Banderazo Congreso
Yo soy tu enemigo, qué duda cabe. Te desprecio y quisiera aniquilarte, pero no puedo (ni debo). El tema no es personal, es estratégico. Amo a algunos cercanos, poquitos, con los que somos cómplices en ciertas luchas tribales y estoy cansado de la guerra. Quiero decir unas cuantas estupideces en relación a la política, de esas que nunca se escuchan, porque el sentido común de izquierda y el de derecha son restringidos, por no decir que hay un gorilismo básico que los sustenta, como diría una amiga feminista. No es que yo esté por sobre el conflicto, uno pertenece a la subcultura de izquierda y a mucha honra, pero el ruido monocorde que hacen los guerreros me tiene aburrido.

Resolvamos pronto este embrollo y dejemos de pensar que todo es conflicto, cuidemos la República, no hagamos más política desde esa argumentatividad obvia y sobretransitada, entremos en una especie de grado cero de la contingencia. Porque aunque ganemos en las urnas, no hay cómo hacer gestión desde el chantaje permanente de la derecha o el ideologismo pelotudo de la izquierda. Imaginemos una estrategia política –que no sea Lagos, que ya es como un O’Higgins-Alessandri– que construya un real pacto social, porque a ese diagnóstico que nos dice que el Estado subsidiario no va más, porque ha mercantilizado todo y mermó la democracia, le hace falta la alternativa viable, la de la gobernabilidad efectiva.

Las primarias porteñas del 3 de julio, en este magullado país que pretende superar el duopolio, son un laboratorio del ejercicio de la autonomía local, que implica más democracia y cogobierno. No se trata de cambiar una arrogancia por otra, no es ganar sólo para odiar al enemigo (aunque siempre hay algo de eso). Y digámoslo con todas sus letras, nuestro enemigo mayor es la NM (ex Concertación) más que la derecha, por algo obvio, la derecha sabemos lo que es, en cambio la NM tiene una zona oscura criminal y corrupta, junto a un discurso seudo emancipador de algunos de sus miembros que es falso y que oculta su voracidad clientelista.

Pensemos en un proyecto de gobernabilidad en que los empresarios van a poder hacer sus negocios reguladamente y los sectores “progresistas” con toda su histeria van a tener su educación universitaria gratuita, para satisfacer su clasemedianismo aspiracional, y su AFP estatal o un nuevo sistema de pensiones que beneficie a todos los que tenemos lagunas previsionales, etc. Ese nuevo acuerdo de gobernabilidad que lo dirija una comisión de técnicos, releguemos la política a un segundo orden y dediquémonos a producir. Y volvamos a crecer, siguiendo la obsesión desarrollista de la derecha y el afán justiciero distribucional del progresismo izquierdistón, todo esto en un gran acuerdo de no meter bulla durante un buen rato. ¡Cállense los culiaos! Yo que vengo de la tradición de los Asperguer de la política, resiento mucho el ruido que hace.

El sentido común de izquierda tiene un protagonismo cultural que nunca antes tuvo, como que se equiparó con el otro. Cuando yo era pendejo sólo campeaba el sentido común de derecha. Los pobres eran flojos, el que trabajaba surgía, el problema de Chile es que había mucho roto, etc. Esos enunciados ya no tienen peso cultural. La izquierda ganó al menos la batalla retórica, falta lo otro. Los progres pudieron imponer algunos tópicos que han marcado las últimas décadas, como el de aceptar la diversidad, los derechos de las minorías y las identidades locales, por ejemplo, y la posibilidad de una nueva Constitución. Todo esto echa por los suelos el principio tradicional de que somos una unidad, y el tema mapuche y de género, por ejemplo, la derecha está obligada a asumirlo. Es un triunfo estratégico de una modernidad que impone sus términos. Pero la cultura pendejística actual, que lo quiere todo y que sólo tiene derechos y no deberes, lo pone todo en peligro.