TODO-LO-QUE-SOBRA

En algunos experimentos narrativos, la meta última, como en la ciencia, también radica en verificar o anular una o varias hipótesis. No he conocido escritor o escritora que vista un mandil al momento de escribir, pero tampoco puedo descartarlo. Y conforme la ciencia se ha sacudido de algunos principios anticuados, su propio acercamiento a la realidad ha empezado a tener mucho en común con el de la literatura. Como dijo Heisenberg: “En la ciencia, el objeto de investigación no es la Naturaleza en sí misma, sino la Naturaleza sometida a la interrogación de los hombres…”. Tanto el novelista como el científico eligen sus medios y sus fines, las formas de llegar a la meta, cuidando la precisión de sus instrumentos.

Y así es como llegamos a “Charapo”, la primera novela del joven Pablo D. Sheng. En sus pocas y concentradas páginas se narra la experiencia de “Camacho” (ese es el nombre que se da), un peruano que ha cambiado Tarata por Santiago en busca de “nuevos horizontes”. La suya es una experiencia marcada por la precariedad. Especie de Job de los migrantes, el protagonista de “Charapo” vive como si su realidad fuera obra inalterable de un designio superior. Todo empeño por modificar su estado se topa con otros que, estando más arriba que él en la escala social, conspiran para que las cosas sigan tal cual. El charapito —según el diccionario, tortuga de agua u hombre de la selva—, cada vez que asoma la cabeza se lleva una patada. Tanto así que acaba como esclavo de unos coreanos que construyen un mall en el centro de Santiago. A cambio de un techo, medicamentos e irregulares comidas, se ve obligado a tolerar que lo lleven a misa, y en unas de las escenas más tristes de la novela, que lo vistan de mujer y abusen de él.

“Charapo” es una novela que exhibe sin tapujos los elementos escatológicos, la sordidez. Sin embargo, los abundantes excrementos no tienen otra función que remarcar que allí donde no hay cobijo material, siempre hay caca. Sheng, concentrado como está en dibujar un cuadro horripilante, pierde de vista que la constante reiteración de hechos sórdidos y perversos tiene un efecto, en este caso involuntario, embrutecedor. Esta falta de sutileza y cuidado se extiende a la prosa, un agregado de frases cortas y directas que no siempre dan la tecla; de hecho, allí donde sobra la caca, escasean las palabras. El poco arte de cierto minimalismo, que David Foster Wallace tan bien denunciara, y que es una constante de la narrativa chilena actual, acá también hace acto de presencia.

De todos modos, la mayor interrogante que deja “Charapo” refiere a su objetivo. ¿No es más que un ejercicio de encuadre, un retablo de los horrores que sufren los inmigrantes en Chile? En ese caso, ¿por qué la crueldad y la violencia que se presentan en la novela tienen características “pop”, distantes de la denuncia social y, lo que para el caso es tanto o igual de malo, de la sátira? ¿Tiene Sheng, con independencia de las distintas interpretaciones que puedan hacer los lectores de su novela, un propósito? ¿Se inmiscuye en el problema de la migración simplemente para contar una historia horrible? De ser así, ¿qué gana representando el mal con un hiperrealismo que frisa la comedia? O, por el contrario, ¿hacer de una macabra realidad algo todavía más macabro es una manera de recuperar la cordura?

Sean cuales sean las pretensiones de su autor, y a pesar de que ni el instrumental sea preciso ni los objetivos muy claros, “Charapo” tiene el mérito de incorporar al corpus de la novela chilena actual el discurso migrante, justamente en un momento de nuestra narrativa en el que campa el aburrimiento por lo netamente nacional.

Charapo
Pablo D. Sheng
Editorial Cuneta, 2016,
94 páginas