CHILENOS CELEBRAN EL TRIUNFO DE SU SELECCIÓN FRENTE A ESPAÑA

Diablito, diablura, pobre diablo: alusiones, connotaciones y dimes y diretes. El diablito es una herramienta de extrema utilidad en caso necesario, la diablura es una maldad inocente, pobre diablo es una amonestación moral harto curiosa. La diablada en la fiesta de la Tirana le da colorido a esas comparsas danzantes; “El chiflón del diablo”, un cuento extraordinario de Baldomero Lillo; “Gran señor y rajadiablos”, de Eduardo Barrios, rajadiablos travieso, bueno para la talla; “Diablofuerte”, novela de la picaresca chilena de gran valor sentimental, del año 1905; el diablo aficionado al monte, en los campos chilenos. ¿Se le calentará el hocico al diablo criollo? Por supuesto que sí. Entonces, ¿hay una versión simpática del diablo? ¡Positivo! Más vale diablo conocido que por conocer.

Pero la caricatura del diablo con cola, cuernos y un tridente, ¡leseras! El diablo malo es un ángel caído: nada menos que Lucifer y ahí comenzamos a ponernos serios, la cosa se pone bíblica, el diablo entra a tallar en las ligas mayores. No es un pobre diablo, no es un diablito que saca de apuros, no es compadre bacán en el teje y maneje, no es un bailarín enloquecido en la región andina. El diablo es el mal –ni más ni menos– haciendo de las suyas en el Sagrado Corazón de Jesús, el diablo de carne y hueso es el dolo en el asunto humano, el diablo pasa al terreno de la moral, de la ética, de la tentación seductora, y el hombrón de los cachos en punta no se anda con chicas, pisa el acelerador y te puede meter en un forro y en un tete y en un callejón sin salida.

En estos terrenos escabrosos yo veo al diablo (Serpiente, Lucifer, Satán, Mefistófeles) como un ayudante de cámara de Dios, el único antagonista del supremo hacedor. Los seres humanos somos títeres de esa batalla campal, acordémonos de Cristo cohabitando cuarenta días completos con Satán en el desierto y los ofrecimientos diabólicos no eran una bicoca. Y el diablo no es un saco de trolas, se te aparece con una belleza impresionante y no se viste de mujer: es una mujer descomunal, no es un travesti endemoniado ofreciéndose en bandeja, el diablo te quiere doblegar el alma, aniquilarte, esclavizarte (putas que es hermoso el diablo en “El séptimo sello” de Bergman, o el diablo de Caligari), someterte a un régimen de desobediencia a Dios. Y qué le han dicho al hombre, carne débil de por sí, se deja llevar y se deja tentar y dicho en buen romance caga pistola y no hay forma de sacarlo del embrollo.

Hoy, ¿qué pasa con el diablo en el reino de este mundo chileno? ¿El diablo metió la cola en este país? ¡Ja, ja, ja, ja, ja! Como se dice ahora con una entonación de seguridad completa: “obvio”. Moros y cristianos se bajaron los pantalones hace rato, el diablo metió la puntita y qué manera de gozarla. Chita que anda contento el diablo en Chile y a veces lo entrevistan en la tele y con cinismo a prueba de fuego declara: “Si no es para tanto son puras diabluras mías yo no he jodido a nadie he hecho el bien de Arica a Magallanes”. Y eso que en Chile las culebras son santas palomas, yo no conozco una que sea venenosa, arrancan de puro miedo a menos que uno las orine ahí queda la zorra te siguen y fregaste. ¿Anda suelto el diablo en la patria? Más que la cresta. Más que la chucha. Chilenas y chilenos, ¿por qué hicieron un pacto con el diablo? Porque nos dio facilidades de pago. Porque nos convenció de que existe la ley del menor esfuerzo. Porque nos prometió platita a manos llenas. Porque nos santiguó con la señal de la cruz y nos ha requete jurado: “yo soy capaz de cualquier cosa por Ustedes, lo menos que podría hacer es alejarlos del becerro de oro”. ¿Por qué los piños del diablo hacen nata en este Chile lindo? Porque todos tienen tejado de vidrio. Porque todos son buenos para sacar la vuelta. Porque todos andan jugando chueco. Porque todos se lavan las manos. Porque todos andan tirándose peos más arriba de la cintura. Porque todos son patos malos. Y en eso estamos, el diablo picarón y sabrosón nos ha llevado el amén y nosotros cumplimos con el deber elemental. ¿Por qué los chilenos hicieron pacto con el diablo? Porque en el fondo son mandados a hacer para meterse en los tremendos forros. Porque en la fonda de la tía Nena Toledo les gusta la chicha de la cuchufleta y en el local de don Tito Oñate les gusta el chancho del chamullo. Porque nunca han aprendido a comportarse como la gente y no hay vuelta que darle: “compadrito, no la haga difícil, si con un poco de diablura todo es chancaca”. All right.