urinal boca

Esperable es que cada vez que se toca el tema de educación sexual se prenda algún incendio, porque la administración de los cuerpos, del placer, de la reproducción, implica cuestionar las formas de vincularnos y el cómo se sigue reproduciendo o no un orden social. Supongo que nos pasa algo así como el nerviosismo ante la irrupción de la sexualidad de los hijos adolescentes: algunos se enfrentan al temor del cambio generacional, otros ven cuestionados sus propios deseos, algunos los quieren reprimir, otros alientan en ellos sus propios anhelos. Y así ocurrió con el debate que despertó el libro “100 preguntas de sexualidad adolescente”: saltaron los que esperan que los hijos sigan siendo niños por que sólo saben ser padres de ese tipo de criaturas; otros se pusieron a pelear con los padres de sus propias represiones, los libertarios furiosos.

Si algo comparten represivos y libertarios furiosos es sostener sus argumentos en la ideología de “las cosas como son”. Para los conservadores, esta es el empuje hacia lo estático, se trata de mantener el estatus que les favorece, y lo defienden en base a la autoridad. Mientras que los libertarios furiosos suponen que “las cosas como son” es una verdad que está siempre tras un velo por levantar, el paraíso perdido estaría tras despejar toda represión.

A los represivos de siempre es fácil bypassearlos estos días, el temor que alguna vez generó el autoritarismo, hoy ha dado paso a la evidencia de sus ansiedades, por ejemplo la tensión anal de Ossandón. Mientras que la posición de los libertarios furiosos nos logra engañar con facilidad. La diputada Camila Vallejo, por ejemplo, encarnó en este debate una de las voces de la verdad de la sexualidad sin ambages. Respondiéndole al ataque de pánico de Ossandón con un video que tuvo su propia polémica en España: “Patria”, lanzado como emblema de la valentía de decir la “cruda verdad” en el Salón Erótico de Barcelona. Lo protagoniza Amarna Miller, actriz porno quien despotrica acusando a la mitad de España de hipocresía: “La misma gente que me llama puta, se pajea con mis videos (…) un país indignado por la corrupción, pero que sigue votando a ladrones”, etc. Pablo Iglesias del Podemos, entre otros, salieron a rendirle pleitesía a la heroína de la verdad. Hasta que algunas tímidas voces dijeron: “Ey, pero este evento -y su video- es auspiciado por Apricots una agencia de escorts que promociona sus servicios como ‘tu marca de puterío’”. Es decir, a Amarna no sólo la llaman puta los hipócritas que ella identifica, sino que también quien le está pagando, vaya contradicción. Además el “Salón” -no hipócrita- recibió una denuncia por tener personal sin pago.

Quizás Amarna nada de esto sabía, pero para ella la verdad es justamente una verborrea cruda, sin reflexión, que de todos modos estos días sirve para dar altura moral. Decir “las cosas como son” confunde el salvajismo de la palabra con la verdad. Confunde transparencia con lo burdo de lo visible. Y en el campo sexual confunde el cuerpo humanizado -ese cruce entre huesos y cultura- con carne cruda. Por cierto, Trump se supone que es el candidato que dice “las cosas como son”, dadas las barbaridades a las que se autoriza a sí mismo a vociferar.

Me atrevería a decir que la idea de decir “las cosas como son” se ha convertido en una ideología en sí misma, una que se asume valiente, pero que muchas veces reafirma un sentido común antes que removerlo. Tuillang Yuing Alfaro en su artículo “El coraje de la franqueza y la saturación del decir”, señala que hoy hemos caído en una perversión de la llamada parresia. Esta última, en su acepción original alude al hablar franco: atrevimiento por el bien común, que puede incluso poner en riesgo a quien vocifera tal decir. Pero hoy se confunde decir la verdad con la vulgaridad del grito que no arriesga nada.

La grosería, la provocación con sabor a semen en la cara u olor a sexo anal, aparecen hoy como la verdad sin velo, como si la transparencia fuera una cuestión escatológica o una radiografía de los huesos. Como si quitar un velo implicara una verdad mejor. A veces la transparencia oculta aún más. ¿O acaso en Occidente no es también una burka meternos cuchillo para inflarnos de plástico las tetas? La burka del mundo libre actúa con disimulo, pero obliga también a los cuerpos a investirse y desear en ciertas direcciones que reafirman las ecuaciones de poder de siempre: lo masculino en la locura -destructiva tantas veces- de la búsqueda de potencia, y los cuerpos feminizados se dirigen con una sonrisa complaciente al matadero de la fetichización de su existencia toda. ¿En estas condiciones queremos “las cosas como son” o podemos preguntarnos cómo queremos que sean?

La pedagogía sexual porta esta amarra invisible de burka occidental cuando reproduce estas ecuaciones de poder en los cuerpos a través del discurso salvaje, cuando dice que todo se puede, un todo por cierto, escrito en la gramática de un sexo aún pasado a dominación de los cuerpos en posición de activos. En que unos fetichizan a otros.

La diferencia para que el sexo sea una hoguera de angustia o una fuente de placer, pasa menos por el saber técnico que por lograr acotar su aspereza con el velo del contexto, los límites, el humor y la seguridad física y mental en el encuentro con otro cuerpo. De esto los adultos somos responsables con los adolescentes, de acompañarlos y cuidarlos de la crudeza hasta que sus nuevas corazas les permitan volver a reír (cosa que tanto les cuesta).

Hay que sospechar de cierta liberación que porta una ideología de linealidad, “las cosas como son” asfixian la chispa del pensamiento y la posibilidad de inventarse un lugar en el mundo. La educación es antes un prender una llama que llenar una vasija (Sócrates).