la conciencia, sacrificio y desierto.

Ese nerudianismo me convirtió en cómplice de la muerte del camarada Trotsky.

Vanguardismo político vs vanguardismo literario pedorro

Un segundo problema con este alumno era su confusión entre las vanguardias políticas y las literarias. Le señalé con todas sus letras que yo no iba a pasar surrealistas, ni a Kurt Schwitters ni Dada ni menos los derivados modernos de la poesía concreta y sonora, por dos motivos muy sencillos. Simplemente porque me dan entre vergüenza y risa y tengo que salir de la sala cuando Cecilia Vicuña está realizando una performance, por ejemplo; y porque me parece que el lenguaje es infinito en sus problemas y hay más que suficiente para, alicate en mano, entretenerse con eso.

Mi alumno asociaba la palabra vanguardia a las avanzadas políticas y guerrilleras, con las que estoy infinitamente más en sintonía que con las vanguarderías literarias. O sea, Weather Underground es político y efectivo, aunque ya hicieron su mea culpa por sus excesos; y el Beat Movement es más bien puro hueveo, aunque los Beats dejaran un par de buenos poemas por ahí. Pero es lo único que la gente conoce, lo único que se entiende por poesía gringa, de manera que no habría que quejarse si un gringo cree que toda Latinoamérica es Macondo. Un dato, en 1966 un gringo viene a Chile y publica en Ed. Universitaria un libro con 19 poetas gringos: venían Roethke, Loewell (confesional, como Plath y Sexton para hacerse una idea), Hall, Justice e incluso Bukowsky. O sea, había donde elegir. Pero ya entonces este gringo señalaba que lo único que despertaba interés en Chile era el Beat Movement. ¡Estamos hablando de 1966! Nada ha cambiado desde entonces. Si algún vivaracho quiere vender, traduce a Ginsberg y listo el pollo. Veamos, cuando alguien dice “con Parra se acaba la poesía chilena” o “el último poeta joven chileno es Parra”, lo que quiere es clausurar, “No leer”, como dice zambrita, no abrir la paleta y que finalmente nada cambie. Lo mismo se puede extender al mundo político: que nada cambie, que manden los de siempre. Este callo en la cabeza se llama filisteísmo.

Cabezas duras

Recuerdo cuando en Chile hubo un movimiento que se llamó Canto Nuevo. Y recuerdo a un familiar mirista al que le provocaba una tirria inexplicable, no la música esa, en general bastante aguachenta, acústica, académica, nada muy distinto al folk de ahora. Por ahí había algunas cosas innegablemente buenas como Gatti, pero la mayoría eran casi la misma cosa: traversas, xilófonos, virtuosismo higiénico, paisajismo, etc. El problema de mi familiar no era esa música, era que se llamara Canto Nuevo. “No, eso no es nuevo, qué tiene de nuevo”, decía. Yo le decía: “la güeá se llama así, no es que sea nuevo”. Si es por eso la udi popular sería popular y revolución democrática sería revolucionaria.

La confusión con las palabras, con las ideas fijas, es una falta de elasticidad mental que la gente suele solucionar hablando más fuerte o más rápido y con humor resbaladizo –a la argentina–, soluciones de las que arranco a mil por hora. Pero así funciona casi todo: especialmente la publicidad, la televisión, la prensa. Y yo creo que si alguna gracia puede tener este territorio, debería ser su capacidad receptiva y femenina, su incorporar maneras, saberes, matices. Como hacían nuestros abuelos que escuchaban corridos y tangos –anda a que un viejo argentino o mexicano escuche bossa, es muy raro–, veían westerns y probaban la que viniera. Algunos tatas dicen que con la pasta base se fue todo a la mierda, y hay datos no conspiranoicos para creer que fue una operación de ingeniería política: ¿para qué rescatar de las tinieblas a una pobla podrida, si ni siquiera votan? Hay también viejos cabeza dura que jamás pudieron reemplazar la prestobarba azul de dos cuchillos y que pregonaban la muerte de la cerveza con la aparición de las tapas roscas de plástico; estos últimos constituyen la intransigencia y, lamentablemente, la mayoría. Si no puedes cambiar un adminículo para afeitarte o te parece que una tapa de plástico constituye poco menos que el fin de una cultura, ni hablar de cambiar tus lecturas o tus concepciones del cine y la televisión, por ejemplo. Hablar con ellos es como el amor cuando se acaba: no hay manera ni con el lenguaje, ni con el sexo ni con el silencio, que casi siempre son las panaceas.